martes 30 de junio de 2009

Agustín de Foxá: 50 años

Una de las injusticias que más frecuentemente se cometen con los artistas en general, y con los escritores en particular, consiste en juzgar su obra en virtud de su ideología o sus creencias particulares, como si la calidad o el talento dependiesen en realidad de esos factores. En España, tal desmán ha llevado a que de forma más o menos constante se minusvalore o desprecie el labor de ciertos intelectuales que, por adscribirse en su momento al bando franquista, han visto cómo sus creaciones caían tras la llegada de la democracia en una suerte de limbo del que casi nadi acude a rescatarlas.

Es el caso de Agustín de Foxá (Madrid, 1903-1959). No es un autor al que haya frecuentado mucho, pero probablemente su novela Madrid, de Corte a checa pueda colocarse entre las mejor escritas en la España de la primera mitad del pasado siglo. Crónica de la vida y milagros en el rompeolas de la piel de toro desde la proclamación de la II República a los primeros compases de la Guerra Civil, es cierto que en no pocas partes constituye un alegato muchas veces sonrojante (pero no mucho más que los del otro lado cuando se ponían a hacer loas a Stalin y a publicitar las supuestas libertades de las que gozaban en la URSS), pero también que es un libro primorosamente escrito -sobre todo en sus dos primeros tercios, los menos panfletarios- y que vale la pena dedicarle un poco de tiempo, sobre todo por aquello de quitarse de encima ciertos prejuicios. Se cumplen hoy cincuenta años de su muerte, y yo -que no puedo reivindicar su obra porque, ya lo he dicho, no sé casi nada de ella- he querido aprovechar la efeméride para recordar desde aquí esa novela, con la que tanto disfruté hace unos cuantos años y de la que muchos se han servido -aunque no la citen- para recrear ciertos aspectos de aquella ciudad que se pasó tres largos años sepultada bajo las bombas.

domingo 28 de junio de 2009

El gran Vázquez Montalbán

Dos circunstancias muy distintas pero coincidentes en el tiempo -un próximo viaje a Barcelona y una promoción de un periódico de tirada nacional- me han hecho volver a repasar (de momento de forma muy superficial, pero todo se andará) la obra de Manuel Vázquez Montalbán (Barcelona, 1939-Bangkok, 2003), un autor por el que siempre he sentido un cariño especial. En primer lugar, porque suyo era el primer libro para adultos que me leí de cabo a rabo. También porque su personaje estrella, el detective Pepe Carvalho, se convirtió con aquella primera lectura (se consolidaría poco a poco con las siguientes) en uno de mis héroes literarios predilectos.

Ahora que se cumplirán pronto cinco años de su muerte en un aeropuerto de Tailandia y que el diario Público ha comenzado a regalar algunos de sus libros los domingos, he pensado que quizás el paso del tiempo haya acabado difuminando un tanto su figura. Que yo sepa, la mayoría de los actos de homenaje o recordatorios que se le han hecho en este último lustro se han centrado casi siempre en su faceta de escritor negro. No sería poco, sobre todo si se tiene en cuenta que sus novelas de la serie Carvalho casi siempre alcanzaban listones considerables (Tatuaje, Los mares del Sur, La soledad del manager o Los pájaros de Bangkok son títulos mayúsculos; Yo maté a Kennedy es una delicia del experimentalismo surrealista, y hasta los meros divertimentos de ocasión o puramente coyunturales -Sabotaje olímpico o Roldán, ni vivo ni muerto- tienen bastante gracia) y que con ellas consiguió, y no por casualidad, dibujar una radiografía bastante exacta de la España que hizo ese extraño y largo viaje desde el franquismo hasta la democracia imperfecta, pero digna, en la que nos encontramos. Sin embargo, resulta injusto que el gran Pepe Carvalho (por mucho que yo lo quiera) eclipse una trayectoria narrativa que posiblemente rayó a mayor altura cada vez que se alejó de su personaje estrella. Tengo para mí que Galíndez es una obra maestra de la narrativa de no ficción (o de la narrativa documental, si se prefiere), y que posiblemente su Autobiografía del general Franco sea uno de los mejores libros que sobre el dictador se han escrito en España. Y aún hay más. Todavía recuerdo cómo disfruté leyendo El pianista, y lo mucho que me sobrecogió Cuarteto, y lo bien que me lo pasé con Los alegres muchachos de Atzavara. Hubo una época en la que cada lanzamiento de Montalbán, cada aparición de un libro suyo, era motivo suficiente para salir de casa e ir corriendo a la librería más próxima. Y creo que con la ayuda de mi padre -que empezó a leerlo bastante antes que yo, y que fue quien me contagió- conseguí reunir casi toda su obra, y junta la tuve hasta que la mudanza me obligó a establecer un pacto entre caballeros a propósito del estante de la biblioteca de mi casa familiar donde se alineaban sus títulos: yo me llevaría sólo los libros que hubiese comprado yo mismo (o que me hubiesen regalado a mí); él, lo imaginarán, se quedaba los suyos.

Sólo con lo mencionado en el párrafo anterior habría motivos suficientes para colocarle en un lugar de honor dentro de la historia reciente de la literatura española, pero sería muy injusto, o directamente idiota, no hacer referencia a su faceta de ensayista. Forjado en el periodismo, Vázquez Montalbán fue sacando de su pluma libros que son auténticos manuales del buen hacer periodístico. Una vez que se descubre que conseguir esa objetividad de la que presumen todos los medios es imposible, porque no existe, se llega a la conclusión de que los únicos análisis posibles son aquellos que resultan ser honestos tanto con los hechos como con uno mismo. Y en eso él fue un maestro. Las entrevistas que reunió en Mis almuerzos con gente inquietante son todo un manual del género; Un polaco en la corte del rey Juan Carlos es una crónica audaz y completísima de los últimos tiempos del felipismo; Y Dios entró en La Habana desmenuza con un rigor y una lucidez extremos las implicaciones políticas y sociales de la primera visita del Papa a la Cuba castrista; La Aznaridad disecciona con gran acierto una parte (la que pudo vivir Montalbán) del periodo que el cuarto presidente de la democracia pasó en La Moncloa; y Marcos: el señor de los espejos desmenuza el estado de la cuestión en Chiapas al tiempo que se aproxima como pocas veces se ha hecho a la figura del Subcomandante. Probablemente a él sí pueda aplicársele sin miedo el adjetivo comprometido, que con tanta alegría y tan poco tino se reparte entre los intelectuales. Comprometido con sus ideas, con su forma de ver el mundo y con su trabajo. Bastan como prueba los artículos que firmaba cada lunes en El País y que tantos, a día de hoy, seguimos echando de menos.

