miércoles 30 de septiembre de 2009

Los Cuadernos del Norte

En 1980, la Caja de Ahorros de Asturias cumplía cien años y tuvo la feliz (y, desgraciadamente, original) idea de celebrarlo publicando una revista cultural. La misión se le encargó a Juan Cueto, y él se ocupó de poner en marcha Los Cuadernos del Norte, una publicación que fue pionera en muchas cosas y que desapareció con la llegada de la década de los noventa. Su andadura dio para sesenta números que aglutinaron a muchas de las firmas (por no decir todas) más respetables de la literatura y el periodismo de la España de aquel tiempo, y entre sus páginas se encuentran algunas joyas que han pasado a la historia del periodismo cultural español. Desde Los Cuadernos del Norte se descubrieron autores, se reivindicaron artistas, se arrojó luz sobre determinados episodios de la historia reciente (y la que no era tanto). Se le dedicó un monográfico a Edgar Allan Poe y otro a la novela policiaca mucho antes de que los altos estamentos literarios la redescubrieran como el género de combate de los nuevos tiempos, y se habló por primera vez de Roberto Frassinelli y su legado.

Resulta curioso que ahora, cuando empieza a firmarse el certificado de defunción de la prensa cultural y muchos suplementos del ramo dan sus últimos coletazos o se preparan para exhalar más pronto que tarde su último suspiro, Cajastur ponga a la venta la colección completa de Los Cuadernos del Norte a un precio más que razonable. Una buena oportunidad para hacerse con ellos y deleitarse y entristecerse a partes iguales al constatar de nuevo que hubo una vez en la que lo que podía haber sido acabó siendo.

lunes 28 de septiembre de 2009

Línea de Fondo-Jornada 5



Salir de dudas
Osasuna, 1-Sporting, 0

Hoy va a estar jodido, ya verás. Me lo dijo Ángel al poco de ocupar mi sitio en la barra del Gregorio. La frase, aunque pueda sonar a tópico cuando se habla del Sporting, no hacía en este caso sino verbalizar un estado de ánimo que parecía atenazar desde el jueves a la parroquia rojiblanca, como si el encuentro ante el Zaragoza hubiese devuelto a la hinchada el poso de una incertidumbre que se creyó extinguida cuando el fulgor de los primeros partidos -también el del Barça, pese a la goleada- denotaba un ligero cambio en la actitud y las aptitudes de los nuestros y parecía que esta vez, a tenor de lo que se había ido viendo ante el Almería y en Mestalla, daba la impresión de que las matemáticas, por una vez, iban a estar de nuestra parte y no traerían los dolores de cabeza que tanto tuvimos que padecer hace unos pocos meses.

El partido, en verdad, no daba pie a muchas predicciones. Pamplona, que es una ciudad famosa por sus encierros sanfermineros -y que además, y por lo que parece, andaba celebrando este fin de semana una especie de réplica en miniatura de su bullicio estival-, se ha hecho famosa en el negocio futbolístico por la facilidad que tiene para convertir su estadio (aunque el Reyno de Navarra imponga menos que El Sadar) en una caldera donde hervir a fuego lento a sus rivales y, si algo caracteriza al equipo de Preciado, es su facilidad para resultar completamente imprevisible cada vez que se ve sometido a presión.

En casos extremos, puede aparecer tanto el Sporting más sublime como aquel equipo medio cojo y desarrapado que tantas veces hemos visto languidecer, preso de una impotencia tan incomprensible como reiterativa, por los campos más insospechados. Si frente a los pesos pesados de la Liga puede resultar más sencillo -o menos arriesgado- hacer un cálculo estimativo de las posibles reacciones de la escuadra gijonesa, cuando quien se nos pone enfrente es uno de esos equipos con los que es muy probable que nos encontremos jugándonos el mismo plato de garbanzos al final de la campaña, cualquier previsión resulta, cuando menos, aventurada.

No hicieron falta muchos minutos para comprobar que ayer tocaba ración de lo segundo. El Sporting, que parece que vuelve a ser un equipo de máximos o de mínimos, saltó ayer al césped pamplonica dispuesto a mostrar su peor cara, la misma que tuvimos ocasión de ver tantas veces a lo largo de la última temporada, y a sembrar de incertidumbres las expectativas de quienes asistíamos desde la distancia (también de los que estaban en el campo, me supongo) a la deriva inesperada de una escuadra que es capaz tanto de deleitar con el juego más chispeante como de aburrir con la inoperancia más mortecina.

No sé si los defectos pueden achacarse a una sobrecarga de partidos -tres en una semana, puede que demasiados para un equipo tan limitado en tantas cosas como el nuestro- o si, por el contrario, cabría concluir que somos proclives a padecer ciertos extravagantes excesos de confianza que nos entran cuando las cosas parecen venir bien dadas (se vio la Liga pasada) y el monte asemeja orégano y acabamos estrellándonos, a toda mecha y sin frenos, contra la realidad más cruda.

No hay mucho más que decir. Pocas ideas puede provocar un partido como el de ayer tarde. Pocos recursos puede conceder a quien, como yo, se vea en la labor de destacar alguna incidencia, algún detalle, algún gesto, de un modo más o menos literario y contemplando los acontecimientos del césped desde un prisma más próximo a la estética que a la estadística.

Cuando tu equipo no tira a puerta ni una sola vez en noventa minutos, resulta casi imposible concederle resquicios a la heroica. Cuando la imagen más destacada es la de la venda sobre la cabeza de Bilic, pocos consuelos retóricos restan a no ser la apelación a la épica o la glosa de la figura del héroe caído o alguna evocación tremendista de ésas que dan tanto juego cuando se aproxima la hora del cierre y uno no sabe muy bien cómo rematar su texto.

Pero cuando se procura esquivar los romanticismos en la medida de lo posible y entregarse a un análisis que resulte sosegadamente racional, no queda más que agachar la cabeza y asumir lo evidente y resignarse ante lo que tal vez esté por venir o tal vez no. Pese a todo, siempre he mantenido una mínima, pero tenaz fe en el destino, y siempre hay un clavo ardiendo al que agarrarse -y más en el fútbol- cuando se camina en busca de consuelo.

Hace justo un año, cuando todo parecía cuesta arriba y salíamos de la quinta jornada sin estrenar siquiera nuestro casillero, comenzamos a vislumbrar en Mallorca el fin del túnel, en un fin de semana que acabó siendo memorable por muchas cosas y en el que recuerdo que también brilló un sol como éste que hemos tenido estos días, y empezaron a pasar cosas buenas cuando menos las esperábamos.

Ahora que quedan siete días para que la temporada 2009-2010 alcance esas mismas alturas de su calendario, cabe pensar que el hecho de que nos toque recibir en El Molinón al equipo balear no se trata precisamente de una casualidad o que, en caso de que sí lo sea, puede que los autores clásicos no estuviesen del todo equivocados y también el azar se vea obligado a rendir evidencias ante unas leyes tan rígidas como inescrutables. Quedan siete días para salir de dudas. Conviene, mientras tanto, hacer lo posible para mantener la calma.

El Comercio, 28 de septiembre de 2009

domingo 27 de septiembre de 2009

A vueltas con Verines (del anonimato y la desinformación)

Una de las cosas que menos me gusta de Internet es lo mucho que proliferan en ella los cobardes. El anonimato, que en unos casos puede ser bueno y hasta deseable, acaba convirtiéndose no pocas veces en la máscara tras la que se esconden quienes optan por la injuria, la calumnia o el insulto y saben que en la Red pueden gozar de una impunidad casi total a la hora de poner en práctica su estrategia de aplicar un ventilador sobre la mierda para ver hasta dónde llegan las salpicaduras. Quienes tenemos la sana costumbre de firmar lo que escribimos -es decir, quienes nos responsabilizamos de todas y cada una de nuestras palabras, aunque luego puedan estar equivocadas- solemos ser de cuando en cuando víctimas de sus fechorías. No es la primera vez que se meten conmigo en Internet. No será la última. A decir verdad, me importa muy poco. Hace unos meses un escritor asturiano escribió (éste sí firmaba su artículo, y eso le honra) una hilarante columna contra mí que ni siquiera llegué a responder porque entendí que la estulticia de sus argumentos era tal que no merecía la pena darles el menor pábulo. Sí le contesté después, cuando publicó otro artículo en el que atacaba a dos amigos míos sin el menor recato ni razón, porque entendí que de alguna manera había que hacer que sus insidias no cayeran en saco roto.

El caso que me ocupa hoy es parecido. El poeta Rubén Rodríguez (hasta la fecha ha publicado una plaquette en 1999 y un poemario en 2003 y fue presidente de la Asociación de Escritores de Asturias) tiene una bitácora que firma anónima y acertadamente como Rufián Rodríguez y donde ha publicado recientemente una entrada que se titula ¿Qué está pasando en Verines? y que no tiene desperdicio (y no precisamente por los errores gramaticales que se suceden sin tregua, allá cada cual con el castellano que usa en las cosas que escribe y que deja expuestas a la luz pública). Como tiene la osadía de criticar ciertas cosas sin haberse molestado en hacer un mínimo acopio de información (cosa que sí hacemos esos periodistas a quienes tanto critica entre líneas), voy a permitirme contestarle (yo no lo sé todo, pero sí algo) algunas de las cuestiones que plantea. Y también le haré algunos comentarios al margen. Y firmando con mi nombre.

1. Dice el Rufián: Aparece [en el periódico] un artículo sobre los encuentros de Verines (como todos los años), este año toca sobre periodismo cultural (¿Periodismo cultural? una contradicción en sí misma).

