viernes 31 de julio de 2009

Passejant per Barcelona

Passejant per Barcelona, un dimecres cap al tard,
he pensat ja fa una estona que no estic enamorat.
M'he dit: "Tinc quatre pessetes, que és el que val un cafè;
ara que les tinc, les gasto, i així ja no les tindré"...

Francesc Pi de la Serra

Cinco días en Barcelona

El lunes por la mañana pongo rumbo a Barcelona, una de esas ciudades que siempre he querido visitar y en las que, por una cosa o por otra, jamás había puesto el pie. A esos lugares que figuran en las guías como de obligada visita (Sagrada Familia -y todo Gaudí en general-, catedral, Tibidabo, Barceloneta, Montjuic) tengo que añadir otros que forman parte de mi ecléctica educación sentimental y por los que no me gustaría pasar de largo. No quisiera volverme sin haber sacado una foto en la Ronda del Guinardó ni haber comido en Casa Leopoldo. Tampoco sin pasear por la plaza Lesseps (ésa en la que una vez estuvo el cine Roxy cuyos fantasmas acabaron tomando al asalto la sucursal bancaria que construyeron en su solar) ni recorrer esa Plaza Real donde a Makaroff le robaron la mountain bike y Pi de la Serra se encontró con una muchacha que ni era pobre, ni estaba sola, ni buscaba pretendiente.

También hay una serie de gente a la que quiero ver. Aunque Sergio Gaspar es mi editor desde hace casi un año, aún no nos conocemos en persona, y espero que sea posible mantener un encuentro en estos días. De Quique hacía lustros que no sabía nada hasta que unos meses atrás nos reencontramos en el Facebook, y tenemos pendientes unas cañas y una conversación larga, también una visita al Camp Nou con la que él, madridista como es, va a tener que cumplir. Y el librero Paco Camarasa prometió hace unas semanas que me invitaría a un arroz en un restaurante que él conoce bien, y pienso tomarle la palabra.

Voy a andar bastante atareado, pues, durante la próxima semana, así que a partir del lunes esta bitácora permanecerá cerrada hasta el sábado 8 o el domingo 9 de agosto. Eso si los aviones despegan y aterrizan como es debido. Si no, que sepan que ha sido un placer.

Pues eso, que sean buenos. Hasta la vuelta.

jueves 30 de julio de 2009

Cita en Verines

Ya es oficial. He recibido un correo de Luis García Jambrina en el que se me invita a participar en la próxima edición de los Encuentros de Escritores y Críticos de las Lenguas de España, que organizan el Ministerio de Cultura -a través de la Dirección General del Libro y Bibliotecas- y la Universidad de Salamanca y que se celebran cada año en la indiana Casona de Verines, en Pendueles (Llanes).

Este año, los Encuentros versarán sobre Periodismo cultural y Literatura hoy, y en ellos estaré acompañado por gente tan ilustre como David Barba, David Castillo, Antón Castro, Ignacio Elguero, Hasier Etxeberria, Nieves Fontova, Jesús García Calero, José Luis García Fernández, Arantxa Gómez Sancho, Antonio G. Iturbe, Jon Kortazar, Fernando R. Lafuente, Óscar López, Winston Manrique Sabogal, Teresa Martín Peces, Antón Lopo, Manuel Ortuño, Manuel Pedraz Orozco, Tino Pertierra, Luis Rei, Peio H. Riaño, Javier Rioyo, Antonio Rodríguez Jiménez, Javier Rodríguez Marcos, Nicolás Miñambres, Jesús Vigorra y Sergio Vila-Sanjuan.

La responsabilidad, como pueden ver, es grande. Mi curiosidad, aún mayor.

Microcosmos164: Frases

Hay frases que, sin parecerlo, terminan virando el rumbo del destino de un modo tan irrevocable como inesperado. Frases que tras su aparente simplicidad (sujeto, verbo, predicado) acaban escondiendo un designio inconcebible que necesitará de un tiempo para manifestarse pero que llevará a convertir lo que una vez fue una mera sucesión de letras y sílabas en un salvoconducto hacia un lugar desconocido en el que uno nunca sabe si acabará quedándose para siempre. Hay frases que, lejos de desvanecerse en el último suspiro, resuenan durante días, meses o años en la memoria de quien las dice y de quien las escucha. Frases que acaban siendo de ida y vuelta, que transitan imparables por las etéreas avenidas del tiempo en un viaje constante hacia las entrañas de un significado que en principio parecía banal, pero que acabó resultando revelador. Hay frases que -aun cuando nadie les preste atención, cuando parecen quedar sumergidas o sepultadas por el mar de ruido en el que son dichas, cuando no dan la impresión de añadir datos nuevos u originales, ningún factor en el que merezca la pena detenerse- depositan su carga de connotaciones en algún almacén secreto de la conciencia y dejan que éstas vayan floreciendo sin prisa, pero tampoco sin pausa, hasta llegar a transmutarse en evidencias tan absolutas que resulta imposible tanto esquivarlas como tratar de mitigar las consecuencias de su influjo. Hay frases, en fin, cuya gravedad se disfraza de una despreocupación que, si bien pudo existir en un principio, no era más que un ardid para apartar las piedras del camino y hacer más llevadera la andadura. Frases que pueden curar o herir, según el caso, pero que llevan consigo el estigma de la notoriedad, su perentoria incapacidad para el olvido, desde el momento en el que se dicen o se pronuncian a oscuras, en la soledad de una biblioteca o en la intimidad compartida del dormitorio, y ya no dejan de hacerse notar nunca, ni aun cuando lo dicho ya ha perdido su validez o su vigencia y se convierte, sin más, en un buen o mal recuerdo sobre el que se acabará edificando una vida posterior y diferente.

