El año pasado fui publicando en esta bitácora, domingo a domingo, una serie de entradas donde de manera breve, interesada y -lógicamente- partidista hacía una especie de análisis (asegurar que lo era sería incurrir en una autocomplacencia excesiva) de lo que más o menos habían sido los partidos del Sporting para mí. Hace apenas una semana, anuncié que esta misma noche, tras el Barcelona-Sporting con el que nos toca iniciar la Liga, retomaría esa vieja costumbre, así que me pongo a escribir ahora para anunciar que no, que este año las cosas irán por otros derroteros. Mañana mismo debutaré en El Comercio como comentarista literario de los encuentros de los rojiblancos, en una sección cuya periodicidad aún no me han dejado clara (dependerá de si quieren que cubra sólo los partidos que juguemos en casa -con la excepción del arranque liguero de hoy- o también les interesa que me encargue de los desplazamientos) y que sustituirá a la Fiebre en las gradas que a lo largo de la Liga pasada fue escribiendo, tan bien como suele, mi compadre Ricardo Menéndez Salmón. La cosa me hace ilusión. En todo el tiempo que llevo dedicándome a esto, nunca he hecho periodismo deportivo. Y una de mis asignaturas pendientes era, precisamente, escribir sobre el Sporting. A partir de mañana irán viendo los resultados. Espero que les gusten.lunes 31 de agosto de 2009
Desde la cabina de prensa
El año pasado fui publicando en esta bitácora, domingo a domingo, una serie de entradas donde de manera breve, interesada y -lógicamente- partidista hacía una especie de análisis (asegurar que lo era sería incurrir en una autocomplacencia excesiva) de lo que más o menos habían sido los partidos del Sporting para mí. Hace apenas una semana, anuncié que esta misma noche, tras el Barcelona-Sporting con el que nos toca iniciar la Liga, retomaría esa vieja costumbre, así que me pongo a escribir ahora para anunciar que no, que este año las cosas irán por otros derroteros. Mañana mismo debutaré en El Comercio como comentarista literario de los encuentros de los rojiblancos, en una sección cuya periodicidad aún no me han dejado clara (dependerá de si quieren que cubra sólo los partidos que juguemos en casa -con la excepción del arranque liguero de hoy- o también les interesa que me encargue de los desplazamientos) y que sustituirá a la Fiebre en las gradas que a lo largo de la Liga pasada fue escribiendo, tan bien como suele, mi compadre Ricardo Menéndez Salmón. La cosa me hace ilusión. En todo el tiempo que llevo dedicándome a esto, nunca he hecho periodismo deportivo. Y una de mis asignaturas pendientes era, precisamente, escribir sobre el Sporting. A partir de mañana irán viendo los resultados. Espero que les gusten.General Pardiñas 80
viernes 28 de agosto de 2009
Otra vez en Madrid
Resulta curioso que Madrid sea una de mis ciudades favoritas y, sin embargo, de un tiempo a esta parte sólo aparezca por allí de Pascuas a Ramos y la mayoría de las veces de forma apresurada y casi casi accidental. Anduve unas horas por sus calles el verano pasado, y mañana volveré a pisarlas para permanecer en ellas poco más de un día. Entre unas cosas y otras, tan sólo tendré unas tres o cuatro horas libres, y si se tiene en cuenta que me alojaré en la Plaza de Castilla y que mis obligaciones me mantendrán en las proximidades del Bernabéu (precisamente mañana el Madrid empieza allí la Liga, a ver si hay suerte y los gafo), no me va a dar tiempo a mucho. Trataré, eso sí, de aprovechar para encontrarme con algún viejo amigo del que hace años que no sé nada y de dar aunque sea algún breve paseo por el nacimiento de La Castellana, allí donde -según contaba esa fábula posmoderna cuyo título, por conocido, no vale la pena repetir aquí- una navidad de hace casi cinco lustros nació el Anticristo. Dice la canción que Madrid es ese lugar al que siempre regresa el fugitivo. Desde luego, es uno de los lugares a los que a mí -por azarosos, molestos o pesados que resulten los motivos del viaje- siempre me agrada volver.miércoles 26 de agosto de 2009
Cuando nació el Xixón Sound