Y además, y por si fuera poco, también escribió poesía. J. M. Castellet lo incluyó en 1970 en su famosa antología Nueve novísimos poetas españoles, y desde 1963 hasta su muerte se fue entregando a ese género con parsimonia, pero sin ninguna pausa, con títulos como Una educación sentimental, Movimientos sin éxito, Coplas a la muerte de mi tía Daniela o Pero el viajero que huye. Los resultados no fueron muy regulares, pero sus versos siempre acababan teniendo algo aprovechable.

Me hubiese gustado conocerle, pero no llegué a tiempo. La única vez que le tuve a tiro -creo que fue en 1996 ó 1997-, no me enteré a tiempo de su presencia en estas tierras. Él venía invitado a la Semana Negra de Gijón y yo vivía en Mieres. Cuando pude pasarme por Gijón, ya se había ido. Entonces pensé que antes o después tendría otra oportunidad, pero me equivocaba. Una tarde de fin de semana, mientras trabajaba en la redacción de El Comercio, me enteré por un teletipo de la agencia Efe de que un infarto había acabado con su vida. Fue la primera muerte ajena que me hizo sentir un poco huérfano. El próximo mes de agosto, cuando llegue a Barcelona, pienso reservar una mesa en Casa Leopoldo para pegarme una buena comilona a su salud. Creo que es uno de los mejores homenajes que puedo hacerle a título personal. Y qué menos.

sábado 27 de junio de 2009

Canción del regreso

Como José Luis García Martín anda ocupado en no sé qué menesteres, desde El Comercio me pidieron que le sustituyera esta semana en la última página del suplemento Culturas. Como su sección, Lecturas y lugares, se compone de textos inspirados en viajes, no se me ocurrió mejor cosa (tampoco viajo tanto, a mi pesar) que trasladar al papel lo que ya he contado alguna que otra vez en esta pantalla. Supongo que uno no puede librarse fácilmente de ciertas obsesiones, así que lo menos que puedo hacer es advertirles para que, si piensan que ya lo he dicho todo sobre el tema, pasen de largo. Y perdonen la insistencia.



Canción del regreso

Uno no debe regresar nunca a aquellos lugares en los que fue feliz porque corre el riesgo de no encontrarlos, de verse caminando entre recuerdos sepultados por edificios de nueva planta, de descubrir que aquello que creía tener a buen recaudo en su memoria no era más que una mentira urdida a medias entre el tiempo y la nostalgia. Pero hay un riesgo peor: el de constatar que todo permanece igual que siempre y que somos nosotros los que, irremediablemente, hemos dejado de ser los mismos que fuimos. Hace unos meses volví a Lastres después de veinte años sin pisar las calles en las que habían transcurrido los veranos de mi infancia, pero fui incapaz de encontrar al niño que había aprendido a andar en bicicleta a la sombra del espigón del puerto o que disfrutaba mirando las tormentas nocturnas desde una ventana que ya no le pertenece. Volví a pasear por aquellos escenarios que una vez fueron cotidianos -la torre del reloj, la ermita de San Roque, la plaza de la iglesia- sin que sus recodos me devolvieran la mirada de mis seis, siete, ocho años, y pasé junto a la casa de aquel pescador que una vez me subió a su barca para surcar junto a él las aguas del Cantábrico sin atreverme a tocar a su timbre, por lo que pudiera no encontrar al otro lado.

Sí entré en el bar Bitácora. Allí también el calendario parecía haberse detenido en algún momento de 1988 ó 1989. Reconocí al dueño en cuanto lo tuve delante. Le comenté que muchos veranos atrás solía ir por allí casi a diario. Me miró de arriba abajo. No me recordaba.
-¿Cuánto hace que no vienes?
-Unos veinte años.
-Claro, no puedo acordarme, pero no te preocupes. Todo sigue igual que lo dejaste.

Miré a mi alrededor y asentí en silencio y me tomé la cerveza mientras en mi mente bullían los versos de aquel viejo poema de Cavafis (Ítaca te brindó tan hermoso viaje. / Sin ella no habrías emprendido el camino, / pero no tiene ya nada que darte). Mientras él atendía a una pareja de turistas, reparé en que aquellas dos décadas habían borrado su nombre de mi cabeza. Se lo pregunté.
-Ulises -respondió-. Me llamo Ulises.

El Comercio, 27 de junio de 2009

viernes 26 de junio de 2009

Michael Jackson (1958-2009)

Ayer apareció publicado en El Comercio un artículo que les dediqué a los Stukas con motivo del reciente fallecimiento de su cantante, y en él decía que hay determinadas cosas que en el momento que les corresponde parecen carecer de importancia pero que luego, una vez transcurrido el tiempo necesario, acaban revelando su verdadero calibre. Hablaba de cómo muchos grupos y muchos músicos (pero también podrían ser muchos libros, o alguna que otra película) que entonces resultaban esenciales acabaron languideciendo en el olvido, mientras que otros que parecían pasar de puntillas han terminado ocupando un hueco importante y nada desdeñable en mi imaginario personal.

Michael Jackson estaba en este segundo grupo. Cuando estaba en su momento de máxima gloria, allá por los ochenta, yo era casi un niño de teta, pero tenía un compañero de clase en 1º de EGB que por los motivos que fuera se había hecho fan acérrimo del rey del pop. Por su culpa me compré la casette de Bad -que acababa de salir por aquel entonces-, y algunos años más tarde, ya con pleno conocimiento de causa, me hice con el vinilo de Dangerous. Poca relación más tuve con la obra de Jackson. Cuando vino a tocar a Oviedo, ni me planteé ir a verlo, y la máxima locura que hice en ese sentido (y creo que puede llamársele así) fue atreverme a ver Moonwalker no sé muy bien por qué oscuras razones.

