sábado 30 de mayo de 2009

Otra vez volverás a triunfar


Recuerdo la primera vez que pisé El Molinón. Fue en la antesala del verano de 1995. Aquel era mi primer año de instituto y coincidió en el tiempo con la explosión del Madrid de Valdano y el principio del fin de la era Cruyff en el Barça. El Sporting se había pasado toda la temporada coqueteando con los puestos de descenso y llegó al final empantanado en los de promoción. Nos la jugábamos contra el Lleida, y después de que la ida concluyese con un empate a dos, conseguí permiso (y compañía) para viajar de Mieres a Gijón a ver el partido de vuelta. Estuve en lo alto del fondo norte con mis primos Juanjo y Carlos -hoy dos afamados jugadores de balonmano-y, en medio de un estadio lleno hasta la bandera, presencié una victoria agónica (3-2) que nos permitió seguir un año más en Primera. Todavía recuerdo la larga caravana de coches que se formó tras el partido a lo largo del Muro, todos con banderas y bufandas del Sporting y haciendo sonar el claxon como si acabásemos de ganar la Copa de Europa. Aquella no fue sólo la primera vez que entré a El Molinón. También era la primera vez que pisaba un campo de fútbol.

Desde entonces, casi siempre seguí al Sporting desde la distancia -primero desde los casi 30 kilómetros que separan Gijón de Mieres; después desde los 400 que distanciaban a mi ciudad de hoy de mi Salamanca de entonces- y contadas veces fui a verlo jugar en directo. Recuerdo un humillante Oviedo-Sporting en el Tartiere (Bango jugaba con nosotros, pero metió un gol en propia puerta que les dio el triunfo a ellos) y un infausto Sporting-Oviedo en El Molinón (protagonizado por un árbitro cuyo nombre vale más no escribir aquí -igual es gafe- y que merecería ocupar varios capítulos de una nueva Historia universal de la infamia), y también un Villa de Gijón contra el Betis. La temporada del descenso la seguí (todo lo que pude soportar) a través de la televisión y aguantando las constantes, tópicas y bobaliconas chanzas de los oviedistas de turno (en Mieres los carbayones son mayoría; por algo te largaste, me dice a veces un amigo) y tratando de hacer algo que nunca se me dio bien: ponerle buena cara a un mal tiempo que parecía (y no me equivocaba) que iba a tardar en amainar. El otro día me comentaba Pablo Rivero (autor de La balada del pitbull, la única novela sportinguista de la literatura mundial) que su primer Sporting había sido el de Quini, el de Ferrero, el de Joaquín. Mi generación no tuvo esa suerte. Mi generación se vio obligada a alinear junto a nombres gloriosos como los de Lediakhov, Tcheryshev o Hugo Pérez los de otros jugadores que llegaron en piragua y que vale más no recordar, por aquello de no mentar a la bicha. Pero eso, a fin de cuentas, era lo de menos.

Confieso que durante los primeros años en Segunda le perdí la pista al Sporting. En 1998 me mudé a Salamanca. Tenía una ciudad que descubrir y -creía yo- un oficio que aprender. Acabé descubriendo algunas otras cosas, pero eso ya no voy a contarlo aquí. Sin embargo, un par de años después el Oviedo se vino con nosotros (y se supone que eso no debería alegrarme, pero después de ver cuánto se habían regocijado ellos con nuestra desgracia no pude menos que regodearme en la suya, que al final acabó siendo mucho mayor), y coincidimos con ellos en la Copa del Rey, y les goleamos, y volvimos a jugar otro derbi en el Tartiere, y ganamos, y esa rivalidad recuperada fue la gasolina que alimentó un nuevo interés por las andanzas rojiblancas que llegaría a su punto álgido en la temporada 2003/2004, cuando yo ya vivía en Gijón y trabajaba como periodista de fin de semana en El Comercio y seguía, desde la redacción de la calle del Ferrocarril, las evoluciones de un equipo, el de Marcelino, que estuvo a punto de tocar el cielo y acabó atrapado en una caída libre que le llevó a dislocarse contra el asfalto de los sueños malogrados.

La decepción fue tremenda, y yo volví a irme de Gijón, y aunque el distanciamiento no fue tan grande como en el inicio de mis años salmantinos, sí volví a desentenderme un poco del Sporting y sus vicisitudes. Hasta que un día llegó Preciado y se puso a trabajar. Y, aunque hoy muchos le nieguen sus méritos y le consideren poco menos que un lastre cuando el problema -y eso lo sabemos todos, aunque no queramos verlo- es otro muy distinto, supo construir un equipo donde sólo quedaban despojos y fue capaz de hacer que el pulso de la ciudad volviese a latir domingo sí y domingo no al ritmo que se marcaba en las gradas de El Molinón. Su segunda temporada coincidió, además, con mi regreso (¿definitivo?) a Gijón, y el 15 de junio de 2008, y después de muchos años sin pisarlo, entraba de nuevo en el estadio (esta vez con mi hermano, que no tenía ningún recuerdo del Sporting de Primera) para ver desde la tribuna Este cómo regresábamos a la división de honor una década después del desastre.

Dentro de unas horas, volvemos a jugárnosla al todo o nada, y aunque cronistas y aficionados no dejan de repetir que este encuentro recuerda a aquel Sporting-Éibar de la temporada pasada con el que conseguimos alcanzar la gloria, no puedo evitar que vuelva a mi memoria aquel partido contra el Lleida de hace ya catorce años. En parte porque lo veré desde el mismo lugar que ocupé entonces y que, por pura casualidad, he venido ocupando a lo largo de toda esta Liga que ahora acaba, pero también porque aquella fue la primera vez que constaté algo que, en el fondo, siempre he sabido y que hace unos días comentaba con alguien: que aunque hay varios equipos que me gustan o por los que siento simpatía (Barça, Juventus, Boca, Paris Saint-Germain, Atlético de Madrid...), sólo soy capaz de emocionarme con uno, el mismo que a las siete de la tarde de este último domingo de mayo tirará al aire la moneda de su destino más inmediato. El mismo que -esté en Primera, en Segunda o en Regional Preferente- es y seguirá siendo el mejor equipo del mundo.

Y ahora, abandono momentáneamente esta bitácora para meterme en capilla y cruzar los dedos, por si las moscas. Si la cosa sale mal, estaré aquí para contarlo. Si la cosa sale bien, no me esperen despiertos.

...Y llegó el verano...

...Justo cuando parecía que no iba a volver nunca.

viernes 29 de mayo de 2009

'Los últimos días de Michi Panero': otra crítica

La novela de Miguel Barrero sobre Michi Panero es un clarísimo retrato de la generación que tenía 20 años cuando murió Franco. El jurado al otorgarle el premio Juan Pablo Forner dice que toda la obra tiene su atractivo "a lo largo de todo su camino". Hay un estudio muy personal -es obvio-, atrayente, sobre la figura de Michi Panero, sobre sus últimos días. El protagonista, un escritor sin rumbo definido, da lugar a por las fechas en que desarrolla el libro, la transición, no se sabe bien qué busca. Se va a escribir a Astorga, desenreda un poco la figura de Panero y su propia familia nos envuelve en la fascinación que él siente. Esta breve obra ha merecido mucho favor de la crítica oficial. Yo me quedo más bien que con el fondo biográfico o pseudo biográfico del relato con el tono intimista del fracaso, con la falta de la felicidad que, efectivamente, no es una constante. De todos modos, me parece un interesante libro.

Fuente: Acércate a los libros

jueves 28 de mayo de 2009

Microcosmos158: Cumbres

A veces las historias más extraordinarias no precisan artilugios ultramodernos ni extravagantes giros argumentales. A veces basta con dos hombres y una cuerda para dar pie a un relato tan lineal como apasionante, tan diáfano como absorbente, tan sencillo como memorable. Fue en el verano de 2004 cuando supe de la existencia de Pedro Pidal y El Cainejo, los dos hombres que habían acometido cien años antes la primera escalada al Naranjo de Bulnes, y hace unos días cayó en mis manos -explicar cómo ocuparía un espacio del que no dispongo- un librito impreso en el taller de Gráficas Hernández, en Gijón, en 1981, y en el que el primero relata los pormenores de aquella epopeya doméstica que iba a acabar marcando un hito en la historia de este minúsculo rincón del mundo.