Hace un momento, mientras revisaba una entrevista que Víctor Rodríguez le ha hecho a Fran Fernández, el líder de Australian Blonde, y que saldrá publicada este viernes en Les Noticies, recordé esta canción y el año 1994, cuando aún vivíamos en Mieres y empezábamos al instituto y asistíamos a la muerte de Kurt Cobain y Gijón, aunque tan sólo estaba a unos treinta kilómetros de nuestras casas, nos parecía la estratosfera.martes 25 de agosto de 2009
Sporting-Oviedo
Se acerca el inicio de la Liga -el lunes, si la autoridad no lo impide, regresarán a esta bitácora las entradas futboleras que tanto juego dieron durante la temporada pasada- y toca ir calentando motores. Me han invitado a participar esta noche, a las 21.30 horas, en una tertulia que se celebrará dentro del magazine nocturno Noche tras noche, de la Radio del Principado de Asturias (RPA), y que propondrá un enfrentamiento dialéctico entre el Sporting y el Oviedo. Por los rojiblancos formaremos el histórico Cundi y un servidor (no sé si podré estar a la altura de un gigante de tales dimensiones). Los azules alinearán a mi compadre Francisco García Pérez (que cuando no languidece por campos de Tercera o de Segunda B da clases de Literatura, escribe libros excelentes y dirige el suplemento cultural del diario La Nueva España) y al ex oviedista Vicente.Si viven fuera de Asturias o no tienen radio, pueden escucharnos aquí.
domingo 23 de agosto de 2009
Lo que pueden las palabras
La vi por primera vez en televisión a finales de la década de los noventa, pocos meses antes de mudarme a Salamanca, y no tuve más noticias de El fantasma y la señora Muir (Joseph L. Mankiewicz, 1947) hasta que, un par de años después, llegó a mis manos un extenso artículo de Javier Marías en el que éste resumía su línea argumental y navegaba por sus posibles significados. Cuando hace un par de noches -tras ir postergando varios años mi propósito de revisitarla- me puse de nuevo ante sus fotogramas, me alegré de comprobar que la película que tanto me había sorprendido en aquella velada de mi adolescencia (uno siempre se enfrenta con miedo a estas cosas, uno nunca sabe si aquello que le entusiasmó en su día seguirá haciéndolo con el paso del tiempo) no sólo continúa resultándome grata, sino que ahora, además, me entusiasma.Dice Marías, y yo estoy con él, que El fantasma y la señora Muir es -sobre todo y además de un cuento de hadas, una ghost story o un filme a medio camino entre la comedia y el melodrama romántico, que también- una película sobre el poder de las palabras. En efecto, ellas son las que, de una u otra manera, van enhebrando una historia que arranca cuando la joven viuda Lucy Muir (encarnada por Gene Tierney) se muda con su hija y su asistenta a una mansión junto al mar que en su día perteneció a un marino, el capitán Daniel Cregg (Rex Harrison), cuyo espectro se ha materializado cada vez que alguien ha intentado residir en la que fuera su morada. Quizás el primer acierto de la película sea la facilidad con la que se funden el mundo real y el sobrenatural, sin chirridos ni desajustes, y la naturalidad con la que ambos personajes, Lucy y Daniel, comienzan una relación en la que el lenguaje -las palabras y su capacidad para mostrar nuevos mundos, también para ocultarlos- acaba jugando un papel fundamental. Lo juegan al principio como muestra irrefutable de las diferencias que, en lo referente al estatus y la procedencia social, separan a ambos personajes (la sofisticación y la elegancia de Lucy contra la rudeza y los malos modos del capitán), y lo siguen desempeñando mientras él le dicta a ella el libro en el que cuenta sus peripecias surcando los mares y que será, a la postre, el desencadenante de un amor imposible por darse entre dos mundos antagónicos (uno real y corpóreo, otro sobrenatural e intangible) y cuyo único final sólo puede ser el fracaso. A medida que el capitán habla y la señora Muir escucha y escribe, entre los dos se va fraguando una complicidad en la que también juegan un papel crucial las palabras que no se dicen, aquellas que esconden o disimulan cosas que podrían resultar esenciales pero que conviene callar para no dar más pábulo al desencanto.
