jueves 31 de diciembre de 2009

Feliz Año

A los que decidieron esfumarse, que les vayan dando.

Los que tuvieron que quedarse por el camino, que sepan que no se les olvida.

Los que, pese a todo, me han acompañado hasta aquí, que sepan que ha sido un placer, y que será un gustazo seguir caminando a su lado durante el año que viene y los que vengan.

Ha llegado el momento en que no sabes lo que quieres,
o algo más grave aún:
no quieres lo que sabes
Luis Rosales

Pues eso. Feliz 2010.

Microcosmos176: 2010

Nunca le he visto demasiado sentido a la Nochevieja porque, en el fondo, todos sabemos que el año no empieza realmente en enero, sino en septiembre, y que lo que nos aguarda a la vuelta de Reyes no será más que una continuación de lo que ya hayamos inaugurado en el otoño. Y sin embargo, resulta difícil sustraerse a la magia que produce el estreno de esos cuatro dígitos con los que tendremos que convivir a lo largo de los doce meses que vienen y evitar la euforia que probablemente nos invada cuando el reloj de la Puerta del Sol dé esta noche su duodécima campanada y sintamos que se abre ante nosotros un nuevo camino cuyo destino y posibilidades resultan tan desconocidas como atrayentes. La sensación de empezar un año se asemeja mucho a la que sentíamos cuando, en el colegio, estrenábamos libreta nueva y llenábamos las primeras hojas con una letra pulcra y bien cuidada que no tardaba en embarullarse más que unos pocos días, los justos para acostumbrarnos al tacto de las tapas nuevas o para ver en lo que había sido un cuaderno prometedor y brillante un objeto más de cuantos se vinculaban a nuestras obligaciones escolares.

Por eso, pese a todo, me gusta la Nochevieja. Porque, aunque sepamos que es mentira, resulta bastante placentero abrazar la ingenuidad durante unas horas y desearle a todo el mundo un feliz año, aun a sabiendas de que el destino rara vez tiene en cuenta las voluntades de nadie. Porque, aunque tal y como están las cosas no parece que vengan bien dadas para nadie, siempre es gratificante ver a la gente con la sonrisa puesta, reencontrarse con esos amigos que viven lejos y a los que uno sólo ve por estas fechas y escuchar las peripecias que han venido pasando a lo largo del año que se va, prometerse a uno mismo ciertas cosas que en el fondo sabe que no va a cumplir jamás y repetir, una vez más, que lo más importante de todo es que acabemos despidiendo el 2010 los mismos que ahora lo empezamos. Se da la circunstancia, además, de que por estas fechas se cumplen cuatro años del nacimiento de este Microcosmos, lo que viene a significar que con éstas son cuatro las navidades que llevo amargándoles el turrón, así que sería muy descortés por mi parte finalizar esta columna (y este año) sin darles las gracias por la paciencia que han tenido al aguantarme durante todo este tiempo. Ha sido un placer. Y feliz año nuevo.

El Comercio, 30 de diciembre de 2009

miércoles 23 de diciembre de 2009

Felices Fiestas

La Virgen María
pensaba y sufría,
Jesús no quería
dejarse acostar.

-¿No quieres?
-No quiero.
Cantaba un jilguero,
sabía a romero
y a luna el cantar.

La Virgen María
probó si podía
del son que venía
la gracia copiar.

María cantaba,
Jesús la escuchaba,
José que aserraba
dejó de aserrar.

La Virgen María
cantaba y reía,
Jesús se dormía
de oírla cantar.

Tan bien se ha dormido,
que el día venido,
inútil ha sido
gritarle y llamar.

Y entrando ya el día,
como Él aún dormía,
para despertarlo
la Virgen María
tuvo que llorar.

Eduardo Marquina
(1879-1946)

[De niño era capaz de recitarlo entero de memoria, ahora he tenido que buscarlo en Google. Pues eso, que feliz Navidad.]

lunes 21 de diciembre de 2009

Línea de Fondo-Jornada 15

Bajo cero
Valladolid, 2-Sporting, 1

El diccionario de la Real Academia Española define el término ciclotimia remitiendo a la acepción de la psicosis maníaco-depresiva, es decir, el trastorno afectivo caracterizado por la alternancia de excitación y depresión del ánimo y, en general, de todas las actividades orgánicas. Con sólo cambiar el primer adjetivo (pueden elegir ustedes el sustituto, hay varias posibilidades al alcance de la mano), la expresión podría ser la más acertada definición de un Sporting que parece dispuesto a enfilar los rigores del invierno mostrando el reverso del conjunto que pudimos o quisimos ver en las primeras jornadas de la Liga.

Supongo que es normal que un equipo como el Barça (que acaba de coronarse como el mejor del mundo, que ha conseguido lo que ningún otro equipo había logrado en toda la historia del balompié universal, que ha estado batiendo récord tras récord desde el mes de octubre del año pasado) acabe pagando el peaje de su éxito con un leve deterioro de las virtudes que le han encumbrado como una de las mejores escuadras nunca vistas hasta la fecha en campo alguno. Tiene motivos y, sobre todo, tiene permiso o excusa para hacer lo que le venga en gana a partir de ahora.

Sin embargo, resulta difícil entender las razones que llevan al Sporting a perpetrar en Valladolid un partido tan distinto a aquellos que le hemos visto jugar hace sólo unas pocas fechas en San Mamés, en La Coruña o en el mismísimo Molinón ante equipos de tanta enjundia como un Mallorca suscrito a las afinidades europeas o un Real Madrid que se resiste a ser comparsa en la fatigosa lucha por la victoria final. Resulta incomprensible que los mismos jugadores que firmaron remontadas espectaculares o que dieron a la hinchada razones para que ésta creyera que, esta vez sí, no había ningún resquicio para el desánimo, se descuelgue de pronto con una tanda de partidos como los tres que hemos tenido que sufrir (Tenerife, Sevilla, Pucela), en los que los mismos jugadores que una vez parecieron estupendamente dotados para la heroica nos han demostrado que hasta en los artífices de las gestas más memorables puede tener cabida la desidia.

No me considero un teórico del fútbol, ni tampoco tengo más conocimiento del tema del que pueda tener un aficionado cualquiera, pero malamente será capaz de ganar un equipo que se pasa toda una primera parte encerrado en su campo y cuya defensa se dedica a embarullarse como se embarulló la nuestra en el contragolpe que acabó suponiendo el segundo gol de los blanquivioletas, que acabaron por cobrarse alegremente la revancha de las derrotas (algunas muy dolorosas) que les infligimos el curso pasado.