Confieso que me hice con el texto por un interés más historiográfico que literario, pero bastaron unos párrafos para dejarme llevar por la prosa con la que el marqués de Villaviciosa -que seguramente no tuvo más intención al escribirlo que la de dejar una memoria de lo que fueron sus pasos en pos de la cumbre del Urriellu- va relatando los entresijos de su aventura: sus análisis de las paredes del Naranjo, sus contactos con Gregorio -el pastor de una aldea llamada, muy novelísticamente, Caín que acabaría pasando a la posteridad junto a él-, el modo en el que éste -más curtido en esa clase de lides- realiza las primeras avanzadas y cómo ambos acaban coronando al fin la cima abierta a un paisaje tan vasto, tan original y tan a lo Gustavo Doré, sin exageración alguna para pasar después a iniciar el descenso en esa continua recreación del mito de Sísifo en la que viven inmersos los alpinistas. Son unas pocas páginas que se agotan en media hora, pero en las que rezuma el fulgor de una aventura que tuvo que ser apasionante y cuyas emociones el lector aún puede sentir gracias a un estilo que, pese a su aparente descuido, no deja de adecuarse en cada momento a las necesidades de una trama que concluye cuando, exhaustos y felices, regresamos con ellos a los pies de la montaña. Los pastores nos habían oído. A las once de la noche entramos por sus cabañas. Era el 5 de agosto de 1904.

El Comercio, 28 de mayo de 2009

miércoles 27 de mayo de 2009

El nacimiento de un mito

La Fábula Décima de Juan Benet cuenta la historia de un afamado general de la Antigüedad a quien su rey encomienda una campaña de mucha importancia con la que debe vencer y desarmar al enemigo tradicional de la patria y lograr un periodo de paz que se prolongue al menos durante varias generaciones. El general se pone manos a la obra y, paso a paso y después de tomarse su tiempo para reflexionar y diseñar pormenorizadamente la estrategia más conveniente, va ganando batallas hasta llegar al combate final. Cuando su ejército acampa ante la última fortaleza que deben tomar, el general dice a sus hombres: Nos encontramos, caballeros, en las vísperas del fin de esta guerra. Habéis obedecido puntualmente mis órdenes y seguido al pie de la letra mis planes, y he aquí el resultado: ved al enemigo reducido a una centésima parte de lo que era, encerrado en un miserable fuerte que ya no puede ofrecer digna resistencia al empuje de nuestras armas. Desgraciados, ya no pueden esperar otra cosa que el exterminio. Pues bien, consumadlo. Tal es el premio que ofrezco a vuestra gallardía, a vuestro denuedo y a vuestras aptitudes para la lucha. No me preguntéis cómo llevarlo a cabo, no quiero saberlo; es cosa vuestra. Deseo apartar mis ojos de este sangriento final y, por otra parte, me temo que no he medido bien el esfuerzo que he tenido que realizar y siento que necesito un descanso, un largo descanso. Así que mañana, cuando me levante -que lo haré tarde-, quiero ver ondear nuestro estandarte en aquella torre. Eso es todo, caballeros. Buenas noches. No creo cumplir con mi deber de soldado si les deseo suerte, porque no la necesitan. Sin embargo, suerte, caballeros. Buenas noches.

La Fábula Décima de Juan Benet tiene dos finales. En el primero, el general, al ver que su ejército ha ganado ese último combate, exclama: No podía ser de otra manera. En el segundo, el general, al ver que su ejército ha sido derrotado por el enemigo, exclama: No podía ser de otra manera.

Cuando hace unos seis o siete meses todo el mundo supo que el Barça era el equipo que mejor jugaba al fútbol en España (y uno de los tres o cuatro mejores equipos de Europa), hubo quien empezó a mencionar el triplete como una posibilidad remota. Algunos decían que sí, que era factible. Otros no veían lógico que un novato como Guardiola consiguiera tal proeza en su primer año en el banquillo. Poco a poco se fueron deshaciendo las dudas. La famosa goleada al Real Madrid supo a victoria oficiosa en la Liga -confirmada un par de jornadas después- y la antesala del triunfo ante el Athletic de Bilbao en la Copa del Rey. Esos dos triunfos ponían al Barça ante la posibilidad de lograr lo que ningún equipo español había logrado hasta la fecha: conseguir tres grandes títulos en la misma temporada. Como en la fábula de Benet, faltaba la batalla final, la decisiva, y ni las enseñanzas impartidas por el entrenador ni la destreza de los futbolistas en el campo eran garantía de nada ante un monstruo como el Manchester United. Sin embargo, todos -hasta los más escépticos o los más reacios a señalar las virtudes del juego barcelonista- estábamos de acuerdo en una cosa: ganase o no, el Barça, este Barça, se merecía ocupar un lugar importante en la Historia. Porque en una final puede pasar cualquier cosa, y no siempre gana el mejor, pero lo cierto es que el fútbol -y me refiero aquí sólo al aspecto deportivo- se merecía desde hace tiempo a un equipo como éste. Finalmente, en la Ciudad Eterna se hizo justicia y el mérito ganó a la oportunidad y el Barça pudo levantar su tercera copa de Europa tres años después de aquella final de París contra el Arsenal. Fue una alegría, pero también un inmenso suspiro de alivio.

Aunque, en realidad, no podía ser de otra manera.

Rodar una novela

O el mundo se ha vuelto loco o resulta que mi reino no es de este mundo, y perdónenme la herejía. Leyendo hoy la prensa, me encontré con una fotografía de Manuel Gutiérrez Aragón -un cineasta al que respeto bastante- paseando por Mieres. Me sorprendió. Hace cosa de un año (quizá más), él mismo había anunciado que pensaba dejar el séptimo arte después de estrenar el largometraje Todos estamos invitados. No me esperaba que le diese por incumplir su palabra, o no tan pronto, y mucho menos que tuviese en mente rodar una película en mi pueblo, así que me puse a leer el reportaje con un tímido interés que no tardó en transmutarse en asombro: Gutiérrez Aragón no estaba en Mieres localizando exteriores para una película, sino para ambientar una novela que anda escribiendo (y que estará lista a finales del verano, según él, de lo que deduzco que ya estará casi casi finiquitada) y cuya acción, por lo visto, transcurre parcialmente en la cuenca del Caudal.

Estas cosas pasan. Un tipo famoso se va de vacaciones, se cruza con un periodista y éste convierte ese encuentro en noticia. A mí me tocó hacerlo varias veces cuando trabajaba en prensa diaria, y mis vergüenzas pasé por ello. Sin embargo, la cuestión no es ésa. El paseo de Manuel Gutiérrez Aragón (que venía acompañado, además, por un conocido productor de cine) salió reflejado en los tres diarios de Asturias (imagino que también en algunas de esas televisiones locales que sólo veo cuando hablan del Sporting) y se rubricó con un encuentro en el Ayuntamiento con el mismísimo alcalde, que le regaló no sé qué cosas y le invitó a presentar su novela en Mieres una vez que esté escrita y publicada.

No sé si todo esto me parece ridículo o hilarante, o las dos cosas juntas. Uno acepta que el cine agita mucho dinero y que si uno quiere mover su película tiene que promocionarla desde el minuto cero (guión, preproducción, rodaje, postproducción, estreno y así, cada una de estas fases con sus correspondientes presentaciones en sociedad y entrevistas y cuadernos de bitácora para que todos sepamos cuánto y cómo trabajan sus responsables), pero pensaba que la literatura, por ser un arte que no necesita de inversiones astronómicas (basta con un ordenador, o una máquina de escribir, o un papel y un bolígrafo), quedaba más o menos al margen de estas inmundicias. Uno escribe a su aire, publica un libro, da unas cuantas entrevistas, lo presenta, espera las críticas y ya está. Conozco a bastantes escritores que viajan y leen mucho mientras se documentan para escribir sus libros, y hasta ahora ninguno ha salido en los periódicos por ello, ni necesidad que tienen. Además, cualquiera que escriba sabe (lo dijo una vez Tobías Wolff: No hables de lo que escribes. Si hablas de lo que escribes tocarás algo que no debes tocar y eso se hará pedazos y no tendrás nada...) que no debe hablar más de lo necesario de lo que tiene entre manos si no quiere que acabe gafándosele. No sé quién tuvo la idea de promocionar la visita de Manuel Gutiérrez Aragón a Mieres (puedo imaginármelo, aunque prefiero callarme la boca), pero igual sin querer acaba sentando un precedente y a partir de ahora podemos ser testigos privilegiados de las exploraciones de cualquier ensayista por los anaqueles de bibliotecas polvorientas o de las visitas de ciertos narradores a los lugares que sobre el papel acabarán pisando sus personajes o de las apasionantes elucubraciones de cualquier poeta en busca del endecasílabo perfecto. Y por qué no. Ya que todo es espectáculo, ya que todos estamos dispuestos a lo que sea con tal de conseguir un becerro de oro al que adorar, hagamos también de la literatura un perfecto circo. Puede ser hasta divertido. Aunque en realidad dé asco.

martes 26 de mayo de 2009

A propósito de Cortázar

[Ayer se presentó en Barcelona Papeles inesperados, un libro que reúne varios textos inéditos de Julio Cortázar. Por ese motivo, desde El Comercio me pidieron que escribiese un artículo sobre él para apoyar la información al respecto. Como no soy un experto en la materia, ni siquiera crítico literario, no creí que pudiera aportar nada digno en ese aspecto, así que decidí escribir una reflexión acerca de las operaciones de rescate de inéditos de autores ya fallecidos. Lo que salió fue esto.]