También las palabras resultan cruciales en el giro que da la trama al conocer Lucy a un escritor de libros para niños (George Sanders) que encarna un mundo real y factible contrapuesto al de Cregg, que a fin de cuentas no deja de ser una criatura del pasado y de encontrarse, por tanto, fuera del presente donde habitan el resto de los personajes. Cuando, en el momento de más impacto -por emocionante, por revelador, por la confluencia que en él se da de todos los mensajes que subliminalmente han ido deslizándose por el filme-, el fantasma se despide de Lucy mientras ésta duerme, sus palabras vuelven a ser, una vez más, quienes se erijan en auténticas protagonistas de la trama. En ese instante, el capitán exime a la viuda de la posibilidad de recordar -que él entiende como un problema, dado que supone la asunción permanente de una imposibilidad frustrante- y hace que todo lo que que una vez le dijo a Lucy, todo lo que ha ido forjando su relación, pase a ser visto por ésta como algo propio, como una invención o fantasía que ella misma fue forjando a lo largo de su primer año de estancia en la casa. Las frases con las que el capitán desaparece definitivamente de la escena -y que Marías emparenta con unos versos de Eliot- en el plano que constituye el auténtico clímax de la obra vienen a resumir mejor que nada el conflicto abierto entre dos tiempos (el presente en el que vive Lucy, el pasado en el que está instalado el capitán) cuyo abismo sólo pudo ser salvado a través del lenguaje: Te habría gustado conocer el Cabo Norte y el sol de medianoche y navegar en las Barbados, donde el mar se vuelve verde, y en las Maldivas, donde el viento del sur azota el mar. ¡Nos hemos perdido tantas cosas juntos! Nos las hemos perdido los dos.Cuentan que Joseph L. Mankiewicz -que dirigió Eva al desnudo o Cleopatra, entre otros largometrajes- siempre vio El fantasma y la señora Muir como una simple película de iniciación, pero puede que al poner las letras de The End después de ese final que no voy a desvelar aquí y que resulta a la vez feliz y triste, por cuanto supone la constatación de una fatalidad que resulta evidente desde casi el principio de la cinta, estuviese firmando en realidad su obra maestra.
jueves 20 de agosto de 2009
Poitiers
Desde entonces, siempre que la escucho me acuerdo de aquel viaje.
miércoles 19 de agosto de 2009
Descubriendo a Casavella
Supe de la existencia de Francisco Casavella (Barcelona, 1963-2008), pero no había leído nada suyo hasta que hace unos días, en Barcelona, Sergio Gaspar me recomendó encarecidamente que me hiciera con El triunfo. La terminé ayer mismo, después de un par de días de lectura en la edición que Debolsillo sacó a la calle en 2006, coincidiendo con el estreno de la película de Mireia Ros basada en la novela. No puedo decir que haya sido una sorpresa, porque partía con muy escasas referencias sobre su obra, pero tengo que reconocer que la historia de las mafias del Barrio -con sus deterioros, sus reinvenciones y sus códigos de honor- me ha atrapado como pocos libros lo han hecho en estos últimos meses. No es ya que leyéndolo haya podido volver a recorrer esas calles del Raval cuyos terrados sólo pude vislumbrar allá en lo alto, sino que me ha fascinado el juego de las dos voces que se van superponiendo a lo largo de sus páginas, con un cambio de registro tan brusco como efectivo, para explicar las consecuencias que tiene para todos el paso del tiempo y el abismo insalvable que se va abriendo entre dos generaciones. No sé si acabaré leyendo Lo que sé de los vampiros (la novela con la que Casavella ganó el Nadal y cuya temática no me atrae demasiado), pero tengo en lista de espera Un enano español se suicida en Las Vegas y la trilogía El día del watusi. Si el listón se mantiene, puedo aventurar que será un placer seguir descubriendo a Casavella.martes 18 de agosto de 2009
Regreso al lugar del crimen
