Uno acepta con gusto que el fútbol es una disciplina propicia a la triquiñuela, a la trampa, al engaño. Por más que algunos no dejen de rasgarse las vestiduras reclamando la implantación de las últimas tecnologías en los estadios a fin de terminar de una vez con las jugadas dudosas y la incompetencia de ciertos árbitros, lo cierto es que este juego perdería buena parte de su gracia si en su desarrollo no tuviese tanta importancia el factor humano. Lo que ocurre es que para fingir, como bien saben los actores que se ganan la vida ante las cámaras o sobre las tablas del escenario, es imprescindible tener talento.
Tras la muerte de Molière, se instaló entre los cómicos una conocida superstición que dice que uno no debe salir a escena vestido de amarillo. Pese a eso, los jugadores del Villarreal -no sé si ellos habrán leído al dramaturgo francés- no tardaron demasiado en convertir su presencia en Gijón en una sucesión de argucias teatrales dirigidas a causar, faltas mediante, el daño que no podían hacer con el balón en sus pies. Lo que ocurre es que tanto teatro requiere un mínimo de sofisticación.
Cuando Rossi, posiblemente con el ego herido tras constatar en repetidas ocasiones su propia impotencia, se dejó caer al césped aullando de dolor y dio tres o cuatro vueltas sobre sí mismo esperando que el colegiado se percatara y detuviera la jugada que estaba a punto de llegar a la portería de su equipo, mostró unas aptitudes excelentes que, sin embargo, quedaron absolutamente deslucidas cuando el juego se paró y el médico del equipo castellonense -que, por cierto, corrió ayer más que todos los componentes de su escuadra juntos- acudió a su rescate y él -no creo que éste haya leído mucho de nada, al menos no se lo dan las pintas- se levantó por su propio pie mientras sus brazos dibujaban un gesto de aquí no pasa nada que sólo sirvió para calentar los ánimos del respetable.
Cuando uno carece de la templanza suficiente para llevar su actuación hasta el terreno de la verosimilitud, deja de ser actor para convertirse en un payaso y eso suele terminar acarreando unas consecuencias más bien funestas para la credibilidad de cada cual, pero también para la honorabilidad global del colectivo al que, como era el caso, pertenece.
No fue un gesto aislado. Salvo el siempre elegantísimo Senna y unos pocos más, buena parte de los villarrealenses ocuparon parte del tiempo que duró su visita a El Molinón persistiendo en sus dotes dramatúrgicas hasta que el árbitro (que saltó al campo dispuesto a aceptar pulpo como animal de compañía, siempre y cuando se lo propusieran los tripulantes del yellow submarine) se percató de su treta y llegó a la sabia decisión de dejar de tomar gato por liebre, lo que acabó por reconfortar a una hinchada que, a tenor de lo que se iba viendo, cada vez se temía más la posibilidad de que se repitiera el mal fario del año pasado, cuando los sportinguistas, tras bailar durante los noventa minutos del encuentro al mismo equipo que ayer compareció a orillas del Piles, regresaron al vestuario derrotados después de que los contrarios les calzaran un gol en contra tras una mano que el árbitro de entonces (a quien el diablo siga confundiendo) no vio o no quiso ver. El referente era claro. Hoy puede que las dos alineaciones lo tuvieran también en mente -y el desarrollo del lance no daba para muchas esperanzas-. Cada vez que el Sporting se aproximaba más de lo debido al área contraria, algún jugador del Villarreal acababa en el suelo, con contacto o sin él, y el partido no tardaba en suspenderse para que el equipo médico habitual pudiera atender debidamente a unos heridos que, en realidad, nunca llegaron a ser tal.
Por eso tuvo mucho de resarcimiento la gracieta con la que el destino quiso acabar beneficiando a los rojiblancos. Que el único gol del encuentro llegase después de un penalti (que el colegiado pitó tras una falta que, ésta sí, fue de libro), y para colmo en un rechace, tuvo que desquiciar bastante a los once hombres que hasta entonces habían intentado conseguir con sus posturitas lo que no llegaban ni a atisbar como futbolistas.
El Sporting no ganó al Villarreal porque jugase mejor. El Sporting ganó al Villarreal porque durante unos ochenta minutos fue el único equipo que jugó, el único que demostró saber de qué va esto del fútbol, mientras el rival se ocupaba de creerse más de lo que es, con sus componentes oficiando de divas ofendidas cada vez que alguien les tocaba un pelo y entregándose a sobreactuaciones y salidas de tono varias que acabaron por encrespar a una afición que se había desplazado hasta allí con el mejor de los ánimos.
Ningún jugador del Villarreal se acordó de que Molière murió en el escenario vestido de amarillo. Probablemente ninguno lo supiese. Al francés, al menos, le aplaudieron a rabiar su última actuación, pero a los de Castellón ni siquiera les queda ese consuelo. El Sporting, ayer, los humilló, los vilipendió y les demostró que la elegancia y la clase valen muchísimo más que la marrullería y los fingimientos ejecutados sin gracia ni cariño ni mesura. Cuando estoy a punto de rematar estas líneas, los rojiblancos están casi instalados en los puestos que dan acceso a la Europa League y los submarinistas se asoman peligrosamente a las puertas del descenso. Y se lo tienen merecido.
El Comercio, 29 de noviembre de 2009