El frío podría ser una excusa válida de no ser porque el esquema del partido, los puntos básicos que fueron delineando su argumento, fue exactamente el mismo que hemos visto en las últimas jornadas: el Sporting marca un gol cuando apenas se ha cumplido un cuarto de hora del partido, pasa unos minutos revigorizando el espejismo y poco a poco va cayendo en una languidez inexcusable (este equipo no está para melancolías románticas, ni tampoco puede permitirse hacer el holgazán más de lo justo) que más temprano que tarde acaban aprovechando sus contrarios para igualar la contienda, en el mejor de los casos, o para meter en su propio saco tres puntos que, de haber seguido las reglas de la lógica, nunca habrían tenido que ir a dar a su casillero.

De pronto, parece que el Sporting ha cobrado conciencia de quién es y ha optado por desertar para siempre de aquel sueño que hizo que algunos entusiastas pensaran en Europa antes de tiempo para ceñirse a su propio terreno, por abdicar de la poesía y someterse a las más estrictas reglas de la prosa de una Liga en la que hasta ahora parecía claro que había equipos mucho peores que el nuestro y que no resultaría excesivamente difícil salir moderadamente bien librados de la presente campaña.

El frío que hizo ayer en Valladolid -bastante más del que tuvimos que sufrir en Gijón, bastante menos del que tuvieron que pasar quienes decidieron pertrecharse y cruzar el Pajares para seguir en primera persona las vicisitudes rojiblancas- no fue nada comparado con el frío que transmitió un equipo que a cada jornada que pasa parece más próximo a romperse, con una delantera que no acaba de funcionar del todo (los desastres de la defensa del año pasado acabaron por ocultar una laguna que se antoja fundamental ahora que Bilic no está y Barral sigue a lo suyo, empeñado en su lucimiento personal) y un cuadro de suplentes que ni de lejos cumplen las expectativas que ellos aseguran depositar sobre sí mismos.

Probablemente sea bueno, al fin y al cabo, que la ola de frío llegue ahora, en pleno mes de diciembre, y no se haga esperar hasta los albores de la primavera, como ocurrió hace muy poco. Al fin y al cabo, en invierno lo propio es abrigarse, y en estos días se abre un periodo de reflexión (y de fichajes) que debería dar sus frutos si se quiere encarar una segunda vuelta que resulte, al menos, tan meritoria como la primera.

De momento, al sportinguismo -que es, en última instancia, el que más sufre con estas cosas- no le queda más que apretarse los machos, sofocar la incertidumbre ante la que se avecina y tratar de incrementar esas temperaturas bajo cero que acabaron instalándose en su ánimo con el pitido final del partido.

El escritor Pablo Rivero, que vio a mi lado la segunda parte de la debacle vallisoletana, lo resumió muy bien al parafrasear a aquella profesora de la serie Fama: Ahora empezaréis a saber lo que es sufrir. Y lo cierto es que las próximas semanas no se presentan muy halagüeñas. Aunque, por aquello de cerrar el año con un poco de optimismo, también es verdad que hemos salido ilesos de lances peores.

El Comercio, 21 de diciembre de 2009

domingo 20 de diciembre de 2009

Los pasajeros en Galicia

A la izquierda, y de abajo a arriba, el editor Álvaro Díaz Huici, el erudito Miguel Arrieta Gallastegui y el escritor Pepe Monteserín.

A la derecha, un servidor.

En el centro, el señor Álvaro Cunqueiro.

sábado 19 de diciembre de 2009

Hay un mayo cualquiera

Redundando (o casi) en lo ya escrito, el suplemento Culturas del diario El Comercio publica hoy un extenso artículo que he escrito acerca del poeta Basilio Fernández y del libro Antología (1927-1987) (Trea). Si les interesa, pueden leerlo aquí.

Recuerdos de cuando fui mujer

Nunca conocí a Javier Medina, pese a que leía con auténtico placer sus columnas en El Comercio y procuraba estar al tanto de las películas que iba haciendo y compartíamos algún amigo común y solíamos frecuentar la misma librería. Cuando se murió, le dediqué un artículo que les gustó mucho a su viuda y a sus amigos, y por esa razón me llamaron hace unos meses para pedirme que participara en un documental que estaban rodando a modo de homenaje. Aunque tuve dudas de que mi testimonio pudiese servir para algo (a fin de cuentas, no podía decir mucho más -incluso diría más bien menos- de lo que ya iban a contar quienes sí le habían tratado y conocido), acabé accediendo, aunque finalmente no pude acudir a la grabación por un problema de incompatibilidad de horarios. Ese documental puede verse desde el jueves pasado, y hasta el 1 de febrero del año que viene, dentro de la exposición Recuerdos de cuando fui mujer, que agrupa la obra más reciente de Medina en el Museo Barjola (Gijón). Sólo podía sumarme al homenaje de una forma que, además, tiene bastante sentido, ya que fue así como empezó mi relación con los deudos del artista: escribiendo otro artículo que ha salido publicado hoy en el diario El Comercio. Éste es.

Los mundos de Medina

Que Javier Medina no era un tipo cualquiera lo sabíamos quienes buscábamos con puntualidad metódica las columnas sabatinas que durante años publicó en este mismo diario. Que era, además, un cineasta tan personal como impactante me lo descubrió un amigo común que me hizo seguir la pista de algunas de sus películas, tan subterráneas como deliciosas. Que en su mente anidaba una imaginación tan rica como fecunda e insondable no dejaba de ser una conclusión de las dos evidencias anteriores, pero lo que hasta ahora fue intuición cobra vida estos días en las paredes del Barjola, donde las últimas creaciones de este artista en la sombra -fotografías manipuladas que retratan un mundo presidido por un surrealismo delirante y donde el erotismo y la fantasía se dan la mano en un portentoso juego de espejos (cóncavos y convexos)- se muestran por primera vez al público para sorpresa de unos y desconcierto de casi todos.

Que Javier Medina era uno de los abogados más reputados de la ciudad y también una de las personas más cultas que pisaron estas calles en estos últimos tiempos era algo de sobra conocido por la mayoría de nuestros convecinos, hubieran tenido o no trato directo con su persona. Que a partir de ahora su nombre debería pasar a engrosar la lista que conforman los más reputados, controvertidos y refinados artistas del Gijón de entresiglos es una convicción que acabarán teniendo todos los que se animen a traspasar las puertas de la antigua casona de la calle de la Trinidad para descubrir unos mundos que, por insólitos que parezcan, no dejan de estar en éste.