Entre septiembre de 2006 y enero de 2007, dirigí -con Iván Fernández- el largometraje documental La estancia vacía, centrado en los dos últimos años de vida de Michi Panero en la ciudad de Astorga. El proyecto surgió tras escribir una novela que por aquel entonces dormía el sueño de los justos en un cajón de mi escritorio -imagino que no hace falta que les diga de cuál se trata-y, aunque empezó como un cortometraje, acabó concretándose en una película de hora y media de duración que desde entonces ha venido teniendo una vida tan intermitente (se proyectó en Las Palmas, en León, en Mieres, creo que también anduvo por Almería) como subterránea.La estrenamos el 17 de marzo de 2007 en el Teatro Gullón de Astorga (aunque, si tengo que elegir, me quedo con el preestreno extraoficial que montamos la noche antes en el Pub Gaudí, también en esa ciudad), y ahora me entero de que la película va a volver a proyectarse en ese mismo lugar el mes que viene, dentro de un curso organizado por la Universidad de León sobre Didáctica cinematográfica y audiovisual en el que también se exhibirán las películas La ola, La clase, La esfinge maragata, En los límites de las sombras, El desencanto, Después de tantos años, Los abanicos de la muerte y Cuando vuelvas a mi lado. Por allí se pasarán Elías Querejeta, Jaime Chávarri, Gracia Querejeta, Federico Utrera... Y también un servidor, que al parecer tendrá que cumplir como un valiente y presentar su propio filme.
Por si a alguien le interesa y anda por allí o puede desplazarse -el curso requiere formalizar matrícula, pero supongo que no echarán a nadie por asistir a una única proyección-, la presentación, y proyección, de La estancia vacía tendrá lugar el 10 de septiembre, en el Teatro Gullón, a las cinco de la tarde. A las ocho, se celebrará en la Biblioteca un debate sobre la película en el que, supongo, también estaré presente, si el tiempo y la autoridad no lo impiden. Si quieren más información, pinchen aquí.
[En la fotografía, uno de los planos de la película, con mi compadre Ángel García paseándose por la calle de Leopoldo Panero, con la casa de la familia a su izquierda y la catedral al fondo.]
lunes 17 de agosto de 2009
El enigmático Fernando de Rojas
Siempre le he tenido cariño a La Celestina. En primer lugar, porque en mis años de Bachillerato me entusiasmó la historia de Fernando de Rojas y su autoría escondida tras los acrósticos del prólogo (aquellos que, leídos de arriba abajo, decían que El bachiller Fernando de Rojas escribió la comedia de Calixto y Melibea y fue nascido en la Puebla de Montalbán), también el misterio acerca de ese primer capítulo cuya responsabilidad unos ignoran y otros atribuyen al propio Rojas, que habría anticipado el recurso del manuscrito encontrado que un tiempo después emplearía Cervantes en El Quijote. En segundo lugar, porque en mi primera noche en Salamanca -un domingo de octubre, con un frío de mil demonios- mis erráticos pasos por el casco histórico acabaron llevándome a unos jardines inquietantes, semiocultos tras la catedral, que resultaron ser el Huerto de Calixto y Melibea. En tercer lugar, porque el relato, tan fascinante como truculento, de los dos amantes unidos por las artes de una alcahueta vieja y perversa es una de las grandes historias de amor de nuestra literatura.Me compré El manuscrito de piedra (Alfaguara) en cuanto me enteré de que Luis García Jambrina -al que conocía por su trabajo crítico y del que había leído hasta entonces un par de relatos, si no recuerdo mal- había escrito una novela protagonizada por Fernando de Rojas y urdida en torno a unos extraños crímenes cometidos en la Salamanca renacentista, y la lectura -que sólo pude consumar hace unos días, aprovechando los ocios veraniegos- no ha defraudado las expectativas que tenía puestas en ella. Su aparente sencillez estructural, e incluso argumental -nada que no se haya visto en otras obras de género negro, tan en boga (y tan maltratado) últimamente-, esconde un mecanismo mucho más complejo en el que la historia, la leyenda, el mito y la literatura se entremezclan para ofrecer una visión total y caleidoscópica de la España de los Reyes Católicos a través de los ojos de un joven convencido de las verdades de los dogmas que acaba fascinado por la heterodoxia que se resguarda entre las galerías de una cueva en cuya bóveda titilan las verdaderas estrellas de esa cúpula celeste que aún hoy corona los saberes del Estudio salmantino. El problema de los conversos, las divergencias entre las distintas corrientes teológicas, la famosa agonía del príncipe Don Juan, las fabulaciones en torno a aquella historia que decía que el diablo también daba sus clases en Salamanca o las tribulaciones alrededor de la fundación mítica de la ciudad van hilando una narración que se lee en un par de noches sin ser, aunque siéndolo a la vez, una novela fácil. Si tienen prejuicios contra el género negro o el histórico, o contra los dos al mismo tiempo, desháganse de ellos y zámpense este libro. Lo agradecerán.