(Re)volver

Uno nunca sabe cómo reaccionar cada vez que salen al mercado libros que recogen textos inéditos de un autor ya fallecido cuyos deudos deciden dar a imprenta material que en su día no tuvo otro destino que el olvido. De un lado, es inevitable sentir una curiosidad bien lógica hacia aquello que alguien como Julio Cortázar dejó para siempre en el cajón, bien porque decidió que no era digno de ver la luz o bien porque no tuvo tiempo de hacer las correcciones o modificaciones pertinentes; del otro, cabe preguntarse si al hacer público lo que debería seguir perteneciendo al ámbito de lo privado los deudos del escritor argentino no estarán contraviniendo sus últimas voluntades aprovechando la indefensión de quien ya no puede alzar la voz para mostrar su disconformidad ni echar un último vistazo a las galeradas antes de que esas frases que una vez quiso condenar al ostracismo, o poner en cuarentena, lleguen a ojos de los lectores.

A estas dos consideraciones habría que añadir, además, una tercera que no debe pasar inadvertida. Por muy bueno que sea el material incluido en Papeles inesperados, dudo mucho que esté a la altura de Rayuela, La noche boca arriba o Casa tomada, por citar sólo los tres elementos del corpus cortazariano que más me conmocionaron como lector. Es decir, ignoro hasta qué punto puede afianzar o mejorar la consideración de una obra que ya figura entre los grandes hitos de la literatura en lengua castellana del siglo XX. No creo que leer el capítulo desechado del Libro de Manuel o esos poemas inéditos o esas autoentrevistas vaya a suponer una revelación de ningún tipo -o un placer añadido, o un aumento o consolidación del placer que ya existía- para quienes ya disfrutamos, y mucho, con La vuelta al día en ochenta mundos o Último round.

Salvo raras excepciones -léase John Kennedy Toole o Franz Kafka, por citar dos casos extremos, aunque no guarden muchas similitudes-, revolver entre los papeles de los escritores muertos sólo ha servido para encontrar anotaciones, bocetos, esquemas de lo que pudo ser y acabó convertido en otra cosa distinta. Rescoldos de un trabajo silencioso y solitario que quizás deban permanecer siempre en la oscuridad en la que su responsable quiso que quedasen enterrados y que ahora quedan expuestos sin que él tenga siquiera la oportunidad de defender o repudiar sus propias palabras.

El Comercio, 26 de mayo de 2009

lunes 25 de mayo de 2009

Un fotógrafo entre escritores

El año pasado se cumplieron tres décadas desde que Daniel Mordzinski decidiera ganarse la vida haciendo algo tan descabellado como fotografiar escritores. Por ese motivo, durante el verano la Casa de América de Madrid acogió una exposición donde se mostraban unos cuantos de sus mejores retratos, según el criterio del propio artista. Como consecuencia, se ha publicado un volumen bien grueso que recoge todas las instantáneas que colgaron de las paredes del vetusto palacio de Linares (antaño poblado -qué ironía- por fantasmas, no sé si recuerdan...) y que propone un recorrido amplio y detallado por los rostros que ha venido teniendo la literatura en castellano desde la década de los setenta para acá. Por sus páginas van desfilando Miguel Delibes, Gabriel García Márquez, Jorge Luis Borges, Mario Vargas Llosa, Javier Marías, Julio Cortázar, Juan Gelman, Sergio Pitol, Manuel Vilas, Camilo José Cela, Ángel González, Francisco Ayala, José Manuel Caballero Bonald, Gonzalo Rojas, Roberto Bolaño... Y, entre tanto nombre ilustre, voy y me encuentro de pronto con esta fotografía:
Ángel de la Calle, que fue quien me enseñó el libro, recordaba perfectamente la escena: un viernes de julio de 2007, una hora antes de que comenzara la mesa redonda que David López, Ignacio del Valle, Ricardo Menéndez Salmón y yo protagonizábamos en la XX Semana Negra, terraza del hotel Don Manuel, con una inmensa tela negra colgando de una mampara para simular un fondo de estudio. Hace unos días, el propio Mordzinski me regaló una copia en papel de la foto, pero no llegó a decirme nada del libro. Menos mal: no habría tenido palabras para agradecerle el detalle, o el honor. Compra el libro sin falta, me dijo Ángel, y enséñaselo a tu padre para que te vea al lado de Borges y piense que al fin y al cabo no le saliste tan mal como él sospecha.

Pues eso.

domingo 24 de mayo de 2009

Entre goles y reencuentros

A José Luis Piquero (que llegó el viernes desde Huelva con Eva Vaz para participar en el Salón del Libro Iberoamericano) no le hacía ninguna gracia tener que tragarse un partido de fútbol, así que cuando nos vimos el sábado a mediodía y le comenté el plan que un grupo de amigos (un par de narradores, un par de poetas, un editor: todos gente de mal vivir) teníamos montado para la tarde-noche, no pareció muy convencido. De hecho, ni llegó a acercarse al Café Gregorio, por donde sí aparecieron Juan Carlos Gea -que se trajo a su niña-, Pablo Rivero, Álvaro Díaz Huici y Miguel Arrieta (que no sale en la foto, ocupado como estaba en la barra con su gin-tonic). Fueron casi dos horas de pánico. Sufrimos como animales. Disfrutamos como energúmenos.

Como suele ser habitual por estas fechas, Gijón se convirtió en el escenario de unos reencuentros previsibles y de otros inesperados. Los primeros los protagonizaron el fotógrafo Daniel Mordzinski -con quien, de forma totalmente casual, he acabado estableciendo una suerte de compromiso de intercambio artístico: yo le regalo mis libros y él me saca en sus fotos (y en el último retrato, el que me hizo ayer mismo, se superó)- y el dibujante Ángel de la Calle -a quien no veía desde el verano pasado y con el que ya pude hacer los primeros planes para este verano-. Los segundos los protagonizaron Miguel Rojo -que andaba pululando por allí como responsable (o corresponsable) de los encuentros poéticos del Salón- e Ignacio del Valle -no nos veíamos desde el verano de 2007, si no recuerdo mal, y tiene a punto de caramelo una nueva novela, Los demonios de Berlín, que llega estos días a las librerías-, a quien me encontré charlando con Eva Vaz, que también saca libro en unos meses, en un pub del paseo de Begoña.

No. A José Luis Piquero -él también va a sacar libro pronto, el próximo otoño- no le gusta el fútbol, pero el pobre tuvo que aguantar lo suyo. No por las muecas de disgusto que ponía cada vez que me miraba y se encontraba con la camiseta rojiblanca que me enfundé durante casi todo el día, sino porque a Miguel Rojo también le gusta y ayer era difícil no entrar en el tema, absorbidos como estábamos por la euforia provocada por el resultado de Pucela y la certeza de que estamos a sólo tres puntos de salvar el pellejo. No pienso contarle a nadie que he estado de copas con un tío que llevaba puesta la camiseta de un equipo de fútbol, dijo. Pues aquí tiene. Que lo desmienta...

Valladolid, 1- Sporting, 2

Estarán contentos el alcalde de Valladolid y el presidente del Real Ídem. Tras demostrar a lo largo de la semana sus escasas dotes diplomáticas y una obstinada cerrazón mental, el resultado de ayer ha hecho que ambos lleguen al domingo sumidos en el más patético de los ridículos. Y me alegro. Mucho.

La prensa de Valladolid dice que no dimos pie con bola, que fuimos un equipo deshecho, que no merecemos -eso se lee entre líneas- seguir en Primera. Lo que no menciona es que esta temporada el Real Valladolid se ha cruzado, entre Liga y Copa, cuatro veces con nosotros, y las cuatro le hemos zurrado a nuestro antojo. Igual eso quiere decir algo.

