sábado 31 de octubre de 2009

Día de Todos los Santos

Cerrar podrá mis ojos la postrera
sombra que me llevare el blanco día,
y podrá desatar esta alma mía
hora a su afán, ansioso lisonjera;

mas no, de esotra parte, en la ribera,
dejará la memoria, en donde ardía:
nadar sabe mi llama la agua fría
y perder el respeto a ley severa.

Alma a quien todo un dios prisión ha sido,
venas que humor a tanto fuego han dado,
médulas que han gloriosamente ardido:

su cuerpo dejará, no su cuidado;
serán ceniza, mas tendrá sentido;
polvo serán, mas polvo enamorado.

Francisco de Quevedo
(1580-1645)

jueves 29 de octubre de 2009

Microcosmos170: Los muertos

Hace unas semanas me cambié de teléfono móvil y, al repasar la agenda del viejo para apuntar aquellos números que iban a acabar perdiéndose en el trasvase, me encontré con los nombres de dos personas que ya no están y cuyas señas de contacto seguían almacenadas en la tarjeta de memoria de mi antiguo aparato.

Como esos datos ya no iban a poder servirme de nada -nunca me fueron de mucha ayuda en realidad: a una de ellas la llamaba muy pocas veces porque el trato que teníamos era asiduo y casi constante; con la otra prefería hablar a través del teléfono de casa, donde sabía que siempre podría localizarla mejor que en el móvil, que nunca llegó a entender del todo-, mi primera reacción fue la de borrarlos para liberar un pequeño espacio en el que almacenar en el futuro otros nombres y otros teléfonos que sí puedan llegar a hacerme falta, cancelar esos registros por inservibles para dar paso a otros que vayan a resultar de utilidad en el futuro.

Sin embargo, cuando estaba a punto de pulsar el botón que haría que se desvaneciesen para siempre sus presencias en los recodos de esa memoria artificial, cambié de opinión y preferí trasladar su rastro a la terminal recién comprada de una manera no del todo meditada ni racional, como si de alguna manera pensase que el hecho de seguir viendo sus nombres en la pantallita del móvil fuese a mantenerlos más presentes de lo que estén o puedan estar nunca en mi recuerdo, como si el seguir tropezándome de vez en cuando con ellos al hacer una llamada o buscar al destinatario de algún mensaje supusiera una forma de seguir teniéndolos en cuenta pese a su ya inevitable ausencia.

Pese a que la muerte esté cada vez peor vista y los fantasmas gocen de muy mala prensa -aunque siempre he creído que hay que temer más a los vivos que a los difuntos, como suele decir una amiga-, la literatura y el cine nos han enseñado que aquellos que algún día desaparecieron de este tiempo no suelen ser malos consejeros, y ahora que al ir a llamar a un conocido he vuelto a encontrarme con los nombres de las dos personas a las que me refería antes, no puedo negar que me he sentido honrado al disfrutar durante unos segundos, en esta noche de un otoño que ya sabe a invierno, del goce inesperado y efímero de su evanescente compañía.

El Comercio, 29 de octubre de 2009

martes 27 de octubre de 2009

Belarmino y Apolonio

Una vez era un hombre que, por pensar y sentir tanto, hablaba escaso y premioso. No hablaba, porque comprendía tantas cosas en cada cosa singular, que no aceptaba a expresarse. Los otros le llamaban tonto.

Este hombre, cuando supo expresar todas las cosas que comprendía en una sola cosa, hablaba más que nadie. Los otros le llamaban charlatán.

Pero este hombre, cuando en lugar de ver tantas cosas en una sola cosa, en todas las cosas distintas no vio ya sino una y la misma cosa, porque había penetrado en el sentido y en la verdad de todo; al llegar a esto, este hombre ya no volvió a hablar ni una palabra. Y los demás le llamaban loco.

Ramón Pérez de Ayala

domingo 25 de octubre de 2009

Línea de Fondo-Jornada 8

Los barcos y la honra
Sporting, 0-Real Madrid, 0

Permítanme empezar con un ejercicio de imaginación. Es posible que cuando lean estas líneas ya le hayan echado un ojo a las portadas de la prensa deportiva madrileña, y estoy por apostar que en todas aparecerá algún madridista alicaído, cual héroe injustamente derrotado, como avance de unas páginas en las que los sesudos comentaristas de siempre reducirán al Sporting al papel de comparsa y atribuirán el empate a los deméritos de tres o cuatro chivos expiatorios que elegirán a su antojo (quizás el entrenador esté entre ellos) antes de dar su receta inefable para salir del bache. Y si ocurre todo eso, y nada hace presagiar que no vaya a ser así, supongo que no estaría mal que alguien se adelante para decir que será mentira...

Lo que le sucede al Madrid es que se ha pasado tanto tiempo repitiendo esa historieta que habla de una presunta grandeza construida en épocas donde los partidos apenas se televisaban y la inmensa mayoría de los españoles seguían la Liga a través de los resúmenes del No-Do que ha terminado por creérsela. Acostumbrado a tararear la letra de un himno que lleva a gala la palabra honor en su estribillo e incluye perlas tan gloriosas como ese cuando pierde da la mano sin envidias ni rencores (me gustaría saber si Diarrá -cuyo extraño concepto del fair play pudimos conocer todos en los compases finales del partido- o Pepe -al que hemos visto dar patadas al balón y también a rivales indefensos- lo han escuchado alguna vez, o si es que no lo entienden), se ha autoconvencido de que las victorias han de concedérsele por algo parecido a la gracia divina y que poco importa el equipo que tenga enfrente. Porque nada pinta en un escenario donde sólo ha de tener protagonismo esa unidad de destino en lo universal que viste de blanco y presume de haber ganado un montón de copas de Europa, en unos años en los que ese trofeo se decidía en pocas rondas, y de disponer de una capacidad de deuda tan mullida como para pagar sin despeinarse noventa y no sé cuántos millones de euros por quien se le antoje.