Respondo yo: Si los Encuentros de Verines se celebran todos los años, es normal que todos los años se informe sobre ellos, igual que se informa sobre los Premios Príncipe de Asturias, los Debates sobre el Estado de la Nación, los Premios Nobel, los encierros de San Fermín o las reuniones que la Asociación de Escritores de Asturias monta en Pravia, por poner cinco ejemplos. En cuanto a la contradicción en sí misma, no sé dónde la encuentra. Todo el mundo sabe (quizás él no) que el periodismo cultural es aquél que se ocupa de lo que comúnmente se reconoce como cultura (literatura, arte, cine, teatro, música...). En cualquier caso -si aceptamos que todo es cultura y que el periodismo en general (por formar parte de ese todo y por referirse a él) es también cultura-, no habría que hablar de contradicción, sino de redundancia. O, si se me permite la lindeza, de pleonasmo.

2. Dice el Rufián: Unos encuentros de literatura privados donde veinte o treinta personas se dedican a debatir entre el bien y el mal.

Respondo yo: Una persona puede debatirse entre el bien y el mal, pero un grupo de personas, en este caso concreto, debatiría sobre el bien y el mal. Aclarado esto, no deja de hacerme gracia ese adjetivo, privados, escrito con unas resonancias tan hipercríticas. Que yo sepa, también son privados los congresos de medicina o las deliberaciones de los jurados del Cervantes, y nadie se escandaliza. Como vienen a serlo la mayoría de las actividades que se organizan en Pravia cuando la Asociación de Escritores de Asturias organiza allí sus jornadas.

3. Dice el Rufián: Me gustaría ver las actas de sus intervenciones, asistir como público (por cierto, sepan ustedes que no se puede asistir a tales eventos literarios que luego publican con posterioridad a bombo y platillo).

Respondo yo: Existe una página web donde uno puede consultar todo lo que quiera acerca de los Encuentros de Verines, incluidas las ponencias o intervenciones de los participantes. Para llegar a ella, basta con entrar en Google y teclear en la barra del buscador las palabras Encuentros de Verines (así, sin comillas ni nada). Supongo que el Rufián no tuvo tiempo de hacer la prueba o que, sencillamente, no se le ocurrió, pese a que parece estar muy interesado en el tema. En cuanto a que no se puede asistir como público, es cierto. Los Encuentros de Verines están concebidos como una reunión de profesionales que se dedican a debatir sobre sus cosas, por lo que no se trata ningún tipo de asunto que se pueda considerar de interés general. No obstante, quienes estén verdaderamente interesados pueden leer los textos completos de los invitados en la página cuyo enlace pueden encontrar unas líneas más arriba. La subordinada que luego publican con posterioridad a bombo y platillo me resulta del todo ininteligible (¿qué es lo que se publica? ¿Los Encuentros o la información sobre los mismos? ¿O querrá decir que los Encuentros se publicitan a bombo y platillo? Cuánta confusión...), así que no puedo hacer comentarios al respecto.

4. Dice el Rufián: Mas tarde, nos enteramos a toro pasado, quién a ido [sic.] (generalmente suele ser personas invitadas que con interés desinteresado hacen el articulito para: La Nueva España, Les Noticies y otros diarios regionales).

Respondo yo: En Les Noticies (es el semanario cuya sección de Cultura coordino) salió publicada, en la primera semana de septiembre -si no recuerdo mal-, una información sobre los Encuentros de Verines con la lista completa de invitados. Supongo que el Rufián no la leyó. Asimismo, me consta que Luis García Jambrina, organizador del evento, hizo llegar sendas notas de prensa a las redacciones de La Nueva España y El Comercio. No sé si ellos lo publicaron o no, pero la decisión, en ese caso, corría a cargo de los responsables de las secciones de Cultura respectivas, así que puede preguntarles a ellos directamente los motivos por los que no sacaron nada en sus periódicos. Como Tino Pertierra escribió un artículo para La Nueva España y yo hice lo propio para El Comercio (imagino que irá incluido en esos otros diarios regionales), debo aclarar que mi interés no fue en absoluto desinteresado (como él dice con ese hábil juego de palabras que haría las delicias de un profesor de Literatura de Primaria): cobré el artículo, como cobro todo lo que publico en prensa. Y si lo escribí fue porque me lo encargó María de Álvaro, jefa de la sección cultural del diario gijonés, cuando supo que iba a acudir a los Encuentros. Quiero decir que en ningún caso se me invitó a los mismos bajo la condición de que escribiese nada para nadie.

5. Dice el Rufián: Como ciudadano, me parece una vergüenza que actividades culturales tengan un carácter privado y las paguen: El Ministerio de Cultura, Principado y ayuntamientos de la región. Como escritor, en absoluto estoy de acuerdo con el concepto que se proyecta del artista: una persona elitista y ajena al mundo que le rodea, sin ningún tipo de contacto con la población que lo acoge.

Respondo yo: Ningún ayuntamiento pone un duro. El Principado de Asturias se limita a pagar una cena (lo que no creo que sea mucho, no sé cuántas subvenciones concede a la Asociación de Escritores de Asturias ni cuál es su cuantía), la Universidad de Salamanca pone la casona donde se celebran los Encuentros y entre ella y el Ministerio de Cultura corren con los gastos pertinentes. Respecto a lo del concepto del artista, no tengo mucho que añadir a lo que ya he dicho anteriormente: igual que un fontanero no pinta nada en un congreso de cirugía, tampoco pinta mucho la presencia de público en unos Encuentros que, por otro lado, giraron precisamente este año en torno al periodismo cultural, sus objetivos y su relación con los lectores (es decir, el mundo que le rodea).

6. Pregunta el Rufián: ¿Cuánto cuesta Verines a los ciudadanos?

Respondo yo: Bastante menos que las fiestas de Begoña o San Mateo, los Premios Príncipe de Asturias o cualquier gran concierto que se dé por estos pagos.

7. Pregunta el Rufián: ¿Cuanta gente exáctamente va a dichos encuentros?

Respondo yo: Si no recuerdo mal, este año éramos 23 invitados. También estaban Luis García Jambrina (organizador), Rogelio Blanco (director general del Libro), su chófer y dos chicas del Ministerio que desempeñaban labores de logística. Es decir, 28 personas.

8. Pregunta el Rufián: ¿Dónde está [sic.] las cuentas públicas de tal desembolso literario?

Respondo yo: Supongo que puede encontrarlas en los presupuestos del Ministerio de Cultura, la Universidad de Salamanca, el Principado de Asturias y la Fundación Príncipe de Asturias (que, al igual que el gobierno autonómico, nos invita a una cena). No creo que se los nieguen si los pide. Y una aclaración: el verbo estar, que es intransitivo, debe coincidir en número con su atributo.

9. Pregunta el Rufián: ¿Qué interés tiene una actividad cultural a la que practicamente ningún elemento del mundo literario asturiano participa [sic.] ni tampoco los ciudadanos del lugar?

Respondo yo: Me temo que ese a la que prácticamente ningún elemento del mundo asturiano participa (debería decir en la que prácticamente..., pero bueno) significa en realidad a la que a mí nunca me han invitado, pero esto no es más que una suposición personal. Por Verines han pasado, en estos 25 años y que yo recuerde ahora mismo, Xuan Bello, Ricardo Menéndez Salmón, Miguel Rojo o Vanessa Gutiérrez, entre otros muchos escritores asturianos. En esta edición éramos tres los asturianos participantes (Tino Pertierra, Luis García y un servidor). Si se tiene en cuenta que los Encuentros tienen una dimensión estatal y que se autodenominan Encuentros de Escritores y Críticos de las Lenguas de España, no está mal el cómputo de tres sobre veintitrés. Por otro lado, en Pendueles -la localidad llanisca donde se celebran los Encuentros- no debe de haber más de cincuenta vecinos, y no me parece que a ninguno le concerniese demasiado lo que podíamos hablar o no en la Casona. En cuanto al interés, es de necios pensar que estas cosas no sirven para nada. En Verines hubo ideas, hubo reflexiones, hubo (sobre todo) una constatación del desconcierto que resultó muy provechosa en muchos aspectos, y los frutos se irán dando con el tiempo. Se trataba de charlar tranquilamente, discutir y encontrar discrepancias y puntos en común. No íbamos allí para marcar paquete ni a mirar a ver quién la tenía más larga.

10. Dice el Rufián: Luego, vemos en la prensa regional los articulitos de turno, de lo bien que lo han pasado y lo mucho que han trabajado nuestros escritores o "periodistas privados", eso si, de forma privada, ocultando lo que se dice y se hace, una oscura forma de hablar de literatura pero con el dinero del resto.

Respondo yo: Si los artículos contaban lo bien que lo habíamos pasado y lo mucho que habíamos trabajado, sería que la privacidad no era tanta. Si las ponencias están disponibles en Internet (claro que esto él no lo sabía, ay) será porque tampoco hay demasiada opacidad en este asunto. Lo de la oscura forma de hablar de literatura y los periodistas privados es una idiotez tan grande que no merece mayor comentario. En cuanto al dinero del resto, todas las actividades que organizan las instituciones públicas se hacen con el dinero de todos, tanto los Encuentros de Verines como las carreras de Fernando Alonso por las calles de Oviedo (supongo que eso sí tendrá un valor intrínseco) o los conciertos de los Rolling Stones. El Rufián, que dice ser escritor, debería saber que la cultura no puede evaluarse en términos de rentabilidad práctica, pero si no ha llegado todavía a esa conclusión lo siento mucho, yo no tengo ninguna gana de explicárselo.