El Comercio, 19 de diciembre de 2009

viernes 18 de diciembre de 2009

Hacia la luz

Tengo la suerte de vivir en una ciudad donde de vez en cuando uno se encuentra con sorpresas tan hermosas como ésta.

[La escultura Hacia la luz es obra de Francisco Fresno y está instalada en la rotonda de Albert Einstein, entre la parroquia de La Guía y el campus universitario de Viesques (Gijón)]

jueves 17 de diciembre de 2009

Microcosmos175: Berlusconi

Lo peor es que, en el fondo, somos todos unos animales. Apenas media hora después de que un perturbado estrellase una réplica del Duomo milanés en la cara de Silvio Berlusconi, por las redes de Internet ya empezaban a conformarse grupos que elogiaban la actitud y el valor del agresor al tiempo que conminaban a que alguien siguiese su ejemplo. El objetivo variaba según la ideología de los instigadores. Los de izquierdas pedían que algún aguerrido luchador por las libertades desfigurase el rostro de José María Aznar. Los de derechas, por su parte, exigían un nuevo Mesías capaz de ponerle las cosas claras, hostión mediante, al presidente Zapatero. Hasta había algún chiflado que iba más allá y proponía hincharle los morros al mismísimo Papa. Puestos a pedir, que no quede. Y aunque ninguno de los gallitos promotores de tan loables iniciativas se ofrecía voluntario, todos expresaban con fervor sus ansias de que más pronto que tarde irrumpiese alguien con agallas para enfrentarse cuerpo a cuerpo con tan excelsos mandatarios, y sobra decir que cada uno de los congregados en torno a esos aquelarres aprovechaba para reírle la gracia al valiente italiano y felicitarle por haber hecho lo que tenía que hacer. Y disculpen, pero no. No seré yo quien defienda a Berlusconi. Ni me hacen reír sus gracias, ni me epatan sus pretendidas dotes amatorias, ni me subyuga su forma de gobernar, ni le considero competente para dirigir un país. Pero Berlusconi es el primer ministro de Italia porque la mayoría de los italianos que fueron a las urnas así lo quisieron, y aunque sólo sea por eso se merece un mínimo respeto en tanto que representante de una parte no exigua de la población a la que gobierna. Quienes no estén de acuerdo con sus postulados, no tienen más que aguardar a las próximas elecciones. Quienes piensen que con su conducta ha incurrido en algún tipo de delito, sólo tienen que denunciarlo ante un tribunal. Que la democracia sea una doctrina favorable a la intervención de los ciudadanos en el Gobierno no quiere decir que estos estén habilitados para tomarse la justicia por su mano cuando les venga en gana. Y no hay que olvidar que, si ese chiflado fue a partirle los dientes al presumido de Silvio sin que nadie se lo mandara, éste estaba donde estaba porque a él le votó el pueblo. Y lo que el pueblo vota, como dijo aquél, va a misa.

El Comercio, 17 de diciembre de 2009

martes 15 de diciembre de 2009

El poeta sin biografía

La antología poética de Basilio Fernández que ahora ve la luz y que se presenta en sociedad esta misma tarde en Gijón (Centro de Cultura Antiguo Instituto, 19.30 horas) supone, y nunca mejor dicho, un acto de justicia poética por varias razones. En primer lugar, porque permite que nuevos lectores lleguen a los versos de un autor que desarrolló su trayectoria poética en un secreto casi absoluto mientras sus necesidades alimenticias lo conducían a otros menesteres. En segundo lugar, porque vuelve a ser una editorial gijonesa la que pone sus versos a disposición de los lectores. Y, por último, porque fue precisamente esta ciudad la que acogió la escritura silenciosa de un poeta cuyo valor quedó de sobra contrastado al recibir a título póstumo, en una decisión inédita que aún no ha vuelto a tomar ningún jurado desde entonces, el Premio Nacional de Poesía en el año 1992.

En aquella época, Basilio Fernández llevaba ya cinco años muerto y una modesta editorial, Llibros del Pexe, acababa de descubrirle para la literatura con la publciación de su obra completa, de cuya clasificación y estudio se encargó Emiliano Fernández. La descatalogación definitiva de este volumen fue la llama que inspiró esta nueva edición de sus mejores versos que, con el título Antología (1927-1987), está a punto de poner en la calle Ediciones Trea, movida por el interés de mantener vivo el recuerdo de un autor que, aunque nació en Valverdín (León), pasó la mayor parte de su vida en la villa de Jovellanos y cuyo legado ha llegado hasta nosotros en una carambola en la que acabaron por tener tanto peso los méritos literarios como el azar. Como señala Emiliano Fernández -que también se ha hecho cargo de este nuevo acercamiento a los versos de Basilio y firma el prólogo del volumen-, a fin de cuentas, del poeta Basilio Fernández se habla o se ha hablado porque obtuvo un premio literario importante e inesperado, que fue el resultado directo del interés que sintieron por su obra no más de cinco o seis personas a las que llegó un libro editado por una pequeña editorial y lo abrieron y lo leyeron, del mismo modo que podían haberlo dejado a un lado. Un libro que reunía toda una vida presidida por una entrega soterrada a la literatura. Basilio Fernández -que había estudiado Derecho y trabado amistad con Gerardo Diego y Gonzalo Torrente Ballester, y que no había dado a conocer su obra más que en tres ocasiones, todas ellas en sus años de juventud- comenzó a trabajar en los años treinta del siglo pasado en un almacén de vinos propiedad de su familia, y tras abandonar esa labor para jugar el papel que le tocaba en la Guerra Civil -que empezó como republicano y terminó como nacional-, residió en Barcelona durante una temporada antes de regresar a Gijón y establecerse en sus calles para siempre, retomando el mando de un negocio familiar que ya no abandonaría hasta su jubilación.

Totalmente alejado de los corrillos literarios, hay quien ha definido a Fernández como un poeta sin biografía, una expresión que refrenda el autor del prólogo a estos poemas escogidos explicando que el escritor estuvo muy cerca de muchas cosas, pero apenas se mezcló con ellas. En realidad, prosigue Emiliano Fernández -quien recuerda al poeta vestido con chaqueta y corbata, y un guardapolvo azul por encima haciendo tertulia en los locales del Club de Regatas o en las cafeterías de Corrida, siempre sobre temas ajenos al ámbito literario-, la publicación de su poesía no ha dejado de ser, a fin de cuentas, fortuita. Nunca he tenido impresión de que los manuscritos de Fernández hubieran sido conservados con la idea de que tal vez póstumamente alguien fuera a hacerse cargo de darlos a conocer. No es que piense que Basilio Fernández escritor abominase de la gloria literaria, pero lo hizo al menos con el suficiente escepticismo, con la suficiente displicencia y falta de interés como para que todo parezca a punto de no ser como ha sido, y de ser de otra manera.