Con estos planteamientos -y con la coartada ideológica que les concede un Valdano que disfraza su insuficiencia intelectual con tres o cuatro pijaditas de Perogrullo que oportunamente jalean sus muchos palmeros-, daba risa ver a los madridistas pasear su impotencia por el césped de El Molinón, inhabilitados por una escuadra que los estuvo bailando durante más de medio partido y acabó subrayando las vergüenzas de una plantilla con mucho nombre propio y ningún estilo. En medio de todo ese berenjenal, salpimentado con las apariciones de un árbitro llamado Teixiera Vitienes, al que caracteriza su facilidad para cagarla cada vez que se lleva el silbato a la boca, resultaban casi grotescos los paseos de Raúl -ese niño malcriado al que nadie ha enseñado a crecer y que aún no ha aprendido que vale más retirarse a tiempo que andar exhibiendo una frustración que en no pocas ocasiones acaba rozando el ridículo- por el área de Juan Pablo, confuso ante el devenir de unos acontecimientos que en ningún caso se ajustaban al guión previsto y dolido al comprobar por enésima vez que ni sus piernas ni su olfato son ya los que eran.

Acaso su errático vagar por el césped resulte el mejor resumen de un Madrid que quiere ser el Barça, pero que, hoy por hoy, y a tenor de lo que se vio a orillas del Piles, sólo alcanza a compararse con aquel Alcoyano que compensaba sus muchísimas carencias con la moral que ponía para intentar, infructuosamente, conseguir sus objetivos. Lo que ocurre es que el Alcoyano no se creía nada y el Madrid se cree bastante más de lo que es en realidad. Méndez Núñez dijo una vez que era preferible la honra sin barcos a los barcos sin honra. Al Madrid, después de su comparecencia en Gijón, parece que cada vez le va quedando menos de las dos cosas.

Foto: Purificación Citoula
El Comercio
, 25 de octubre de 2009

viernes 23 de octubre de 2009

El Cultural

Últimas noticias del Principado

A la sombra de los Emilio Alarcos, Carlos Bousoño y Ángel González, una nueva generación de jóvenes narradores y poetas asturianos pide paso, desde Jordi Doce (Gijón, 1967) y el politizado Xuan Bello (Paniceiros, 1965) a Tino Pertierra (Gijón, 1964) pasando por Begoña Huertas (Gijón, 1965); Pablo Antón Marín Estrada (Sama de Langreo, 1966); Pelayo Fueyo (Gijón, 1967); José Luis Piquero (Mieres, 1967); Javier Almuzara (Oviedo, 1969); Xandru Fernández (Turón, 1970); Ignacio del Valle (Oviedo, 1971); Martín López-Vega (Poo, 1975) o Miguel Barrero (Oviedo, 1980). [...]

Texto: Nuria Azancot
Fuente: El Cultural, 23 de octubre de 2009

'Los últimos días de Michi Panero': El Correo Gallego

Asinando libros

[...] E ando estes días ler Los últimos días de Michi Panero (Ediciones DVD), de Miguel Barrero. Pensando en como a realidade imita a ficción ou a natureza á arte. Tamén en Michi Panero, o máis novo dunha fin de raza ou iso dícía algún deles nesa película xa clásica que se chama El desencanto, de Jaime Chávarri, que íamos ver co mesmo fervor de convencidos que puxéramos en todo aquilo que non fora como nós quixeramos. Pero fora. No ínterím os Panero fillos ían suplantando o pai dipsómano e clásico, liberal e franquista, unha mestura estraña. E no fondo, alá no fondo, Luis Cernuda, como pasear con Felicidad Blanc, sen o seu espello de sombras aínda, por Hyde Park. Que tampouco é o Retiro, onde eu estivera unha tarde poirenta asinando poesía con Leopoldo María Panero.

Texto: Vicente Araguas
Fuente: El Correo Gallego, 14 de junio de 2009

lunes 19 de octubre de 2009

El señor que me enseñó a leer

Mi abuelo materno -que era quien me daba de comer cuando yo volvía de la escuela y mis padres estaban trabajando, que era casi siempre- venía siempre por casa con el periódico bajo el brazo. Supongo que tuvo algo de culpa de que yo estudiase Periodismo, y aunque no llegó a verme terminar la carrera, siempre me he preguntado qué habría pensado al leer mi firma en las mismas páginas en las que él se enfrascaba a diario. Pero ése es otro tema. La cuestión es que, de tanto ver el periódico pululando por casa, acabé ojeándolo yo también de vez en cuando. No era que me entretuviese mucho ni que encontrara demasiadas cosas de mi interés, pero de vez en cuando aparecía algo. Y en una ocasión -yo debía de andar por los quince años-, acabé topándome con la columna de un tipo que hablaba de literatura y que, además, lo hacía con tanta erudición como gracejo.