Hay frases que saben más de lo que dicen. Suelen ser, aunque no siempre, las frases que dicen más de lo que cuentan.

El Comercio, 30 de julio de 2009

domingo 26 de julio de 2009

El cumpleaños de Otto

Allá por el mes de octubre, aproveché esta bitácora para dar la bienvenida a Otto, el perro de mi hermano, que se incorporaba por aquel entonces a la familia. Hoy, 26 de julio, cumple su primer año de vida.

Como se ve en la foto, lo hemos educado bien...

Addenda: Gracias a Lourdes Álvarez, acabo de enterarme de que también nació en 26 de julio (sólo que en el de 1875) el gran Antonio Machado. Ya decía yo que este perro tenía algo...

sábado 25 de julio de 2009

Buscando a Frassinelli

Hace unos días hablé aquí de Roberto Frassinelli, aquel misterioso alemán que llegó a Asturias a mediados del siglo XIX y se murió rodeado de bruma en la aldea de Corao, al pie de los Picos de Europa. Aquellas breves líneas -que titulé Una evocación y provenían de un reencuentro inesperado con el personaje, a quien ya conocía gracias a un libro que desde siempre había estado en la biblioteca de mi padre (ahora está en la mía, después de apropiármelo en mi última incursión en el domicilio familiar) y que había ojeado muchas veces en mi tierna infancia, también en la preadolescencia- dieron pie a una labor de rastreo que acabó tomando cuerpo en un texto, El alemán que descubrió Covadonga, que hoy publica el diario El Comercio dentro de su suplemento cultural.

Si les interesa, pueden leerlo aquí.

viernes 24 de julio de 2009

No volveré a ser joven

Que la vida iba en serio
uno lo empieza a comprender más tarde
-como todos los jóvenes, yo vine
a llevarme la vida por delante.

Dejar huella quería
y marcharme entre aplausos
-envejecer, morir, eran tan sólo
las dimensiones del teatro.

Pero ha pasado el tiempo
y la verdad, desagradable, asoma:
envejecer, morir,
es el único argumento de la obra.

Jaime Gil de Biedma
(1929-1990)

jueves 23 de julio de 2009

Microcosmos163: Tabú

Decía Carlos Castilla del Pino que una sociedad está enferma cuando no es capaz de verbalizar (ni, por lo tanto, asumir) sus traumas. El otro día, tras uno de los encierros de San Fermín, un diario informaba de la muerte de un joven corredor y explicaba que su fallecimiento se había producido como consecuencia de unas lesiones incompatibles con la vida. La expresión, además de una memez, es la muestra palpable de cómo la sociedad ha ido idiotizándose hasta el punto de verse incapaz de aceptar una serie de verdades que seguirán estando ahí por mucho que ciertas cabezas pensantes hayan encontrado en el lenguaje -que por sí mismo no pervierte ni santifica las cosas, sólo las nombra- el vehículo ideal para tratar de camuflarlas.

El de la muerte es uno de los tabúes que más se han desarrollado en estos últimos tiempos. No se trata ya de que exista un evidente e implícito miedo a abandonar este mundo, sino que no pocas veces da la impresión de que existe la convicción más o menos extendida de que ninguno de nosotros debería morirse nunca, de que todos merecemos disfrutar de una juventud eterna y floreciente susceptible de perpetuarse por los siglos de los siglos. Hace poco escuché a una escritora decir que le atemorizaba la muerte porque era algo antinatural, y no dejó de sorprenderme que pueda verse así algo que, precisamente -y como dejó escrito Pedro Garfias en un poema pequeño y memorable-, no sólo sigue el orden perfecto y lógico de la naturaleza, sino que puede llegar a ser benéfico o deseable, o ambas cosas, en según qué casos. Tanto nos hemos convencido de nuestras propias virtudes, de ese poder ficticio que hemos decidido que nos asiste en cuanto que seres humanos, que olvidamos que lo antinatural, lo raro, el accidente, es precisamente la existencia, y que ese no existir que nos llegará irremediablemente después del último suspiro no es más que el restablecimiento de un estado de cosas que ya estaba antes de que llegásemos y que seguirá después, por mucho que sigamos empeñándonos en mentirnos a nosotros mismos. Por mucho que tratemos de ahuyentar a los fantasmas por el infantil e inútil método de dejar de llamar a las cosas por su nombre.