Lo bueno es que sólo falta un partido para que el suplicio termine. Lo menos bueno es que, viendo el salero que se traen últimamente Barça y Madrid, y teniendo en cuenta quién entrena al Osasuna, va a haber que ganarlo sí o sí.

jueves 21 de mayo de 2009

Microcosmos157: Qué feo

Cuando supe de la muerte de Mario Benedetti en Montevideo, recordé una anécdota que me contó el verano pasado Luis García Montero en Gijón. Sucedió a mediados de los ochenta del pasado siglo. El poeta granadino había coincidido con el escritor uruguayo en algún acto o banquete que se celebraba en no recuerdo qué rincón de Sudamérica. Con ellos se encontraba una tercera persona que había sido miembro de ETA en su día y que estaba allí en calidad de representante de la institución de la que formaba parte tras sucesivas reconversiones ideológicas y que era, a la postre, la encargada de encabezar la delegación española en aquel viaje al continente americano. En un momento dado de la cena, el tipo en cuestión -no recuerdo su nombre, pero sí que hoy ocupa un cargo de confianza en un partido político cuyas siglas no voy a escribir aquí y que nada tiene que ver con la izquierda abertzale- comenzó a hablar de su pasado junto a los independentistas vascos y se puso a justificar el asesinato de Yoyes. Montero contaba que en aquellos instantes todos los que estaban sentados a aquella mesa enmudecieron, y que sólo Benedetti abrió la boca para -una vez que el otro hubo terminado su parlamento y un espeso silencio anidaba entre los allí presentes-, con los ojos brillantes no se sabe si por el alcohol o la tristeza, decir muy suavemente, casi en un murmullo: Pero hombre, eso no. Matar a una compañera... Qué feo.

El dictamen resume muy bien, en el fondo y en la forma, quién fue Mario Benedetti y de qué manera eligió pasar por el mundo. Aunque los ochenta y ocho años sea una edad más que razonable para largarse al otro barrio -como le leí a una amiga hace poco en Internet-, siempre es un fastidio despedirse para siempre de alguien que, como él, supo rebelarse contra lo que no creía justo sin caer en el panfleto ni perderle el respeto a la palabra bien dicha. No fue el mejor poeta del mundo, puede que ni siquiera el más brillante de su generación, pero supo como nadie hablar al oído del lector, susurrarle de corrido esas pocas palabras temidas y esenciales que hacen que uno se descubra a sí mismo y vaya atisbando algunas cosas que quizás valgan la pena. Releo estos días los Poemas de la oficina y miro a mi alrededor, a este mundo donde el sur casi no existe y que parece haber perdido el norte, y no puedo menos que regresar al calor de los versos mientras, en silencio, asiento y doy la razón al tipo que hace muchos años me enseñó que la poesía no tenía por qué ser aburrida. Qué feo, Mario. Qué feo.

El Comercio, 21 de mayo de 2009

miércoles 20 de mayo de 2009

Lección de Literatura

Ocurrió hace bien poco, en un instituto de la ciudad en la que vivo. La profesora de Literatura puso a sus alumnos como lectura del trimestre una novela que salió publicada el año pasado y que quedó finalista en uno de esos premios de renombre. Una novela moderna, ágil, divertida. Una novela que la crítica ha señalado como una de las mejores de cuantas se publicaron en 2008. Una novela en la que, en medio de muchísimas otras cosas, se describe una escena de sexo, digamos, irreverente. Ahí estuvo el problema. A una de las alumnas (hablamos de adolescentes, pero de adolescentes ya talluditos) tal cosa le escandalizó, o le hizo gracia, o qué sé yo, y se lo comentó a su madre, quien no tardó ni medio segundo en acudir al centro de enseñanza para poner verde a la profesora y, de paso, pedir su cabeza ante el director, el jefe de estudios y el juez de guardia, si anduviera (o anduviese) por allí. Al parecer, poco tiempo antes la misma madre ya había protestado en una ocasión por un texto extraído de otra novela -ésta de un premio Cervantes- que su hija había tenido que analizar en casa como parte de sus deberes. En esa ocasión, la cosa no fue a mayores, pero su segunda irrupción sí tuvo consecuencias. La sangre no llegó al río, por suerte, y la profesora sigue a lo suyo, pero la niña, en vez de leer la novela que están leyendo sus compañeros, tiene que meterse entre pecho y espalda el Libro de Buen Amor, o La Celestina, o los Milagros de Nuestra Señora, o algo por el estilo.

Si hay algo que odio con toda mi alma, es a los guardianes de la moral. Y lo tengo mal, porque en estos tiempos aparecen detrás de la esquina más insospechada. Se trata de esa gente que sabe en todo momento qué hay que hacer, cómo y cuándo. Esa gente que siempre está ahí para decir lo que es correcto, lo que debe ser, y que no duda un ápice en reconvenir a cualquiera que no actúe conforme a sus dictados. En el ámbito de la literatura, esa gente suele dividirse en dos grupos, aunque alguno hay que está al mismo tiempo en los dos. En el primero formarían aquellos que gustan de calificar la obra de un autor en función de su ideología o de su estilo de vida (ya saben: rojos y fachas, alcohólicos y puritanos, virtuosos y pecadores) Son los que desprecian a Céline por nazi (pero que ni se han molestado en abrir su Viaje al fin de la noche) o los que jamás podrán descubrir la poesía de Rosales (porque siguen viendo en él al falangista que no hizo todo lo posible por salvar a Lorca) o quienes repudian el teatro de Brecht (porque era rojo y, por eso mismo, panfletario), por poner tres ejemplos muy simples y muy inteligibles. En el segundo encontramos a otros, si cabe, más peligrosos: los que deciden qué libros hay que leer o no en función de las enseñanzas que atesoren o los valores que pretenden transmitir (siempre según ellos, claro está). A este grupo pertenece -ya lo habrán adivinado- la madre de la que les hablaba antes. Quienes lo componen son insistentes, pero para su desgracia saben muy poco de Literatura. Si conocieran algo y hubiera que hacerles caso, tendríamos que prohibir terminantemente la lectura y el estudio de obras como El Lazarillo (incita al robo), La Regenta (al adulterio), La familia de Pascual Duarte (al asesinato), el Libro de Buen Amor (a la lascivia, la lujuria y a unas cuantas cosas más), La Celestina (al timo, a la delación, al crimen...), Lolita (a la pederastia), Edipo Rey (al parricidio) y hasta la mismísima Biblia (que contiene algunas de las historias más terribles, bellas y apasionantes que uno puede echarse a los ojos). Quizás les parezca bien El Quijote: ahí el protagonista se vuelve loco tras leer muchos libros. Supongo que la moraleja que ellos extraen de tal argumento (no hay que pensar mucho para intuir cuál es) les parece lógica y atinada.

A mí me parece muy bien que cada cual eduque a sus hijos según las convicciones o creencias que crea oportuno. Lo que no veo lógico -pero ocurre, y cada vez más- es que les cierren las puertas de la realidad condenándoles a que vean sólo lo que quieran mostrarles en casa y negándoles el conocimiento de otros mundos, de toda una escala de grises que separa el blanco del negro y que no hace más que enriquecer con matices el paisaje que cada uno va conformando en su cabeza. Los libros, por sí mismos, no son peligrosos. Se limitan a transmitir historias, ideas, reflexiones, que uno puede compartir o no. Lo que sí es peligroso es que esos libros se anatemicen, que acaben convertidos en armas arrojadizas por obra y gracia de gentuza que ve fantasmas donde sólo hay papel y tinta y adoctrinamientos donde, en la mayoría de los casos, únicamente hay anécdotas. Es un hecho que al poder no le interesa que las nuevas generaciones se aficionen a la lectura (no hay más que ver cómo se enseña ahora la Literatura y cómo se enseñaba hace, pongamos, veinte años) y que se hace lo que se puede para que España se convierta cada vez más en un país de subnormales. Si ahora resulta que todo Dios empieza a censurar esto o aquello según sus caprichos y a impedir que trabajen -lo poco que les dejan- los que de verdad saben del tema, la cosa puede alcanzar ya niveles desquiciantes y llegará un momento en el que acabemos estando en manos de auténticos descerebrados. Así que espero que les aproveche y que lo disfruten. Eso sí, a mí no me cogerán vivo.

martes 19 de mayo de 2009

Estancia

Sergio Gaspar (Checa, 1954), editor y contertulio en la distancia (sólo nos falta conocernos en persona para que podamos considerarnos amigos en la acepción más completa del término), acaba de publicar libro de poemas, el primero después de cuatro años sin dar nada a imprenta y el cuarto de toda su trayectoria. Se titula Estancia (DVD Ediciones) y se compone en realidad de dos poemarios -Estancia y Un día con Stevens- y de un relato -Enunciado- que según el autor forma parte de un libro más amplio que tal vez no publicará nunca.