Ahora, los que según Emiliano Fernández son los versos más reputados de sus ocho libros (Primeros poemas, Cinco poemas para convalecientes, Solitude, optional april, Canciones a María Luisa, Ese celado impulso y otros poemas, Hay un mayo cualquiera, Raudos contornos donde el silencio perservera y Últimos poemas) vuelven a ver la luz para azuzar el disfrute de las nuevas generaciones y causar una renacida sorpresa en quienes pudieron conocer bien a aquel vendedor de vinos sin sospechar ni por lo más remoto sus veleidades literarias, su escritura pulcra y silenciosa, la de un hombre que fue desarrollando su obra al mismo tiempo que disimulaba su biografía.

El Comercio, 15 de diciembre de 2009

lunes 14 de diciembre de 2009

Línea de Fondo-Jornada 14

Ola de frío
Sporting, 0-Sevilla, 1

Supongo que recordarán aquella película de Harold Ramis en la que Bill Murray interpretaba a un hombre del tiempo a quien su cadena enviaba a la localidad de Punxsutawney (Pensilvania) para cubrir el Día de la Marmota, una extravagante celebración autóctona en la que todos los vecinos se congregaban en el parque del pueblo para atender al despertar de su mascota roedora y comprobar si, merced a una leyenda de orígenes inciertos, el invierno se prolongaba unas cuantas semanas más de lo debido en función de si el animal alcanzaba o no a ver su sombra.

No sé si fue el frío tan atroz que empezó a asolar la ciudad desde ayer por la mañana, y que en El Molinón incurría en un ensañamiento especial, o que los primeros compases del partido empezaron a aburrirme más de lo aconsejable, pero el caso es que no pude evitar acordarme de aquel filme (que, por lo demás, revisito religiosamente cada 2 de febrero, como buen fan) al comprobar cómo el Sporting seguía por el camino emprendido hace una semana en Tenerife y saltaba al campo aquejado de una extraña apatía que le llevó a encajar el primer y único gol del partido no en los suspiros inaugurales, pero sí cuando aún no había transcurrido el tiempo suficiente para que ambos equipos pudiesen medir cabalmente sus fuerzas. Si han visto el largometraje del que les hablo, sabrán que su gracia (aunque, visto en frío, tampoco es que la cosa tenga mucha) está en que, por motivos que nunca llegan a aclararse del todo, el meteorólogo al que da vida Murray se ve condenado a repetir una y otra vez, segundo a segundo, ese Día de la Marmota que él tanto odia y en el que se ha visto envuelto por obligación. Entenderán, así, que ante la desidia del equipo local, el ímpetu de los visitantes y el afán por hacerse notar de un individuo del que hablaré después, mi mente viajara hasta el año pasado, cuando, por estas mismas alturas del calendario, volvíamos de San Mamés con tres goles en la mochila y una incipiente sensación de desencanto al comprobar que, tras superar con una racha tan balsámica como ilusoria la desazón de un arranque de temporada marcado por el fracaso, ni éramos tan guapos como creíamos ni nos habían puesto alfombra para ningún paseo triunfal.

Parece que el Sporting necesite someterse a la dialéctica del todo o nada para mantener su idiosincrasia, del mismo modo que da la impresión de que la voluntad de sistematizar lo que no resulta ser más que un cúmulo de azares acaba dando como resultado el desmoronamiento absoluto de la teoría. Dicho de otra manera: cada vez que este equipo se cree algo, cada vez que consigue que su esfuerzo se alíe con la suerte (somos una mezcla de azar y necesidad, escribió Monod) y hace bandera de ese vínculo tan extraño como efímero hasta el punto de considerarlo algo inherente a su condición, la realidad no tarda en devolver las aguas a su cauce. Si hace un año la salida del descenso parecía encarrilar al equipo hacia los paraísos europeos, este año la victoria contra el Villarreal parecía confirmar que la gloria, hoy por hoy, parecía encontrarse a nuestro alcance. Y sin embargo, tanto entonces como ahora llegaron los nubarrones a oscurecer el panorama, quizás porque este equipo para jugar bien necesita, de algún modo, sentirse libre, o por lo menos no sometido a ninguna superstición emanada de las comparaciones estadísticas ni regido por otras reglas que no sean las de su propia evolución.

¿Significa esto que el Sporting que perdió ayer contra el Sevilla es peor que el que goleó al Mallorca o el que le robó dos puntos al Real Madrid? No. Significa, sencillamente, que este equipo es el que es, y que frente a los espejismos más o menos verosímiles nunca conviene perder de vista la certeza de que la vida es, casi siempre, mucho más prosaica de lo que pretendemos. Tiene cierta gracia además que fuese el Sevilla -un equipo al que se ganó aquí el año pasado, y no precisamente sin heroica, en una gesta en la que muchos quisieron ver el (falso) indicio de que las cosas iban por un camino inmejorable- el que viniera a despertarnos del sueño. Y tiene gracia, además, que igual que entonces también acabara cobrando un especial protagonismo el colegiado, esta vez un Pérez Lasa cuya actuación -auspiciada por un sorprendente afán de notoriedad que sólo podría explicar un Sigmund Freud de nuestro tiempo- no soy capaz de describir porque no creo que la lengua castellana disponga de suficientes adjetivos para calificar tal infamia. Si la historia es cíclica -y el fútbol, por sus propias características, siempre lo es- no deja de resultar aleccionadora esta repetición aleatoria de esquemas, la manera de la que se va resolviendo una ecuación que, pese a plantearse en virtud de unas variables distintas, va arrojando una solución muy similar para su incógnita.

Puede ser que las temperaturas me hayan puesto pesimista o que, como me dice a veces una amiga, soy un poco cenizo (en cualquier caso, prefiero ser un cenizo antes que un crédulo), pero lo cierto es que al salir de El Molinón con la cazadora hasta arriba y las manos enterradas en los bolsillos tenía la sensación agridulce de quien constata que, pese a todo, las cosas no están tan mal como podían estar (el año pasado un partido como éste habría terminado con una goleada en nuestra contra) al mismo tiempo que aventura que valdrá más abrigarse para las semanas que vienen, porque mucho me temo (y ojalá me equivoque) que la ola de frío no ha hecho más que empezar.