El Comercio, 23 de julio de 2009

lunes 20 de julio de 2009

Resaca semanera

La Semana Negra de este año me pilló un poco bajo. Había tenido un mes de junio especialmente intenso, y por eso decidí ir poco a poco y tomármelo con la mayor calma posible: rechacé viajar en el Tren Negro (el año pasado el trayecto Madrid-Gijón -tras una noche casi en vela- me había puesto en jaque ya al tercer día), apenas pasé por los desayunos del Don Manuel y rara vez llegué al recinto de El Arbeyal antes de que me tocase. Pero, como siempre, fue un placer reencontrarme con viejos conocidos (empezando por Paco Ignacio Taibo II, director de la cosa, y siguiendo por Jorge Iván y Rocío, Paloma o Yampi, sin contar la sorpresiva aparición de Vanessa Monfort o la conversación breve y apresurada con Mercedes Castro), profundizar en las relaciones con alguna gente a la que he venido agregando al Facebook en este último año (Jesús Lens, Fran J. Ortiz, Jerónimo Tristante, Empar Fernández y seguramente alguno/s más que ahora mismo se me olvida/n, disculpe/n mi mala memoria), retomar los cafés a altas horas de la noche (qué remedio) con mi compadre Ángel de la Calle o pasear de cuando en cuando con las casetas de las librerías para hacerme con alguna que otra rareza (entre ellas, sendos libros de Enrique Jardiel Poncela y Emilio Carrere que ya tengo esperando turno en mi mesita).

También estuvieron, claro, los descubrimientos. No había leído nada de Juan Bas, pero las páginas que hasta ahora he ojeado de su último libro, La resaca del amor, parecen altamente prometedoras. Sí conocía algo de la obra de Luis García Jambrina, pero ahora sé (a la espera de leer su novela El manuscrito de piedra, que huele que alimenta) que es un gran conversador y que tras su apariencia de hombre serio y poco dado a la jarana se encuentra una de las personas más divertidas que he conocido últimamente. De Félix Grande conocía algún que otro poema (sobre todo aquél que dice que uno no debe volver a los lugares en los que ha sido feliz), y ahora sé además que es un espléndido contertulio se trate el tema que se trate.Y, sobre todo, no tenía noticia de la existencia de F. G. Haghenbeck, cuyo Trago amargo tengo entre manos ahora mismo y del que escribiré algo aquí en cuanto lo termine. Hacía tiempo que un libro no me enganchaba ni me divertía de la manera de la que lo está haciendo éste, y hay placeres que es un ídem compartir.

Hubo más gente a la que me gustó (volver a) ver: Nacho Guirado (a quien conocía sólo de pasada), Ignacio del Valle (con quien compartí conversaciones varias en los primeros días), Ricardo Menéndez Salmón (que se alió con Guillermo del Pozo para secuestrarme durante toda una tarde y con quien tuve una espléndida comida en uno de nuestros restaurantes de cabecera), Luis García Montero (con una conversación sobre literatura y política a la sombra de un café mañanero), Eduardo Monteverde (que me escribió una dedicatoria preciosa en las páginas de respeto de su Carroña's Hotel) o Daniel Mordzinski (que apareció repentinamente y se fue casi sin darnos tiempo a que le viésemos). Y también a los de siempre, claro, la cara B del festival: Xurdeman, Fran, Rafa, Julián, Norman, Germán, Loli, Alejandro, El Juez... Y mis compis del A Quemarropa, por supuesto. Cinco años después de empezar a escribir en el periódico, y con dos de experiencia como subdirector, el taller de fotocomposición de los hermanos Morilla ya es tan familiar como el salón de mi casa.

El año pasado escribí aquí que la XXI Semana Negra había sido la más divertida para mí. No he cambiado de opinión, pero la XXII se ha colocado, por méritos propios, en el segundo puesto del ranking. A ver qué pasa en 2010.

domingo 19 de julio de 2009

viernes 17 de julio de 2009

'Los últimos días de Michi Panero': resumiendo

[...] Y Miguel Barrero transformó los demonios de la familia Panero en un gran almacén de preguntas, sueños y emociones entre los cuales pudimos pasear en la carpa Imagenio [...]

Ignacio del Valle, hoy, en El Comercio.