11. Sigue el Rufián: Una vergüenza, y lo peor de todo es no ver ningún artículo criticando el evento, sacando a debate algo que lleva sangrando en Asturias [sic.] más de veinticinco años.

Concluyo yo: A lo mejor es que no hay nada que criticar. Y en cualquier caso, no serían los Encuentros los que sangrasen en Asturias, sino que a Asturias la estarían sangrando los Encuentros. Un escritor que se precie no debería confundir sujetos y predicados, por la cuenta que le trae. Pero lo importante es que a Asturias nadie le sangra nada, porque -como ya he explicado- la Casona de Verines es propiedad de la Universidad de Salamanca y los Encuentros los financia el Ministerio de Cultura.

12. Concluye el Rufián: ...algunos reclamamos el derecho a la protesta: constructiva, alta y clara, sin acritud pero directa pues como dice el dicho: el calla otorga [sic.], y los dichos populares van siempre cargados de mucha razón.

Y remato yo: Me parece bien, siempre y cuando el que protesta constructiva y claramente sepa medianamente de qué está hablando. Cualquiera pueda dar su opinión, pero el que ésta sea o no respetable depende de lo fundada que esté. En cuanto al dicho popular, se escribe (y se dice) El que calla, otorga (con la coma incluida). Él lo ha transcrito tan mal que, justo al final de su entrada, se ha visto totalmente desprovisto de razones. Pobre...

viernes 25 de septiembre de 2009

Línea de Fondo-Jornada 4



La leyenda continúa
Sporting, 1-Zaragoza, 1

El Molinón, que es un campo centenario, puede presumir de tener una afición que sabe del honor y de sus débitos, y también que un equipo es -más que la plantilla de que dispone cada temporada o los trofeos que pueda acumular o no en sus vitrinas- el recuerdo de ciertos nombres propios y alguna que otra hazaña que de un modo tan contundente como discreto han ido trazando las líneas maestras por las que se desenvuelve su historia. El Molinón, que es un campo ilustrado, sabe que en el fútbol tan importantes son los goles como los mitos. Y ayer le tocaba homenajear al suyo.

No hubo, en realidad, otro protagonista destacable en el cierre de la cuarta jornada de Liga, segunda en la que nos ha tocado batirnos el cobre en nuestro propio barrio. Enrique Castro, Quini, había cumplido el miércoles sesenta años, y la efeméride pintaba una ocasión mejor que cualquier otra para acudir al campo y agradecerle, una vez más, lo mucho que se le debe por estos pagos. Posiblemente el Sporting no vuelva a tener en toda su historia otro jugador con su carisma, con su valor, con su leyenda, ni otro personaje capaz de aglutinar a su alrededor a todas las tendencias, capillas y facciones del sportinguismo, y posiblemente nadie más que él vaya a escuchar nunca a todo un estadio entonándole un Cumpleaños feliz como el que ayer retumbó en las gradas en cuanto se hubo extinguido el último acorde del himno, en un homenaje tan estruendoso como sentido en el que sólo faltó, para redondear la cosa, la participación de un equipo que ayer pareció amilanarse a propósito para no robar ni una pizca de protagonismo a su más querido icono viviente.

Porque bien poco hubo ayer en un partido tan anodino en ciertas ocasiones, como desmadrado en otras, ante un Zaragoza capitaneado por un Marcelino que regresaba a El Molinón un lustro después de haber estado a punto de rozar la gloria en nuestras filas y al que tampoco se recibió con demasiado alborozo desde las tribunas. Las lecturas del encuentro pueden ser tan positivas o negativas como uno quiera. Por un lado, podremos decir que, al menos, en esta campaña llevamos hechos más puntos que jornadas (algo que resultaba casi utópico hace un año) y que la plantilla -los jóvenes atletas del once local, que hubiera escrito Carantoña- supo mantener la cara de perro ante una escuadra que vino a jugarse el todo por el todo y que mantuvo el dominio del balón y del juego a lo largo de todo el partido; también podríamos ratificar el acierto en los fichajes (Rivera demostró que es bueno hasta defendiendo, y Juan Pablo volvió a acreditar su solvencia bajo los palos) y alegrarnos por las buenas maneras, aunque poco pulidas, de algún que otro central que el año pasado dio más disgustos que otra cosa.

Si nos situamos al otro lado, cabría referirse a la incertidumbre que ha vuelto a despertar el Sporting cuando los fantasmas del pasado parecían vencidos. Que un equipo no muy distinto de aquél que salió bastante bien parado de los duelos ante Almería y Valencia se haya mostrado tan flojo, tan tenso, tan dubitativo, ante un rival de tan poca enjundia como es este Zaragoza no hace más que sugerir dos hipótesis: o bien la escuadra rojiblanca no está tan trabada como algunos pensábamos, o bien seguimos siendo víctimas de ese extraño miedo escénico que nos atenaza cada vez que nos encontramos ante un once dispuesto a luchar de igual a igual por nuestro mismo objetivo.

Y pese a todo -pese a las dudas, pese a los nervios, pese a la incertidumbre-, el partido de anoche dejó una imagen hermosa: la de los jugadores abrazándose al viejo Quini en la celebración del gol de Diego Castro, después de que éste rehuyera a sus compañeros y se fuese, brazos en alto, hacia el banquillo para enlazar su cuerpo al del hombre que unos minutos antes se había persignado al ocupar su puesto en el banquillo.

Puede parecer tópico, dadas las circunstancias, y lo cierto es que en ese abrazo hubo mucho de reconocimiento, de acción de gracias por un pasado tan heroico como imperfecto, pero también un cierto aire de resarcimiento, de compensación por los malos ratos felizmente superados, de alegría por encontrarnos aquí y ahora después de atravesar tiempos peores en lo personal -y no hace falta extenderse en explicaciones- y en lo colectivo -aquellos tiempos funestos en los que unos pocos encorbatados con plaza en palco vendían despreocupadamente al equipo ante la cámara oculta de una televisión valenciana, aquellos años en los que las piraguas bajaban a toda mecha por las aguas de un Piles que nunca ha pretendido ser el Sella, ni falta que le hace-, de indisimulado jolgorio por los méritos conseguidos a base de sudor y lágrimas, pero también por un optimismo no siempre racional hacia lo que queda por delante. No sé si el aplauso febril en el que se deshizo el público tras media hora de pánico iba dirigido al autor del gol o a quien fuera el máximo goleador de la Liga en siete temporadas distintas, pero sí tuve la impresión de que durante esos breves segundos, y sin que hubiera ascensos o permanencias por en medio, las almas congregadas en El Molinón se acabaron convirtiendo en una sola para abrazar, ellas también, a su leyenda más perenne. Faltó, lo repito, que el Sporting se sumara a la fiesta, pero las cosas, o eso dicen, nunca pueden ser perfectas. Feliz cumpleaños, Brujo.

El Comercio, 25 de septiembre de 2009

PD: El título original era Cumpleaños feliz. Dado que en la página anterior se publicaba un reportaje sobre el cumpleaños de Quini, decidieron cambiarlo. A Daniel Fernández, que es el que se encarga de recibir y meter en página mis artículos, se le ocurrió éste. Que es, todo sea dicho, bastante mejor que el mío.

Microcosmos167: La estación fantasma

Siempre que voy a Madrid procuro concertar alguna cita que me obligue a tomar la línea uno de metro y hacer el trayecto que separa las paradas de Bilbao e Iglesia por el puro placer de reencontrarme con la estación de Chamberí. Quien no haya vivido la experiencia será incapaz de imaginar lo que se siente al verse transportado, por sorpresa y en medio de un túnel largo y negrísimo, a un tiempo ya extinto que sólo vuelve a transcurrir durante unos segundos escasos para desvanecerse en seguida, como si el viajero hubiera sido víctima de una alucinación momentánea o un ensueño pasajero. Me sucedió la primera vez que la vi, hace algunos años, cuando yo pasaba mis primeros días avecindado en la ciudad y solía coger el metro por las tardes para acercarme al centro, pegado siempre a la ventanilla por temor a equivocarme de estación. Me la encontré sin saber que estaba allí, por sorpresa, y mi primer pensamiento fue que tal vez estuviera clausurada por obras, pero bastó un vistazo tan atento como fugaz a sus andenes, a los viejos carteles que decoraban sus muros, a las tipografías que indicaban el nombre de la estación, a los pasquines que yacían sobre el suelo, para comprobar que aquellos breves segundos que el tren tardó en sumirse en el vacío de un nuevo túnel me habían transportado a otro tiempo.

El año pasado la convirtieron en museo, y aunque hace unas semanas tuve que viajar a Madrid por motivos personales, no me dio tiempo a acercarme hasta la plaza de Chamberí y descender a su subsuelo. Sí circulé otra vez por sus raíles (había quedado con unos amigos en Bilbao, para no perder las costumbres), y sí volví a asomarme a las ventanillas para sobrecogerme una vez más ante el raro espectáculo del tiempo detenido, para regocijarme en la contemplación de las sombras que pueblan aquel lugar cerrado al público en 1966 y cuyas bóvedas fueron durante muchas décadas pasto tan sólo del silencio y la desmemoria. Madrid es una ciudad muy extraña, me dijo una vez una novia que tuve por allí. A veces da la impresión de que es insufrible, de que uno no va a poder con ella, pero cuando menos te lo esperas, en el rincón más insospechado, acaba surgiendo la magia. Otros lo habían escrito antes mucho mejor que ella, pero fueron sus palabras las que me vinieron a la mente en esta última visita, cuando, de camino a Malasaña y con un montón de asuntos pendientes rondando en mi cabeza, volvió a aparecérseme la entrañable estación fantasma para devolverme por unos instantes la fascinación por el pasado, el aliento negro y dulce de las cosas que, pese a todo, consiguen encontrar la fórmula para escaparse del olvido.