El Comercio, 14 de diciembre de 2009

domingo 13 de diciembre de 2009

Esos rincones


Sucede que hay rincones de las ciudades cuyo conocimiento -por falta de oportunidad, por desidia, por pereza o por miles de posibles variables más- uno va postergando indefinidamente, y así, después de un año y pico viviendo de continuo en Gijón (y tras residir aquí anteriormente durante un periodo de tres años, y tras pasar aquí la mayor parte de mis veranos desde 1990 y no pocos fines de semana), yo no conocía el Museo Evaristo Valle. Había intentado una aproximación hace unas semanas, cuando fui por allí a entrevistar a Juan Cueto -que vive al lado-, pero no pude rematar la faena, así que esta mañana aproveché la invitación de un buen amigo, el editor Álvaro Díaz Huici, para acudir a la presentación allí de un libro que acaba de sacar sobre la artista alemana Christa Beissel (Friburgo, 1924). Como el acto acabó siendo un absoluto éxito de público y, dadas las condiciones de la sala -era pequeña, quienes intervenían no llevaban micrófono, yo entré el último-, apenas podía oír nada, aproveché para fisgar un poco (el museo, a excepción de un par de salas, estaba cerrado al público) y sacar unas fotos en los impresionantes jardines del edificio, por donde están diseminadas algunas esculturas de los artistas asturianos más emblemáticos del siglo XX. Me he prometido volver por allí el año que viene. A ver si cumplo. Rincones como éstos bien que lo merecen.







sábado 12 de diciembre de 2009

Reencontrarse con Gil de Biedma


Acarrear libros de una casa a otra es un coñazo, pero también tiene sus buenos momentos, que casi siempre cobran la forma de reencuentros con algún que otro título que uno ya no recordaba tener y que, de pronto, aparece entre el barullo que uno ha ido acumulando con el paso de los años -sólo con leer (y releer) lo que ya tengo podría estar ocupado durante al menos una década- para devolverle a uno la imagen de sí mismo en el momento en el que lo tuvo por primera vez entre sus manos.

El caso es que el otro día, en una visita fugaz a mi antigua casa para continuar recomponiendo mi biblioteca en la casa de ahora, me topé con un libro que no recordaba haber tenido nunca y que, sin embargo, tiene que ser mío. Aprendí de joven a apreciar la poesía de Jaime Gil de Biedma (se le mencionaba mucho en mis libros de texto, se le citaba más en otros que yo leía en aquellos años, había muerto no mucho tiempo antes de lo que había muerto, y eso le confería un halo de malditismo que lo hacía bastante atractivo a los ojos de un chaval de dieciséis o diecisiete años), pero creía recordar que todos mis acercamientos a sus poemas se habían dado a partir de poemas sueltos incluidos en antologías y obras de ese calibre. Sí recordaba haberme comprado hace años un ejemplar de su Retrato del artista en 1956 (que, por cierto, no he sido capaz de encontrar), pero ni de lejos recordaba haberme hecho nunca con este ejemplar de Las personas del verbo que ahora tengo a mi lado en la mesa desde la que escribo y que llevo ojeando toda la semana. Y es curioso: aunque no recuerdo ni dónde lo compré, ni cuándo, ni por qué, ni con quién (si es que estaba con alguien), sí he recordado, al darme de bruces con ciertos poemas que hacía tiempo que no revisaba (Idilio en el café, Durante la invasión, Arte poética, Años triunfales), la impresión que me causaron la primera vez que me los eché a los ojos. Sobre todo uno que leí por primera vez hace muchísimo y que, pese a no entenderlo demasiado, me causó tal impacto que nunca he sido capaz de desprenderme del todo de sus versos. Éste:

De vita beata

En un viejo país ineficiente,
algo así como España entre dos guerras
civiles, en un pueblo junto al mar,
poseer una casa y poca hacienda
y memoria ninguna. No leer,
no sufrir, no escribir, no pagar cuentas,
y vivir como un noble arruinado
entre las ruinas de mi inteligencia.

jueves 10 de diciembre de 2009

Microcosmos174: Gran Vía

Hay calles que acaban resumiendo una ciudad. La Gran Vía de Madrid cumplirá en el año que estrenaremos dentro de unos días su primer centenario, y llega a estas alturas de su historia convertida en el emblema más reconocible de la urbe que la acoge, en el epicentro por antonomasia del devenir cotidiano de la capital de las Españas, en el perfecto santo y seña de lo que aún era un poblachón manchego cuando su trazado empezó a dibujarse sobre plano y hoy se ha transformado en una pequeña metrópoli eternamente atrapada en un punto intermedio entre sus ineludibles esencias castizas y las ambiciones de un cosmopolitismo refulgente y despiadado. En aquellos tiempos y en éstos, la Gran Vía siempre ha estado de moda, precisamente porque nunca ha pretendido ser moderna. Ella contempló el paso de los primeros tranvías de los que se tuvo noticia por estas tierras; acompañó a las multitudes que sacaron a pasear su entusiasmo por el advenimiento de la II República; vio cómo en sus aceras se cavaban las trincheras que soportaron durante tres largos años el asedio nacional en la Guerra Civil; asistió a los saraos que montaba en Chicote la crema de la intelectualidad del régimen franquista; compartió alguna que otra muestra disimulada de alegría tras la muerte del dictador; participó en las manifestaciones que marcaron el nacimiento de nuestra democracia treintañera; dejó que Antonio López la retratara como nadie para mostrar su rostro al mundo; acogió ese Broadway aldeano, pero con pretensiones bien dignas, que conforman sus teatros y sus cines y, pese a estar a unos pocos metros del Madrid del poder, supo mantenerse al margen de la grisura administrativa y seguir siendo ella misma: una arteria escrupulosamente fiel a unas señas de identidad que se han ido transformando conforme lo iban haciendo las épocas en las que vivía. Le han escrito canciones, ha aparecido en cientos de películas, unos cuantos libros se han encargado de describirla (bien o mal) en sus páginas y, pese a tanto maleaje, sigue tan lozana y tan guapa como el primer día, con sus ejecutivos y sus putas, sus artistas y sus camellos, sus camareros y sus mendigos, sus oficinistas y sus paseantes. Y es casi seguro que dentro de otros cien años, cuando todos hayamos desaparecido, aún seguirá siendo ese lugar por el que camina absorto el provinciano recién llegado a la capital, con su maleta a cuestas, para descubrir, una vez más, que en Madrid los edificios son muy altos y las mujeres, muy guapas.