Foto: Mauricio José Schwartz / Semana Negra

jueves 16 de julio de 2009

'Los últimos días de Michi Panero': presentación

Pues eso, que hoy presento Los últimos días de Michi Panero en la Semana Negra de Gijón. El acto comenzará a las 21 horas en la Carpa Imagenio /A Quemarropa (entre la exposición de Fotoperiodismo y la exhibición de originales del cómic 11-M. La novela gráfica). Estaré acompañado por el escritor Juan Bas. Si se quieren pasar, por allí andaremos.

lunes 13 de julio de 2009

Ecos de la Semana

A tragos nos estamos bebiendo la Semana Negra. De agua mineral. Sí, lo siento, tras la emoción de los primeros días ni Gimlet ni Dry Martini ni Pisco Sour, los escritores ya no somos lo que éramos y ahora tomamos bebidas isotónicas y vamos al gimnasio. La edad es lo que manda -con lo que yo era... en fín-. Sólo nos podemos permitir algún homenaje a mediodía con el excelente bufé del Gran Hotel Jovellanos. Antes, en un ritornelo a la infancia, pruebo los columpios con mi tovaritsch Alfredo, escritor medio español medio brasilero, que me habla de su vida en la playa de Trancoso y de los peligros que encierran ciertos clichés sobre los paraísos en la tierra. Todo ello ante la mirada reprobadora de un crío, que le dan igual los lugares comunes porque lo que él quiere es que nos piremos de una vez. Durante la comida, charlo con Nacho Guirado, Miguel Barrero y JR Biedma de las miserias y venturas de este nuestro oficio. Después, a la hora de los cafés, me pierdo en los ojos transparentes de Vera Parkhutic, una escritora con infinitos hombros de nadadora que ha pergueñado 'Aquamarine', una novela que juega con la inquietante posibilidad de que la música pueda convertirse en un instrumento de manipulación mental, con su protagonista, Gabriel Cherny, que es capaz de crear emociones reales en la gente a través de su música.

[Ignacio del Valle, en su artículo de hoy en El Comercio]

domingo 12 de julio de 2009

Una más de Mordzinski

Queridísimo: Acabo de ver que empezamos la liga contra el Barça. Con esas palabras empezaba el mensaje que el fotógrafo Daniel Mordzinski dejó en mi correo electrónico el viernes por la noche. En mayo pasado nos habíamos visto por última vez en Gijón: él estaba invitado al Salón del Libro Iberoamericano y yo pasaba por el Centro de Cultura Antiguo Instituto para saludar a unos amigos antes de irme al Café Gregorio a ver el Valladolid-Sporting (penúltimo partido de la temporada, la permanencia pendiente de un hilo, no sé si recuerdan). Como entre unos cuantos compadres (Álvaro Díaz Huici, Juan Carlos Gea, Pablo Rivero...) habíamos organizado una especie de aquelarre sportinguista, me dio por ir con la camiseta puesta, y cuando él me vio (es un hombre sagaz: yo la llevaba escondida bajo la camisa) no tardó ni dos segundos en decirme la frase que ya me había dicho (y qué orgulloso me siento por ello) unas cuantas veces antes: Miguelito, quiero hacerte una foto.

Y ésta es.

sábado 11 de julio de 2009

Necesidad de Jackson


Releo en estos presuntos días de verano Necesidad del mito, el espléndido ensayo que Luis Alberto de Cuenca publicó en 1976 y que ahora recupera Nausicaä. Se cita en él aquel célebre párrafo de Malinowsky en el que aseveraba que el mito cumple en la cultura una función indispensable; expresa, realza y codifica la creencia; salvaguarda y robustece la moralidad; se responsabiliza de la eficiencia del ritual y contiene reglas prácticas para el gobierno del hombre. El mito es, pues, un ingrediente vital de la civilización humana. Entre página y página, dirijo la mirada hacia el televisor para encontrarme con las imágenes de la multitudinaria y estrambótica ceremonia de despedida a Michael Jackson en Los Ángeles. El adolescente, la dama burguesa o el intelectual, sigue Luis Alberto, tienen, hoy como ayer, su galería de modelos 'ejemplares', deducidos de su propio caudal de dioses y héroes míticos. Al otro lado de la pantalla, un jovenzuelo ejecuta el moonwalk mientras las integrantes de un coro cantan Will you be there con lágrimas en los ojos. El mito motiva (...). Porque los mitos forman la base del mundo, al estar fundados sobre unas 'archaí' inagotables situadas en un pasado que, a fuerza de repetirse 'ad infinitum', deviene inmortal e imperecedero. En el cielo aúllan las gaviotas. Está anocheciendo.

[Artículo publicado hoy en la última página del suplemento Culturas del diario El Comercio]

viernes 10 de julio de 2009

Empieza el espectáculo...

(...) Miguel Barrero sigue en la sala de máquinas de AQ, y además se hará cargo de contarles con maestría lo que suceda en la Carpa Imagenio/AQ (recuerden comprar su premiadísima novela Los últimos días de Michi Panero, que él se la firma allí donde lo pillen). Rafa Morilla acompaña con brillantez a los teclados a este grupo que procurará no desafinar demasiado (...)