Y sin embargo, ahora que acaba de morir me he dado cuenta de que canciones como Thriller, Smooth Criminal, The Way You Make Me Feel, Billie Jean, Black or White (mis favoritas) o la ya citada Bad han estado siempre ahí, de alguna manera, sonando de fondo mientras yo andaba a otras cosas, tan incorporadas a mi subconsciente como la necesidad de respirar o el mecanismo necesario para dar unos cuantos pasos seguidos. Supongo que las escuché tanto en su día que terminaron quedándose para siempre en algún rincón de yo qué sé dónde. Y me he percatado de que, pese al tiempo que ha transcurrido desde entonces, no han dejado de gustarme.

Por lo demás, no voy a entrar en el juego de los elogios necrológicos. El tipo nunca me cayó bien. Siempre vi en él una extraña mezcla de paranoia y narcisismo (perdón por el pleonasmo) que jamás consiguió hacérmelo simpático. Ya no entro en sus matrimonios de conveniencia, ni en esos hijos tan extraños que le salieron, ni en las acusaciones que ni siquiera sé si fueron o no ratificadas por un juez. Creo que, en realidad, el rey del pop tuvo a fin de cuentas una vida tan fastidiada que, más que admiración, veneración o respeto, todo lo que pude sentir por él fue pena. Que ahora, por lo menos, pueda descansar en paz.

jueves 25 de junio de 2009

Microcosmos161: Stukas

Para quienes pasamos la adolescencia en la cuenca minera de los noventa, los Stukas eran una cosa un tanto anacrónica, una especie de vestigio del pasado que tolerábamos con más ironía que respeto y al que, a decir verdad, nunca pusimos más atención que la que tocaba echarle en las pistas de baile cada vez que al pinchadiscos de turno le salía la vena retro y colocaba Mira a esa chica o Hazañas bélicas para propiciar esos momentos de oro en los que la música nos servía de coartada para acercarnos a la tía que nos gustaba y lanzarle, cada uno como bien pudiera, dos o tres indirectas que ella, para nuestra desgracia, casi nunca sabía ni quería interpretar.

Éramos tan jóvenes, tan altos, tan guapos y tan idiotas, tan sumamente pagados de nosotros mismos, que no encontrábamos manera de explicarnos cómo las generaciones anteriores a la nuestra podían admirar a unos tipos que habían nacido en Langreo y no en Seattle y que, para colmo, seguían avecindados al lado mismo de nuestras casas, como quien dice, en vez de labrarse un futuro digno y fulgurante al otro lado del Pajares. Por eso fue curioso comprobar cómo a medida que íbamos haciéndonos mayores dejaban de gustarnos buena parte de aquellos grupos con los que habíamos agitado nuestras hormonas quinceañeras y, en cambio, los chicos de Ordóñez y Altable empezaban a ganar peso en ese territorio difuso y casi siempre indefinible que se ha dado en llamar educación sentimental. Hoy, cuando todos vamos ya camino de los treinta y hemos desertado, en mayor o menor medida, de los sueños que guiaban las ambiciones de aquellos años, resulta que sabemos que, si los Stukas tenían algo de lo que carecían aquellos otros a los que tanto habíamos amado, es que ellos sí eran un grupo de verdad, de esos curtidos a base de carreteras infames y escenarios ruinosos y bolos humillantes. Si podían presumir de una virtud, era de su autenticidad, de ese mostrarse a cara descubierta sin pudor a enseñar más cicatrices de las necesarias ni vergüenza de mostrar unas carencias que sabían suplir con garra, oficio y talento. Tardamos en darnos cuenta -y ya lo lamentamos en su día, pero aún más ahora que Ordóñez se ha ido a hacerle compañía a Altable a quién sabe qué lugar recóndito- de que probablemente los Stukas no fuesen ni mucho menos la mejor banda del rock del mundo, pero a cambio hacían gala de una cualidad que los ha convertido para siempre en intocables: ellos sí eran de los nuestros.

El Comercio, 25 de junio de 2009

martes 23 de junio de 2009

Esta noche arderá...

Señor San Xuan,
yá ye la nueche del señor San Xuan,
viva la danza y los que nella tán,
señor San Xuan.

Señor San Xuan,
yá les estrelles a escuendese van,
viva la danza y los que nella tán
señor San Xuan.

Señor San Xuan,
yá na foguera nun hai qué quemar,
viva la danza y los que nella tán,
señor San Xuan.

domingo 21 de junio de 2009

18 semanas (y media)

Ángel de la Calle es el segundo de a bordo de la Semana Negra. También es amigo mío desde que en 2003 nos conocimos en la redacción de El Comercio y a los pocos meses me propuso embarcarme en la Semana Negra como redactor del diario A Quemarropa. Ya he hablado de él y de su obra (lean Modotti, sin falta) en más de una ocasión en esta misma bitácora, así que voy a ahorrarme los elogios para ir directamente a lo que importa: mañana, lunes, a las ocho de la tarde, inaugura en la galería El Arte de lo Imposible, en Gijón, una exposición con los 18 carteles que ha venido dibujando hasta la fecha para el festival que él coorganiza. El número de obras expuestas ascenderá, sin embargo, el próximo viernes 26, cuando se presente oficialmente la edición de este año y se haga público el cartel de 2009, uno de los grandes secretos (el otro es el diseño del Rufo) del festival literario. Si viven en Gijón o vienen con frecuencia o pasan por aquí por estas fechas, no dejen de visitarla. Vale la pena.

El hacedor de libros

El señor que posa sentado en medio de las cajas de libros es Álvaro Díaz Huici (Gijón, 1958), director de Ediciones Trea. Nos conocimos hace unos cuatro años por una cuestión puramente coyuntural (él había publicado el libro de un colega, yo fui a la presentación y acabamos cenando juntos) y desde entonces se ha convertido en un gran amigo con el que comparto café una vez a la semana, comida un día al mes y encuentros estivales cada año a la sombra de los montes leoneses.