Luis García Jambrina
El manuscrito de piedra
Alfaguara
316 págs 18,50 euros
sábado 15 de agosto de 2009
Chandler en Puerto Vallarta
Me habían dicho que leerla era igual que beber un cóctel, y es verdad. Trago amargo (Roca), la primera novela de Francisco Haghenbeck (Ciudad de México, 1965), viaja al rodaje de La noche de la iguana -la película que Huston dirigiera sobre el texto homónimo de Tennessee Williams- y bucea en los intereses que condujeron a los productores a ubicar la acción en Puerto Vallarta adentrándose en el lado oscuro de una industria que vivía por aquellos años una de sus épocas doradas. Al mismo tiempo, el libro rinde un sentido homenaje al arte del buen beber con el recetario de combinados que abre cada capítulo (del Dry Martini al Martini Iguana, con toda una gradación de escalas intermedias por el medio), reivindica el valor de la buena música como un inmejorable acompañante etílico y se rinde a los pies de Raymond Chandler, que camina al paso que marca el detective Sunny Pascal cuando recibe el encargo de vigilar y contener al grupo de actores protagonistas del filme, entre los que se encuentran Richard Burton (casado entonces con Elizabeth Taylor, también presente en aquellos pagos), Ava Gardner o Sue Lyon (la inolvidable Lolita de Kubrick, aún fiel a su falso rol de muchacha ingenua y encantadora). Abrí el libro para empezar a leerlo por encima una tarde de verano. Cuando lo cerré, me había tragado seis capítulos sin apenas darme cuenta. Podría empezar ahora un listado de razones para convencerles de que se lo echen a los ojos, pero voy a limitarme a transcribir el primer párrafo:No era tan alto como se veía en las fotos, sólo un poco más bajo que una palmera. Su voz tampoco era tan grave, sólo menos que una podadora de pasto. El director de cine le dio una chupada a su puro del tamaño de un rodillo, aromatizando todo el set. Su cara, debajo de un sombrero panamá calado hasta las orejas, tenía el gesto de un dios mirando a los simples mortales. Al verlo, pensé que reflejaba poder, el que sólo poseen los que manejan el negocio del cine. Y ése es el único poder que importa.
Y ahora, díganme quién se resiste a seguir leyendo.
F. G. Haghenbeck
Trago Amargo
Roca Editorial
140 págs 15 euros
lunes 10 de agosto de 2009
Plaça Reial 2
Tu cuerpo que deseo y que rechazo
mi voluntad domina. Como el vino
mi mente turba, excita y reconforta.
Después, saciado, siento oscuramente
vergüenza del placer así logrado.
Mas al cabo de un tiempo, tu apetencia
resurge en mí acuciante y desespero
y te busco si no te hallo cercana.
No eres joven ni hermosa, sin embargo.
Pero he de conseguirte nuevamente.
A ti, aunque se me ofrezcan las más bellas.
Y no me importa entonces el orgullo,
vileza, sumisión o servilismo.
Embriagarme en tu cuerpo es lo que importa.
Mi voluntad domina. Como el vino
que la garganta exige, imprescindible,
necesito obtener, poseer tu cuerpo,
esa dosis que viaja hacia mí mismo.
mi voluntad domina. Como el vino
mi mente turba, excita y reconforta.
Después, saciado, siento oscuramente
vergüenza del placer así logrado.