[Ángel de la Calle, hoy, en su columna del primer número del diario A Quemarropa]

Pues eso. Que hoy empieza el lío. Que estaré (muy) poco por aquí. Que disculpen si no actualizo más que de cuando en cuando. Que si vienen por la Semana Negra y se aburren, búsquenme. Seguro que tendré algo de trabajo para darles...

jueves 9 de julio de 2009

Microcosmos162: Condena

Uno de los refranes que más han calado en el subconsciente colectivo es ése que, más o menos, viene a decir que si un río mete ruido es porque en él fluye abundante el agua. Se ve a menudo, cada vez que la mierda salpica a alguien de mayor o menor notoriedad, y se ha constatado estos días, tras la muerte de Michael Jackson y el rosario de reacciones posteriores. Ni los medios más ecuánimes o menos proclives al sensacionalismo han podido resistirse a la tentación de mencionar aquellos supuestos escarceos del cantante con menores utilizando unas sintaxis ambiguas y echando mano sin complejos de una pragmática abierta a toda clase de interpretaciones. Poco les importó que, ya en su día, la justicia absolviera al rey del pop de unos delitos que no pudieron probarse. La carnaza estaba ahí, o había estado tiempo atrás, y no era cuestión de desaprovecharla. No es un caso aislado, ni será el único. Paradójicamente, y pese a la evolución de la justicia, la presunción de la culpabilidad, que no de su contrario, viene siendo una constante cuyos orígenes sería casi imposible adivinar. Poco importa que todos aceptemos la pertinencia de esa máxima que afirma que uno es inocente hasta que alguien demuestra lo contrario. En realidad, todos acogemos ya la acusación como una condena definitiva e implícita que ni siquiera necesita verse refrendada en un juzgado. Contra toda lógica, no nos escandalizamos cuando se le pide a alguien que demuestre su inocencia, olvidando que tal cosa es prácticamente imposible y que es quien acusa quien debe aportar argumentos que sostengan sus afirmaciones, y sí cuando alguien alza la voz para pedir prudencia, calma, sosiego, reflexión. No es infrecuente ver cómo hay quien se cree legitimado para acusar a quien le venga en gana sin necesidad de justificar los cargos que le atribuye a su víctima, y cómo es ésta quien la mayor parte de las veces queda sola e indefensa, a expensas de los leones, entre contrita e incrédula por hallarse en una tesitura de salida difícil, cuando no inexistente. La injusticia, ya exacerbada con los vivos, resulta mucho peor con los muertos: ellos no pueden reaccionar ni defenderse, y por eso su indefensión es aún mayor, hasta el punto de que ni siquiera el haberse justificado en vida les exime de esa descarnada y cruel condena póstuma. De esa sombra de duda que pesará como una losa y que les acompañará ya para siempre, allá donde vayan.

El Comercio, 9 de julio de 2009

miércoles 8 de julio de 2009

El largo viaje

Cada vez que un amigo o familiar se va de viaje y me pregunta si quiero que me traiga algo, nunca sé qué contestar. En realidad, nunca tengo muchas ganas de nada que no pueda encontrar fácilmente en mi ciudad o en sus alrededores, y las pocas veces que se me ha ocurrido algún posible obsequio tuvo más que ver con ciertas mitomanías personales que con la voluntad de hacerme con algún bien material procedente de un lugar en el mundo desconocido para mí. Los resultados, en ese aspecto, no siempre fueron óptimos: allá por 1996, mi padre se fue a Nueva York y le pedí que sacara una foto para mí en Strawberry Fields; los resultados fueron desastrosos.

Después hubo un tiempo, que coincidió más o menos con el inicio de mis estudios universitarios, en el que empecé a coleccionar periódicos, así que me valía con que el viajero cuestión, en un momento dado de su estancia en el destino vacacional que hubiese elegido, se acordara de mí al pasar por algún quiosco. Sin embargo, la afición no me duró mucho: demasiado espacio, demasiado papel que acababa quedándose sucio y amarillento, demasiado que seleccionar tirar luego, cuando el caos comenzaba a imperar en mi cuarto y tocaba imponer un poquito de orden.

Como tengo amigos que viajan poco -o que, si viajan, nunca se van demasiado lejos- y mis padres han dejado de interesarse por esas cosas y mi hermano ha decidido volver siempre de sus periplos con una camiseta para mí, sea cual sea el lugar al que vaya, hacía tiempo que ni le pedía nada a nadie ni me veía en la obligación de pensar una respuesta a la pregunta que mencionaba en el primer párrafo. Pero cuando conocí a Miguel Cane y se fue por primera vez a México, le pedí que me trajera una copia en deuvedé de una película de Disney, Los tres caballeros, que recordaba con mucho cariño de mis años infantiles y que hacía años que no había vuelto a ver. Hace unos meses volvió a irse por tercera vez (la segunda le sugerí que me regalase una iguana -unos días antes habíamos visto juntos la película de John Huston sobre la obra de Tennessee Williams-, pero mi novia dijo que si la iguana entraba en casa se iría ella, y uno aún tiene claras sus preferencias en ciertos aspectos de la vida) y me preguntó qué quería que trajese a su regreso. Satisfecha ya mi nostalgia infantil, y sin ninguna posibilidad de tener uno de aquellos adorables anfibios en casa, le dije que se despreocupara, que no me trajese nada.