El Comercio, 17 de septiembre de 2009

martes 22 de septiembre de 2009

El fin de semana perdido

Que un escritor al que respetas y admiras saque un nuevo libro ya es motivo de alegría. Si además resulta que ese escritor es amigo tuyo, el alborozo se multiplica. Desde que conocí a José Luis Piquero (Mieres, 1967) -en una noche loquísima del verano de 2005- se ha ido tejiendo entre los dos una suerte de complicidad afianzada la mayoría de las veces a través de Internet y consolidada generosamente en las escasas ocasiones en las que nos encontramos personalmente. Tras Las ruinas (1989), El buen discípulo (1992) y Monstruos perfectos (1997), había permanecido en silencio durante doce largos años -pese a que en 2004 reunió toda su poesía, más algún inédito, en el volumen Autopsia-, y ahora viene a redimirse con la publicación de El fin de semana perdido (DVD Ediciones), un nuevo poemario donde recopila los versos (no sé si todos o los que ha considerado oportunos) escritos durante esa década de vacío. Ya conocía algunos de los poemas, y son muchos los que me gustan (Entrevista con el Golem, Mensaje a los adolescentes, Abrigo azul...), pero quiero dejar transcrito aquí uno que el propio autor facilitó en su día a los responsables de la extinta revista literaria Eventual, en la que yo colaboraba, para que clausurase uno de sus números:

WAKEFIELD

¿Estás ahí? La casa te ha expulsado
de nosotros, igual que un estornudo.
Si cruzara la puerta, ¿dónde te encontraría?
A lo mejor estás en el jardín,
sonando como el agua. Si cerrara los ojos
¿sabré escuchar lo que no ven los ojos?
El roce del vestido, el corazón latiendo,
la intemperie.

Estás pero no estás.
Eres la parte más densa del aire cuando se hace de noche
y muevo en ti los brazos para no dar contigo,
cáscara de la casa.
Las ventanas
no conocen tu busto, y llueve, llueve.

La soledad es eso:
el hilo de la araña que va estrechando el mundo.
La puerta está cerrada como un féretro
y la luz encendida.

lunes 21 de septiembre de 2009

Línea de Fondo-Jornada 3

Nit dels focs
Valencia, 2-Sporting, 2

Valencia y Gijón son dos ciudades hermanadas por el fuego. Cada una a su manera, las dos mantienen una relación de identidad con el ardiente elemento que las lleva a relacionar la solemnidad de sus fiestas patronales con el fulgor de las llamas y su irresistible atracción. Si en el Mediterráneo esa simbiosis adquiere un carácter ciertamente iconoclasta -crear belleza para destruirla, transmutar la simple materia en imagen para verla derretirse-, a orillas del Cantábrico el enamoramiento adquiere matices más estéticos merced al artificio de la pirotecnia, tan extendido como apreciado por los convecinos de una urbe que alcanza cada 15 de agosto su clímax lúdico-festivo entre multitudes, palmeras y gusanos flameantes que descienden de los cielos para esparcir sus luminosas cenizas por las arenas de San Lorenzo.

Siguiendo esa regla de tres, era previsible que el encuentro de anoche en Mestalla no hiciera otra cosa que corroborar esa ley y demostrar, así, que el equipo que tiene en su haber la madera capaz de provocar el mayor de los incendios en la portería rival -léase Villa, Silva y Mata, esa delantera letal que cualquier escuadra firmaría alinear en su once de salida- acabaría destrozando con su irresistible contundencia a la defensa y la portería de un Sporting que, dadas sus hechuras presupuestarias, sólo podía aspirar a infundir temor con algunas buenas dosis de artificio en uno de los campos que, de hacer caso a los cronistas habituales del género, vendrían a formar parte de ese Tourmalet que año a año tenemos que escalar con tanta resignación como entusiasmo.

Y sin embargo, algo fue distinto, porque ni la tradición fallera de los de Emery pudo acabar con la cabezonería de los chavales de Preciado ni la osadía de éstos -que a veces llega a lindar con la inconsciencia y cuyo mayor mérito radica en los buenos resultados que les da la mayoría de las veces el llegar a creerse ser aquello que no son- fue capaz de desarbolar del todo la fortaleza blanquinegra con la que una defensa fajada y contundente supo proteger desde el minuto uno la, por otro lado, confiada portería de Moyà. No fue fácil, pero tampoco un fenómeno inédito en la no demasiado larga, pero sustanciosa, historia del balompié.

Helenio Herrera -que fue un gran míster tan famoso por su valentía al dibujar los partidos en la pizarra del vestuario como por las boutades con las que solía obsequiar a los medios al término de las contiendas- decía que al fútbol se juega mejor con diez jugadores que con once. No soy nadie para contradecirle o para darle la razón, ni tampoco me atrevo a estas alturas -con la Liga recién empezada y con tantas cosas aún por dilucidar- a afirmar categóricamente que el Sporting juega mejor sin Míchel que con él, pero sí creo estar en lo cierto si afirmo que fue a raíz de su expulsión (por una niñería incomprensible, todo sea dicho) cuando este Sporting demostró, entre otras muchas cosas, que ha sabido recuperar la gallardía que le hizo famoso en unos tiempos ya demasiado pretéritos y que ayer le sirvió para no rendirse cuando muchos, a tenor de los acontecimientos que se iban sucediendo sobre el césped valenciano, empezábamos a darlo por desahuciado.

El Sporting, que es un equipo humilde, se ha venido haciendo grande, a lo largo de su historia, en las derrotas, en la adversidad, en el sufrimiento. Y pocas cosas hay más dolorosas que encontrar en el epicentro de la delantera rival a un jugador tan querido por la afición rojiblanca como el totémico David Villa. Quienes vivieron la época del Barça de Quini aún recuerdan aquel extraño sentimiento que les invadió cuando el acierto de El Brujo nos impidió conseguir la única Copa del Rey que podría haber poblado nuestro exiguo palmarés. Quienes tenemos que lidiar con el martirio que supone encontrarse dos veces por temporada ante el hijo más pródigo de la cantera de Mareo en estos últimos tiempos, sabemos de la impotencia que se siente al constatar que, por muy sportinguista que se sienta, él ya no es uno de los nuestros, y que sus habilidades (que son muchas) y su garra (que es bastante) están al servicio de otros cuya salvación sólo puede ratificarse a costa de nuestro hundimiento. Si a todo eso sumamos la posibilidad de que sea un oviedista como Mata -que defiende ahora de blanco lo que ni pudo ni supo defender como azul- el que venga a darnos la puntilla, tenemos motivos suficientes para entrar en Mestalla con una evidente congoja atenazándonos el estómago.

Y sin embargo, anoche este Sporting demostró, por tercera vez, que es otro Sporting distinto a aquél al que nos acostumbramos en la primera campaña de Primera. El gol de cabeza de Gregory (qué bien me cae este hombre) no hizo más que corroborar lo que se había venido advirtiendo a lo largo de todo el encuentro: que por mal que nos las pongan, este equipo ha aprendido que el fútbol es algo más que jugar bien y marcar goles. Que también la actitud, el carisma, la convicción, son valores en alza a la hora de plantearse el todo por el todo.

Que muchas veces compensa sacrificar el artificio, la estética, la pretenciosidad, para pertrecharse de razones y acogotar al adversario a fin de cogerle desprevenido, en una de éstas, y entregarse a ese fervor iconoclasta del que ellos hacen gala en su celebración del santoral. Que en ocasiones vale más dejarse arder durante unos cuantos minutos para disfrutar, a última hora, del gustazo que proporciona ser el último en encender la mecha definitiva.

El Comercio, 21 de septiembre de 2009

Crónica desde Verines

Como el Pisuerga pasa por Valladolid y yo iba a participar en los Encuentros de Verines, desde El Comercio me pidieron que escribiera una crónica sobre las sesiones de trabajo. Las dificultades para encontrar red (casi todos los participantes podrían hablar largo y tendido de la wifi de La Franca o de la maldita cobertura) y lo apretado de los horarios hicieron que sólo pudiese ceñirme a las charlas de la primera mañana si quería entregar el artículo en tiempo y forma. Esto fue lo que, al final, salió:

Larsson en Verines

Los encuentros literarios de Pendueles arrancan con el eterno debate entre la literatura culta y la popular, polémica inspirada por el éxito de la trilogía del sueco

La crisis es el estado natural de la cultura. La frase que Rogelio Blanco, director general del Libro y Bibliotecas del Ministerio de Cultura, pronunció para recibir a los participantes en la presente edición de los Encuentros de Verines fue también el frontispicio de una maratoniana jornada de ponencias y debates en la que la sombra de Stieg Larsson -paradigma por excelencia del best seller de nuestros tiempos- planeó insistente e incansablemente por el microcosmos periodístico-literario que durante estos días se ha instalado entre la parroquia de Pendueles, en un paisaje tan bello que parece fruto de la imaginación, y la playa de La Franca.

