
Recuerdo la primera vez que pisé El Molinón. Fue en la antesala del verano de 1995. Aquel era mi primer año de instituto y coincidió en el tiempo con la explosión del Madrid de Valdano y el principio del fin de la era Cruyff en el Barça. El Sporting se había pasado toda la temporada coqueteando con los puestos de descenso y llegó al final empantanado en los de promoción. Nos la jugábamos contra el Lleida, y después de que la ida concluyese con un empate a dos, conseguí permiso (y compañía) para viajar de Mieres a Gijón a ver el partido de vuelta. Estuve en lo alto del fondo norte con mis primos Juanjo y Carlos -hoy dos afamados jugadores de balonmano-y, en medio de un estadio lleno hasta la bandera, presencié una victoria agónica (3-2) que nos permitió seguir un año más en Primera. Todavía recuerdo la larga caravana de coches que se formó tras el partido a lo largo del Muro, todos con banderas y bufandas del Sporting y haciendo sonar el claxon como si acabásemos de ganar la Copa de Europa. Aquella no fue sólo la primera vez que entré a El Molinón. También era la primera vez que pisaba un campo de fútbol.

Desde entonces, casi siempre seguí al Sporting desde la distancia -primero desde los casi 30 kilómetros que separan Gijón de Mieres; después desde los 400 que distanciaban a mi ciudad de hoy de mi Salamanca de entonces- y contadas veces fui a verlo jugar en directo. Recuerdo un humillante Oviedo-Sporting en el Tartiere (Bango jugaba con nosotros, pero metió un gol en propia puerta que les dio el triunfo a ellos) y un infausto Sporting-Oviedo en El Molinón (protagonizado por un árbitro cuyo nombre vale más no escribir aquí -igual es gafe- y que merecería ocupar varios capítulos de una nueva Historia universal de la infamia), y también un Villa de Gijón contra el Betis. La temporada del descenso la seguí (todo lo que pude soportar) a través de la televisión y aguantando las constantes, tópicas y bobaliconas chanzas de los oviedistas de turno (en Mieres los carbayones son mayoría; por algo te largaste, me dice a veces un amigo) y tratando de hacer algo que nunca se me dio bien: ponerle buena cara a un mal tiempo que parecía (y no me equivocaba) que iba a tardar en amainar. El otro día me comentaba Pablo Rivero (autor de La balada del pitbull, la única novela sportinguista de la literatura mundial) que su primer Sporting había sido el de Quini, el de Ferrero, el de Joaquín. Mi generación no tuvo esa suerte. Mi generación se vio obligada a alinear junto a nombres gloriosos como los de Lediakhov, Tcheryshev o Hugo Pérez los de otros jugadores que llegaron en piragua y que vale más no recordar, por aquello de no mentar a la bicha. Pero eso, a fin de cuentas, era lo de menos.

Confieso que durante los primeros años en Segunda le perdí la pista al Sporting. En 1998 me mudé a Salamanca. Tenía una ciudad que descubrir y -creía yo- un oficio que aprender. Acabé descubriendo algunas otras cosas, pero eso ya no voy a contarlo aquí. Sin embargo, un par de años después el Oviedo se vino con nosotros (y se supone que eso no debería alegrarme, pero después de ver cuánto se habían regocijado ellos con nuestra desgracia no pude menos que regodearme en la suya, que al final acabó siendo mucho mayor), y coincidimos con ellos en la Copa del Rey, y les goleamos, y volvimos a jugar otro derbi en el Tartiere, y ganamos, y esa rivalidad recuperada fue la gasolina que alimentó un nuevo interés por las andanzas rojiblancas que llegaría a su punto álgido en la temporada 2003/2004, cuando yo ya vivía en Gijón y trabajaba como periodista de fin de semana en El Comercio y seguía, desde la redacción de la calle del Ferrocarril, las evoluciones de un equipo, el de Marcelino, que estuvo a punto de tocar el cielo y acabó atrapado en una caída libre que le llevó a dislocarse contra el asfalto de los sueños malogrados.

La decepción fue tremenda, y yo volví a irme de Gijón, y aunque el distanciamiento no fue tan grande como en el inicio de mis años salmantinos, sí volví a desentenderme un poco del Sporting y sus vicisitudes. Hasta que un día llegó Preciado y se puso a trabajar. Y, aunque hoy muchos le nieguen sus méritos y le consideren poco menos que un lastre cuando el problema -y eso lo sabemos todos, aunque no queramos verlo- es otro muy distinto, supo construir un equipo donde sólo quedaban despojos y fue capaz de hacer que el pulso de la ciudad volviese a latir domingo sí y domingo no al ritmo que se marcaba en las gradas de El Molinón. Su segunda temporada coincidió, además, con mi regreso (¿definitivo?) a Gijón, y el 15 de junio de 2008, y después de muchos años sin pisarlo, entraba de nuevo en el estadio (esta vez con mi hermano, que no tenía ningún recuerdo del Sporting de Primera) para ver desde la tribuna Este cómo regresábamos a la división de honor una década después del desastre.