Mas al cabo de un tiempo, tu apetencia
resurge en mí acuciante y desespero
y te busco si no te hallo cercana.
No eres joven ni hermosa, sin embargo.
Pero he de conseguirte nuevamente.
A ti, aunque se me ofrezcan las más bellas.
Y no me importa entonces el orgullo,
vileza, sumisión o servilismo.
Embriagarme en tu cuerpo es lo que importa.
Mi voluntad domina. Como el vino
que la garganta exige, imprescindible,
necesito obtener, poseer tu cuerpo,
esa dosis que viaja hacia mí mismo.
José María Fonollosa. Ciudad del hombre: Barcelona. DVD Ediciones, 1996.
domingo 9 de agosto de 2009
Encuentros en Barcelona
Hasta hace unos días, Sergio Gaspar era sólo una voz al otro lado del teléfono que, con bastante frecuencia, dejaba algunas líneas en la bandeja de entrada de mi correo electrónico para comentarme asuntos diversos. Sin embargo, desde la primera charla que mantuvimos -que no fue exactamente fría, pero sí distante, con mucha curiosidad por mi parte y supongo que una lógica voluntad de tanteo por la suya- habíamos ido entablando una relación a la que sólo faltaba dar el salto hacia los territorios de lo real para convertirse en amistad. Lo dimos hace unos días, en Barcelona, con ocasión de mi visita a esa ciudad. Habíamos quedado en vernos el martes por la mañana, pero me llamó el lunes por la tarde porque sus quehaceres le habían llevado al centro y disponía de un tiempo libre que tuvo el detalle de compartir con nosotros. Gracias a él pude callejear durante unas dos horas por el corazón de la Ciutat Vella (Barrio Gótico, Born, Ciutadella), adquirir las primeras nociones sobre la personalidad de Barcelona y descubrir algún que otro enclave (el Mercat del Born, la Estación de Francia, el Parlament) al que difícilmente me hubiera acercado de no contar con sus habilidades como cicerone. Al día siguiente, apareció acompañado por su mujer, María, y me dio el capricho de pasearme por las calles del Raval, ese territorio mítico configurado a base de lecturas y canciones que una vez fue el temible Barrio Chino y hoy es un mosaico multicolor de razas, culturas y religiones. No pudimos ir a Casa Leopoldo -cerraba por vacaciones- pero sí darnos de bruces con la plaza de Vázquez Montalbán (un escritor que a él no le gusta y a mí sí) y comer en un restaurante próximo a la parte trasera del antiguo edificio de La Vanguardia. Hablamos, además, de la posmodernidad y sus concreciones literarias, de la necesidad de que la sociedad española tenga o no una literatura propia, de los últimos movimientos de las grandes editoriales... Y nos despedimos en una esquina, él en dirección a la Ronda de Sant Antoni y yo orientado hacia las Ramblas, con la intención de repetir encuentro -en Barcelona o en Gijón, dependiendo de las circunstancias de cada uno- y la promesa de mantenernos en contacto. Conocerle en carne mortal me permitió corroborar la impresión que ya venía teniendo desde septiembre del año pasado: la de que, por primera vez desde que empecé a publicar -y no ha pasado mucho tiempo, afortunadamente-, estoy tratando con un editor de verdad.