Salió el escritor sueco a colación por varios asuntos, pero sobre todo por esa eterna disquisición entre literatura culta y popular y su consiguiente reflejo en los suplementos culturales -los Encuentros, que cumplen su vigésimo quinto aniversario, se dedican este año a las relaciones entre periodismo cultural y literatura-, y a raíz de una pregunta que debía plantear si éstos tienen que dar gusto a quienes leen los periódicos en los que se insertan o, por el contrario, tienen la obligación moral de ir estableciendo un canon que sirva, cuando menos, para separar con cierta solvencia el grano de la paja. Lo cierto es que el sueco -que cuenta entre los periodistas culturales españoles con defensores acérrimos tan ilustres como Javier Rioyo o Sergio Vila-Sanjuán- estuvo en boca de casi todos los intervinientes (incluyendo quien firma) y acabó convirtiéndose, no sin ironía, en la ejemplificación de los vicios y virtudes de los ríos de tinta que semanalmente se vierten en los diarios a propósito de la cosa literaria pese a que, como parecimos acordar todos, ni la crítica se basta para salvar o condenar un título ni los lectores, por mucho que se diga, la entienden como un baremo fiable a la hora de elegir su compra en los estantes de las librerías.

A eso se refirió David Barba cuando habló de la caída de la autoridad de la crítica, y también Nieves Fontova, responsable del suplemento cultural del diario El Correo, cuando afirmó que la prensa del ramo debe defender un pensamiento crítico y diverso. Pero, frente al problema y las grandes intenciones, siempre acaban apareciendo los inconvenientes de siempre: la sobreproducción editorial, la dificultad de los autores menos conocidos para hacerse valer entre los rostros más visibles del mainstream -como bien ejemplificó Hasier Etxeberría a propósito de una novela inexistente que ayer casi acabó comprometiéndose a escribir- o la certeza de que, muchas veces, la prensa cultural deja de preocuparse de la cultura para centrarse en encontrar nuevas tendencias sin pararse a meditar si ése es o no realmente su papel. Quizás, opinó Jesús García Calero, del Abc, deberíamos planteárnoslo para ver si somos un poco menos coolhunters y un poco más culthunters.

El breve descanso de media hora para el café, el opíparo banquete en el interior de la Casona -cuya historia explicó Jon Kortazar, haciendo gala de su veteranía en los Encuentros, a todos aquellos que quisieron escucharle- y la corta hora de descanso antes de las sesiones de tarde sirvieron para que afloraran nuevos temas que no tardaron en ser discutidos con apasionamiento unas veces, con pesimismo otras, casi siempre con interés nada fingido. El relevo generacional del que habló Peio H. Riaño, las anécdotas que entre charla y charla iba deslizando Nicolás Miñambres o el escaso interés que parecen mostrar los suplementos culturales de tirada nacional por la literatura española de hoy fueron otras de las cuestiones que acapararon las tertulias. Pero, como ocurre siempre en esta clase de congresos, no se podría cerrar esta crónica sin mencionar su cara B. Aquella que empieza a sonar cuando los focos se apartan y los protagonistas se quedan solos al pie de la barra de un bar, apurando las horas de una sobremesa gozosamente prolongada o paseando por los bucólicos alrededores de la mansión o sobre la arena de La Franca. También en los sucesivos condumios con los que Ministerio de Cultura y Universidad de Salamanca -y también la Fundación Príncipe y Principado, cada uno con un festín- se esmeran para que los invitados nos vayamos de Verines bien contentos. Lo explicó muy bien Luis García tras el lenguado relleno de la comida de ayer: El periodismo cultural estará en crisis, pero nosotros hay que ver cómo nos estamos poniendo.

El Comercio, 18 de septiembre de 2009

sábado 19 de septiembre de 2009

Memoria (parcial) de Verines


La llegada en coche junto a Tino Pertierra tras perdernos dos veces por las carreteras del oriente asturiano; el inquietante hotel al pie de la playa de La Franca (hablad bajo, no vayamos a molestar a Jack Nicholson); las primeras frases de cortesía con Arantxa Gómez Sancho y su decepción al enterarse de que no iba a venir nadie de la Fundación Príncipe de Asturias; la primera (y única) noche de whiskys en compañía de Javier Vázquez Losada en una sala de fumadores desierta, con un recepcionista fantasmal pululando por los bajos del hotel; las risas constantes con Antón Lopo y su ironía gallega (aquí viven del turismo, ¿no?); las anécdotas de David Barba y sus amplísimos conocimientos del mundo de la pornografía; David Castillo y sus alineaciones del Athletic y el Espanyol y su recurrente e hilarante broma cada vez que llegábamos a La Franca (hola, soy Juan Luis Cebrián, he olvidado el número de mi habitación); los chismes compartidos con Ignacio Elguero acerca de ciertos popes de los que es mejor no acordarse; Nieves Fontova y su prisa y sus amistosas reprimendas durante las ponencias (niño, deja de mover tanto la pierna que se menea la mesa); Hasier Etxeberría y la madre del cordero; los comentarios punzantes de Jesús García Calero a propósito de casi cualquier cosa; Antonio G. Iturbe y la habitación que nunca existió; Alfonso García Rodríguez y su veteranía y su imprudencia casi casi temeraria al pretender bañarse en el Cantábrico después de haber zampado dos platos de fabada (me has salvado la vida, chico); los chistes de Jon Kortazar y su intrínseco gracejo vasco; la buena vida (sillón, copa y puro) de Aurelio Loureiro; los desconciertos momentáneos de Winston Manrique; Teresa Martín Peces y su prudencia (voy a irme ya para que podáis hablar de vuestras cosas de hombres); Luis García y sus disquisiciones gastronómicas; Nicolás Miñambres y su campechanía y su erudición y su buen verbo; el embarque en que acabamos metiendo a Manuel Pedraz; la elegancia y la exquisita educación de Luis Rei; el reconfortante nadar a contracorriente de Peio H. Riaño; Sergio Vila-Sanjuán y su entrada apabullante (yo a ti te conozco, eres el de la novela esa sobre Michi Panero, ¿no?) y su agudeza al reconocer en las páginas de mi libro a cierta persona a la que yo no quería meter; las conversaciones en el autobús con Javier Rioyo sobre Michi Panero y sus novias; las encantadoras batallitas (ganadas y perdidas) de Antonio Rodríguez Jiménez y sus historias sobre inseminadores y margaritas; la discreción de Óscar López; Rogelio Blanco, director general del Libro, y su mosqueo con el artículo que publiqué en El Comercio (te voy a dar yo a ti "Larsson en Verines"...); y los amaneceres y los atardeceres y los anocheceres en la playa de La Franca; y el silencio del Archivo de Indianos; y la tranquilidad de Pendueles; y las prisas por pedir las copas antes de que cerrasen el bar; y, sobre todo, el placer de reencontrarme, dos meses después, con Luis García Jambrina y comprobar cómo se consolida la complicidad que ambos iniciamos en la Semana Negra.

Lo único malo de todo esto es no saber si alguna vez volveré a Verines. Si me lo ofreciesen, firmaría ahora mismo. Aunque sólo sea por cuánto le reconcilia a uno con el mundo el despertarse a las ocho de la mañana, levantarse de la cama, abrir las ventanas de la habitación y encontrarse con esto:

Un cameo en El País

[...] Este año el Festival de Cine de Astorga, que contó con la presencia de Querejeta y Chávarri, y donde se proyectó el documental tuvo algo de congreso de panerología. Y es que los Panero constituyen casi un género: además de El desencanto, se exhibió Después de tantos años, una continuación rodada en 1994 por Ricardo Franco, después de la muerte de Felicidad Blanc, y La estancia vacía, reciente producción obra de Miguel Barrero (que además publica en la editorial DVD la novela Los últimos días de Michi Panero) que se centra en el final de la vida de Michi.

Texto: Sergio C. Fanjul
Fuente: El País, 18 de septiembre de 2009

martes 15 de septiembre de 2009

La conjura de los necios

Es un gran libro. Y una de mis novelas preferidas. Y acabo de darme cuenta de que posiblemente se me haya traspapelado en la mudanza...

Cumpleaños

Yo lo noto: cómo me voy volviendo
menos cierto, confuso,
disolviéndome en el aire
cotidiano, burdo
jirón de mí, deshilachado
y roto por los puños.
Yo comprendo: he vivido
un año más, y eso es muy duro.
¡Mover el corazón todos los días
casi cien veces por minuto!

Para vivir un año es necesario
morirse muchas veces mucho.

Ángel González

...Y van 29.

lunes 14 de septiembre de 2009

Línea de Fondo-Jornada 2

Justicia poética
Sporting, 1-Almería, 0

En El Molinón no se ha olvidado aún la tarde del 10 de septiembre de 1986. Aquel día, el madridista Hugo Sánchez, sin venir a cuento, le dio un pisotón a Juan Carlos Ablanedo del que el guardameta mierense se vengó con una patada que le costó la tarjeta roja. Es posible que mientras se adentraba por el túnel de vestuarios llegara a escuchar a sus rivales celebrando el gol que, acto seguido, marcó Hugo Sánchez para sacar el máximo partido a aquel penalti que él mismo había contribuido a propiciar.

Supongo que en aquella ocasión el colegiado, Andújar Oliver, cometió ese error tan común en nuestra clase arbitral que consiste en dar más validez al argumento del rico que a las razones del pobre, y que entre el glamour de Sánchez -toda una estrella en esa época- y la campechanía de Ablanedo -portero de un equipo histórico, pero humilde- acabó decantándose por afianzar la gloria del primero. No creo, sin embargo, que ése fuera el caso de Delgado Ferreiro, que se encargó ayer de impartir justicia a esta orilla del Piles y se pasó al menos tres cuartos del encuentro navegando entre errores clamorosos y desprecios varios hacia el once local. Hugo Sánchez -que es entrenador del Almería y fue un gran delantero, pero también el futbolista más marrullero, malencarado y tramposo que ha conocido nuestra Liga- ya no es ni la sombra de lo que era, y un arbitraje como el del trencilla vasco -que ni siquiera llegó a ignominia porque carecía del talento que requiere la maldad- sólo pueden explicarlo la desidia o la ignorancia. Lo bueno fue que, a diferencia de otras veces, ni las meteduras de pata del colegiado y sus linieres acabaron decolorando el devenir de un encuentro que, fundamentalmente, sirvió para constatar que algo ha dejado de oler a podrido en Dinamarca en el breve lapso de inactividad futbolística que marcan los meses de verano.