Fue a esa edad, más o menos, cuando me convertí en lector de Francisco García Pérez. Sábado a sábado -ése era el día de la semana en el que salía antes el suplemento cultural de La Nueva España, si mal no recuerdo- buscaba su columna (que siempre se tituló Lo que hay que oír, o eso creo) y la leía una, dos, tres veces, para quedarme con las ganas hasta la semana siguiente. Nos vimos por primera vez (o más bien le vi yo a él) un día de junio de 1997, cuando se vino a Mieres a presentar Los clamores de la tierra, la novela de Fulgencio Argüelles, a una feria del libro que se celebró aquel año y de la que nunca más se supo. Un tiempo después, creo que en 1998 ó 1999, cometió un error garrafal al dar su dirección de correo electrónico en una entrevista que le habían hecho para su periódico y que yo leí por casualidad en casa de mi abuela, en el transcurso de una visita relámpago (yo ya vivía en Salamanca) que hice a mi pueblo. A partir de aquel momento, le masacré a correos que él fue respondiendo religiosamente hasta que, en un momento dado, y con razón, debió de acabar hartándose de mí. Por aquel entonces yo ya había leído sus espléndidas Crónicas de El Bierzo y, lo que es más importante, ya había llegado -gracias a muchos de sus artículos y a un portentoso ensayo del que he hablado en más de una ocasión- a las novelas y a los ensayos y a los cuentos de Juan Benet, que desde entonces no ha dejado de ser uno de mis más indiscutibles autores de cabecera.

Nos conocimos bastantes años después, en enero o febrero de 2006, cuando le entrevisté para Les Noticies después de que apareciera en las librerías una recopilación de sus artículos. Nos citamos en el Café Gregorio (también me lo descubrió él, qué cosas) y estuvimos dos horas y pico hablando de lo divino y de lo humano (sobra decir que empecé reconociendo que yo había sido aquel zagal que le abrasaba a correos electrónicos, por aquello de ir con la verdad por delante). Desde entonces, hemos venido manteniendo contacto de una manera más o menos constante y, aunque nos vemos poco, creo que entre ambos se ha ido tejiendo una cierta complicidad que cristaliza cada vez que el azar nos acaba juntando por uno u otro motivo. Últimamente, y aunque suene a broma, parece que sólo es capaz de reunirnos el fútbol. Hace un par de meses participamos juntos en una tertulia radiofónica -él como hincha del Oviedo (nadie es perfecto) y yo como forofo del Sporting-, y tres domingos atrás me lo encontré a la salida de El Molinón después del partido contra el Mallorca (él es del Oviedo, pero también un asiduo de la Tribunona: como es inteligente, sabe dónde está lo bueno).

Ahora, después de quince años, El Tesinando -así le bautizó el propio Benet, al que tuvo la suerte de conocer en su chalet de Pisuerga 7- abandona la dirección del suplemento Cultura y unos cuantos amigos le han organizado una comida a la que han tenido el detalle de invitarme. Sobra decir que será un honor estar allí. Entre otras cosas, porque no sé si las columnas de Francisco García Pérez tuvieron algo que ver en mi decisión de dedicarme a escribir, pero sí sé que, en muchos aspectos, puedo decir que él fue el señor que me enseñó a leer.

Línea de Fondo-Jornada 7

La fábula que no fue
Athletic, 1-Sporting, 2

Cuando el árbitro pitó la señal que indicaba el inicio del descanso, y después de un balance rápido con Chano en la barra del Gregorio, empecé a perfilar en mi cabeza la presentación, el nudo y el desenlace de esta crónica basándome en la lógica de unos acontecimientos que hasta entonces parecían ampararse en una razón inmutable y que no tenían visos de cambiar demasiado en los cuarenta y cinco minutos que aún faltaban para que la contienda se diera definitivamente por decidida.

Aquella crónica que no es ésta, y que ya no escribiré nunca, iba a titularse Fábula del león torpe y del tigre incapaz e iba a sustentarse en tres puntos fundamentales. En primer lugar, mi intención era recordar que, si a los del Athletic se les conoce como los leones de la Liga española, es por la bravura y la tenacidad que han demostrado a lo largo de una historia que, aunque no resulte excesivamente gloriosa, sí les ha hecho acreedores de una serie de méritos que bastan para infundir respeto en sus rivales, aunque sólo sea porque se trate del único equipo del balompié patrio -con la excepción del Real Madrid y el Barcelona- que jamás ha conocido una categoría inferior a eso que hoy llamamos Liga de las estrellas.

En segundo lugar, iba a decir que la trayectoria más que centenaria del Sporting se ha afanado en no pocas ocasiones en buscar las características que han venido definiendo a los felinos. Esto es, su rapidez de reflejos, su capacidad para encontrar petróleo donde sólo parece haber arena, la facilidad con la que acaban acomodándose a un medio aparentemente hostil y para nada afín a sus ambiciones e intereses.

En tercer lugar (y pervirtiendo, en cierto modo, aquella dialéctica hegeliana de la tesis, la antítesis y la síntesis), iba a decir que tanto las veleidades leoninas como las gatunas tienen un serio contratiempo cuando ni hay jugadores lo suficientemente fieros como para defender a garra abierta sus dominios ni los tigres tienen las zarpas tan afiladas como para infligir al contrincante el daño que merece. Y así, con el tinglado establecido -es difícil escribir estas crónicas cuando uno no ve el partido desde la grada, pero después de las pocas jornadas que llevamos he aprendido a desarrollar mis trucos-, me las veía muy felices hasta que el señor colegiado señaló una falta muy cerca del área y, justo entonces, apareció De las Cuevas.

El ex atlético llevaba mucho tiempo demandando que el destino le concediera la justicia o la oportunidad que se merecía. Después de unos partidos en los que el sector más inconformista de la grada (El Molinón, como las grandes plazas, también tiene su tendido siete, y ojalá siga así, porque buena falta hace) comenzaba a reprochar su evidente falta de puntería en algunos lances que llegaron a tener en la puntera de sus botas su resolución definitiva, el alicantino ha venido perfilándose en estas dos últimas jornadas como el revulsivo que tanto necesitaba un equipo que compensa sus carencias con la virtud de desconocer el significado de la palabra rendición.