Siempre es complicado escribir sobre conocidos porque uno suele saber más cosas de las que puede o debe contar y no sabe hasta qué punto está haciendo lo correcto (esto es, hasta qué punto está siendo suficientemente objetivo) al trasladar al papel una visión global y, hasta cierto punto, neutra de algo que en absoluto lo es en el día a día. Sin embargo, y pese a las precauciones, acabo haciéndolo cada vez que me lo piden, y ayer salió publicado en el suplemento Culturas del diario El Comercio un extenso artículo sobre Álvaro Díaz Huici y su labor editorial que pueden leer, si tienen tiempo y ganas, aquí.

La fotografía, por cierto, es del gran Joaquín Pañeda.

jueves 18 de junio de 2009

'Los últimos días de Michi Panero': Semana Negra

Extraído de la web de la Semana Negra:

Miguel Barrero. Escritor asturiano, colaborador en anteriores ediciones del diario “A Quemarropa”, periodista y promotor cultural. Con su libro Los últimos días de Michi Panero, ha ganado el premio Juan Pablo Corner.

Cuando vea a Ángel de la Calle tengo que preguntarle qué quieren decir exactamente con eso de promotor cultural, pero me resulta especialmente simpática la errata del final. Como escribí en otro sitio, yo prefiero los libres directos, pero mi padre siempre dice que un córner bien tirado es medio gol...

miércoles 17 de junio de 2009

Una evocación

Ahora que llevo un tiempo documentándome sobre distintos aspectos de la Historia y las leyendas de Asturias -ya explicaré el porqué en su momento-, he vuelto a encontrarme con el nombre de Roberto Frasinelli, aquel enigmático arquitecto alemán que se refugió en la aldea de Corao y de cuya obra, que yo recuerde ahora mismo, apenas queda nada después de que buena parte de sus proyectos fuesen destruidos o sufriesen modificaciones importantes en sus planos originales.

También recordé que hace bastantes años, cuando se cumplió el centenario de su nacimiento -o de su muerte, no puedo precisarlo muy bien-, mi padre se compró un libro sobre él en cuya portada se reproducía el cuadro que he puesto aquí arriba -El viajero, de Caspar David Friedrich (1774-1840)-, cuyo arrebato romántico me fascinó durante bastante tiempo y que sigue teniendo algo de hipnótico. No es Frasinelli quien aparece de espaldas, observando ese paisaje de una nubosidad espectral, pero bien podría tratarse de un retrato de aquel bávaro que un día apareció por estas tierras, se dejó los ojos en diseños que nunca vieron la luz y murió dejando tras de sí una estela de olvido y enigmas.

lunes 15 de junio de 2009

José Ramón Ordóñez (1948-2009)


Blimea, a 14 de noviembre de 2008

Amigos de los medios de prensa y seguidores de Stukas:

Me dirijo a vosotros con tristeza y amargura pero a la vez con esperanza y entereza. Después de treinta y cinco años al frente de Stukas, me veo en la obligación de dejar los escenarios ante la enfermedad que me han diagnosticado: esclerosis lateral amiotrófica.

Quiero, antes que nada, agradecer las muestras de apoyo que me han prestado cuantos me conocen y a todos los habitantes de la Cuenca, por su preocupación ante mi estado actual. También al personal del Hospital Valle del Nalón y a los miembros y trabajadores de la asociación de enfermos de E.L.A del Principado a la que pertenezco, que ayudan a que mi convalecencia sea lo más llevadera posible.

Esto no es un adiós sino un punto y aparte. Seguiré, en la medida de mis posibilidades y hasta el último de mis alientos apoyando y aconsejando a los actuales Stukas. Me han pedido que les brinde mi experiencia y mi saber hacer, y así será. La lucha contra la enfermedad es dura y no da tregua, pero tampoco yo se la voy a dar a ella. En Stukas todos somos necesarios pero nadie imprescindible. Así ha sido desde 1961 y así será mientras haya cosas que decir y música para aliviar el vacío de la vida cotidiana, como dice una de nuestras canciones. Por ello, reiteraros que no me voy, sólo paso a un segundo plano desde el cual Stukas seguirá adelante.

Os doy mi agradecimiento por todos estos años de música que han sido inolvidables, y os reitero que todos los miembros y ex miembros de Stukas seguirán (seguiremos) llevando la bandera del rock hecho en Langreo y hecho en Asturias hasta el final. Quiero que comprendáis que éste es un duro momento, pero no me rindo, porque vosotros, los fans del grupo, nos lleváis tan dentro de vuestros corazones como la banda os lleva a vosotros.

Recibid un fuerte abrazo; me espera una hazaña bélica en la que sé que cuento con todo vuestro apoyo. Hay futuro. Y venceremos, os doy mi palabra.

José Ramón Ordóñez Riestra

domingo 14 de junio de 2009

Noia de porcellana

Ando estos días vislumbrando la posibilidad de un viaje. Será una estancia no demasiado dilatada en una ciudad que siempre he querido conocer, y quizás por eso a lo largo de esta semana, y de manera un tanto inconsciente, han estado viniéndome a la cabeza algunos de los motivos relacionados con ella que he acumulado a lo largo de mis casi tres décadas de vida. Y tiene gracia. Me he dado cuenta de que las cuestiones artísticas, urbanísticas o arquitectónicas -que son las que, a fin de cuentas, guían mayoritariamente las preferencias a la hora de elegir destino, y que también tienen importancia en este caso- pesan mucho menos al lado de las que tienen que ver con la literatura o la música.

Tenía quince años cuando oí hablar de la nova cançó. También cuando llegó por primera vez a mis oídos una de las canciones que se habían incluido dentro de esa corriente. Era Me'n vaig a peu, de Serrat, y la escuché en su propia boca en un concierto en el hipódromo de Las Mestas, en Gijón. Por esas fechas había salido a la venta un disco, Banda sonora d'un temps d'un país, en el que el propio Serrat antologaba sus piezas preferidas de aquella época. Fue ahí donde escuché por primera vez Noia de porcellana, una canción que estos días -y para desgracia de quienes tienen que tratar conmigo asiduamente- no puedo dejar de tararear.