El Comercio, 10 de diciembre de 2009

lunes 7 de diciembre de 2009

Línea de Fondo-Jornada 13

Bajo el volcán
Tenerife, 2-Sporting, 1

Allá por 1947, un tipo llamado Malcolm Lowry daba a la imprenta una de las obras maestras de la literatura universal. Se trataba de Bajo el volcán, una novela tan hipnótica como terrible donde se narraba cómo Geoffrey Firmin, un ex cónsul británico con una querencia más que acusada por el alcohol, se entregaba a su particular descenso a los infiernos en la ciudad de Cuernavaca, al pie de los volcanes Popocatepetl e Iztaccihuatl, en plena festividad mexicana de Todos los Muertos. Bajo el volcán fue una de las dos únicas novelas que el autor publicó en vida, pero tampoco le hacía falta mucho más. Cualquier escritor con dos dedos de frente se dejaría cortar un brazo a cambio de pergeñar páginas parecidas a algunas de las de ese libro que la crítica no tardó en considerar como uno de los grandes hitos literarios de los que se tiene memoria y que convirtió a su autor -cuyo alcoholismo poco tenía que envidiar al del ex cónsul Firmin, que no en vano guardaba semejanzas más que evidentes con el propio Lowry- en uno de los mitos más indelebles de la siempre caprichosa república de las letras.

Y aunque él mismo hubiese vivido en Cuernavaca y conociese perfectamente las consecuencias que casi siempre se derivan de la ingesta masiva de alcohol, la localización de la trama no pudo estar más acertada para acabar dotándola de un siniestro sentido en el que, al fin y al cabo, no deja de latir un determinismo más o menos evidente. Los volcanes -esos conductos misteriosos que comunican la superficie terrestre con las entrañas del planeta y cuyo nombre deriva del de Vulcano, la deidad romana que tenía bajo su potestad el fuego y los metales- siempre habían sido motivo de supersticiones y leyendas para quienes acababan encontrando refugio bajo sus faldas. Desde la archiconocida historia de Pompeya hasta los vicisitudes de los más variopintos pueblos indígenas que en la antigüedad más remota tuvieron que hacer frente a las marejadas de lava que de cuando en cuando arrasaban sus dominios, pocos fenómenos naturales u orográficos han generado tanta literatura (aunque el mundo moderno no tardara nada en dar nuevos y más sofisticados motivos para el horror) como esas montañas perforadas en su cima que, tras permanecer años, décadas o siglos fieles a una apariencia engañosa y apacible, acaban escupiendo con tanta crueldad como saña las llamas en las que muchos quisieron ver la encarnación terrenal de la ira de los dioses, un castigo tan contundente como atroz para quienes, de una u otra manera, habían osado desafiar unos designios incontestables.

Probablemente, cuando el Sporting aterrizó en el aeropuerto de Los Rodeos -uno de esos lugares que preferimos evitar quienes nos vemos obligados a ingerir algún tipo de droga legal antes de subirnos a un avión- ningún miembro de la comitiva tenía en la cabeza la novela de Lowry ni había reflexionado sobre el hecho de que, igual que el escritor británico, el equipo llegaba allí convertido en mito por esa capacidad de defenderse que había venido mostrando desde el principio de la Liga y presumiendo del hito de llevar siete jornadas imbatido tras haber sido capaz de trocar en una escuadra ordenada lo que hace unos meses solía asemejarse más a una jaula de grillos. Sí es seguro que todos repararan en que en Tenerife se encuentra el Teide -y es posible que algún jugador, el entrenador o algún miembro de la directiva lo atisbara desde la ventanilla del aeroplano, que se lo mostrara a los demás o que hiciera algún comentario admirativo o jocoso-, ese volcán simpático y doméstico que todos hemos estudiado en el colegio y al que procuran encaramarse los turistas que acaban pasando por la isla, pero no creo que nadie se tomase en serio su posible influjo en el devenir de los acontecimientos que habrían de producirse unas horas después sobre el césped del Heliodoro Rodríguez López.

Porque debe tenerse en cuenta que, si los volcanes son, igual que los dioses, implacables con los suyos, aún lo son más con los que llegan de fuera y no están dispuestos a hacer los méritos suficientes para ganarse su aquiescencia. Así que poco importó que Juan Pablo evitara de milagro un gol que ya estaba cantado y que, casi acto seguido, Diego Castro se sacara de la bota una genialidad de las suyas para ponernos por delante en la contienda, porque -igual que en anteriores ocasiones en las que el Sporting marcó un gol demasiado pronto (hay circunstancias que para este equipo siempre parecen llegar demasiado pronto)- los rojiblancos no tardaron demasiado en bajar la velocidad para permitir al contrincante hacerse con la pelota e ir rellenando los huecos que en los primeros compases del partido habían acogido los pases con tiralíneas de los nuestros, y entonces el Teide aprovechó para hacer de las suyas y ponerlo todo patas arriba: desde la pericia del guardameta gijonés -que vio cómo el balón se estrellaba contra las mallas después de rozar su mano en el primer gol de los tinerfeños- hasta el acostumbrado orden que este año ha dado fama de guardia pretoriana a una defensa sportinguista que ayer se embarulló no pocas veces de una manera casi inverosímil, la más sangrante (la más dañina) en la jugada que concluyó con el segundo tanto de los locales.

Hay quien dice que la realidad imita al arte, y también quien afirma que todo está en los libros. Ni Firmin ni Lowry llegaron a tiempo para poner remedio a sus Apocalipsis íntimos e intransferibles, y los volcanes de Cuernavaca (de forma literal en el primer caso, sólo metafóricamente en el segundo) acabaron siendo testigos de su aniquilación definitiva. Es de esperar que el Sporting, que celebró durante una década su particular Día de Todos los Muertos y vio cómo el Teide acababa con su hito y con su mito, aproveche el viaje de vuelta para reflexionar, hacer propósito de enmienda y tratar de sacar algo positivo de la lección que, para su desgracia, le hicieron aprender bajo el volcán.