Estancia, el poemario que da título al conjunto, nació como un intento de Gaspar por explicarse un trago tan difícil como es la muerte de una madre, fiel a su convicción de que escribir es suprimir palabras y añadir palabras. Permítanme que copie aquí unos versos, los últimos, del poema que abre el libro que construyen, de algún modo, una buena definición de lo que significa narrar.

(...)Ésta es la historia de esos días. La cuento
de la única forma en la que puede ser contada
una historia: a trozos, por metonimia,
ajustándome al dibujo de los seres, sabiendo
que cualquier vida se vive completa, instante
tras instante, expiración tras inspiración,
alimentándose y defecando, orinando y bebiendo,
pero ninguna vida logra ser contada en su totalidad.

Ésta es la ley del mundo, en un mundo sin legisladores.

Vivimos todo, pero contamos sus fragmentos.

Con Sergio Gaspar me ocurre algo raro. Desde la primera vez que hablamos por teléfono, un día después de que una llamada desde Mérida me comunicase que había ganado el Juan Pablo Forner, supe que nos entenderíamos bien. No me pasa con demasiada gente. He creído entender por qué hace unos minutos, cuando me eché a los ojos las líneas que cierran el último capítulo (en realidad una addenda explicativa) de Estancia:

No sé gran cosa de mí. Creo que he estado siempre en el lugar equivocado, como este prólogo: en mi conciencia.

Cómprenlo. Léanlo.

lunes 18 de mayo de 2009

Tania Head

Esta fotografía se tomó en mayo de 2002, en la fiesta de primavera de la residencia de estudiantes en la que viví durante mis cuatro años en Salamanca. Aparezco más o menos en el centro, entre Jesús (a mi izquierda) y Emilio (a mi derecha). Ellos dos, junto con Roberto (primero por la derecha) y Carlitos (segundo por la izquierda), fueron mi pandilla de los tiempos estudiantiles.

Como suele pasar con estas cosas, al dispersarnos perdimos el contacto. Coincidí con Roberto y Jesús en León, allá por 2005. A Carlitos no he vuelto a verlo.

A Emilio sí me lo he encontrado algo más, sobre todo porque tras licenciarse en Historia del Arte se volvió a Madrid y suelo llamarle cada vez que, por una u otra cosa, tengo que viajar a la capital. Estuve por última vez con él hace casi un año, en el mes de julio pasado, y estaba a punto de casarse. Parece que va a ser papá dentro de unos meses. Supongo que hay que darle la enhorabuena.

El caso es que hace unos días me llegó, vía Facebook, una invitación a un concierto de un grupo del que nunca había oído hablar.


Resulta que el mismo año en el que se tomó la foto, Emilio, Jesús y yo habíamos formado un grupo de ocasión con el que actuábamos en directo en las fiestas de la residencia. En realidad, ellos tocaban y cantaban y yo aporreaba los teclados como buenamente podía (es decir, mal). Tocábamos versiones -algunas muy dignas- y bueno, lo pasábamos bien. Luego Emilio se volvió a Madrid, Jesús se quedó en Salamanca (luego supe que andaba trabajando por Qatar, cosas de la movilidad) y yo regresé a Asturias y sólo he ido sabiendo de ellos de cuando en cuando, de Emilio directamente y de Jesús, por lo normal, a través de Emilio. Cotilleando un poco en el Facebook, descubrí que el susodicho grupo es la banda que ahora han formado ambos con otros tres chavales, todos de Madrid, y después de tanto tiempo he podido volver a verles en acción en una foto. Ésta:


Me ha gustado verles ahí, a lo suyo (y en lo suyo), como siempre. No han cambiado nada, los cabrones. Y seguro que tocan hasta mejor que antes (aunque Jesús siempre fue un hacha con la guitarra, y Emilio era capaz de sacar cualquier cosa con el bajo). Y ojalá les vaya todo lo bien que pueda irles. Espero que, al menos, el éxito les llegue para pegarse una gira que les traiga por Gijón, a ver si así tengo la suerte de verlos en directo. E igual hasta me animo a subir a cantar algo con ellos. Como en los viejos tiempos.

domingo 17 de mayo de 2009

Mario Benedetti (1920-2009)


El sur también existe

Con su ritual de acero
sus grandes chimeneas
sus sabios clandestinos
su canto de sirenas
sus cielos de neón
sus ventas navideñas
su culto de dios padre
y de las charreteras
con sus llaves del reino
el norte es el que ordena

pero aquí abajo abajo
el hambre disponible
recurre al fruto amargo
de lo que otros deciden
mientras el tiempo pasa
y pasan los desfiles
y se hacen otras cosas
que el norte no prohíbe
con su esperanza dura
el sur también existe

con sus predicadores
sus gases que envenenan
su escuela de chicago
sus dueños de la tierra
con sus trapos de lujo
y su pobre osamenta
sus defensas gastadas
sus gastos de defensa
con su gesta invasora
el norte es el que ordena

pero aquí abajo abajo
cada uno en su escondite
hay hombres y mujeres
que saben a qué asirse
aprovechando el sol
y también los eclipses
apartando lo inútil
y usando lo que sirve
con su fe veterana
el sur también existe

con su corno francés
y su academia sueca
su salsa americana
y sus llaves inglesas
con todos sus misiles
y sus enciclopedias
su guerra de galaxias
y su saña opulenta
con todos sus laureles
el norte es el que ordena

pero aquí abajo abajo
cerca de las raíces
es donde la memoria
ningún recuerdo omite
y hay quienes se desmueren
y hay quienes se desviven
y así entre todos logran
lo que era un imposible
que todo el mundo sepa
que el sur también existe

Sporting, 2- Málaga, 1

Cuando nos comportamos como un equipo serio, las cosas acaban saliendo. Espero que la seriedad nos dure hasta dentro de dos domingos. Como poco.

[Y gracias a Rosario, el defensa más caballeroso que ha pasado por El Molinón esta temporada].

sábado 16 de mayo de 2009

Carlos Castilla del Pino (1922-2009)

Cuando no puedes hablar de todo lo que debes hablar, estás enfermo. Y eso fue lo que pasó en la sociedad española. Se optó por el no pasa nada, por el nunca pasa nada.

jueves 14 de mayo de 2009

Microcosmos156: Cuestión de fe

Hace casi un año abandoné los temas con los que suelo comparecer en esta columna para dar rienda suelta a lo que no era más que el desahogo provocado por una euforia que estaba a punto de desatarse tras una década de miserias, así que en estos días en los que el destino ha querido que nos encontremos ante una incertidumbre similar, pero en sentido inverso, casi entiendo que es mi deber -ahora que faltan tres domingos para dilucidar de una vez si saldremos o no de ésta y por lo tanto no hay nada decidido, aunque todos nos vayamos preparando para la peor de las posibilidades- ponerme otra vez la camiseta y decir que, pase lo que pase a finales de mes, seguiré prefiriendo las goteras de El Molinón a las suntuosidades del Nou Camp o el Bernabéu, los alrededores del río Piles a las ciudades deportivas, la ingenua y desmesurada alegría de los pobres a la sonrisa soberbia de quienes ya lo dan todo por ganado. Me hice del Sporting cuando en el colegio constaté que todos los chulitos de mi clase iban con el Oviedo, y desde entonces hasta ahora he visto cómo jugábamos una promoción de infarto contra el Lleida, cómo perdíamos derbis sospechosamente (aquel maldito Carmona Méndez) o cómo protagonizábamos el descenso más humillante de la historia de la Liga para goce y disfrute del obtuso y montaraz rival del sur. También me tocó sufrir vergüenza ajena ante los tejemanejes (grabados con cámara oculta y televisados, para mayor escarnio) de ciertos directivos indignos de tal nombre y perderme de vez en cuando por las 625 líneas del teletexto hasta dar con el resultado que habíamos cosechado en campos de cuyos nombres no quiero acordarme, y eso por no hablar de los apellidos de aquellas perlas del Este que nos fueron llegando en unos años más bien infames. Demasiadas cosas son como para que un vulgar descenso venga ahora a arredrarme, sobre todo si hablamos de un equipo que (siempre lo supimos) no es ni mucho menos perfecto y de un entrenador que (hay que reconocerlo) ha hecho lo que buenamente ha podido tirando de lo que tenía, que era bien poco.

Si conseguimos mantenernos, tendremos una línea más para añadir a nuestra maltrecha leyenda épica. Si caemos al pozo, tarde o temprano acabaremos saliendo. Al fin y al cabo, no hay mal que cien años dure. Y peor están los del Oviedo.