La escribió y grabó por primera vez otro cantautor, Pau Riba, poco o nada conocido fuera de las fronteras catalanas, y es una canción de desamor, o de desencanto, que le dedica un chico a su novia cuando descubre que todo era apariencia, engaño, espejismo. Empieza diciendo esto:

Noia de porcellana,
buscava una ànima dintre teu
i això era com buscar
papallones blanques damunt la neu.

Noia de porcellana,
la teva entranya és plena de vent,
una brisa de maig
amb pètals de rosa és aire innocent.

Noia de porcellana,
tot el teu cos és un recipient
a punt per ser omplert d'aigua
i posar-hi un lliri quan ve el bon temps.

Que viene a decir:

Chica de porcelana,
buscaba un alma dentro de ti,
pero era como buscar
mariposas blancas sobre la nieve.

Chica de porcelana,
no hay más que viento en tu entraña,
una brisa de mayo
con pétalos de rosa es aire inocente.

Chica de porcelana,
todo tu cuerpo es un recipiente
para llenarlo de agua
y poner un lirio cuando llega el buen tiempo.

Y, más adelante, termina:

Noia de porcellana,
buscaba llum en la teva pell
y aixó era com buscar
papallones d'aire allà on bufa el vent.

Noia de porcellana,
tens la mirada ben transparent,
la pell de cel.lofana
i la carn translúcida i repel.lent.

Noia de porcellana,
què vols que et donin no donant res,
ets freda i inhumana
i et preocupes de cinc a set.

Que es algo así como:

Chica de porcelana,
buscaba luz en tu piel,
pero era como buscar
mariposas de aire en el viento.

Chica de porcelana,
tu mirada es transparente,
tu piel de celofán
y tu carne translúcida y repelente.

Chica de porcelana,
qué van a darte si no das nada,
eres fría e inhumana
y te preocupas de cinco a siete.

Mucho tenía que gustarle la chica a Riba para que la ruptura acabase inspirando tanto odio. Lo curioso es que, pese a la letra, es una de las canciones más dulces que conozco. Hacía mucho que no la escuchaba, y supongo que esto no será más del principio de una serie de re-incursiones en ciertos paisajes geográficos y sentimentales que tenía ya medio arrinconados. A mis veintiocho años, son unos cuantos: la ciudad de los prodigios, el extinto cine Roxy, el cadillac solitario en la ladera del Tibidabo, Vallvidrera, las putas desdentadas del Barrio Chino, La Boquería, la Ronda del Guinardó, el sueño inacabado de un arquitecto visionario, el gótico etéreo de Santa María del Mar, los terrados del Poble Sec...

Supongo que habrán imaginado que estoy hablando de Barcelona.


jueves 11 de junio de 2009

'Los últimos días de Michi Panero': presentación en Asturias

Esta mañana desayuné en Oviedo con Ignacio del Valle, que anda promocionando su recientísima novela, y hablábamos de que las presentaciones de libros cada vez parecen más innecesarias en un mundillo en el que cuenta más aparecer en los medios que protagonizar actos a los que básicamente sólo acuden los amigos (lo que no quiere decir que no sean divertidos, y que uno no lo pase bien, y que a veces sirvan para encontrar nuevos lectores) y que por lo general no motivan más que una mínima reseña en la prensa del día siguiente, y eso con mucha suerte. Me preguntó si había movido mi última novela y le contesté la verdad: que no. Que, salvo la presentación que tuvo lugar en Mérida el pasado mes de diciembre, coincidiendo con la entrega del Juan Pablo Forner, ni yo me había molestado en organizar nada ni nadie había tenido la ocurrencia de llamarme para tal fin. Pero uno nunca debe hablar demasiado, y los hechos vinieron a confirmármelo: apenas hora y media después de pronunciar aquellas palabras, recibí una llamada de Paco Ignacio Taibo II, que me ha invitado a presentarla en la próxima edición de la Semana Negra.

Así que, ocho meses después de su llegada a las librerías y cuando no falta mucho para que se agote la primera edición, Los últimos días de Michi Panero se presentará por primera y última vez en Asturias. Será en Gijón, dentro del recinto de la Semana Negra -que este año se traslada a la playa de El Arbeyal, en el barrio de La Calzada-, entre el 10 y el 19 de julio. El lugar exacto, el día y la hora aún están por concretar, pero el encargado de cumplir la función de maestro de ceremonias será el escritor Juan Bas (Bilbao, 1959), a quien no conozco personalmente pero con el que ya he entablado contacto cibernético. Cuando tenga más datos, iré contando más cosas.

Microcosmos160: La erótica del poder

No sé si, como me dijo un colega, es en Villa Certosa y no en el Vaticano donde se guardan las llaves del paraíso, pero sí puedo decir que esperaba mucho más de las famosas fotos de Berlusconi y su harén que lo que finalmente dieron de sí. Cuando uno se cuelga encima un apodo como el de Il Cavalieri, va por la vida de galán estratosférico y se jacta de sus dotes de seductor, lo menos que nos esperamos los mortales es que las instantáneas que presumiblemente dejan constancia de sus proezas amatorias o festivas estén a la altura de lo prometido. Y nada de nada. Las imágenes del presidente italiano y sus compadres en la famosa finca de recreo parecen más fotogramas extraídos de cualquier españolada cutre del post-franquismo que la inmortalización de la gloria sexual del gran Silvio. Como me decía la otra noche una amiga, en ellas todo es apariencia, exhibición, ostentación burda y gratuita, fuego fatuo, ni chicha ni limoná.