A Enrique García Tejerizo -Quique, de aquí en adelante- lo conocí en Salamanca en 1998, en nuestros primeros días universitarios. Curiosamente, todavía recuerdo cómo empezamos a hablar. Fue en la vieja cafetería de la Universidad Pontificia. Yo estaba ojeando algo en un periódico (creo que era La Razón, creo que era una noticia sobre la declaración de Patrimonio de la Humanidad que la UNESCO había concedido a la Cámara Santa de la catedral de Oviedo) cuando él se me acercó y me preguntó si era asturiano. Supongo que lo adivinó por el artículo que en aquel momento ocupaba mis atenciones, y supongo que me lo preguntó porque, aunque él era de Ávila, en esos inicios del curso que inauguraba nuestras andaduras salmantinas se había integrado en una especie de lobby donde la gran mayoría, si no todos, provenían de este lado del Pajares. El caso es que durante algunos meses nos tratamos bastante y luego, sin que hubiera ninguna causa concreta, empezamos a distanciarnos. Él hizo sus amigos y yo los míos, y aunque seguíamos viéndonos en la Facultad y mantuvimos siempre una relación muy cordial, acabamos perdiéndonos de vista en cuanto nos vimos con el título en las manos. No supe nada de él hasta que hace unos meses me lo encontré por el Facebook, y aunque es forofísimo del Real Madrid se ofreció a acompañarme al Camp Nou en cuanto pusiera el pie en la Ciudad Condal. Dicho y hecho. Nos encontramos en la boca de metro de Les Corts (me reconoció él primero, quizás no haya cambiado tanto como pienso) y nos fuimos poniendo al día mientras recorríamos Can Barça. Me enteré así de que se mudó a Cataluña al poco de terminar la carrera, de que trabaja en una televisión de la Diputació de Barcelona y de que se ha casado y dentro de unos pocos meses va a ser papá. Y esto último me hizo pensar, otra vez, que a lo peor resulta que el resto del mundo va (bastante) más rápido que yo.
Ya no recuerdo cómo conocí a Paco Camarasa, seguramente porque desde que en 2002 empecé a trabajar como periodista en la ciudad de Gijón no he dejado de encontrármelo verano tras verano, entre las carpas de la Semana Negra. Puede que su librería, Negra y Criminal, sea la única de toda España especializada en literatura policiaca, y por eso -por mi querencia hacia las librerías y por mi afición por los exotismos- llevaba tiempo queriendo conocerla. Hace unas semanas, en Gijón, le comenté que en agosto me iría unos días a Barcelona y me pidió que le llamase. Dado que nunca habíamos tenido demasiada relación, temí que fuese más una manera de quedar bien que otra cosa, pero no. En cuanto marqué su número y me contestó, se ofreció a enseñarme su negocio, darme un paseo por el barrio e invitarme a una paella. La librería, instalada en un bajo de 64 metros cuadrados muy cerca del Mediterráneo, es una monada (y aunque estaba cerrada por vacaciones y la abrió sólo para nosotros, aproveché para traerme de allí buen material). El barrio en el que se asienta y donde también vive su propietario, la Barceloneta, resultó ser uno de los lugares más encantadores que tuve el gusto de conocer y pasear durante mis días en la urbe. El arroz, que degustamos en una terraza con aspersores al borde de la playa, me supo a gloria bendita. La conversación, que navegó por temas como la historia de la ciudad, la leyenda canalla del barrio, el bilingüismo en Cataluña, las novelas de Pepe Carvalho o las previsiones editoriales para el próximo otoño, fue una delicia. Escribe una novela negra, me dijo, y te traigo a presentarla a la librería. Por el momento, no estoy por la labor (o no exactamente), pero el verano que viene, en Gijón, pienso corresponder.
Hubo más encuentros, pero estos ya no están documentados. Quizás hable en otra(s) ocasión(es) de cómo me gustó tropezarme con Sofía, después de tantos años, ante el altar de la catedral de Barcelona, o de la conversación con un tal Josep María Flotats a las puertas de su peluquería en Lesseps, o del negro que intentaba enseñarme catalán cada tarde en el Café Antiquari. Pero ésas son, o serán, otras historias.