Si hasta ese momento crucial en el que Barral sufrió una falta al borde del área el encuentro estaba sirviendo para confirmar esa sospecha de que al Sporting, por muy bien que juegue -que lo hace, cuando quiere-, le cuesta encontrar el resorte capaz de conducir al balón hasta el fondo de la red, bastó que De las Cuevas colocara la pelota sobre el punto de saque y lo empujara con su mejor pierna para imponer con un golazo un rotundo punto de inflexión que, salvando las lógicas (y evidentes) distancias, vino a recordar la hazaña de Luis Morán ante el Mallorca y la manera de la que su gesta acabó modificando el rumbo de un encuentro cuyas líneas maestras parecían ya trazadas de antemano.

Bastó ese toque primoroso, fino, elegante, ese rasgo de virtuosismo emanado de un jugador que esconde tras su aparente flojedad una técnica apabullante, para imprimirle al partido ese aire desquiciado que tan bien le viene a este Sporting y que imprime a cada combate un ritmo tan frenético como devastador en el que, por paradójico que resulte, las incertidumbres siempre acaban reduciéndose a la mínima expresión.

No importa que poco después el mismo hombre repitiera -en una contra gloriosa, de ésas que tantas veces intentamos y que casi nunca nos salen como pretendemos- para resolver definitivamente la historia cuando aún faltaba alrededor de un cuarto de hora para que se acabara de escribir la séptima página de la novela de esta Liga, porque en cuanto vimos cómo Iraizoz se veía imposibilitado para detener el esférico que, tras rozar el larguero, acabó empotrándose contra sus mallas, supimos que sería muy difícil que el Athletic sacara algo en limpio de su feudo.

Si el Sporting es temible cuando se crece en la adversidad, resulta mucho peor aún cada vez que el más mínimo destello lo aúpa un milímetro dentro de una contienda entre iguales. Y ni todas las artes de los bilbaínos -que conocen bien el arte de conseguir los favores del árbitro y tienen bien aprendidas las lecciones de hostigamiento al rival que figuran en el manual de este deporte- ni la presión de un San Mamés que siempre ha sabido cómo dar alas a los suyos ni el portentoso remate de Toquero hicieron a la parroquia temer que los tres puntos prefirieran los guggenhenianos vientos del Nervión a la mucho más tradicional ribera del Piles.

Si un 14 de diciembre de 2008 un penalti inexistente en ese mismo escenario nos había hecho asumir, en los primeros compases de un partido atroz y perfectamente olvidable, la certidumbre de una derrota a la que poco había que replicar, apenas un año después los dos tantos de De las Cuevas y la fe que deposita en sí misma una escuadra que parece cada vez más segura de sus propias posibilidades no hacen más que confirmar que es muy posible que, esta vez sí, el camino que se ha emprendido sea el bueno. Y cuando la realidad es la que es, no hace falta echar mano de fábulas que la expliquen.

El Comercio, 19 de octubre de 2009

domingo 18 de octubre de 2009

Del secuestro a la libertad

Lo encontré esta mañana en Paradiso, en la sección de libros de segunda mano, y no pude resistirme. Se titula Del secuestro a la libertad, viene firmado por Enrique Castro Quini (aunque en realidad debieron de escribirlo los periodistas Antonio Rubio Campaña y Enrique García Corredera, únicos destinatarios de la dedicatoria), lo publicó Planeta en 1981 y viene a ser un relato novelado de lo que aconteció desde el rapto del entonces delantero centro del Barça hasta su liberación, un tema que también trata, y muy bien, Andreu Martín en el capítulo que le corresponde del volumen colectivo Barcelona negra, publicado, si no recuerdo mal, este mismo año. Si me hice con él fue por dos razones: en primer lugar, por estas extravagantes mitomanías que arrastro y que de vez en cuando provocan alguna mirada de soslayo entre quienes me rodean; en segundo lugar, porque el epílogo viene firmado por Manuel Vázquez Montalbán, uno de los escritores que más y mejor escribieron sobre fútbol en España. Por lo que he ojeado, el libro no promete más que un repaso bastante simplón por todo lo que ocurrió en aquellos días, pero -como no podía ser de otra manera- el texto introductorio es una pequeña maravilla. Se titula El delantero centro fue secuestrado al anochecer (homenaje al título de una de las novelas de Montalbán que protagoniza el detective Pepe Carvalho: El delantero centro fue asesinado al atardecer) y concluye así:

Respetad a los delanteros centro. No les secuestréis al atardecer. Millones de personas soportan una semana llena de lunes para verles jugar el domingo, para ofrecerles su domingo en esos altares de césped donde la línea que separa la victoria de la derrota es una línea imaginaria.

No se me ocurre ninguna manera mejor de definir el fútbol. Ni de explicar por qué nos gusta tanto.

sábado 17 de octubre de 2009

La rayuela de Quasimodo

Esta semana volvieron a pedirme un artículo para la sección Lecturas y lugares, que se publica cada sábado en la última página del suplemento cultural del diario El Comercio. Esto fue lo que salió:

La rayuela de Quasimodo

En aquella primavera de 1997, París seguía siendo la monstruosa maravilla de la que hablaba Balzac, pero apenas quedaba nada de la urbe dividida en tres ciudades a la que se refería Victor Hugo en los primeros capítulos de la que por aquel entonces era mi novela preferida ni las vanguardias anidaban ya entre la bohemia de unas calles que habían abdicado de su condición de capital del mundo para entronizar a una Nueva York ebria de vanidades y rascacielos.

Cuando llegué a París por primera vez tenía dieciséis años, unas pocas lecturas mal digeridas y un itinerario sentimental que sólo pude seguir a medias y que no me llevó más que a la rotunda decepción de comprobar que ni en la Place du Grève florecían los patíbulos dispuestos para prender brujos y herejes ni La Maga iba a esperarme fumando un cigarrillo mientras contemplaba el fluir del Sena desde la barandilla del Pont Neuf.