El Comercio, 14 de mayo de 2009

miércoles 13 de mayo de 2009

En recuerdo de Antonio Vega

[Ayer por la mañana, un par de horas después de conocer la noticia de la muerte de Antonio Vega, la jefa de Cultura de El Comercio me preguntó si me apetecía escribir algo en su memoria. Le contesté que sí, aunque no sabía muy bien cómo contar todo lo que iba pasando por mi cabeza. Al final, lo que salió fue esto]


Huérfanos

Uno no percibe la importancia de ciertas cosas hasta que se percata de que no puede referirse a ellas sin hablar de sí mismo. Me dicen que ha muerto Antonio Vega e inevitablemente recuerdo a Emilio pinchando una y otra vez los discos de Nacha Pop en su habitación de la residencia de estudiantes donde ambos vivimos en Salamanca, y los largos paseos por Malasaña junto a Sofía en pos de los resquicios de la Movida, y aquellas conversaciones en La Sucursal con Víctor a propósito de Océano de sol o De un lugar perdido, y el mensaje que me mandó Rocío al móvil una mañana de hace años (Estuve anoche en el Penta y me acordé de ti) y que tanto me gustó recibir, y también otras muchas cosas que no han dejado de pasar por mi cabeza a lo largo de esta mañana tan fría y que el pudor me impide poner por escrito.

Se ha muerto Antonio Vega y sólo se me ocurren vacuidades a la hora de evaluar los significados de su obra, burdos tópicos que estos días se repetirán más de la cuenta y que tampoco dirán nada esencial porque todos sabemos ya de sobra que quien acaba de irse era uno de los mejores compositores que ha dado la música española en estas últimas décadas.

Se ha muerto Antonio Vega y me veo incapaz de explicar por qué estoy tan jodido, por qué me apena tanto la desaparición de alguien a quien nunca conocí y al que, por no ver, ni siquiera vi en directo.

Se ha muerto Antonio Vega y sólo soy capaz de recordar los versos de sus canciones, esos islotes de belleza que emergían de una vida en el abismo para calentar almas y corazones de quienes tuvimos la suerte de echárnoslas a los oídos y que por fortuna seguirán ahí para brindar de cuando en cuando una posibilidad de tregua, un efímero consuelo, un arma con el que darle un corte de mangas al destino.

Poco es, pero es algo. Acaba de llamarme Ángel. Me pregunta si me ha llegado una cosa que tenían que enviarme sus compañeros de la radio. Le digo que sí, y le comento que me han encargado un artículo sobre Antonio Vega y que, la verdad, ando tan desnortado que no sé muy bien qué escribir. Di sencillamente que hoy somos muchos los que nos hemos quedado huérfanos.

El Comercio, 13 de mayo de 2009

martes 12 de mayo de 2009

Se ha muerto Antonio Vega

Y yo, claro, he tenido que ponerme a escuchar esta canción:

La inspiración y el estilo

Yo no soy capaz de descubrir en el artista español -el escritor, en particular- del siglo XVI en adelante una absoluta compenetración con su país. Me he referido antes a una bastante generalizada incompatibilidad de ese hombre para con un Estado cuyas empresas nunca llegó a ver del todo claras, pero que el español, celoso de su seguridad y despectivo como nadie a una formulación doctrinaria de aquella postura de disentimiento, jamás se preocupó de manifestar sino haciendo uso de aquellas metáforas y retruécanos que tan diestramente aprendió a utilizar. Yo no veo en el horizonte de nuestras letras ningún Schiller, ningún Milton, ningún Kleist, ni un Stendhal ni un Tolstoi, esos hombres que -cualquiera que sea su estatura artística- aparecen siempre fundidos en una sociedad y compenetrados con una aventura colectiva de la que extrajeron la mejor inspiración para cantar lo único que les merecía un verdadero respeto.

Juan Benet

Nota: La fotografía, bien reconocible para cualquier lector de Benet, me la regaló Francisco García Pérez para ilustrar con ella mi artículo Territorios de penumbra, que aparece publicado en el último número de El Súmmum.

domingo 10 de mayo de 2009

Almería, 3-Sporting, 1

Cuando el Barça nos calcó seis goles en El Molinón, publiqué un artículo en El Comercio en el que hablaba de la poca elegancia que había tenido el equipo de Guardiola al vacilar de esa manera a un equipo claramente inferior.

Esta tarde, los jugadores del Almería -un equipo que ya está salvado y que no se jugaba nada- fueron de todo menos caballerosos. Se merecen la permanencia porque se lo han currado, pero no se merecen ningún respeto, porque han demostrado que ni siquiera saben ganar.

sábado 9 de mayo de 2009

José Emilio Pacheco, premio Reina Sofía

El verano pasado, durante la Semana Negra, tuve ocasión de compartir fabada, cafés y alguna copa con José Emilio Pacheco (México DF, 1939), considerado por muchos el mejor poeta actual en lengua castellana. Pese a su aparente seriedad y a su fama de inaccesible (apenas concede entrevistas, y no se prodiga mucho en apariciones públicas), resultó ser un tipo encantador, humilde, amabilísimo. Y un conversador excepcional. Le cogí cariño, y por eso me ha alegrado tanto saber que le han dado este año el Premio Reina Sofía en reconocimiento a toda su trayectoria.

Paisaje

Aquí riman las ramas.
Su verdor es su música.
El arte de la sombra lo pone el sol al filtrarse.
El viento es la pintura de lo que ya no será.
Todo está vivo en el museo de un segundo.
La tierra no volverá nunca a ser
la plenitud que fue en este instante.

viernes 8 de mayo de 2009

ElSúmmum32

Sólo lleva unas pocas horas colgada en Facebook y la portada del último número de El Súmmum ya ha hecho furor. Se trata de una de las imágenes de la serie Milkabout, del fotógrafo Fernando Bayona. A ambos (serie y artista) les dedica un buen artículo Henrique G. Facuriella, con abundantes ilustraciones y una maquetación más que esmerada a cargo del inefable Eduardo Carruébano.

Pero no son los únicos atractivos de esta nueva edición de El Súmmum. También valen (mucho) la pena la entrevista que Lino G. Veiguela le hace al poeta Francisco Alba y la conversación que mantienen los escritores Chus Fernández y Ramón Lluís Bande a propósito del último libro de este último, Les habitaciones vacies (Ámbitu). Se incluyen, además, textos de creación de Hilario J. Rodríguez, Marta Mori y Moncho Martínez Castro, e interesantes análisis sobre temas tan variados como la obra de Irvine Welsh (José Luis Argüelles), la trayectoria de José Ignacio Lapido (Víctor Vila), lo último de Depeche Mode (Víctor Rodríguez) o la Revolución de los Claveles (Diego Díaz).

Yo, por mi parte, contribuyo a la causa con un artículo bastante extenso a propósito de Juan Benet y la reedición de su obra novelística. Espero que lo disfruten.

Ya saben que si no la encuentran en los puntos de distribución habituales, pueden descargársela aquí.

Microcosmos155: Esa gente oscura

Uno procura pasar de largo por determinadas cosas -en parte por higiene, pero también porque no llegan a interesarle demasiado- y hacer como que no ve o no se da por enterado de ciertas actitudes que, de tan groseras y zafias, rara vez consiguen pasar inadvertidas en el batiburrillo que cada uno arrastra consigo en su día a día. Me refiero a los usos y costumbres de ciertos individuos que, lejos de ocuparse exclusivamente de lo suyo y afanarse en las tareas que buenamente les corresponden, ocupan una parte importante de su tiempo en vigilar los quehaceres de los demás y aguardar a que algo les haga destacar siquiera un centímetro por encima del resto para afilar las garras y lanzarse a sus yugulares con una ferocidad no exenta de cierta alevosía. No hablo por hablar. Hace unas semanas tuve que sufrir en mis propias carnes la inquina de uno de esos personajes, y estos días es un buen amigo quien anda soportando unas injurias inmerecidas que han ido a caerle encima sin razones ni argumentos, sólo por el hecho de ser él y no otro, por el pecado de ocupar en estos momentos un lugar que su recién adquirido enemigo anhela y al que no ha sido capaz de llegar por sus propios méritos.

