
Dos circunstancias muy distintas pero coincidentes en el tiempo -un próximo viaje a Barcelona y una promoción de un periódico de tirada nacional- me han hecho volver a repasar (de momento de forma muy superficial, pero todo se andará) la obra de
Manuel Vázquez Montalbán (Barcelona, 1939-Bangkok, 2003), un autor por el que siempre he sentido un cariño especial. En primer lugar, porque suyo era el primer libro
para adultos que me leí de cabo a rabo. También porque su personaje estrella, el detective Pepe Carvalho, se convirtió con aquella primera lectura (se consolidaría poco a poco con las siguientes) en uno de mis héroes literarios predilectos.
Ahora que se cumplirán pronto cinco años de su muerte en un aeropuerto de Tailandia y que el diario
Público ha comenzado a regalar algunos de sus libros los domingos, he pensado que quizás el paso del tiempo haya acabado difuminando un tanto su figura. Que yo sepa, la mayoría de los actos de homenaje o recordatorios que se le han hecho en este último lustro se han centrado casi siempre en su faceta de escritor
negro. No sería poco, sobre todo si se tiene en cuenta que sus novelas de la serie Carvalho casi siempre alcanzaban listones considerables (
Tatuaje,
Los mares del Sur,
La soledad del manager o
Los pájaros de Bangkok son títulos mayúsculos;
Yo maté a Kennedy es una delicia del experimentalismo surrealista, y hasta los meros divertimentos de ocasión o puramente coyunturales -
Sabotaje olímpico o
Roldán, ni vivo ni muerto- tienen bastante gracia) y que con ellas consiguió, y no por casualidad, dibujar una radiografía bastante exacta de la España que hizo ese extraño y largo viaje desde el franquismo hasta la democracia imperfecta, pero digna, en la que nos encontramos. Sin embargo, resulta injusto que el gran Pepe Carvalho (por mucho que yo lo quiera) eclipse una trayectoria narrativa que posiblemente rayó a mayor altura cada vez que se alejó de su personaje estrella. Tengo para mí que
Galíndez es una obra maestra de la narrativa de no ficción (o de la narrativa documental, si se prefiere), y que posiblemente su
Autobiografía del general Franco sea uno de los mejores libros que sobre el dictador se han escrito en España. Y aún hay más. Todavía recuerdo cómo disfruté leyendo
El pianista, y lo mucho que me sobrecogió
Cuarteto, y lo bien que me lo pasé con
Los alegres muchachos de Atzavara. Hubo una época en la que cada lanzamiento de
Montalbán, cada aparición de un libro suyo, era motivo suficiente para salir de casa e ir corriendo a la librería más próxima. Y creo que con la ayuda de mi padre -que empezó a leerlo bastante antes que yo, y que fue quien me contagió- conseguí reunir casi toda su obra, y junta la tuve hasta que la mudanza me obligó a establecer un pacto entre caballeros a propósito del estante de la biblioteca de mi casa familiar donde se alineaban sus títulos: yo me llevaría sólo los libros que hubiese comprado yo mismo (o que me hubiesen regalado a mí); él, lo imaginarán, se quedaba los suyos.

Sólo con lo mencionado en el párrafo anterior habría motivos suficientes para colocarle en un lugar de honor dentro de la historia reciente de la literatura española, pero sería muy injusto, o directamente idiota, no hacer referencia a su faceta de ensayista. Forjado en el periodismo,
Vázquez Montalbán fue sacando de su pluma libros que son auténticos manuales del buen hacer periodístico. Una vez que se descubre que conseguir esa objetividad de la que presumen todos los medios es imposible, porque no existe, se llega a la conclusión de que los únicos análisis posibles son aquellos que resultan ser honestos tanto con los hechos como con uno mismo. Y en eso él fue un maestro. Las entrevistas que reunió en
Mis almuerzos con gente inquietante son todo un manual del género;
Un polaco en la corte del rey Juan Carlos es una crónica audaz y completísima de los últimos tiempos del felipismo;
Y Dios entró en La Habana desmenuza con un rigor y una lucidez extremos las implicaciones políticas y sociales de la primera visita del Papa a la Cuba castrista;
La Aznaridad disecciona con gran acierto una parte (la que pudo vivir
Montalbán) del periodo que el cuarto presidente de la democracia pasó en La Moncloa; y
Marcos: el señor de los espejos desmenuza el estado de la cuestión en Chiapas al tiempo que se aproxima como pocas veces se ha hecho a la figura del Subcomandante. Probablemente a él sí pueda aplicársele sin miedo el adjetivo
comprometido, que con tanta alegría y tan poco tino se reparte entre los intelectuales. Comprometido con sus ideas, con su forma de ver el mundo y con su trabajo. Bastan como prueba los artículos que firmaba cada lunes en
El País y que tantos, a día de hoy, seguimos echando de menos.
Y además, y por si fuera poco, también escribió poesía.
J. M. Castellet lo incluyó en 1970 en su famosa antología
Nueve novísimos poetas españoles, y desde 1963 hasta su muerte se fue entregando a ese género con parsimonia, pero sin ninguna pausa, con títulos como
Una educación sentimental,
Movimientos sin éxito,
Coplas a la muerte de mi tía Daniela o
Pero el viajero que huye. Los resultados no fueron muy regulares, pero sus versos siempre acababan teniendo algo aprovechable.
Me hubiese gustado conocerle, pero no llegué a tiempo. La única vez que le tuve a tiro -creo que fue en 1996 ó 1997-, no me enteré a tiempo de su presencia en estas tierras. Él venía invitado a la Semana Negra de Gijón y yo vivía en Mieres. Cuando pude pasarme por Gijón, ya se había ido. Entonces pensé que antes o después tendría otra oportunidad, pero me equivocaba. Una tarde de fin de semana, mientras trabajaba en la redacción de
El Comercio, me enteré por un teletipo de la agencia Efe de que un infarto había acabado con su vida. Fue la primera muerte
ajena que me hizo sentir un poco huérfano. El próximo mes de agosto, cuando llegue a Barcelona, pienso reservar una mesa en Casa Leopoldo para pegarme una buena comilona a su salud. Creo que es uno de los mejores homenajes que puedo hacerle a título personal. Y qué menos.