No se trata de que el Sporting jugara el partido de su vida, ni de que el equipo que saltó a la hierba de un Molinón seminuevo (o semiviejo) fuese demasiado distinto a aquél que salvó in extremis la categoría frente al Recreativo de Huelva, sino de que a lo largo de los noventa minutos, y aun en los peores momentos, los de Preciado dieron la impresión de haber hecho adecuadamente los deberes en el paréntesis de silencio abierto entre la derrota del Camp Nou y la visita almeriense.

La prontitud del gol de Diego Castro, con la tranquilidad que da verse por delante en el marcador cuando aún no han transcurrido ni diez minutos de partido y con un rival enfrente que parecía encontrar dificultades para aclimatarse a la atmósfera norteña, permitió evaluar sin urgencias ni calenturas innecesarias las evoluciones de unos jugadores que, sin darlo todo, fueron capaces de ofrecer en ocasiones incluso un poco más de lo que se esperaba de ellos.

Lora no lo hizo nada mal en su estreno como lateral derecho, y además fue quien puso en marcha la inmensa jugada que culminó con el balón incrustado en la red del fondo norte (fue una pena que no pudiésemos endiñárselo a Esteban, como homenaje a los viejos tiempos); Juan Pablo apenas tuvo que demostrar sus habilidades, pero cuando lo hizo supo manejarse como debía; Rivera y De las Cuevas, cada uno en su trinchera, demostraron que traerles hasta este rincón cantábrico no fue fruto ni del capricho ni de la casualidad; Botía cumplió con creces con lo que se le exigía como central, y Gregory -que si sigue el camino que empezó a andar ayer acabará por protagonizar uno de esos raros milagros por los que un defensa acaba convirtiéndose en el ídolo de toda una afición- dio a la hinchada la seguridad que tanto se había echado en falta a lo largo de toda la campaña pasada. En realidad, fueron ellos los que pusieron el rasgo diferencial a este Sporting 2009-2010, porque lo demás, en lo bueno y en lo malo, sigue estando más o menos como estaba.

Míchel continúa sumido en su evanescencia habitual, Barral sigue sin descubrir que podría ser mucho mejor delantero de lo que ya es si dejase de prolongar en exceso unos lucimientos con los que tampoco va a demostrarnos nada nuevo y Castro, Canella o Luis Morán confirmaron que aún son esos jugadores de cuyo talento o destreza es posible fiarse sin reparos. Los fallos o errores individuales, con todo, no desmerecieron el lustre de un conjunto que no dejó de mostrarse afinado y que supo mantenerse firme aun cuando el Almería apretaba con más ímpetu.

Tengo para mí que ése fue, precisamente, el mayor logro del Sporting en esta segunda jornada de competición: el haber descubierto la fórmula para mantener un resultado favorable cuando las condiciones físicas flaquean y el fútbol no llega a alcanzar la brillantez que la grada esperaría de su equipo, y conseguirlo sin sufrir demasiados percances por en medio.

No es mal equipaje para echarse a la espalda. Al fin y al cabo, una escuadra cuya afición se arranca con el himno antes de que lo marque la megafonía merece el mejor de los destinos, y lo de ayer, de alguna manera, tuvo mucho de justicia poética.

Si hace más de veinte años el pisotón de un delantero mexicano puso en jaque al Sporting e hizo enrojecer de rubor a uno de sus porteros más emblemáticos, ayer los rojiblancos, sin apabullar demasiado, se cobraron esa deuda con una victoria tan raquítica como sudada con la que dieron, por vía indirecta, una buena lección a sus contrincantes, entrenador incluido, acerca de cómo dosificar los esfuerzos, manejar un marcador o sobreponerse a las adversidades. Y Hugo Sánchez, incapacitado ya para pisar a nadie ni incurrir en los desmanes que caracterizaron su plenitud futbolística, tuvo que abandonar El Molinón para irse por ahí a silbar rancheras.

Foto: Paloma Ucha

El Comercio, 14 de septiembre de 2009

domingo 13 de septiembre de 2009

Las razones de Verines

El miércoles me voy a la zona de Pendueles (Llanes) para participar en los XXV Encuentros de Escritores y Críticos de las Lenguas de España (conocidos también como los Encuentros de Verines, a secas). Desde el diario El Comercio me pidieron hace días un extenso artículo sobre el evento que ha salido publicado hoy en las páginas de Cultura. Éste es:

Verines: una inagotable razón de ser

La próxima semana comienza en la casona de La Franca el encuentro de escritores organizado por el Ministerio de Cultura, dedicado este año al periodismo

En estos tiempos de sobreexposición mediática, en los que también los intelectuales parecen haber sucumbido al síndrome de Gran Hermano para emprender una búsqueda tan azarosa como apresurada de aquellos cinco minutos de fama -y, en la mayoría de los casos, muchos más- de los que habló Andy Warhol, el nombre de Verines aparece como un anacronismo heredado de otras épocas donde la reflexión sosegada, la discusión lenta y con fundamentos, la exposición argumentada de razones y puntos de vista, aún tenían más interés que el ruido de sables emitido desde los distintos grupos mediáticos o las guerras de guerrillas que cada vez con mayor frecuencia se declaran entre algunas de las mentes más preclaras de nuestro encantador (y eternamente enrabietado) panorama cultural. Resulta, pues, tan refrescante como sorprendente el hecho de que, a estas alturas y con estos mimbres, aún se siga celebrando una reunión de escritores y artistas de variados calibres en la que las conversaciones se celebran a puerta cerrada, donde los periodistas sólo pueden acceder en momentos muy concretos y con sus horas escrupulosamente contadas y cuyos frutos rara vez prosperan más allá de una página web que pasa más bien inadvertida entre la hojarasca de Internet y en cuyas pestañas el lector interesado puede rebuscar las ponencias de cuantos se han pasado por allí en estos últimos años. Verines vendría a ser, así, una isla con sol, playa y palmeras abierta en el epicentro de un mar en tempestad.

El propio escenario de los Encuentros ya dice mucho acerca de su idiosincrasia. El chalé de Verines -una casona de indianos levantada en los primeros años del siglo xx y propiedad de la Universidad de Salamanca- se alza a la vera de la playa de La Franca, en un lugar casi recóndito de la geografía asturiana implantado allá donde el litoral comienza a adentrarse en los dominios de Cantabria. Un lugar paradisiaco y aislado del mundanal ruido -como aquellos de los que gustaba Fray Luis- donde la muy docta institución salmantina tuvo a bien alojar a mediados de la década de los ochenta, en colaboración con el Ministerio de Cultura, una cita anual entre intelectuales de distintos ámbitos con el fin de abordar, con serenidad y sin urgencias de ningún tipo, algunos de los temas candentes que periódicamente vienen ocupando las primeras planas de los suplementos culturales. Los Encuentros de Verines echaron a andar, bajo la dirección de Víctor García de la Concha -entonces eminente catedrático en las aulas donde habían enseñado Nebrija y Unamuno, hoy director de la Real Academia Española-, en 1985, y poco a poco fueron tratando asuntos como la nueva poesía, las promociones literarias más recientes, el papel del relato breve en el cambio de milenio y la literatura viajera. En el año 2000, Luis García Jambrina -enseñante asimismo en Salamanca, pero también crítico literario y narrador- tomó el relevo de De la Concha para seguir convirtiendo Verines en una especie de encrucijada donde todas las culturas de España (la que se expresa en castellano, pero también las que lo hacen en gallego, catalán, euskera y asturiano) convergen para reflexionar sobre sí mismas en una suerte de Arcadia efímera y volátil cuyos ecos sólo serán rastreables en los tonos que progresivamente vayan adoptando las voces de quienes han compartido allí juicios y conclusiones.

Dentro de cuatro días, la casona de Verines, sumida durante los últimos once meses en el acostumbrado letargo que se alarga hasta las postrimerías del verano, volverá a convertirse en el epicentro silencioso de la cultura en el conjunto de España con unos encuentros que girarán en torno a las relaciones entre literatura y prensa y en los que participarán casi todos los que tienen algo que decir en ese aspecto. Estarán figuras tan mediáticas como Javier Rioyo, documentalista y presentador del desaparecido Estravagario, junto a nombres tan conocidos por los interesados en las contradictorias relaciones que se dan entre el papel periódico y la cosa literaria como Javier Rodríguez Marcos (El País), Peio H. Riaño (Público) o Antonio G. Iturbe (Qué Leer). La nómina, con todo, es mucho más amplia y abarca a David Barba, David Castillo, Antón Castro, Ignacio Elguero, Hasier Etxeberria, Nieves Fontova, Jesús García Calero, José Luis García Fernández, Arantxa Gómez Sancho, Jon Kortazar, Fernando R. Lafuente, Óscar López, Winston Manrique Sabogal, Teresa Martín Peces, Manuel Pedraz Orozco, Tino Pertierra, Luis Rei, Antonio Rodríguez Jiménez, Nicolás Miñambres y Sergio Vila-Sanjuan. Es decir, más de dos decenas de mentes dispuestas a poner orden en un contexto siempre confuso y a veces desalentador y que se viene debatiendo en estos últimos años entre la fidelidad a un modelo cada vez más agotado o la asimilación de ciertas tendencias impuestas por los avances cibernéticos y esa democratización de la cultura que sólo con Internet parece estar llegando a su desarrollo definitivo.

