RedenciónSporting, 4-Mallorca, 1Si hacemos caso a los clásicos y a la Historia Sagrada, hemos de concluir que siempre hay un camino abierto a la redención. Por dura que sea la culpa, por complicadas las circunstancias en las que uno se vea envuelto en algún que otro momento de su vida, nunca se debe perder la esperanza en esa luz que puede aparecer al final del túnel porque la experiencia dice que suele empezar a vislumbrarse en el momento menos esperado.
El Sporting era un equipo necesitado de redención. El mal partido que despachara hace una semana y media contra el Zaragoza y la apatía de Pamplona habían cargado sobre sus espaldas muchos más pecados de los que aparentemente podían perdonarse en un único partido. La inoperancia de ciertas líneas, las dudas que atenazaban de continuo a determinados miembros de la plantilla o la apatía que parecía planear por la conciencia de la escuadra tras un inicio de Liga ilusionante eran lastres excesivamente pesados como para pensar en quitárselos de encima de un plumazo.
Pero el Sporting parece empeñado en demostrar -así lo lleva haciendo desde aquel 15 de junio en el que recuperamos nuestro lugar en el mundo- que es capaz de lo mejor y de lo peor, y ayer todos los vicios que se habían ido acumulando en aquellos dos partidos nefastos que nunca debieron haber existido, o al menos no así, se vieron relativizados por el ímpetu de un equipo que salió al césped dispuesto, o casi, a defender con su propia vida ese honor del que no se dice una palabra en su himno, pero que ha venido ocupando un lugar primordial en el inventario de señas de identidad que ha acumulado en su historia más que centenaria.
El equipo que apareció en escena a las cinco de la tarde -hora muy propicia para sacrificios y heroísmos- era un Sporting que se parecía muy poco al que, por desgracia, nos hemos acostumbrado a ver desangrarse por el campo, pero al mismo tiempo, y aunque resulte paradójico, era un Sporting mucho más reconocible por su cercanía al mito, falso o no, que año a año ha ido forjándose en el imaginario colectivo de la grada.
La redención del Sporting lo fue en todos los aspectos. En lo general, porque el equipo dio esa impresión de conjunto sólido y homogéneo de la que tanto ha carecido en estos últimos tiempos. En lo particular, porque el que esa redención fuese posible tuvo mucho que ver con que se encadenaran una serie de redenciones personales a lo largo de un camino que comenzó de la peor manera posible, como si nosotros mismos necesitáramos complicarnos la vida para que las hazañas lo sean en el sentido más rotundo del término, para demostrar que cuando queremos podemos alcanzar las cumbres más altas de la excelencia después de superar los más pútridos arrabales de la miseria. El penalti de Gregory -Goyo para los amigos, que en el Facebook ya somos unos cuantos- habría podido evitarse si el central hubiera mantenido la cabeza fría y preferido el despeje al control. Y, cuando el respetable mascaba la tragedia al contemplar cómo Martí consumaba la pena máxima, pocos se atrevían a apostar por la entereza de una escuadra que hasta aquel momento parecía tenerle tomada la medida al partido.
El imaginario que nos hemos compuesto de esta plantilla dice que cuando el primer gol de un encuentro viene en nuestra contra, poco más hay que hacer aparte de resignarse y esperar que mantengamos el coraje suficiente para salir de la pelea con una cierta dignidad. Pero ayer el Sporting supo responder y estar a la altura de su propia talla. El propio Gregory compensó su arrebato en el lateral del área con una entrega y una solvencia irreprochables; Míchel estuvo soberbio y demostró tanto a sus acólitos como a los más escépticos (entre los que siempre se ha contado quien esto firma, no voy a esconderme a estas alturas) que puede ser ese jugador arriesgado, intuitivo y sagaz que sabe hacer en la sombra ese trabajo fundamental que consiste en engrasar los mecanismos que comunican entre sí las líneas de un equipo; Gerard supo ir de menos a más y lavar un poco más la imagen a la que nos tenía acostumbrados; Canella volvió a ser el de las mejores tardes; Luis Morán recuperó ese carácter decisivo que tantas alegrías nos dio en la consecución del ascenso y en el delirio de la permanencia, y De las Cuevas reivindicó con dos golazos el olfato que una parte de la afición empezaba a exigirle después de varias jornadas de vacío. Y eso frente a un equipo, el Mallorca, que mereció desde el primer minuto la humillación que ayer se le infligió en El Molinón (igual que hay equipos que necesitan redimirse, otros parecen empeñados en buscar su propia perdición) y que estuvo tan soso, descafeinado y anémico que fue incapaz de aportar un solo argumento que justifique la posición que ahora ocupa en la tabla.
La redención quedó consumada cuando el árbitro pitó el final del partido. Acostumbrada a padecer las decepciones y sinsabores que -unas veces contra su voluntad y otras como consecuencia de una inexplicable inoperancia- suele proporcionar este equipo a sus devotos, la grada celebró el minuto 90 con una explosión de júbilo como hacía tiempo que no se veía en estos pagos. Después de remar tanto y tan seguido, era una gozada mirar a la grada y encontrarse con las sonrisas, con los cánticos, con esa mirada que uno atisba a lo lejos sin esperarlo y que acaba alegrándole la tarde. Ayer el Sporting fue El Sporting, con mayúscula, y nos dijo que queda mucha Liga por delante. Y que, si consigue perseverar en esta línea, podemos divertirnos mucho.
Foto: Joaquín Bilbao
El Comercio, 5 de octubre de 2009