Tampoco trepaba Antoine Doinel por las escaleras del Sacré Coeur -donde sólo pudimos encontrar a un guitarrista desharrapado y medio cirrótico cuyo repertorio combinaba en una gozosa promiscuidad los tangos de Gardel con el ímpetu de los Dire Straits y el lamento desgarrado de Jacques Brel-, ni estaban por las manzanas haussmanianas Jean-Luc Godard y Jean Seberg rastreando la luz que pudieran vislumbrar al final de su escapada, ni tomaban café Sartre y Camus en Les Deux Magots observando el campanario de Saint-Germain-des-Prés (tan delicado y tan fino bajo la niebla de abril), ni era ya la Torre Eiffel el faro desde el cual adivinar el devenir de un futuro que definitivamente había desplazado su eje de rotación al otro lado del Atlántico.

Sólo la extraña armonía de la Fuente de los Inocentes, una pequeña maravilla neoclásica abandonada a su suerte en una plaza próxima a un Centro Pompidou tomado por skaters y posmodernos, parecía querer evocar un París falsamente recreado que sólo pude atisbar de vez en cuando -en las bellísimas vidrieras de la Sainte Chapelle, entre los muros viejos y nobles de Notre Dame o en cierta calle del Quartier Latin en la que desemboqué por casualidad y a la que no supe volver jamás- y que tenía muy poco que ver con la ciudad por la que avanzaban mis pasos, cada vez más erráticos y lentos. Cada vez más silenciosos. Cada vez más resignados ante la evidencia de que, por mucho que anduvieran, en ninguna esquina acabarían encontrándose con Quasimodo jugando a la rayuela.

El Comercio, 17 de octubre de 2009

viernes 16 de octubre de 2009

Ya están en casa...

Mi padre tenía unos cuantos números sueltos en su biblioteca (el monográfico sobre La Regenta, el de la novela negra, el de Miró...). De niño, me gustaba ojearlos de vez en cuando. De adolescente, hasta me dio por leer algún artículo. De mayor, he aprovechado cada vez que he ido de visita por allí para repasar tal o cual colaboración, y algún que otro número suelto había venido comprando, desde hace algunos años, en los mercadillos de segunda mano donde me los encontraba.

Hace unas semanas, Cajastur puso a la venta la colección completa de Los Cuadernos del Norte -la revista que fundó y dirigió Juan Cueto (uno de los personajes más valiosos que ha dado Asturias en estas últimas tres décadas) y que se convirtió en referente allá por los ochenta del siglo pasado- y no pude resistirme. Hoy mismo acaba de llegarme el paquete con los 60 números. Y qué bien lucen en mi biblioteca...

jueves 15 de octubre de 2009

Microcosmos169: Paraísos

En mi imaginario personal e intransferible, el paraíso tiene la forma de un pueblo con mar con calles estrechas y empinadas y cuyo trazado se va dibujando en la ladera de una loma coronada por una ermita desde cuyo ábside se divisa la quietud inmensa del horizonte y unas cumbres nevadas desvaneciéndose al fondo, entre la niebla. Como no dispongo de un dios al que rezar ni abrazo más liturgias que las que, mal que bien, van conformando mi variable día a día, en los momentos de recogimiento suelo imaginarme paseando por ese espacio que dibujo y desdibujo a mi antojo a medida que me alterno por sus recovecos inexactos y cambiantes. Unas veces lo hago acompañado y le explico a quien va conmigo algunos detalles de los lugares que vamos dejando atrás -una anécdota inexacta de su historia, alguna vivencia ficcionada por el filtro de un recuerdo remoto, cualquier banalidad que en ese instante pueda tener una mínima relación con alguno de los edificios con los que nos vamos encontrando-; otras, por el contrario, recorro esos caminos solitario mientras fumo un cigarrillo y observo el vuelo lento y demorado de las gaviotas sobre las barcas que flotan en la amansada agua de un puerto medio abandonado en cuyas dársenas sólo queda ya un débil recuerdo de los balleneros que arribaban para echar allí sus anclas. Casi siempre termino perdiéndome en algún rincón, encontrándome de pronto en una plaza que no recordaba de mi anterior visita, aturdido por ese absurdo extravío en algún lugar fuera del tiempo y el espacio, y es entonces cuando despierto y vuelvo a la realidad y observo el mundo de siempre con los ojos nuevos de quien regresa de un largo viaje del que nunca tuvo claro que podría regresar, confrontando las hostilidades conocidas con la amabilidad de un ensueño que aún tarda unos segundos en evaporarse lentamente para dejarme otra vez a solas conmigo mismo, encerrado en el estudio donde escribo y fumo y leo mientras fuera, en el patio de manzana, se oyen los gritos de unos niños que reclaman la presencia de su madre y en el aparato de música suena la delicada armonía de la primera Gymnopedia de Satie. Y sin saber muy bien por qué, vienen a mi cabeza aquellas palabras de Leonard Cohen con las que el viejo y cansado trovador quiso simplificar la razón fundamental de su poética: escribir cosas que puedan ser leídas en noches como ésta por gente como yo.