Con todo, los presuntos excesos del mandamás de los Apeninos quedan bastante mejor parados que aquellos otros, mucho más castizos y cañís, de cierto ex-director de la Guardia Civil al que hace ya algunos años tuvimos el (mal) gusto de ver en las revistas protagonizando una de las orgías más tristemente bizarras que recuerdan los tiempos. Ataviado con unos vulgares abanderado -lo que no dejaba de tener delito, teniendo en cuenta su cargo y los ídem que se le atribuían-, el individuo en cuestión se solazaba en compañía de dos amigas dando lugar a escenas que parecían más propias de una película porno casera de serie Z que de las fantasías de todo un alto responsable del Gobierno español. Curiosamente, tanto él como Berlusconi usaron el mismo eufemismo idiota cuando les pillaron con las manos en la masa de sus vergüenzas. Lo suyo no era nada lascivo ni criminal ni pecaminoso. Se trataba sólo de fiestas de gente con poca ropa. Habrá que concluir, pues, que o la erótica del poder no es tanta o el poder, sencillamente, carece de erótica. O quizás lo que ocurre sea que el poder no está donde todos pensamos. Pregúntenle si no a Max Mosley, el magnate de la Fórmula-1, que cuando se vio cazado en pleno delirio hitleriano con dos prostitutas (que será todo lo políticamente incorrecto que quieran, pero resulta más vistoso que lo de los otros dos y con más glamour, no se arrugó un pelo y salió ante los medios más tieso que una cerilla. Sí, señores, vino a decir, lo hice yo, lo pagué con mi dinero y, encima, me gustó.

Y, qué quieren que les diga, yo ahí me rindo. Y le aplaudo. Y pienso que menos mal que por una vez se nota quién manda.

El Comercio, 11 de junio de 2009

lunes 8 de junio de 2009

Concierto de Aranjuez

Joaquín Sabina dice en una de sus canciones:

La propia Caballé, que me negó sus favores,
la diva que pasaba tanto de cantautores,
llamó para decirme: "Estoy en deuda contigo,
mola más tu Madrid que el Aranjuez de Rodrigo".

Y pasa que a mí, que he sido fan de Sabina desde niño, siempre me ha entusiasmado el Concierto de Aranjuez, del maestro Joaquín Rodrigo, y que esta noche he vuelto a él después de muchos años sin escucharlo (vía Internet, el disco era y sigue siendo de mi padre), y que -pese a que todo el mundo prefiere y tararea el segundo movimiento, el Adagio- a mí me sigue fascinando la primera parte, ese Allegro con spirito que tanta gracia cobra en la guitarra de Narciso Yepes. Lo siento por la Caballé.

domingo 7 de junio de 2009

Berlusconi, ese hombre

A mí que Berlusconi se meta en su finca con diez, cien o mil mozas de buen ver, me parece lo de menos. Cada uno es libre de follar con quien quiere (o puede), aunque sea presidente del Gobierno, y no tengo nada que objetar. Otra cosa es que las chavalas en cuestión sean menores de edad, que las invitaciones a Villa Certosa corran a cuenta del Estado y que se utilicen recursos destinados a la seguridad del jefe del Ejecutivo para facilitar esas orgías con cuyas imágenes nos ha deleitado este fin de semana la prensa internacional. Eso tendrá que decirlo un juez según las pruebas que haya. Y cuando él se pronuncie, hablaremos.

Lo que me fastidia de todo esto es que Berlusconi ha hecho cosas más graves, infinitamente más graves, sin que nadie se haya llevado las manos a la cabeza con tanta rotundidad como en esta ocasión. En realidad, y aunque lo neguemos, nos pone el morbo, y estamos dispuestos a juzgar al vecino en función de la cantidad de veces que le ha puesto los cuernos a su mujer en vez de reprocharle los años que lleva sin pagar las cuotas de la comunidad o sus reiteradas ausencias en las reuniones que se convocan cada semestre en el portal. Quiero decir con esto que Berlusconi lleva años pasándose la legalidad por el forro de sus caprichos sin que nadie se haya escandalizado tanto, o no hasta los extremos que estamos viendo estos días. Desde que llegó al poder no ha parado de incrementar su inmenso monopolio, ha promovido leyes que han garantizado su impunidad, se ha reído cuanto ha querido de quien le ha dado la gana... Y sólo ha conseguido que, como mucho, alguien le afee su conducta con un hombre, no, así no que él arregla con una palmadita en la espalda y una ingeniosa frasecilla exculpatoria. Qué le voy a hacer, chico. Soy así. O me tomas o me dejas.

Y los italianos van y lo toman. Y eso es, en el fondo, lo más triste del asunto. Duele ver a Italia pasar por esto. Es duro contemplar cómo el país donde Dante escribió la Divina Comedia, donde Brunelleschi hizo flotar la cúpula del Duomo florentino, donde Agripa quiso edificar su impresionante Panteón, donde Miguel Ángel obró el milagro de la Capilla Sixtina, donde Leonardo da Vinci pintó La última cena, se ha convertido en el circo que es hoy, sometido a los abusos de una derecha corrupta que tan sólo encuentra en frente una izquierda perdida, inoperante, y con un Vaticano que desde hace demasiado tiempo mira para otro lado y se afana en dictar sentencia sobre asuntos que no le conciernen en vez de preocuparse de lo que verdaderamente importa.

Lo que llamamos progreso no es otra cosa que decadencia. Lo escribió hace algunos años Roger Caraudy. En Italia, la cita es aplicable al cien por cien. No es sólo que la podredumbre moral campe por sus anchas al pie de los Apeninos. Es que, además, parece que estuvieran volviendo a los tiempos de Calígula.

Casa Rosada

Cuando en 1990 pasé mi primer verano en Gijón, hubo dos edificios que me impactaron especialmente. Uno fue el de lo que aquí llaman La Iglesiona -cualquiera que lo conozca podrá entender por qué: una mole negruzca de aspecto más bien siniestro rematada por un Sagrado Corazón imponente que parece erigirse en vigía perpetuo de la ciudad-; el otro, la Casa Rosada. Estaba muy cerca del piso donde veníamos de vacaciones, en la parte baja de El Llano, y alguien me contó que en su día había sido un reformatorio, lo que no la convertía en un lugar bastante halagüeño para los ojos de un niño de nueve años largos. Creo que entonces estaba abandonada, y siempre me pudo la curiosidad por saber cómo era por dentro. Unos años después, instalaron oficinas municipales, pero nunca llegué a entrar en ellas. Luego, volvieron a cerrarla y desde hace unos meses se han puesto a restaurarla. Creo que piensan montar allí un centro de servicios ciudadanos o algo así.