Sin embargo, lo bueno de los amigos es que aciertan con lo que uno quiere aun cuando ni siquiera sabe que lo quiere. Miguel Cane volvió de México hace unos días -había ido para quedarse tres semanas, acabó viviendo allí durante más de un trimestre-y le faltó tiempo para plantarse en mi casa y traerme mi obsequio: una primera edición de El largo viaje, el libro en el que Jorge Semprún noveló sus experiencias en un campo de concentración nazi y que, en su versión española (el autor la escribió originalmente en francés), vio la luz en el DF a causa de las restricciones impuestas por la censura franquista.


Y lo mejor de todo es que Semprún se pasará por Gijón en unos días, así que a poco que me esmere la cosa puede salir redonda. Al final no va a ser tan malo que haya gente que le conozca demasiado bien a uno...

Ítaca

Cuando te encuentres de camino a Ítaca,
desea que sea largo el camino,
lleno de aventuras, lleno de conocimientos.
A los Lestrigones y a los Cíclopes,
al enojado Poseidón no temas,
tales en tu camino nunca encontrarás
si mantienes tu pensamiento elevado, y selecta
emoción tu espíritu y tu cuerpo tienta.
A los Lestrigones y a los Cíclopes,
al fiero Poseidón no encontrarás
si no los llevas dentro de tu alma,
si tu alma no los coloca ante ti.

Desea que sea largo el camino.
Que sean muchas las mañanas estivales
en que con qué alegría, con qué gozo,
arribes a puertos nunca antes vistos,
detente en los emporios fenicios
y adquiere mercancías preciosas,
nácares y corales, ámbar y ébano,
y perfumes sensuales de todo tipo,
cuantos más perfumes sensuales puedas.
Ve a ciudades de Egipto, a muchas,
aprende y aprende de los instruidos.

Ten siempre en tu mente a Ítaca.
La llegada allí es tu destino.
Pero no apresures tu viaje en absoluto.
Mejor que dure muchos años,
y ya anciano recales en la isla,
rico con cuanto ganaste en el camino,
sin esperar que te dé riquezas Ítaca.

Ítaca te dio el bello viaje.
Sin ella no habrías emprendido el camino.
Pero no tiene más que darte.

Y si pobre la encuentras, Ítaca no te engañó.
Así sabio como te hiciste, con tanta experiencia,
comprenderás ya qué significan las Ítacas.

Constantino Cavafis

lunes 6 de julio de 2009

Líneas de alta tensión


Allá por 2007, empezó a aparecer por las páginas de La Nueva Quintana, el suplemento asturianista del diario La Nueva España, la firma de un tal Javier García Rodríguez a quien ni yo ni mis conocidos más próximos (me refiero al mundillo literario, si se le puede llamar así) conocíamos de nada y que, sin pudor ni recato, levantaba acta de cuantos proyectos, publicaciones y actitudes iban llegando a sus oídos. Lo común de su patronímico, y el hecho de que sus crónicas denotaran un cierto don de ubicuidad, a tenor de lo mucho y variado de los saraos que recorría o parecía recorrerse al cabo de la semana, me hicieron pensar (y no fui el único) que tras aquel nombre propio se ocultaba en realidad un seudónimo tras el que se ocultaba un grupo de escritores o de periodistas culturales que habían optado por el anonimato para poder dar rienda suelta a sus críticas, opiniones o circunloquios sin que nadie les pidiera cuentas por ello.

Pero mi teoría se vino al garete cuando, a finales de mismo año, el susodicho apareció con foto y todo en los periódicos promocionando un poemario escrito por él (Estaciones, publicado por KRK) y dándose a conocer ante el mundo que él se había encargado de diseccionar hábilmente desde la soledad de su despacho. Supe entonces que había nacido en Valladolid, que daba clases de Literatura en la universidad de la capital castellana y que, por alguna extraña razón, andaba muy interesado en los entresijos de la vida cultural asturiana. Dado que me había mencionado varias veces en sus crónicas (cinco en total, según he podido saber ahora) y que sus alusiones daban a entender que algo había seguido mi corta trayectoria, me quedé con las ganas de cruzar unas palabras con él, cosa que no pude hacer hasta el verano pasado, cuando la Semana Negra estaba en plena ebullición y se celebraba una mesa redonda sobre Género negro y universidad que coordinaba mi compadre Alejandro M. Gallo y entre cuyos ponentes se encontraba él como representante de la Universidad de Valladolid. Lo cogí por banda antes de que empezara el acto y me presenté diciéndole lo que ya he explicado aquí: que durante mucho tiempo había estado convencido de su inexistencia, que lo tenía por un fantasma que otros habían inventado para cobijar sus cobardías, que admiraba su capacidad para estar en varios sitios sin que nadie se percatara de su presencia. En eso tienes razón, fue su inquietante respuesta: he estado más de una vez a pocos centímetros de ti, y conseguí que ni siquiera te fijaras en que había alguien siguiéndote los pasos. Como imaginarán, tuve que quitarme el sombrero.