La mediocridad es la que actúa, en este caso -y en otros tantos de los que sin duda alguno de ustedes también ha sido víctima-, como acicate contra la virtud ajena, y en ese aquelarre de envidias mal disimuladas y odios innecesarios los que dan lo hacen a sabiendas de que aquellos que reciben los golpes sólo podrán responder entrando al trapo de un juego sucio y nada caballeroso, enfangados por la mierda que diseminan por sus alrededores quienes, por no tener, ya no tienen ni una mínima dignidad a la que aferrarse. Ésa es, sin embargo, su mayor debilidad: no son nadie, y lo saben. Como saben también que podrán desperdiciar sus tristes vidas escupiendo insultos estériles, lanzando acusaciones falsas o sembrando de ignominia cuanto hallen a su paso sin que nadie se moleste en dejarles en evidencia, porque en el fondo -y no sé si por suerte o por desgracia- a nadie importa lo que diga, opine o sueñe esa vulgar, torpe, gris, oscura gente.

El Comercio, 7 de mayo de 2009

jueves 7 de mayo de 2009

Tu fe nunca decaiga...

Seguramente sea la mayor freakada que he hecho nunca, pero me lo pusieron tan a huevo, y me hizo tanta gracia... Que no pude negarme.

Sólo espero que dentro de un mes no tenga que tragarme esas palabras...

Posdata: La foto es del gran Joaquín Pañeda.

De lo que se entera uno...

Revisar teletipos a primera hora de la mañana es un trabajo algo tedioso, pero también da sorpresas de cuando en cuando. En la página de Europa Press me he encontrado con una noticia de ayer mismo relativa al fin del plazo de presentación de originales para el XIII Premio de Novela Juan Pablo Forner. El texto, que lleva por título Un total de 360 trabajos concurre a los Premios Literarios de Novela y Poesía de la ciudad de Mérida, dice en uno de sus párrafos lo siguiente:

En cuanto a la edición de 2008, Fuster señaló que la novela Los últimos días de Michi Panero del ganador del XII Premio de Novela Juan Pablo Forner, Miguel Barrero, "está agotada" y destacó que el autor está "muy agradecido" con los premios porque "a él le ha supuesto un bagaje importante".

Y bueno, pues la verdad es que -aunque Fuster [concejal de Cultura del Ayuntamiento emeritense] no me llamó para preguntármelo- sí estoy muy agradecido, tanto por el premio como por el trato que recibí en Mérida cuando estuve allí en diciembre del año pasado, y sí es verdad que el Juan Pablo Forner ha supuesto un bagaje importante, así que no tengo nada que objetar a esas declaraciones inventadas (tampoco lo son del todo, algo parecido dije cuando estuve allí) . Y además, es la primera vez que agoto una edición. Así que el jueves, de momento, empieza bien.

martes 5 de mayo de 2009

'Los últimos días de Michi Panero': Quimera

Miguel Barrero
Los últimos días de Michi Panero
DVD. Barcelona, 2009

Es un hecho que la peripecia vital de los hermanos Panero ha quedado para siempre ligada a El desencanto (1976), la mítica cinta en la que Jaime Chávarri retrató, más bien hizo retratarse, a los hijos de Leopoldo Panero, y con ellos a toda una generación. Miguel Barrero agrega esta nueva pieza al puzzle creativo que parecen convocar los tres hermanos, y lo hace centrándose en el menor de ellos, Michi, el más personaje de todos, artista sin obra e icono de la noche madrileña de la transición. El joven Miguel Barrero (Oviedo, 1980) sale airoso de semejante reto creando un personaje, el escritor Ricardo Estrada, que será tanto el testigo, como la réplica de las vicisitudes de los Panero. Más que una historia literaria y social de la España de la transición, es la historia de una obsesión, pero una en la que nos hemos reflejado todos de una u otra manera.

Texto: M. G. R.
Fuente: Revista Quimera, mayo de 2009.

lunes 4 de mayo de 2009

Paletos y garrotazos

Se lo leí una vez a Pérez-Reverte: Lo que los españoles sabemos hacer como nadie es salir en los cuadros de Goya. Lo que sucede es que mientras unos hacemos lo posible por alejarnos todo lo que podemos del prototipo hispánico que el genio aragonés dejó inmortalizado en sus lienzos, los hay que no dejan de hacer méritos para asemejarse a los personajes de esas obras en las que también quedó reflejada la idiosincrasia de una nación vieja, arruinada, decadente, que sólo podía caminar en pos de su propia destrucción. La Riña a garrotazos, la pintura en la que dos hombres se muelen a palos en medio de un paisaje yermo y desolado, es desde hace tiempo, y por desgracia, la metáfora perfecta de un lugar, el nuestro, donde el reloj parece haberse detenido para demasiadas cosas. El insigne Antonio Machado escribió mucho acerca del cainismo en las primeras décadas del siglo XX. Cien años más tarde, el cáncer sigue creciendo. Y si hablamos del ámbito literario, la cosa puede llegar a alcanzar cotas desquiciantes.

El pasado 22 de abril, Ricardo Menéndez Salmón publicó en El Comercio un artículo donde hablaba de dos cosas: el desconocimiento que las autoridades asturianas tienen de lo que está ocurriendo aquí y ahora en materia literaria y la existencia de un grupo de escritores que, en mayor o menor medida, hemos tenido un éxito relativo en estos últimos años. El caso es que esta mañana, hojeando un semanario ovetense, me encontré con un artículo cuyo autor no voy a mencionar (ya lo adivinarán sin problemas la mayoría de los lectores de esta bitácora, supongo) y que dice en uno de sus párrafos lo siguiente:

El paleto de rigor dice o escribe que aquí en Asturias hay diez escritores, sólo diez escritores, y los cita uno por uno. Otro menos paleto, pero igual de absurdo, dice que no hay 10 sino 25, y los compara con el Boom Leonés (todos con más de 70 años, si sabe algo de ese Boom, cuatro académicos, etc). Yo he dicho hace poco en un foro público que en Asturias hay tres millones de escritores, porque cada habitante firma con tres pseudónimos (sic.). ¿Qué más da cuántos haya, temen acaso perder la hegemonía unos cuantos o una invasión del reinado?. (sic.) Qué vulgar y qué aldeano eso de citar impunemente, como lo que es, vano acopio de prensa rosa, ego desmedido. Enrojecí leyéndolo, escuchándolo, no porque yo no saliese en la lista de Schindler, sino por todos los que se dejan fuera y en los más variados géneros, ciegos de sí mismos. Es bueno que pasen estas cosas, no obstante, para que el río se revuelva y todos sepamos frente a quien estamos. Si tan centroeuropeos son, y tan mal a gusto están aquí, yo no entiendo por qué no se van, sería lo lógico. Dejar de escribir en provincias y pasar a contar todos los escritores que hay en París, en Milán, en Zúrich, para otra lista cojonuda de las suyas. Nada nuevo: el resentimiento u odio acumulado durante años de negrura literaria emerge como acné. Y esto, a los 40 o 50. Patético.

Ya que en el artículo en cuestión se insulta a dos personas sin motivo alguno, y ya que en él se sueltan algunas perlas que -lo confieso- han conseguido sacarme de quicio, y ya que yo sí estaba en esa lista de Schindler (no voy a comentar nada sobre tan sagaz metáfora), sólo quiero contestar algunos puntos. A ello me pongo:

a) El paleto de rigor dice o escribe (...). Otro menos paleto, pero igual de absurdo (...) El adjetivo paleto dice de una persona que es rústica y zafia o que anda falta de trato social. Dado que se refiere a dos escritores -Ricardo Menéndez Salmón y Manuel García Rubio- que tienen a sus espaldas unas trayectorias más que solventes (y a las bibliotecas y librerías me remito) y nada absurdas ni zafias, y que además son dos perfectos caballeros en el trato personal -y bien sociables, doy fe (pero ni siquiera sé si el autor del artículo ha llegado a conocerlos)-, su arranque no puede ser más desafortunado. La primera, en la frente.

b) (...) dice que no hay 10, sino 25, y los compara con el Boom Leonés (...) En primer lugar, no eran 25, sino 20. En segundo lugar, García Rubio no comparó a unos autores con otros, sino el trato que las instituciones de una y otra tierra dan a sus autores. Para entenderlo no había más que leer el artículo de Menéndez Salmón con un poco de atención.

c) Yo he dicho hace poco en un foro público que en Asturias hay tres millones de escritores, porque cada habitante firma con tres pseudónimos. Al margen del sinsentido de la boutade, todavía estoy tratando de averiguar qué significa la palabra pseudónimo. En el Diccionario de la RAE no consta. Podría hablar también de la pertinencia de utilizar la autocita como argumento de autoridad, pero para qué...

d) (...) sino por todos los que se dejan fuera y en los más variados géneros (...) Manuel García Rubio no dio nombres. Ricardo Menéndez Salmón sí, y aclaró que hablaba exclusivamente de novelistas, así que el asunto de los géneros queda más o menos claro. En cuanto a los que quedan fuera y los que no, cada uno puede seguir el criterio que le venga en gana. Faltaría más.

e) Si tan centroeuropeos son, y tan mal a gusto están aquí, yo no entiendo por qué no se van, sería lo lógico. En Menéndez Salmón son bastante evidentes en casi todos los casos, pero no se puede decir que los libros de García Rubio denoten una clara influencia centroeuropea (y por cierto, ¿París y Milán son ciudades centroeuropeas?). Por otra parte, resulta gracioso que diga eso quien se ha desgañitado en no pocos artículos (éste es uno de ellos, al fin y al cabo) criticando las mezquindades de este rincón norteño. Recuerdo con especial simpatía uno en el que cargaba contra la política de subvenciones a la creación literaria que anualmente concede la Consejería de Cultura. Subvención que, por cierto, a él le fue denegada.