El Comercio, 15 de octubre de 2009

martes 13 de octubre de 2009

Luis Aguilé: un recuerdo

Era el verano de 2002 y yo estaba de prácticas en un periódico de Gijón. Aquel día se cumplía el aniversario (no recuerdo cuál, uno redondo, de esos que tanto gustan en los periódicos) de la muerte de Eva Perón, y Luis Aguilé acababa de llegar a la ciudad para dar un concierto al día siguiente en El Parque del Piles, una sala de fiestas ya desaparecida que se levantaba al final de la playa de San Lorenzo. Era ya algo tarde (las ocho o las nueve de la noche). Yo estaba en la redacción corrigiendo el último párrafo de una entrevista que esa misma mañana le había hecho a Concha Velasco (era todo muy sixtie, como ven). El redactor jefe estaba en su despacho atendiendo a sus asuntos mientras el televisor emitía, en riguroso directo, un encuentro que el autor de Cuando salí de Cuba o Es una lata el trabajar mantenía con la presentadora del magazine nocturno de una televisión local. En un momento dado, el redactor jefe abandonó su cubículo y apareció por la redacción exclamando que Luis Aguilé estaba contando en la tele que había conocido a Eva Perón y que a una de mis compañeras de precariedad en aquellos meses no se le había ocurrido preguntarle sobre ella en la entrevista que le había hecho unas horas antes. Como en el periódico, a aquellas horas, sólo estábamos yo y otros dos, y como yo tenía todas las de perder, me señaló con el dedo y me ordenó que fuese ipso facto hasta la televisión aquella para pillar a Luis Aguilé y hacerle tres o cuatro preguntas acerca de la añorada primera dama argentina.

Pedí un taxi y llegué a los locales de la cadena, instalada entonces -no sé si sigue allí- en un barrio de las afueras. Pedí al conductor que me esperase y deambulé por las oficinas hasta que encontré a un tipo que parecía ser jefe de algo. Le expliqué quién era y por qué estaba allí a aquellas horas. Me pidió que esperase, que el programa estaba a punto de acabar y que Luis Aguilé no tardaría en salir. Apareció a los pocos minutos. Cuando le comenté que quería hacerle una entrevista -él acababa de salir de una, lo recuerdo un poco sudoroso, bastante cansado, me comentó que había llegado ese mismo día desde Madrid en coche y apenas había tenido tiempo de pasar por el hotel-, no me puso ningún pero. Al contrario. Me dijo que si quería se la podía hacer allí mismo y que no me preocupara, que me tomase todo el tiempo que fuera necesario. Le pregunté si había conocido a Eva Perón. Me contestó que sí, cuando era niño. Le pregunté qué opinión tenía de ella. Me respondió con tres o cuatro tópicos de esos que emplea todo el mundo al hablar de Eva Perón. Le pregunté qué opinión tenía ella de él. Me miró como si estuviese mirando a un marciano o a un subnormal e improvisó, supongo, una respuesta inventada que yo acabaría convirtiendo en el titular de aquella entrevista. Cuando hube apuntado sus últimas palabras, le di las gracias y me despedí. Me preguntó si no le iba a preguntar nada sobre su música. Le respondí que no. Me preguntó si no le iba a preguntar nada sobre el concierto que iba a dar la noche siguiente. Le respondí que era el aniversario (no recuerdo cuál, uno redondo) de la muerte de Eva Perón y que en mi periódico estábamos haciendo un monográfico con entrevistas donde los entrevistados sólo hablaban acerca de Eva Perón. Puso un puchero triste y me preguntó si al menos pensaba ir a su concierto. Le contesté que no lo tenía pensado, pero que igual me pasaba. Me dio la mano. Le di la mía. Me dijo que había sido un placer. Le dije que para mí también. Me fui.

Subí al taxi. Cuando estábamos a punto de arrancar, escuché unas voces. El taxista frenó. Miré por el espejo retrovisor y vi a Luis Aguilé venir corriendo hacia el coche. Abrí la puerta, salí a preguntarle qué quería y antes de que pudiese decir nada me dedicó una sonrisa y me mostró dos entradas para su concierto. Me las dio. Me dijo que invitara a mi novia, o a cualquier amiga, y que veríamos qué bien nos lo pasábamos. Le dije que no se preocupase, que seguramente iría. Volvimos a despedirnos, esta vez con una palmada en la espalda. Volví a subir al taxi. Tras arrancar, el taxista me preguntó si aquel tipo que había estado hablando conmigo era Luis Aguilé. Le respondí que sí. Me contó que su mujer era muy fan y que seguramente irían al día siguiente a verle a El Parque del Piles. Le pregunté si tenía entradas. Me respondió que no. Le regalé las mías.

El otro día, cuando me enteré de que Luis Aguilé había muerto, recordé toda esta historia. Y me sentí un poco mal.

sábado 10 de octubre de 2009

Economía de guerra



Fran Gayo. Las próximas cosechas. Acuarela, 2009

jueves 8 de octubre de 2009

La plaza de la Soledad

Es uno de mis rincones preferidos de Gijón, precisamente porque lo conoce poca gente y casi nunca pasa nadie por allí. La descubrí una noche de hace unos cuantos años, cuando me perdí una noche por las callejas del Barrio Alto y terminé desembocando en un enclave tan diáfano como perturbador cuando uno se lo encuentra enterrado en la penumbra. Luego Nacho Vegas le dedicó una canción memorable, conocí a un poeta que vivía (y vive) avecindado en uno de sus edificios y descubrí la historia de la Casa del Chino, donde el único oriental del que se tuvo noticia durante mucho tiempo en la ciudad instaló un bar al que se acercaban marineros y canallas para beber whisky y leche de pantera. No es fácil llegar a la plaza de la Soledad si uno no conoce los caminos que conducen a ella, aprisionada como está entre callejones sombríos, latiendo silenciosa en el corazón de ningún sitio, pero de vez en cuando me gusta ir por allí como quien no quiere la cosa y pasar despacio entre sus casas como si fuese un forastero que acaba de llegar y deambula sin rumbo ni destino. La plaza de la Soledad, tan solitaria ella, puede ser a veces la mejor de las compañías.

lunes 5 de octubre de 2009

Línea de Fondo-Jornada 6

Redención
Sporting, 4-Mallorca, 1

Si hacemos caso a los clásicos y a la Historia Sagrada, hemos de concluir que siempre hay un camino abierto a la redención. Por dura que sea la culpa, por complicadas las circunstancias en las que uno se vea envuelto en algún que otro momento de su vida, nunca se debe perder la esperanza en esa luz que puede aparecer al final del túnel porque la experiencia dice que suele empezar a vislumbrarse en el momento menos esperado.