Todo esto viene a cuento porque acaba de llegar a las librerías Líneas de alta tensión (Septem), un volumen donde -con el subtítulo Literatura crónica que viene a cuento- Javier García Rodríguez recopila aquellas crónicas profusas y enigmáticas que hablaban un poco de todo y de todos. Supongo que a los que salen en ellas les/nos gustará verse/vernos, otra vez, reflejados. Y quienes permanezcan ajenos a este baile siempre pueden sorprenderse ante un panorama que visto desde fuera, y para ser sinceros, da la impresión de rozar el puro surrealismo. Hay una razón más para echarle un ojo al libro, y ya va siendo hora de que lo diga: Javier García Rodríguez sabe de lo que habla. Y, además, escribe muy bien.

sábado 4 de julio de 2009

'Los últimos días de Michi Panero': presentación

A falta de una semana y media para que se produzca el acontecimiento, ya puedo hacer oficial que Los últimos días de Michi Panero se presentará en la Semana Negra de Gijón, que este año se celebra en la playa de El Arbeyal, el jueves 16 de julio. El acto tendrá lugar en la Carpa Imagenio-A Quemarropa a las 21 horas, y el encargado de hacer los honores será el escritor Juan Bas.

Si quieren pasarse, están todos invitados.

Cuando pienso en los viejos amigos

Cuando pienso en los viejos amigos que se han ido
de mi vida, pactando con terribles mujeres
que alimentan su miedo y los cubren de hijos
para tenerlos cerca, controlados e inermes.

Cuando pienso en los viejos amigos que se fueron
al país de la muerte, sin billete de vuelta,
sólo porque buscaron el placer en los cuerpos
y el olvido en las drogas que alivian la tristeza.

Cuando pienso en los viejos amigos que, en el fondo
del mar de la memoria, me ofrecieron un día
la extraña sensación de no sentirme solo
y la complicidad de una franca sonrisa...

Luis Alberto de Cuenca

viernes 3 de julio de 2009

ElSúmmum33

Sergio Gaspar conversa largo y tendido con Manuel Vilas; Ignacio del Valle publica un relato inédito; Jordi Doce escribe sobre Alejandro Rossi; Javier Colis y Toli Morilla hablan de sus últimos trabajos; José Luis Piquero nos regala tres poemas inéditos; Fernando Bayona publica en exclusiva su serie fotográfica Circus Christi; Fruela Fernández nos muestra su Bulgaria; Ismael Piñera analiza los dos últimos libros de Xandru Fernández; yo entrevisto a Pepe Gálvez y Antoni Guiral, guionistas del cómic 11-M. La novela gráfica...

...Y mucho más.

Aún no está en la calle, pero ya pueden echarle un ojo pinchando aquí.

miércoles 1 de julio de 2009

Suplementos de verano


Desde que me dedico al periodismo, para mí el verano no lo anuncian ni la noche de San Juan ni el sosticio correspondiente ni la aparición en las radiofórmulas de la consabida canción del ídem, sino la llegada a los quioscos de los suplementos culturales de los periódicos. Son esas páginas que normalmente resultan banales y que casi siempre acaban siendo prescindibles, pero a las que tengo bastante cariño por la sencilla razón de que, de alguna manera, tuvieron bastante que ver en mi formación como periodista, y también en mi tendencia a rechazar ciertos convencionalismos a la hora de ponerme a escribir noticias, reportajes o cualquier cosa que de una u otra manera haga referencia a la actualidad.

Debuté en los suplementos de verano en agosto de 2001, cuando trabajaba de becario en la edición de las Cuencas de La Nueva España y un día recibí una llamada de Chus Neira -fue la primera vez que hablé con él, un año después tuvimos ocasión de conocernos y charlar largo y tendido-, que por entonces coordinaba el cuadernillo veraniego del periódico. Me dijo que buscaba a alguien que hiciese un reportaje consistente en una especie de comparativa entre las dos caras del verano a ambos lados del Pajares, con el túnel del Negrón como nexo inevitable y el lejano y remoto referente de unos científicos que acababan de descubrir no sé dónde que la velocidad de la luz sí variaba en el tiempo y en el espacio, o algo similar. El encargo era una marcianada, pero también una buena oportunidad para pasar el día fuera de la redacción, así que me enviaron a un fotógrafo de Oviedo y con él me dirigí a la autopista del Huerna. Al final, pasamos más de medio día entre Pola de Lena y Barrios de Luna, y aunque una vez de vuelta en Mieres me las vi y me las deseé para encontrar el estilo más apropiado para contar todo aquello (aunque tampoco sabía muy bien qué era lo que tenía que contar), no voy a negar que disfruté mucho escribiéndolo. Además, gustó tanto que al día siguiente apareció como información principal en la primera página del periódico. José Luis Argüelles, que era mi jefe por aquel entonces, me dijo que aparecer en primera era el orgasmo de cualquier periodista. No fue para tanto, pero tuvo su aquél.

