Ayer hice de maestro de ceremonias, junto con Ramón Lluís Bande y José Havel, en la presentación de un libro. Fue en la librería La Central, en Gijón. No suelo prestarme a estas cosas (tampoco suelo hacer más presentaciones de mis propios libros que las estrictamente necesarias), pero accedí por dos razones. Primero, porque el libro en cuestión es bueno. Segundo, porque aunque llevo ya varios años tratándome con su autor, Hilario J. Rodríguez, nunca habíamos llegado a coincidir en persona, pese a que le he entrevistado ya un par de veces y colabora asiduamente en El Súmmum. Los responsables de la sección de Cultura de El Comercio me pidieron que escribiese algo sobre el libro y elaboré un pequeño texto a partir de una conversación que había tenido con él hace unas semanas. Pensé que iban a publicarlo con un formato de noticia, asociado a la fotografía que sacaron durante la presentación. Al final, ha aparecido hoy como un artículo de opinión más. Aquí lo dejo.
Lo ficticio y lo real de Hilario J. RodríguezEl otro mundo (Ediciones del Viento) es muchas cosas. Es, en primer lugar, la historia de un viaje, un relato tan sobrecogedor como emocionante de las dificultades que conlleva la inmersión en una cultura completamente ajena a la propia. El otro mundo es, también, la segunda novela de Hilario J. Rodríguez (Santiago de Compostela, 1963), siempre y cuando se entienda el término novela como admisible en un autor que, si por algo se caracteriza, es por su afición a estirar las fronteras de los géneros hasta hacerlos colisionar.
«La novela es el género de los piratas y los marinos», dice Rodríguez, «de la gente que un día se despide diciendo que inicia una travesía y no sabe cuándo regresará; a diferencia del cuento y del poema, no tiene límites precisos, y eso me gusta porque permite una mayor libertad». Dicho esto, el autor ni confirma ni desmiente el carácter autobiográfico de El otro mundo, sino que busca la tangente afirmando que «de serlo, lo sería como lo son las memorias de los grandes aventureros, donde a cada verdad le siguen tres cuentos chinos, el único deseo que tengo cuando escribo es que la realidad se transforme en literatura y que después ésta vuelva a convertirse en realidad». Y añade que «también se podría hablar sobre la inmersión de un escritor en la realidad: para una persona que vive normalmente en el territorio de su imaginación, vivir en el mundo real no es sencillo porque hasta lo más nimio puede convertirse en una amenaza cuando uno abre de pronto los ojos y se encuentra con la realidad». Y remata: «No me extraña que un escritor pueda llegar a sentirse desarraigado en cuanto sale de su mente y se interna en las calles de una ciudad cualquiera».
Ese tema, el de los escritores y su relación con el mundo, conformaba el núcleo central de su anterior obra, Mapa mudo, una «fuga literaria» que precedió por muy poco a El otro mundo y que se caracterizan por la soltura con la que combinan el quehacer ensayístico con los recursos propios de la ficción. Explica que no entiende el ensayo «como un género donde no entre la ficción, aunque lo cierto es que las revistas y los periódicos tienen bastante reparo cuando uno hace experimentos y se salta ciertas normas; la mayoría de medios no quiere que se utilice la primera persona o que se cuenten anécdotas de tipo personal, como si de ese modo se renunciase al objetivismo, cuando en realidad nadie puede ser objetivo si antes no reconoce su propia subjetividad», y cuando se le pregunta por la sencillez del estilo que emplea en la segunda novela, responde que «quería el esqueleto de la narración, no su cuerpo; no me interesaba perder el tiempo con todo aquello que los lectores ya conociesen o pudieran intuir fácilmente, tan sólo lo esencial, tanto en la forma como en el contenido». Una conclusión a la que llegó, según cuenta, «al cabo de los años, cuando dejé de lado el lápiz y me aferré a la goma, cuando empecé a avanzar borrando en vez de añadiendo o sustituyendo». Rodríguez piensa seguir usando esa táctica en la novela que tiene entre manos y ante la que se está situando en estos días «para saber qué papeles me tocará representar en ella y cuál será la voz, también los hechos». Mientras tanto, siempre se puede disfrutar de los distintos niveles de lectura que permite El otro mundo y seguir reconociéndose en esa extravagante confusión que impera cuando se dan la mano lo ficticio y lo real.
El Comercio, 23 de enero de 2010
El Comercio, 23 de enero de 2010
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