El Sporting era un equipo necesitado de redención. El mal partido que despachara hace una semana y media contra el Zaragoza y la apatía de Pamplona habían cargado sobre sus espaldas muchos más pecados de los que aparentemente podían perdonarse en un único partido. La inoperancia de ciertas líneas, las dudas que atenazaban de continuo a determinados miembros de la plantilla o la apatía que parecía planear por la conciencia de la escuadra tras un inicio de Liga ilusionante eran lastres excesivamente pesados como para pensar en quitárselos de encima de un plumazo.

Pero el Sporting parece empeñado en demostrar -así lo lleva haciendo desde aquel 15 de junio en el que recuperamos nuestro lugar en el mundo- que es capaz de lo mejor y de lo peor, y ayer todos los vicios que se habían ido acumulando en aquellos dos partidos nefastos que nunca debieron haber existido, o al menos no así, se vieron relativizados por el ímpetu de un equipo que salió al césped dispuesto, o casi, a defender con su propia vida ese honor del que no se dice una palabra en su himno, pero que ha venido ocupando un lugar primordial en el inventario de señas de identidad que ha acumulado en su historia más que centenaria.

El equipo que apareció en escena a las cinco de la tarde -hora muy propicia para sacrificios y heroísmos- era un Sporting que se parecía muy poco al que, por desgracia, nos hemos acostumbrado a ver desangrarse por el campo, pero al mismo tiempo, y aunque resulte paradójico, era un Sporting mucho más reconocible por su cercanía al mito, falso o no, que año a año ha ido forjándose en el imaginario colectivo de la grada.

La redención del Sporting lo fue en todos los aspectos. En lo general, porque el equipo dio esa impresión de conjunto sólido y homogéneo de la que tanto ha carecido en estos últimos tiempos. En lo particular, porque el que esa redención fuese posible tuvo mucho que ver con que se encadenaran una serie de redenciones personales a lo largo de un camino que comenzó de la peor manera posible, como si nosotros mismos necesitáramos complicarnos la vida para que las hazañas lo sean en el sentido más rotundo del término, para demostrar que cuando queremos podemos alcanzar las cumbres más altas de la excelencia después de superar los más pútridos arrabales de la miseria. El penalti de Gregory -Goyo para los amigos, que en el Facebook ya somos unos cuantos- habría podido evitarse si el central hubiera mantenido la cabeza fría y preferido el despeje al control. Y, cuando el respetable mascaba la tragedia al contemplar cómo Martí consumaba la pena máxima, pocos se atrevían a apostar por la entereza de una escuadra que hasta aquel momento parecía tenerle tomada la medida al partido.

El imaginario que nos hemos compuesto de esta plantilla dice que cuando el primer gol de un encuentro viene en nuestra contra, poco más hay que hacer aparte de resignarse y esperar que mantengamos el coraje suficiente para salir de la pelea con una cierta dignidad. Pero ayer el Sporting supo responder y estar a la altura de su propia talla. El propio Gregory compensó su arrebato en el lateral del área con una entrega y una solvencia irreprochables; Míchel estuvo soberbio y demostró tanto a sus acólitos como a los más escépticos (entre los que siempre se ha contado quien esto firma, no voy a esconderme a estas alturas) que puede ser ese jugador arriesgado, intuitivo y sagaz que sabe hacer en la sombra ese trabajo fundamental que consiste en engrasar los mecanismos que comunican entre sí las líneas de un equipo; Gerard supo ir de menos a más y lavar un poco más la imagen a la que nos tenía acostumbrados; Canella volvió a ser el de las mejores tardes; Luis Morán recuperó ese carácter decisivo que tantas alegrías nos dio en la consecución del ascenso y en el delirio de la permanencia, y De las Cuevas reivindicó con dos golazos el olfato que una parte de la afición empezaba a exigirle después de varias jornadas de vacío. Y eso frente a un equipo, el Mallorca, que mereció desde el primer minuto la humillación que ayer se le infligió en El Molinón (igual que hay equipos que necesitan redimirse, otros parecen empeñados en buscar su propia perdición) y que estuvo tan soso, descafeinado y anémico que fue incapaz de aportar un solo argumento que justifique la posición que ahora ocupa en la tabla.

La redención quedó consumada cuando el árbitro pitó el final del partido. Acostumbrada a padecer las decepciones y sinsabores que -unas veces contra su voluntad y otras como consecuencia de una inexplicable inoperancia- suele proporcionar este equipo a sus devotos, la grada celebró el minuto 90 con una explosión de júbilo como hacía tiempo que no se veía en estos pagos. Después de remar tanto y tan seguido, era una gozada mirar a la grada y encontrarse con las sonrisas, con los cánticos, con esa mirada que uno atisba a lo lejos sin esperarlo y que acaba alegrándole la tarde. Ayer el Sporting fue El Sporting, con mayúscula, y nos dijo que queda mucha Liga por delante. Y que, si consigue perseverar en esta línea, podemos divertirnos mucho.