El caso es que este domingo la habilitaron como colegio electoral. Y como ahora, igual que entonces, vivo muy cerca (sólo que para el lado contrario), resultó que mi mesa estaba allí. Y aunque no tenía especial interés en las elecciones europeas, me acerqué para fisgar un poco. Y como me llevé la cámara, aproveché para hacer unas fotos.


[Tenía más -y algunas bien chulas-, pero mis manazas formatearon sin querer la tarjeta de la cámara, antes de tiempo. Ahora que he comprobado que no hay fantasmas dentro, volveré].

viernes 5 de junio de 2009

Nace un suplemento cultural

No sé si han reparado en el enlace a la página web de El Comercio que desde hace unos días tengo colgado aquí arriba, a la derecha. Tiene su explicación, pero no he podido darla hasta hoy: mañana, sábado 6 de junio, estará en la calle el primer número de Culturas, un suplemento cultural -lo habrán imaginado por el título- que se distribuirá semanalmente con el diario gijonés y en el que colaboro de dos maneras distintas: de un lado, con artículos y entrevistas para la revista de papel (la primera sale mañana mismo en portada y tiene como protagonista al escritor Alejandro M. Gallo, que el 10 de junio saca su última novela, Operación Exterminio) y, del otro, a través de esta misma bitácora, que desde ahora pasa a integrarse dentro de la plataforma digital que el periódico ha creado para acompañar a la nueva publicación. No estaré solo en estas páginas. También firmarán amigos como Ricardo Menéndez Salmón, Xuan Bello, Ignacio del Valle, Vanessa Gutiérrez, Ramón Lluís Bande o José Cezón. Lo dirige María de Álvaro -que fue mi jefa allá por el verano de 2003 y es la encargada de recibir y editar las columnas que cuelgo aquí todos los jueves y a la que apenas había visto desde que rompiera mi relación profesional con el periódico- y sólo cabe desearle suerte. Hasta ahora, sólo el suplemento Cultura del diario La Nueva España animaba estos cotarros. Cabe esperar que ahora la cosa se anime. La competencia siempre es sana. Y beneficiosa para ambas partes.

Addenda: Si quieren acceder directamente a la web de Culturas, pinchen aquí.

Una coincidencia histórica

Lo sospechaba desde hacía tiempo, pero hoy lo he constatado definitivamente: en España, la gente inteligente está demasiado ocupada como para meterse en política y prefiere que ésta quede en manos de otros que probablemente no sabrían dedicarse a otra cosa. Hemos tenido abundantes pruebas a lo largo de esta seudocampaña electoral que hoy (aleluya) termina, pero la palma se la llevó ayer (o antes de ayer, qué más da) Leire Pajín (PSOE) cuando soltó en medio de un mitin, y sin despeinarse, que la coincidencia de Obama -al frente de los EE UU- y Zapatero -al frente de la UE- es histórica para el mundo.

Yo no sé si estas cosas las dicen para epatar a los hipotéticos votantes -cosa que dudo mucho que consigan- o porque realmente se las creen -lo que me resultaría especialmente preocupante-; lo que sí sé es que mientras nuestros eximios representantes sigan descolgándose con pijadas de este calibre, pocos motivos nos van a dar a los que aún tenemos dos dedos de frente para que vayamos a votarles el domingo. Muy muy pocas.

jueves 4 de junio de 2009

Microcosmos159: Enhorabuena

Por una vez, quiero aprovechar esta columna para felicitar a nuestra entrañable clase política. Mira que hasta ahora había hecho lo posible por cumplir con lo que siempre he considerado un deber más que un derecho y que ni siquiera en los momentos más difíciles me había dejado sucumbir ante la desesperanza, pero tal y como han ido yendo las cosas en este amago de campaña electoral, han conseguido que a día de hoy me esté planteando muy seriamente la posibilidad de no acercarme este domingo a menos de doscientos metros del colegio electoral más cercano.

No se trata ya de que, a estas alturas del partido, los ciudadanos de a pie sintamos un interés casi nulo por la Unión Europea y sus recovecos. Eso, a fin de cuentas, es cosa suya: si no han sabido o no han querido explicarnos al detalle en qué consistía eso de Maastricht ni son capaces de que nos apasionemos con esos debates tan trascendentales que mantienen sus señorías allá por los Países Bajos, es cosa suya y ellos sabrán los porqués. Lo que ya empieza a resultar indignante es que nos tomen con tanta alegría por idiotas, conscientes como son de que, en el fondo, hagamos lo que hagamos ellos seguirán con el riñón cubierto y de que la abstención, en resumidas cuentas, ni les beneficia ni les perjudica. Que los discursos sean siempre tan aburridos, tan burdos, tan previsibles, tiene delito. Que los vídeos de los partidos se centren en tres o cuatro frases hechas y un puñado de estereotipos, es preocupante. Que en un debate electoral entre los dos cabezas de lista de los dos principales partidos que concurren a las urnas -una vieja gloria y un ex delfín venido a menos, eso ya dice bastante del perfil global del asunto- éstos pierdan el tiempo tirándose los trastos a la cabeza y soltando topicazos sobre izquierdas y derechas, sin mencionar más que de pasada los asuntos que vertebrarán la agenda política del continente en los próximos cinco años, ya clama al cielo. Así que ya que ellos no tienen ninguna clase de respeto por quienes vamos a pagarles esa prejubilación de lujo que van a poder disfrutar en sus sillones de europarlamentarios, tampoco yo tengo por qué sentirme impelido a votar a uno o a otro en función de argumentos tan falaces como equívocos. Que ellos se lo guisen, que yo sólo comeré lo que la ley me obligue a comerme. Enhorabuena.