A Enrique García Tejerizo -Quique, de aquí en adelante- lo conocí en Salamanca en 1998, en nuestros primeros días universitarios. Curiosamente, todavía recuerdo cómo empezamos a hablar. Fue en la vieja cafetería de la Universidad Pontificia. Yo estaba ojeando algo en un periódico (creo que era La Razón, creo que era una noticia sobre la declaración de Patrimonio de la Humanidad que la UNESCO había concedido a la Cámara Santa de la catedral de Oviedo) cuando él se me acercó y me preguntó si era asturiano. Supongo que lo adivinó por el artículo que en aquel momento ocupaba mis atenciones, y supongo que me lo preguntó porque, aunque él era de Ávila, en esos inicios del curso que inauguraba nuestras andaduras salmantinas se había integrado en una especie de lobby donde la gran mayoría, si no todos, provenían de este lado del Pajares. El caso es que durante algunos meses nos tratamos bastante y luego, sin que hubiera ninguna causa concreta, empezamos a distanciarnos. Él hizo sus amigos y yo los míos, y aunque seguíamos viéndonos en la Facultad y mantuvimos siempre una relación muy cordial, acabamos perdiéndonos de vista en cuanto nos vimos con el título en las manos. No supe nada de él hasta que hace unos meses me lo encontré por el Facebook, y aunque es forofísimo del Real Madrid se ofreció a acompañarme al Camp Nou en cuanto pusiera el pie en la Ciudad Condal. Dicho y hecho. Nos encontramos en la boca de metro de Les Corts (me reconoció él primero, quizás no haya cambiado tanto como pienso) y nos fuimos poniendo al día mientras recorríamos Can Barça. Me enteré así de que se mudó a Cataluña al poco de terminar la carrera, de que trabaja en una televisión de la Diputació de Barcelona y de que se ha casado y dentro de unos pocos meses va a ser papá. Y esto último me hizo pensar, otra vez, que a lo peor resulta que el resto del mundo va (bastante) más rápido que yo.
Hubo más encuentros, pero estos ya no están documentados. Quizás hable en otra(s) ocasión(es) de cómo me gustó tropezarme con Sofía, después de tantos años, ante el altar de la catedral de Barcelona, o de la conversación con un tal Josep María Flotats a las puertas de su peluquería en Lesseps, o del negro que intentaba enseñarme catalán cada tarde en el Café Antiquari. Pero ésas son, o serán, otras historias.
sábado 8 de agosto de 2009
Barcelona, mon amour
Barcelona es una ciudad tremendamente presumida. Se nota hasta cuando trata de disimularlo. Lo es en las callejuelas angostas y caóticas del Barrio Gótico y en las cuadrículas perfectas del Ensanche. Lo es en en las fachadas de sus monumentos y en las casas cuyos tendales dan a plena calle. Barcelona es, también, una ciudad difícil. No se deja descubrir tan fácilmente como otras, y es mucho más fácil llegar a entender su idiosincrasia si uno tiene la suerte -yo la tuve, ya lo contaré en la próxima entrada- de contar con alguien que le dé las primeras claves para adentrarse poco a poco en su misterio, ése que comienza hablando de una muralla romana y termina con las secuelas de unas olimpiadas que terminaron modificando -puede que para siempre, y no necesariamente para bien ni obligatoriamente para mal- sus señas de identidad, su estilo, su carácter. Uno no acaba de comprender del todo a Barcelona hasta que se encarama a cualquiera de sus diversas alturas (las de la Sagrada Familia o las de Montjuïc, las del Tibidabo o las de las torres de la Villa Olímpica) y la contempla desde lo alto y analiza las líneas de su crecimiento, los motivos de su expansión, la orientación de sus ambiciones. Barcelona es, por último, una ciudad encantadora. Lo es hasta cuando no quiere serlo. Es encantadora en Las Ramblas -aunque ahora estén llenas de turistas y los barceloneses se hayan visto obligados a renunciar a ellas- y en el mosaico de etnias del Raval; es encantadora en la tranquilidad del Parque de la Ciudadela y en el bullicio de La Boquería; es encantadora en el sosiego medieval de la Plaza del Rey y en los oropeles postmodernos de la Torre Agbar; es encantadora en los pisos pequeñísimos y casi miserables de la Barceloneta y en las suntuosidades de los delirios gaudinianos. Es encantadora en la espectacularidad de su casco histórico, y en la despreocupada complicidad que reina en las calles de Gracia o el Poble Nou.
Y yo, que tan claras creía tener ciertas cosas hasta ahora, me veo de pronto metido en un serio problema matrimonial: ¿cómo le cuento a Madrid que lo mío con Barcelona fue fantástico?
Y yo, que tan claras creía tener ciertas cosas hasta ahora, me veo de pronto metido en un serio problema matrimonial: ¿cómo le cuento a Madrid que lo mío con Barcelona fue fantástico?
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