Aunque pueda resultar irónico, extraño o directamente surrealista, a lo largo de dos días el futuro y la vocación de la prensa cultural -un concepto que cada vez va adoptando resonancias más abstractas para algunos- en este arranque del siglo XXI se debatirán en una casona que en su día construyeron unos emigrados que decidieron retornar a su tierra y que vive prácticamente aislada del resto del mundo, al lado de un hotel sin wi-fi y con el cielo y los acantilados de La Franca como únicos testigos de cuanto allí se diga y escuche. La paz como sustento para la meditación. El silencio que llama a la palabra como principal soporte del razonamiento. En tiempos tan ruidosos, es un lujo que en algún lugar del mapa aún pueda abrirse un cálido remanso para la tranquilidad, el diálogo y la inteligencia. Ésa es la lógica implacable de Verines. Su inagotable razón de ser.

El Comercio, 13 de septiembre de 2009

sábado 12 de septiembre de 2009

Un año de prórroga

El 11 de septiembre de 2008, hacia las diez y pico de la noche, me llamaron por teléfono desde Mérida para comunicarme que había ganado el Juan Pablo Forner con Los últimos días de Michi Panero. La entrega se celebró a primeros de diciembre (en la foto, Jorge Riechmann -ganador ese año del Ciudad de Mérida de poesía- y yo, con la directora de la biblioteca, Leni Ortiz, y varios integrantes del comité de lectura, entre ellos los poetas Antonio Orihuela y Antonio Gómez). Ayer, justo un año después, se fallaban en el Peristilo del Teatro Romano los premios correspondientes a 2009. Es decir: llegaba el fin de mi reinado.

Hoy, me entero por la prensa de que el Ciudad de Mérida de poesía se ha ido a las manos de Ángel Cerviño por la obra El ave fénix sólo caga canela (enhorabuena). El Juan Pablo Forner ha quedado desierto porque aunque las obras tienen calidad y mérito en determinados episodios, no han conseguido el logro total de una novela, según el jurado. Así que, inesperadamente, me veo refrendado durante un año más en el trono emeritense. Qué cosas...

viernes 11 de septiembre de 2009

Noticias de Lesseps

En mi artículo de ayer en El Comercio les contaba una anécdota que me ocurrió durante mi viaje a Barcelona del mes pasado, cuando emergí del metro un miércoles por la mañana en la plaza Lesseps para buscar el solar que en su día había ocupado el cine Roxy, del que había oído hablar en la que puede que sea mi canción favorita de Serrat -Los fantasmas del Roxy-, que a su vez estaba inspirada en un relato de Juan Marsé titulado Los fantasmas del cine Roxy. Hoy, el protagonista de aquel artículo, Josep Maria Flotats (que además de peluquero es el presidente de la Asociación de Vecinos y Comerciantes de la Plaza Lesseps) ha tenido la gentileza y la amabilidad de enviarme dos fotografías, extraídas del libro Història dels Cinemes de Gràcia (Taller de Història de Gràcia, 1999), donde aparece el cine Roxy, que ahora, gracias a su detalle, puedo ver por primera vez.


Su mensaje termina con esta frase: Esperando que podamos vernos otra vez en BCN, recibe un fuerte abrazo. Ya sospeché yo, mientras cogía en El Prat el avión de vuelta a Asturias, que iba a tener que volver a pasarme por allí...

jueves 10 de septiembre de 2009

'La estancia vacía': La Crónica de León


La estancia vacía o el último refugio de un escritor sin libros

El documental de Fernández y Barrero muestra los testimonios de quienes convivieron con Michi Panero en los últimos meses de su vida en la casa familiar

Para sorpresa de muchos Michi Panero, el menor de los tres hijos del poeta Leopoldo Panero y de Felicidad Blanc y uno de los principales artífices de El desencanto, regresó a la capital maragata a finales de 2002 y lo hizo para pasar en la casa familiar los últimos meses que le quedaban de vida, donde falleció el 16 de marzo de 2004. La perplejidad que aquel inesperado regreso produjo en los directores Iván Fernández y Miguel Barrero, buenos conocedores de los dos anteriores trabajos en torno a la familia Panero, El desencanto, de Jaime Chávarri, y Después de tantos años, de Ricardo Franco, fue lo que en cierto modo motivó la realización de La estancia vacía, una crónica del tiempo que Michi Panero, arruinado, enfermo y consciente de que su muerte estaba próxima, pasó en la ciudad que había sido el escenario de su infancia y juventud, y de los años más felices de la familia Panero.

A través de los testimonios de personas cercanas a Michi Panero, La estancia vacía, que hoy se exhibe a las 17:30 horas en el teatro Gullón, perfila, en palabras de nuestro compañero David Rubio, la crónica de una muerte anunciada, la de un personaje que muchos artistas españoles consideran como muy influyente en sus respectivas trayectorias, un escritor sin libros, un icono de la tan manida movida madrileña, y un artista que hizo de su vida (quizá este documental demuestre que también de su muerte) su gran obra.

Como recordaban los realizadores a Fulgencio Fernández en una entrevista concedida a este periódico, lo que primero nos llamó la atención fue el hecho de enterarnos de que Michi Panero había regresado a Astorga para velar por la casa y la memoria de su padre, algo que entraba en contradicción con la imagen que pudimos ver en la película ‘El desencanto’, en la que eran ellos mismos quienes echaban por tierra la imagen y la memoria de ese mismo padre, el poeta Leopoldo Panero. Después ya comprobamos que Michi era la imagen de la contradicción.

La estancia vacía incluye entrevistas con Victorina Alonso, que fue concejal y médico personal de Michi; Mercedes Unzeta Gullón, amiga de la infancia de Michi y autora de una biografía que nunca llegó a ver la luz, y Angelines Baltasar, una mujer que había trabajado durante once años en la casa de los Panero y que volvió para ayudar a Michi en su regreso y hasta su muerte. La presencia de esta mujer es muy significativa, pues se negó a intervenir en el documental de Chávarri, que siempre consideró como un ataque a la familia Panero y a la ciudad de Astorga, algo que el paso del tiempo se ha encargado de desmentir en buena medida.

El documental carece de la figura del narrador y se va construyendo a través de los testimonios de las personas cercanas a Michi, recuperando además algunos documentos de gran interés, como la grabación existente en la Cadena Cope de un poema recitado por el patriarca de los Panero.

Texto: Joaquín Revuelta
Fuente: La Crónica de León, 10 de septiembre de 2009
Foto: Carlos J. Domínguez

Microcosmos166: Lesseps

Se llama Josep Maria Flotats, como el actor, pero no ha visto más bambalinas que la trastienda de su peluquería ni conoce más escenario que los sillones donde día tras día acicala y da conversación a sus clientes. Tuve la suerte de cruzarme con él hace unas semanas, en Barcelona, cuando aparecí por la plaza Lesseps buscando las huellas de un cine derruido dos décadas atrás del que algo había leído y escuchado en la pluma de Marsé y en la boca de Serrat. Estaba allí solo, de pie, ante las puertas de su negocio, y se me ocurrió pedirle alguna indicación. Él, además de dármela, tuvo a bien obsequiarme con una somera historia del lugar donde nos encontrábamos -antaño un encantador rincón abierto más allá de las fronteras del Eixample, hoy un horror posmoderno dominado por el hormigón y la herrumbre- y también con un repaso tan frugal como intenso a las últimas décadas de una ciudad a la que el progreso va camino de despojar de algunas de sus más acendradas señas de identidad. Jo no soc de Barcelona, jo soc de Gràcia, me decía mientras señalaba hacia el sur de la metrópoli y relataba cómo las recordadas olimpiadas de 1992 habían expulsado a los barceloneses de sus puntos de referencia, cómo las Ramblas se habían vuelto intransitables, cómo se habían sucedido las distintas etapas de un proceso destinado a convertir el centro de la Ciudad Condal en territorio franco para turistas, en campo abierto para el mercadeo y la banalidad y la frivolización de aquello que una vez había conformado el statu quo de una de las urbes más cosmopolitas de Europa. Cuando quiero ver Barcelona, me dijo antes de despedirnos, mientras yo me encaminaba a la boca de metro para tomar el suburbano hasta Les Corts, no bajo al centro, me alejo de él; si quieres ver bien Barcelona, no te vayas al Gótico ni al Raval ni al Born: sube al Tibidabo. Luego me dio la espalda y regresó silencioso a su peluquería, a esa trastienda donde guarda las fotos antiguas del barrio en el que nació y donde espera morir, a aquel habitáculo secreto en el que la ciudad, su ciudad, sigue siendo la misma que él ha conocido siempre, aquella que no podrán quitarle mientras conserve esos viejos álbumes que custodia como oro en paño en los cajones. La misma ciudad que yo ya no he podido conocer, y que sólo fui capaz de vislumbrar en el brillo de sus ojos aquella mañana de agosto, en la plaza Lesseps.

El Comercio, 10 de septiembre de 2009

miércoles 9 de septiembre de 2009

Viajeros al tren...