Sólo añadir una cosa. Pese a que el autor del artículo considera aldeano andar citando impunemente, él mismo viene haciéndolo desde hace años. Lo hace en este artículo, aunque de forma implícita. Lo hizo en otros anteriores. Lo seguirá haciendo. Y le irá bien, porque si algo tiene garantizado es la impunidad. Para su desgracia, a nadie le va a cambiar la vida lo que él diga o deje de decir. Qué más quisiera...


domingo 3 de mayo de 2009

Cuarenta años sin conjura

Se cumplen cuarenta años del suicidio de John Kennedy Toole (Nueva Orleans, Luisiana, 1937-Biloxi, Mississippi, 1969), el escritor al que la mala suerte y el rechazo condujeron a quitarse la vida sin haber visto publicado un solo folio. Toole se graduó en la Universidad de Tulane, hizo un graduado superior en la Universidad de Columbia y más tarde fue profesor ayudante de inglés en la Universidad del Suroeste de Luisiana. Tras servir dos años en el Ejército de los Estados Unidos, regresó a Nueva Orleans con sus padres. Por esas fechas ya había empezado a escribir La conjura de los necios.

La historia cuenta que Toole envió su manuscrito a la editorial Simon and Schuster para ver cómo su responsable se la rechazaba argumentando que la novela no trataba realmente de nada. Poco a poco fue perdiendo toda esperanza de verla publicada, y un día decidió poner fin a sus días conectando uno de los extremo de una manguera al tubo de escape de su coche e introduciendo el otro por la ventanilla del conductor.

Su madre -hay quien ha dicho que ella tuvo parte de culpa del carácter depresivo que parecía tener el escritor- no quiso que su obra desapareciera. Contactó con el también escritor Walker Percy y, tras mucho insistir, consistió que éste la leyera y descubriese todo lo que había en aquellas páginas. La conjura de los necios acabó publicándose en 1980, once años después de la muerte de su autor. En 1981 recibía el premio Pulitzer.

Si no la han leído, léanla, porque el editor de Simon and Schuster se equivocaba. La novela sí trata de algo: trata de las luces y las sombras del ser humano, exhibidas en un retrato lleno de amargura pero en el que también hay sitio para la resignación. Y es, además, una novela divertidísima si uno la abre dispuesto a pasear al lado de Ignatius J. Reilly, ese gordo nostálgico que añora la moral del Medievo y que, convencido de la necesidad de rendirse ante las exigencias del mundo capitalista, decide salir a la calle en busca de trabajo.

Sporting, 1-Athletic, 1

Por primera vez en esta Liga, ni ganamos ni perdimos. Lo cual no es el peor de los casos, pero tampoco lo que más nos conviene.

Dicho esto, sólo puedo añadir una cosa (bueno, son varias) respecto al partido de esta tarde. El rival no fue el Athletic, sino el árbitro. Uno no sabe si es verdad eso que se cuenta de que Villar anda metiendo presión para que los bilbaínos no sufran y que Díaz Vega hace todo lo que puede para que se hunda el Sporting. Lo único que sé es que el árbitro de esta tarde, un tal Teixeira Vitienes, es un anormal, o un delincuente, o un vendido, o un analfabeto funcional, o un aborto escapado en mala hora de la probeta donde tendría que estar pudriéndose, o todas esas cosas a la vez. No quiero con esto atenuar nuestros errores, que los tuvimos (el principal, encajar un gol en el último minuto de la manera de la que lo encajamos), sino preguntarme cómo es posible que un señor que tiene licencia para juzgar lo que ocurre en la que se supone que es una de las mejores Ligas del mundo sea incapaz de ver faltas tan clamorosas (algunas en plena área) como las que vimos todos. O le dieron algún tipo de consignas en los vestuarios o resulta que es imbécil por naturaleza.

Y un añadido: al terminar el partido, en los alrededores de El Molinón, me encontré con Ricardo Menéndez Salmón, que cada lunes escribe una crónica futbolero-literaria en El Comercio. Le pregunté qué le había parecido. No pudo decirme nada. Creo que es un buen resumen de lo que ocurrió esta tarde en el estadio.

sábado 2 de mayo de 2009

El triunfo del fútbol


Sólo hablo aquí de fútbol los domingos, después de los partidos del Sporting, pero el día de hoy se merece una excepción. Tampoco sé muy bien por qué. Hace muchos años, yo debía de andar por los ocho o los nueve, me encontré a mi padre en el salón con la tele encendida. Iba a empezar una eliminatoria de la Copa del Rey. Jugaba el Barcelona contra el Madrid. ¿Tú con quién vas?, le pregunté. Con el Barcelona, respondió, porque estos del Madrid lo ganan todo.

Supongo que aquel día empezaron mis simpatías por los blaugranas (y puede que también por las causas perdidas, pero ése es otro tema), aunque no cristalizarían hasta unos años más tarde. Y en mala hora. Me hice públicamente del Barça tras la euforia de la Copa de Europa y las cuatro ligas de Cruyff, y me tocó iniciarme en esto soportando los resabios de Valdano y la prepotencia renacida de una hinchada que siempre ha gustado de sacar a pasear las glorias del pasado (esos famosos torneos europeos -que no eran, ni mucho menos, la Liga de Campeones de ahora-, esos nombres totémicos que tan bien quedan en los panteones, esa retórica rancia y caduca que huele más a mausoleo que a otra cosa) cada vez que tenían que torear las inclemencias del presente. Así las cosas, pude ver al Madrid ganar unas cuantas ligas y constatar que, por muy campeón que fuera, ese estatus no se correspondía necesariamente con su juego. Y mucho menos con su elegancia. Por mucho que digan los entendidos en esto (y por entendidos me refiero sobre todo a los cronistas y apologistas del Marca, que gustan de autoerigirse en la quintaesencia de todos los madridismos posibles), el Madrid, al menos el Madrid que yo he conocido, siempre ha tenido muy poca o ninguna clase, salvando casos muy concretos y excepcionales (Casillas o Zidane, por poner dos de los más recientes), y si algo le ha faltado ha sido temple para aceptar tanto las derrotas propias como la superioridad del adversario, cuando la tuvo.

Por eso me ha alegrado tanto la victoria de esta tarde. Por eso y porque nada más terminar el partido llamé a mi hermano y estaba feliz, y me llamó mi padre y estaba igual, y aunque los tres andamos más pendientes de lo que pueda hacer mañana el Sporting ante el Athletic de Bilbao, cada uno de los seis goles que el Barça le metió esta tarde al Real Madrid en el Santiago Bernabéu, en pleno corazón de La Castellana, vino a significar una suerte de reparación histórica, una demostración de que el talento siempre estará por encima de la casta, de que por muchas ganas que uno ponga a las cosas, es necesario tener las ideas claras de antemano para poder conseguir aquello que uno busca. Porque quedó demostrado que -como ya escribí aquí una vez- el Madrid no juega al fútbol, sino que lo perpetra, mientras que el equipo de la Ciudad Condal sabe muy bien qué teclas hay que pulsar en cada compás del pentagrama. Esta tarde no sólo ha ganado el Barcelona. También lo ha hecho el fútbol de verdad, el que emociona, el que conmueve. El que hace que de vez en cuando sea posible olvidar toda la mierda que rodea a los clubes y sus miserias para fijarse durante noventa minutos en lo que realmente importa. Esta tarde el Barça ha dado una lección. Y lo siento por los del Marca. Y por mis amigos madridistas (alguno tengo, e incluso uno de ellos estuvo viendo conmigo el partido). Tendrán que ir comprando toneladas de Almax para poder digerir esto. Y, aún así, les costará lo suyo. Que se chinchen.

Y mañana, pase lo que pase, hablaremos del Sporting...