Foto: Joaquín Bilbao
El Comercio, 5 de octubre de 2009

domingo 4 de octubre de 2009

Menage à trois

Hacía tiempo que quería tener esta foto, pero estaba bien guardada en un teléfono móvil al que no pude tener acceso hasta ayer. Se tomó en septiembre de 2008 (creo que el fotógrafo fue José Luis Argüelles, que unos minutos después daba una lectura de sus poemas en la que yo hacía de presentador) a las puertas del Centro de Cultura Antiguo Instituto Jovellanos, y me parece que fue la última vez que coincidimos los tres juntos. En abril de 2005 yo había mantenido una conversación con Nacho Vegas acerca de El desencanto en la que él me contó que unos años atrás, en el transcurso de un viaje a Astorga, había conocido a un chico que decía ser amigo de Michi Panero, y que casualmente -así lo dijo- ese chico trabajaba en aquel momento en el mismo periódico donde yo colaboraba entonces y en el que había sido redactor de plantilla hasta unos meses atrás. El chico era Ángel García, con el que yo había hablado varias veces por teléfono a lo largo de aquel año (estaba de corresponsal en Siero y casi siempre me tocaba corregir a mí sus páginas) y con el que hasta aquel momento sólo había coincidido unas pocas veces -la primera, como él aún recuerda (a mí se me ha olvidado), ante una de las puertas del Fondo Sur de El Molinón, la víspera del concierto de Paul McCartney-. A los pocos días, cuando empezó a germinar en mi cabeza una idea que acabaría convirtiéndose en una novela y un documental, le llamé por teléfono para solicitarle algunas indicaciones en los prolegómenos de mi primer viaje a Astorga. Luego acabaría teniendo un papel protagonista en La estancia vacía -ante las cámaras y detrás de ellas-, cuya banda sonora constaba de dos canciones compuestas por Nacho Vegas, y Los últimos días de Michi Panero está dedicada a su persona. Precisamente, unos días antes de que nos hicieran esta foto, mi novela había ganado en Mérida el Juan Pablo Forner. Cuando, por pura casualidad, nos encontramos los tres en Gijón aquel día de septiembre, Ángel quiso inmortalizar aquella especie de menage à trois paneriano del que habían acabado saliendo un disco, un libro y una película. La foto estaba hecha. Sólo faltaba que alguien contara la historia.

Las inmensas preguntas

Con decirte que ya son varios días sin salir...
Puedes creerlo o no, pero he sido moderadamente infeliz.
Hice así una canción, y creí que verías en ella un piropo.
La escuchaste y después me dijiste: "Lo tuyo es del género bobo".

Cuando me intento explicar, las palabras se esconden en no sé qué sitio
y entonces te escucho igual que el que escucha de lejos el tráfico
de su ciudad.
Y me pierdo en inmensas preguntas que lucen con esplendor y absurdidad.
Ya viví, sufrí, amé...
Y todo, ¿para qué?

Hicimos el amor una vez que sentimos el frío
y el resultado fue, ya lo ves, más o menos como en los erizos.

Cuando me quiero explicar, mis demonios se ponen groseros, me insultan
y entonces me entran las dudas y le echo la culpa a mi género
y a correr.
Y si surgen preguntas, pues dejo que surjan en su esplendor y estupidez.
Viví, sufrí, amé...
Vale, ¿y ahora qué?

[Las inmensas preguntas es el single del EP El género bobo, de Nacho Vegas, a la venta el 5 de octubre]

viernes 2 de octubre de 2009

Últimos ecos de Verines

El Ministerio de Cultura ya ha colgado en la página web de los Encuentros de Verines algunas de las ponencias de la edición de este año. Si quieren echarles un vistazo, no tienen más que pinchar aquí.

Por otra parte, en la web de DVD Ediciones se ha publicado hoy una crónica personal que he escrito para la ocasión y a la que pueden acceder por aquí.

jueves 1 de octubre de 2009

Microcosmos168: La playa

Abrió la ventana de la habitación y se encontró con la playa. La noche anterior, a su llegada, un recepcionista esquivo y malhumorado le había entregado sin más ceremonia que la estrictamente necesaria un grueso llavero de hierro en cuyo anverso estaba grabado el número del cuarto, el 110, antes de indicarle con un gesto más bien tosco la dirección de unas escaleras que subían al primer piso y que él tomó para desembocar en un pasillo por el que se dejó conducir hasta una cama que ni siquiera se molestó en deshacer, exhausto como estaba tras un viaje más largo de lo previsto y en el que se había extraviado dos veces por los recovecos de unas carreteras tan estrechas como serpenteantes. No sabía muy bien qué era lo que iba a hacer allí, ni siquiera si aquello para lo que le habían llamado tendría alguna utilidad, como tampoco estaba seguro de poder aportar algo a la reunión que apenas unas horas más tarde iba a dar comienzo en una vieja casa de los alrededores y de cuyos prolegómenos y pormenores apenas se le había informado. Por eso, cuando sonó el despertador y sintió en la cara el golpe de la luz que se filtraba a través del grueso cortinón de la ventana, y mientras se sacudía las telarañas de un sueño tan ligero como intranquilo, pensó en aprovechar su propio desconcierto y el desconocimiento ajeno para hacer un inaudible mutis y poner tierra de por medio, regresar al lugar del que tal vez nunca había debido salir y retomar su vida en el punto exacto en que la había abandonado la tarde anterior. Se disponía a hacer efectivo su propósito, a asumir sin reparos una claudicación que, de cualquier manera, habría llegado más pronto que tarde, cuando -por una intuición absurda o por una casualidad indescifrable, el destino también lanza sus monedas sin que nosotros podamos percibir lógica alguna en sus reglas- se acercó a la ventana y descorrió la cortina y alzó la manilla para dejar correr el aire y encontrar ante sus ojos aquella playa que apenas había podido entrever a su llegada desde la carretera perdida en las frondosidades de la noche y que ahora, a plena luz, asemejaba un decorado superpuesto en las tinieblas de su conciencia. Sonrió. Y se dispuso a dejar que comenzase el juego.

El Comercio, 1 de octubre de 2009