El Comercio, 7 de diciembre de 2009

sábado 5 de diciembre de 2009

El día del Watusi

La aventura se presenta y, como siempre, lo hace en forma de miedo y amenaza. La hija del cabecilla hampón del barrio ha sido violada y asesinada. Los dedos acusadores apuntan al Watusi, un individuo famoso en el barrio al que Pepito el Yeyé parece tener como héroe. Fernando Atienza y Pepito parten en busca de ese misterioso personaje para avisarle de que fuerzas despiadadas le buscan para vengarse. Ese día, el 15 de agosto de 1971, la pareja recorrerá la ciudad desierta bajo una interminable tormenta de verano, un lugar que se irá convirtiendo poco a poco en el espacio de los sueños de cada uno de nosotros; el bosque brumoso donde escapamos, donde nos aterrorizamos, donde conocemos el misterio, la magia, el sexo, el placer, la mentira, el desengaño y las convicciones que nos convierten en los seres humanos que, por suerte o por desgracia, acabamos siendo. En esa búsqueda que se convertirá en fuga, el adolescente Fernando Atienza averiguará también quién es el Watusi. Y el Watusi es el rey del ritmo, un bailarín pero también un criminal, un filósofo, un mercenario, el guardián de la alegría y el mensajero de la muerte, un secreto que recorre las calles como el viento, aquello que nuestra imaginación quiere que sea y, a lo mejor, muy poca cosa.

Francisco Casavella

Llevaba tiempo con ganas de metérmelo entre pecho y espalda. Es un novelón. Tiene 1.000 páginas. Y qué buena pinta...

viernes 4 de diciembre de 2009

Microcosmos173: Cuestión de orden

Arturo era novio de Bea, y hacía tiempo que todo iba más o menos bien porque, entre otras cosas, él ignoraba que ella se veía a escondidas con Carlos, un camarero argentino que entró a trabajar un día de primavera en el bar de Charo y no tardó en hacerse -merced a su acento, pero también a unas dotes de embaucador sin duda adquiridas en los ambientes porteños en los que se había criado, o eso opinaron siempre los parroquianos- con los favores de medio barrio. Charo, por su parte, llevaba ya muchos años casada con David, que trabajaba en un taller de automóviles mano a mano con Eduardo, un andaluz que había abandonado su tierra después de enamorarse de Fátima -a la que había conocido por casualidad en verano, al borde de un río, en uno de esos azares tan perfectos que sólo alcanzan a ser comprendidos desde la perspectiva de la ficción- y meter todas sus pertenencias en una maleta para seguirla hasta su ciudad de origen. La hija de ambos, Graciela, se veía desde hacía tiempo con un chaval que respondía por Horacio y que solía frecuentar el bar de Iván sin que nadie sospechara los negocios turbios que le enredaban y en los que también tenía algo que ver Javier, que de cuando en cuando frecuentaba un dudoso burdel de las afueras donde dejaba correr sus más bajos instintos en compañía de Katarina, una muchacha rusa que había abandonado la frialdad de la estepa en busca de un futuro mejor a este lado del continente para acabar engrosando el catálogo de cuerpos de un lupanar cuyas pretensiones hacía tiempo que se habían desmoronado ante las evidencias de la sordidez. Ésta estaba enamorada de Lorenzo, un cliente casado que iba por allí de vez en cuando y que se limitaba a contarle durante cuarenta y cinco minutos los entresijos más anodinos de su vida sentimental junto a María, que al borde de sobrepasar la cuarentena, según decía, había dejado de tener apetencia por nada y apenas hablaba más que con el padre Nicanor, titular de una parroquia cuyo monaguillo, un zagal miope de catorce o quince años que respondía por Ovidio, andaba aquellos días medio enamoriscándose de Patricia.

Todo transcurría, pues, de manera más o menos apacible en el pluscuamperfecto microcosmos del barrio hasta que un día se instaló allí Sebastián, y su irrupción en la escena perturbó para siempre el orden alfabético.

El Comercio, 4 de diciembre de 2009

jueves 3 de diciembre de 2009

'Los últimos días de Michi Panero': Revista de Libros

Éramos todos tan felices

Miguel Barrero
Los últimos días de Michi Panero
DVD, Barcelona 202 pp 14 euros

Fue la madre de Eduardo Haro Ibars quien, furiosa con ciertas alusiones personales en El desencanto, bautizó a los Panero como la familia Trapp. El apelativo, si bien tiene gracia, no termina de ser válido para una gente como ésta, bregada y bragada, y carente desde luego del más mínimo gesto empalagoso. Pues lo suyo fue, tal y como vimos en El desengaño, una especie de invitación al degüello, tan en desacuerdo con el concepto familiar impoluto que se reclamaba en el franquismo. Y es que, sin la película de marras, rodada cuando todavía el tardofranquismo hacía de las suyas, los Panero no hubieran sido elementos tan «de culto» como lo son en la actualidad. Y aquí cabría dejar aparte al padre, el viejo Leopoldo Panero, causante involuntario de la fama de su prole, más poeta de lo que hoy pudiera parecer, ausente de las antologías, oscurecido en parte por las luces y sombras, provocativas y con olor a escándalo de su descendencia.