El Comercio, 4 de junio de 2009

miércoles 3 de junio de 2009

Los demonios de Berlín

Fresquito lo tengo. Ignacio del Valle (Oviedo, 1971) acaba de publicar novela y ésta acaba de llegar a mis manos. Se titula Los demonios de Berlín, la publica Alfaguara y es, por el momento, la última entrega de la serie novelística que tiene como protagonista a Arturo Andrade, investigador en El arte de matar dragones (Algaida) y miembro de la División Azul en El tiempo de los emperadores extraños (Alfaguara), un rol que repite en este último libro, que se ambienta en la capital alemana durante los últimos días de la II Guerra Mundial y tiene tan buena pinta como los dos anteriores. En cuanto llegue hoy a casa me pondré a leerla, pero ya puedo adelantar que me gustará, como poco, tanto como me gustaron los otros. Enhorabuena al autor. Y suerte con las ventas.

martes 2 de junio de 2009

Resaca futbolera

[El domingo 31 de mayo, el Sporting lograba la permanencia en Primera División tras vencer en El Molinón al Recreativo de Huelva. Ayer, lunes 1 de junio, El Comercio me encargó un artículo a propósito de la foto de Joaquín Bilbao que colgué ayer en esta bitácora en el que contase cómo había vivido yo el partido y las horas posteriores. Como imaginarán, no pude negarme, aunque me arriesgue a que tanta insistencia acabe desquiciando a alguno de mis amigos no futboleros. El artículo, que supone además mi debut en la sección de Deportes del diario, es éste que reproduzco a continuación.]


El día en el que quedamos en Primera

Uno procura racionalizar las cosas, en la medida de lo posible, y no dejarse llevar por entusiasmos más o menos pueriles ni descuidar la preceptiva distancia entre sí mismo y las cosas que le acechan a fin de evitar la tentación de caer en la pornografía sentimental o el exhibicionismo. Lo hago con frecuencia, y me va bien.

Pero el domingo pasado, cuando Luis Morán marcó su gol y El Molinón estalló en ese rugido que produce la euforia cuando ha estado precedida por la más brutal de las decepciones, el señor que estuvo toda la Liga sufriendo junto a mí en lo alto del fondo norte me abrazó como si la continuidad del universo dependiera del contacto de nuestros cuerpos, y se me acercó un chaval de Candás que aseguró ser un fiel lector de mis columnas en estas páginas para pedirme que escribiera algo sobre lo que estaba pasando allí porque era lo más grande. Y mi hermano me convenció para que bajase con él al césped del estadio a compartir con unas cuantas miles de almas la alegría que unos minutos antes parecía habérsenos negado por completo, y hay veces -en fin- en las que los principios están para romperlos.

Así que aquí me tienen. Las razones del párrafo anterior ya tienen suficiente peso por sí mismas para explicar por qué me he puesto a pergeñar este artículo, pero aún puedo enumerar algunas más. Anoche, vi cómo el corazón de esta villa norteña se instalaba en la plaza del Marqués para latir al compás de los cánticos y las risas de un buen puñado de zagales que olvidaban que el de hoy era día laborable; y escuché a un poeta filosofar en la barra de un bar cerrado al público sobre la importancia del fútbol como elemento catalizador de los sueños y las frustraciones de la sociedad; y atendí a las disquisiciones de dos amigos que repetían de carrerilla alineaciones históricas que yo no llegué a conocer, pero cuyas hazañas pude ver reflejadas en sus palabras matizadas por el entusiasmo y la nostalgia. Y no sólo eso: esta mañana, el dueño de la cafetería donde desayuno habitualmente me puso una sonrisa como acompañamiento del café y me dio conversación a propósito de La conjura de los necios, y tuve tiempo para darme un paseo breve por ahí, y me pareció (y fue extraño, y muy grato) que la ciudad entera sonreía.

Nada más, ni nada menos. Hace un tiempo, alguien me preguntó si me gustaba el fútbol. Yo le respondí que lo que me gustaba era el Sporting. Es lo mismo, me dijo. No, no lo es, le repliqué. ¿Por qué no?, me inquirió entonces. No supe responderle, pero si hubiese estado el domingo conmigo me habría bastado con extender la mano para mostrarle, con un simple gesto, lo que implican ese escudo y esas franjas rojiblancas que hoy ondean en casi todos los balcones.

Y todavía vienen los del Barça a decirnos que el suyo es más que un club. Qué coño sabrán ellos...

El Comercio, 2 de junio de 2009

lunes 1 de junio de 2009

Sporting, 2-Recreativo, 1

Lo confieso: durante más de medio partido (y luego descubrí que fue un pensamiento compartido, que había otros muchos padeciendo lo mismo en el campo y en la ciudad, que no estaba ni mucho menos solo, aunque tampoco hubiera sido consuelo) me vi en Segunda División, y me las vi y me las deseé tratando de asumir lo que parecía un designio incontestable.

Pero de pronto apareció Barral, y luego Luis Morán, y este Sporting cuya trayectoria a lo largo de la temporada había dibujado los perfiles de la más endiablada montaña rusa nos regalaba a las ventipico mil almas allí presentes el único momento de felicidad absoluta que hemos podido disfrutar en esta Liga. Y al final, paradojas de la vida, va a haber que agradecerle a este equipo los sufrimientos que permiten que en Gijón, de vez en cuando, se vivan tardes como la de ayer.

En la cena, mientras Ricardo Menéndez Salmón y Pablo Rivero recordaban al glorioso Sporting que pudieron ver en su infancia (qué envidia) y Juan Carlos Gea les comentaba a Natalia y a Julia las diferencias entre la percepción que se tiene del fútbol en su Albacete natal y la manera de la que se vive el deporte rey a orillas del Piles, todos coincidíamos en que lo que ahora hace más falta es que quien corresponda haga la pertinente autocrítica y mire al futuro. No vayamos a convertir en pesadilla lo que, por obra y gracia del destino, ha terminado siendo un sueño.

Pero bueno. Se acabó la Liga 2008/2009. Y con ella, estas entradas que empezaron como una excepción y han terminado convirtiéndose en regla. El año que viene, más. Y ojalá sea mejor.
PD: La foto de arriba es de Alberto Morante (EFE). La de aquí abajo (perdonen el chovinismo: el que levanta el puño es mi hermano, que ha sufrido este año en El Molinón tanto o más que yo) es de Joaquín Bilbao (El Comercio).