Al año siguiente volví a hacer prácticas en La Nueva España, pero esta vez conseguí desembarcar en la redacción de Gijón. Es el verano que recuerdo con más cariño. Por muchas razones. Y todas tienen nombres propios. Fue el verano que conocí a Juan Carlos Gea –juntos nos trabajamos la Semana Negra enterita y nos pasamos bastantes horas de risas en la redacción, también nos cabreamos cuando me tuvo ocho horas persiguiendo por el hipódromo de Las Mestas a Vicky Martín Berrocal-, a Cipri -que tanto confió en mí siempre, y que me enseñó tantas cosas, y que escribía mejor que el mismísimo demonio-, a Dioni Viña -que con tanto cariño me trató siempre, aunque nunca llegamos a intimar demasiado-, al ilustre Ceínos. Fue también el año que conocí a María y a Rocío (cómo pasa el tiempo, monjitas), y a Joaquín Sabina, y a Ángel González, y a Diego Losada. Y cuando tuve mis más y mis menos con Loquillo, y cuando me subí al cerro de Santa Catalina para hacer un homenaje superfreak a Eduardo Chillida un día después de su muerte, y cuando le hice una entrevista absolutamente absurda al gran Luis Aguilé, y cuando tuve que inventarme unos conocimientos de hípica que no tenía para poder charlar durante un cuarto de hora con Cayetano Martínez de Irujo, y cuando me fui al Palacio de los Deportes con una caja llena de máscaras de carnaval para hacer el paripé con los fans de Slipknot, y cuando empecé a hacer crónicas de conciertos por casualidad y acabé convirtiéndome casi casi en un especialista, y cuando amanecí con el pobre Txentxo en una terraza de Cimadevilla, un día de Begoña, a las ocho o las nueve de la mañana.

Para variar, en 2003 no me cambié de ciudad, pero sí de periódico. En La Nueva España se me pusieron mal las cosas y acabé cruzando el frente para alistarme en la trinchera de El Comercio, gracias a los contactos de Cipri y al voto de confianza de María de Álvaro, y allí me metieron en el suplemento de verano correspondiente. Me costó adaptarme (pasé de trabajar en redacciones pequeñas, de no más de doce o trece personas, a trabajar con unos cuarenta periodistas alrededor; de ver el mar a través de la ventana a tropezarme con una mole de ladrillo aledaña a las vías del tren; de bajar a tomar algo a media tarde al puerto deportivo o la plaza del Marqués, a cogerle el truco a la máquina de cafés de la tercera planta), pero poco a poco fui entrando al trapo y -aunque tengo más recuerdos de la época que pasé allí como periodista de hecho- tuve mis gratificaciones: conocí, gracias a una entrevista deliciosa, a Fernando Fueyo (debe de ser el único cura que lee mis columnas todos los jueves, sin perderse ni una), y también a Ángel de la Calle (que además se lee mis libros, no sé si por afición o por penitencia), y por primera vez pisé la Escuela de Fútbol de Mareo, que formaba parte de esos lugares casi míticos que uno atesora en su imaginario infantil. También tuve otras gratificaciones inesperadas, y más mundanas: Arturo Fernández me dijo que era un chaval muy atractivo (y que eso te lo diga Arturo Fernández...), y Concha Velasco me dio preferencia sobre unos admiradores argumentando que no podía firmarles autógrafos porque tenía que atender a ese chico tan guapo (y que eso lo diga Concha Velasco...), y estuve frente al gran Rosendo en la parte trasera de El Bibio, y entrevisté en exclusiva (inesperada) a Jesulín de Ubrique, y estuve en la Feria de la Sidra de Nava, y también en otros sitios de los que ahora prefiero no acordarme.

En septiembre de ese año pasé a formar parte de la plantilla de El Comercio, me metieron en el área de información local y bueno, se me acabó el jolgorio. No volví a frecuentar los suplementos de verano, y supongo que, si hay alguna fecha que señala el inicio de mi trayectoria profesional, es ese 1 de septiembre de 2003 que puso fin a mis sucesivos periodos de prácticas. No me habría parado a pensar en ello de no ser porque hace unos minutos he tenido que escribir un pequeño artículo sobre el Café Gregorio para una pequeña revista estival que estamos preparando en Les Noticies y que verá la luz este viernes y me ha entrado un pelín de nostalgia, afortunadamente pasajera. Finalizada esta pequeña introspección, regreso al tajo. Feliz verano.