De entre ella tal vez sea Leopoldo María, aunque hace años horro de condiciones técnicas imprescindibles para poetizar, pues incluso el ejercicio de la locura requiere de una mecánica, quien más merezca ocupar un lugar al sol poético. Menos espacio se le debe al ecoico Juan Luis, poeta de la experiencia con ínfulas filosóficas, como un Cernuda visto con unos prismáticos puestos del revés. (Cernuda tiene que salir en las exégesis panerianas, porque fue amigo de Leopoldo, compañero suyo de andanzas en Londres, e incluso –esto nos lo cuenta Felicidad Blanc, en evocación difícilmente creíble– amor platónico de la esposa del poeta. Ella cuenta en Espejo de sombras, después de un paseo con Cernuda: «Subo a casa. Soy otra persona, he vuelto a encontrar lo que ha sido siempre el móvil de mi vida, el amor»). Y, finalmente, ni migajas para el mantel de Michi Panero. En realidad nacido José Moisés Santiago, el tercer nombre porque su padre se hallaba escribiendo un poema sobre Santiago Apóstol cuando Felicidad se puso de parto.
Michi Panero: un personaje como tantos, de una bohemia incierta vivida al rebufo de una historia familiar polémica en la España reciente. Aquella herencia de otra, artificiosa e inane, en la que una vez hubo un poeta llamado Leopoldo Panero, hábil en el verso, y potente en el empleo de un concepto enclavado en la «poesía arraigada». Un poeta que va desapareciendo de los manuales al uso, condenado a esa «suerte del balancín» que es la historia de la literatura. Pues bien, si Michi Panero –en circunstancias normales no hubiese dado ni para una mala crónica «rosa», y esto habida cuenta de su matrimonio con una hija de Antonio Molina– no formase parte de semejante diligencia, jamás entraría ni en las notas a pie de página de la literatura. Lo suyo fueron algunos cuentos de los que apenas hay trazas, y crónicas televisivas. Pero si no cuajó como escritor, sí lo hace ahora como personaje, incluso dando título a una novela, la tercera de Miguel Barrero (Oviedo, 1980), titulada precisamente Los últimos días de Michi Panero, encabezado con fortuna aunque no excesivamente original (pues varios son los autores que se han ocupado de las postrimerías de escritores o artistas destacados, o marginales, como es el caso). Al joven autor ovetense conviene concederle audacia o sentido de la oportunidad. Pues, en efecto, los Panero «venden», y cualquiera que haya asistido a un recital o firma de libros de Leopoldo María sabe de qué cosa estamos hablando. Igualmente el escribir de tan llamativa familia ofrece una bibliografía «in crescendo» que aportará material a la novelización: así, al guión de El desencanto se añaden las memorias (conversadas ambas) de Felicidad Blanc y Juan Luis Panero, y las biografías o apuntes biográficos de Leopoldo María, muy interesante la de J. Benito Fernández, autor también de la de Eduardo Haro Ibars, compañero de fatigas y farras del «novísimo» autor de Así se fundó Carnaby Street. Y, como cabría esperar, Miguel Barrero echa mano del relativamente copioso fondo de armario paneriano, lo que reconoce paladinamente al final de su libro, cuando el lector sabe de sobra qué cosa ha sido de Michi en su retorno a la Astorga de casi todos los veranos. Pero se queda sin saber (Barrero no es narrador omnisciente) del final de la historia del joven que se presenta en la ciudad maragata, después de quemar sus naves fascinado por la figura de Michi, a quien había poco menos que entrevisto en Madrid, en la Glorieta de Bilbao, en alguna presentación, siempre entre humo de cigarrillos y copas.
Y aquí se echa en falta un mayor equilibrio entre la razón y la consecuencia, es decir, el presunto «sex appeal» (de los tres hermanos Panero, el mejor dotado físicamente aunque no, ciertamente, como escritor) michipaneriano no termina de verse en la novela de Miguel Barrero. Porque Ricardo, el escritor, por quien iremos sabiendo además las peripecias (propia y ajena), se marcha a Astorga (cambiando el tópico del sujeto que vuelve al punto de partida por quien descubre panorama nuevo) como el que sale de copas. Eso sí, el que hace esto difícilmente describirá su recorrido (salvo que sea Malcolm Lowry) con la exactitud de que hace gala Miguel Barrero (o su personaje, Ricardo) en las páginas con las que echa a andar su novela. Se trata de una descripción de Astorga que ciertamente engancha, y que nos hace pensar que Barrero es autor arriesgado, de puro apostar por el estilo, con limpieza suprema, lo que no es mal punto de partida. Luego las buenas intenciones van enmarañándose, y es que a lo mejor esta perdiz no admite mayores mareos, al menos desde el punto de vista tan aséptico como el que adopta Miguel Barrero. Seguramente Michi Panero, su vida turbulenta, lleva incorporado otro tipo de novela, si no biografía. Una novela que Barrero apenas ha esbozado, perdido en la ganga documental de la que tampoco ha querido abusar quedándose, definitivamente, entre medias. Con estilo estupendo, pero incapaz de cubrir por sí solo todo cuanto la novela (de título tan prometedor) anunciaba.

Texto: Vicente Araguas
Fuente: Revista de Libros, diciembre de 2009.

martes 1 de diciembre de 2009

Recuerdo de José Emilio Pacheco

En julio de 2008, José Emilio Pacheco visitó Gijón para participar en la Semana Negra. Estuvo sólo dos días en los que tuve la suerte de acompañarle con bastante frecuencia. No sé muy bien cómo ni por qué, acabamos congeniando, y quienes compartimos con él aquellas jornadas nos hemos alegrado de la concesión del Cervantes tanto como si nos lo hubiesen dado a nosotros mismos. Desde El Comercio me pidieron un artículo para recordar su estancia en la ciudad. Éste es:

«Siéntese acá conmigo»

Pero no se quede de pie; siéntese acá conmigo. Corría una mañana de julio y José Emilio Pacheco acababa de llegar a Gijón. Yo me había internado por los senderos claros y a la vez laberínticos de su poesía algún tiempo antes y aquel día quise pasarme por el hotel donde sabía que iba a estar hospedado para que me dedicara mi ejemplar de En resumidas cuentas.

Suele decirse que uno no debería conocer jamás a aquellos a los que admira, que los acercamientos a esas figuras que uno rodea en su imaginario personal de un halo casi mítico acostumbran a acabar en decepción. Por suerte, no fue el caso. La fama de arisco de José Emilio Pacheco, el sambenito de hombre huraño e inaccesible que le colgaron por su resistencia a conceder entrevistas, por su aislamiento voluntario del pertinaz ruido del mundo, acabó viniéndose abajo en cuanto compartimos el primer café y comenzamos a charlar y yo me preguntaba cómo era posible que el mejor poeta vivo en lengua castellana, el autor de poemas tan memorables como Alta traición, Valencia o La arena errante, se estuviese dirigiendo a mí con una campechanía inverosímil. No quiso, por cierto, firmarme el libro. No en aquel momento. Espere un poco, me dijo con su educación exquisita, deje que le conozca un poco más.

Aquel día, no recuerdo muy bien cómo, los dos acabamos compartiendo una fabada con mi novia y un amigo que también era adicto a la música de sus versos. Luego, fuimos encontrando huecos para charlar de cuando en cuando entre la vorágine endiablada de la Semana Negra, unas veces a solas y otras acompañados por Miguel Cane, Jorge Semprún, Joaquín Sabina y Luis García Montero, que también se habían venido a la ciudad para hacer pandilla en aquellos días. Estar con José Emilio Pacheco era una lección de muchas cosas. Escucharle hablar era un lujo. Compartir su forma de estar en el mundo, de entender la realidad, de mirar la tierra, un privilegio inesperado con el que ni siquiera me había permitido soñar.

Cuando nos despedimos -un viernes de madrugada, en la playa de Poniente-, me dio un abrazo, me regaló tres libros -entre ellos un ejemplar de su poesía completa, hasta ahora casi inencontrable en España- y me dedicó, por fin, aquel volumen que le había puesto entre las manos con nuestro primer café: A Miguel, en Gijón y en todas partes, con amistad presente y futura. Un honor, maestro.

El Comercio, 1 de diciembre de 2009