Fue una de las sorpresas más agradables de mi estancia en Barcelona. A la Estación de Francia, que se levanta a medio camino entre el Mercat del Born y el Parc de la Ciutadella, llegaba la protagonista de Nada, la novela de Carmen Laforet, y por ella entraban y salían los viajeros que desde Barcelona, a lo largo de todo el siglo XX, emprendían ruta hacia el otro lado de los Pirineos (es decir, a Europa; es decir, al mundo). Hoy los trenes de largo recorrido han sido desviados hacia otras estaciones más modernas y funcionales y el viejo edificio modernista que una vez acogió tanto barullo itinerante está casi en desuso, pero por sus andenes viejos y nobles aún resuenan los ecos de los viejos convoyes cuyos espectros se pierden hoy en dirección a la Villa Olímpica. Nos la descubrió Sergio Gaspar en una calurosísima tarde de primeros de agosto y hoy, poco más de un mes después, esta fotografía que acabo de encontrar por Internet me acaba de devolver las impresiones de aquel primer paseo, entre impresionado y sobrecogido, por un lugar aparecido de la nada como un vestigio hermoso y mudo de otro tiempo.

sábado 5 de septiembre de 2009

Microcosmos165: Retrato

Su primer recuerdo habla de una ventana y un martes, pero ha acumulado bastantes más a lo largo de una vida que va ya por su cuarta década y en la que se han ido sucediendo medallas y varapalos, laureles y tropezones, rosas y espinas. Son recuerdos que, de cuando en cuando, bullen en su cabeza y a los que ella se entrega aislada y en silencio -los ojos fijos en el techo de la habitación, en alguna mancha de la almohada, quizás en los andares del perro que a esas horas ya no sabe qué hacer por la casa y viene a acostarse en su regazo- y que sólo a veces comparte con una aparente indiferencia tras la que siempre acaba asomando un leve poso de tristeza que pronto exorciza con su risa -una risa contagiosa, franca, gozosamente impúdica- y esa falsa verdad que se ha autoimpuesto y que dice que el presente nunca va a tener futuro. Siempre procura callarse, no hablar más de la cuenta, evitar esas palabras demasiado sinceras o demasiado evidentes que podrían arrebatarle sus defensas, y deja que sean otros los que interpreten sus gestos, sus muecas, las frases con las que acompaña su llegada o el beso que regala al despedirse. No es una mujer fácil, ni accesible. No gusta del halago gratuito ni se amilana ante las fórmulas hechas, y -harta de haberse encontrado ya con demasiados- extrema las precauciones cada vez que piensa que puede estar delante de un imbécil. Sin embargo, vale la pena tomarse la molestia de aguardar en la barrera, de cruzar lentamente esa frontera entre su mundo y el de los otros, de esperar a que analice y dicte su sentencia, para penetrar en el misterio que encierra su mirada risueña y concentrada, para dejarse mecer por su conversación llena de bromas y confesiones y entender, así, que hay ocasiones en las que sale a cuenta jugarse el todo por el todo y lanzarse al océano sin barca ni flotador. Es entonces, sólo entonces, cuando uno comprende que, por mucho que crea saber, estará siempre lejos de saberlo todo, y que, aunque lo finjan, puede que no todas las casualidades ocurran porque sí.

El Comercio, 4 de septiembre de 2009

martes 1 de septiembre de 2009

'La estancia vacía': El Mundo

El próximo viernes 11 de septiembre se estrenará en Astorga el documental Los abanicos de la muerte, sobre la familia Panero, dentro de un curso sobre lenguajes audiovisuales en el que también se proyectará La estancia vacía (10 de septiembre, Teatro Gullón, 17 horas). Ayer, el diario El Mundo publicaba un artículo al respecto escrito por Javier Mendoza en el que éste, muy amablemente, se refería en los siguientes términos a la película con la que inicié -y concluí- mi breve andadura cinematográfica:

[...] Los abanicos... no es el único largometraje producido después de la muerte de Michi Panero. Antes (en 2007), apareció La estancia vacía de Iván Fernández y Miguel Barrero, un documento de primera mano sobre los últimos días del más pequeño de los hermanos Panero. En este trabajo se narra con una minuciosidad cercana a la taxidermia el tierno y complejo universo michiganesco, repleto de contratiempos de intendencia, risas cómplices, novias enloquecidas y llamadas desesperadas a las tantas de la madrugada.

Fernández y Barrero compusieron un retrato arriesgado en la forma y emotivo en el fondo que sirve de contrapunto perfecto a la oficialidad que destila Los abanicos de la muerte, demostrando que la leyenda negra de los Panero sigue teniendo un éxito asegurado entre el público sensible. [...]

Línea de Fondo-Jornada 1

El fútbol y lo otro

Barcelona, 3-Sporting, 0

Ocurre que a veces les damos el mismo nombre a dos cosas distintas y así, por ejemplo, decimos que literatura son tanto las exploraciones memorialísticas de Proust como las novelitas de Marcial Lafuente Estefanía, llamamos arte a los frescos de la Capilla Sixtina y a los platos deconstruidos y desestructurados de Ferran Adriá y consideramos que el periodismo que hace Lydia Lozano tiene el mismo valor que el que lleva a cabo, pongamos por caso, Iñaki Gabilondo.

Por esa misma regla de tres -es decir, siguiendo el nunca demasiado tortuoso camino de la simplificación-, decimos que el Barça y el Sporting juegan al fútbol. Y no. Si algo ha quedado claro a estas alturas de la película, en el arranque del segundo año de la era Guardiola y tras ver cómo un solo equipo se llevaba a su sala de trofeos todas las copas a las que podía aspirar en un año de competición, es que o la escuadra por antonomasia de la Ciudad Condal es la única del mundo que sabe jugar como es debido al balompié o, sencillamente, lo suyo es otra cosa. No se trata de que su manera de entender el juego, de concebir un tiempo y un espacio aparentemente inmutables, esté a años luz de la del Sporting, ni de que, evaluados uno a uno, los integrantes de la escuadra catalana sean infinitamente mejores que los que componen el batallón gijonés. Se trata de que ningún otro equipo (ni siquiera el muy presumido y resabiado Real Madrid) ha sido capaz de hacer lo que ha hecho la antigua estrella de aquel Dream Team de Cruyff que muchos creímos insuperable: redescubrir el fútbol mediante la búsqueda de sus esencias primigenias y supeditar la estadística a la estética, la especulación al gozo, el resultado a la belleza. Y en el deporte rey, como en la vida, el que da primero da dos veces.

El Barça, hoy por hoy, es un equipo intratable porque juega al fútbol como los ángeles, y los clásicos siempre nos han dicho que no sale a cuenta plantarles cara a las divinidades, pero también nos han dado la receta para salir airosos del trance. Cuando David se vio ante Goliat, tenía plena consciencia de la fortaleza del gigante, pero sabía manejar la honda y supo estudiar sus posibilidades. El Sporting que ayer saltó al césped del Camp Nou no tenía ninguna duda de que iba a enfrentarse al mayor coloso del fútbol mundial, y sabía que sólo podría hacerle frente si echaba mano de las cualidades que le ha otorgado esa grandeza que no se resume en un palmarés, sino en el carisma, el coraje y la humildad aprehendidos a lo largo de sus ciento y pico años de historia.

Por eso, aunque el partido respondió más o menos al guión que todos los aficionados llevábamos escrito en nuestro subconsciente, ni los rojiblancos padecieron una derrota indigna ni dieron excesivos motivos para el pánico. Los errores de la defensa no fueron tantos como uno podía esperar tras asistir al último encuentro de la pasada Liga, y tanto el rendimiento de los nuevos (la destreza de Gregory en los saques de esquina, la soltura de De las Cuevas en ciertos lances, la solvencia bajo los palos de Juan Pablo) como los destellos de algún que otro viejo conocido (las internadas de Diego Castro, el hambre de gol de Barral, las ganas de comerse el campo de José Ángel) dan pie a un moderado optimismo que habrá de confirmarse o desmentirse a tenor del rumbo que sigan las jornadas que vienen, por más que yo siga sin encontrarle la gracia a Míchel (supongo que tendrá alguna) y piense que hubiera estado bien encontrarle un recambio al bueno de Sastre, a quien (todo hay que decirlo) tanto debe este Sporting.

Poco más hay que decir. En su Fábula Décima, Juan Benet cuenta la historia de un general que, tras dirigir escrupulosamente todas las batallas que libra su ejército en el transcurso de una campaña larga y complicada, decide que, como premio al esfuerzo de sus hombres, sean ellos mismos los que diseñen la estrategia más idónea para alcanzar la última victoria. «Yo me iré a la cama», viene a decir el militar, «y sólo cuando me despierte sabré si ustedes han hecho lo correcto».

El relato tiene dos finales. En el primero, al amanecer, el general se levanta y, al ver a su ejército vencido y derrotado ante las tropas enemigas, exclama: «No podía ser de otra manera». En el segundo, al salir de su tienda de campaña y contemplar la bandera de la patria ondeando orgullosa sobre la fortaleza enemiga (la victoria consumada, por lo tanto), el general sentencia: «No podía ser de otra manera».

Ayer, el Sporting pudo haber recuperado su antigua reputación de matagigantes para sorprender a propios y extraños con un triunfo ante el Barça que hubiera resultado tan inesperado como tonificante. Sin embargo, el fútbol se mantuvo fiel a los criterios de la lógica y dejó que el que ahora mismo es el mejor equipo del mundo iniciara su camino hacia la segunda Liga consecutiva con una victoria que, si la realidad no contraviene al sentido común, no será más que la primera de una larga serie que le acabará conduciendo a los primeros puestos de la clasificación.

No podía ser de otra manera. Lo que hace grande al fútbol es que, en última instancia, siempre es justo. El Sporting tuvo su oportunidad para soñar entre las estrellas del Camp Nou, pero no pudo o no supo renunciar a su condición de mortal. Dentro de dos domingos, en El Molinón, empieza otra Liga. La nuestra. La de los que jugamos al fútbol. O a lo otro.

El Comercio, 1 de septiembre de 2009