Dentro de unas horas, volvemos a jugárnosla al todo o nada, y aunque cronistas y aficionados no dejan de repetir que este encuentro recuerda a aquel Sporting-Éibar de la temporada pasada con el que conseguimos alcanzar la gloria, no puedo evitar que vuelva a mi memoria aquel partido contra el Lleida de hace ya catorce años. En parte porque lo veré desde el mismo lugar que ocupé entonces y que, por pura casualidad, he venido ocupando a lo largo de toda esta Liga que ahora acaba, pero también porque aquella fue la primera vez que constaté algo que, en el fondo, siempre he sabido y que hace unos días comentaba con alguien: que aunque hay varios equipos que me gustan o por los que siento simpatía (Barça, Juventus, Boca, Paris Saint-Germain, Atlético de Madrid...), sólo soy capaz de emocionarme con uno, el mismo que a las siete de la tarde de este último domingo de mayo tirará al aire la moneda de su destino más inmediato. El mismo que -esté en Primera, en Segunda o en Regional Preferente- es y seguirá siendo el mejor equipo del mundo.

Y ahora, abandono momentáneamente esta bitácora para meterme en capilla y cruzar los dedos, por si las moscas. Si la cosa sale mal, estaré aquí para contarlo. Si la cosa sale bien, no me esperen despiertos.

Desde entonces, casi siempre seguí al Sporting desde la distancia -primero desde los casi 30 kilómetros que separan Gijón de Mieres; después desde los 400 que distanciaban a mi ciudad de hoy de mi Salamanca de entonces- y contadas veces fui a verlo jugar en directo. Recuerdo un humillante Oviedo-Sporting en el Tartiere (Bango jugaba con nosotros, pero metió un gol en propia puerta que les dio el triunfo a ellos) y un infausto Sporting-Oviedo en El Molinón (protagonizado por un árbitro cuyo nombre vale más no escribir aquí -igual es gafe- y que merecería ocupar varios capítulos de una nueva Historia universal de la infamia), y también un Villa de Gijón contra el Betis. La temporada del descenso la seguí (todo lo que pude soportar) a través de la televisión y aguantando las constantes, tópicas y bobaliconas chanzas de los oviedistas de turno (en Mieres los carbayones son mayoría; por algo te largaste, me dice a veces un amigo) y tratando de hacer algo que nunca se me dio bien: ponerle buena cara a un mal tiempo que parecía (y no me equivocaba) que iba a tardar en amainar. El otro día me comentaba Pablo Rivero (autor de La balada del pitbull, la única novela sportinguista de la literatura mundial) que su primer Sporting había sido el de Quini, el de Ferrero, el de Joaquín. Mi generación no tuvo esa suerte. Mi generación se vio obligada a alinear junto a nombres gloriosos como los de Lediakhov, Tcheryshev o Hugo Pérez los de otros jugadores que llegaron en piragua y que vale más no recordar, por aquello de no mentar a la bicha. Pero eso, a fin de cuentas, era lo de menos.

Confieso que durante los primeros años en Segunda le perdí la pista al Sporting. En 1998 me mudé a Salamanca. Tenía una ciudad que descubrir y -creía yo- un oficio que aprender. Acabé descubriendo algunas otras cosas, pero eso ya no voy a contarlo aquí. Sin embargo, un par de años después el Oviedo se vino con nosotros (y se supone que eso no debería alegrarme, pero después de ver cuánto se habían regocijado ellos con nuestra desgracia no pude menos que regodearme en la suya, que al final acabó siendo mucho mayor), y coincidimos con ellos en la Copa del Rey, y les goleamos, y volvimos a jugar otro derbi en el Tartiere, y ganamos, y esa rivalidad recuperada fue la gasolina que alimentó un nuevo interés por las andanzas rojiblancas que llegaría a su punto álgido en la temporada 2003/2004, cuando yo ya vivía en Gijón y trabajaba como periodista de fin de semana en El Comercio y seguía, desde la redacción de la calle del Ferrocarril, las evoluciones de un equipo, el de Marcelino, que estuvo a punto de tocar el cielo y acabó atrapado en una caída libre que le llevó a dislocarse contra el asfalto de los sueños malogrados.

La decepción fue tremenda, y yo volví a irme de Gijón, y aunque el distanciamiento no fue tan grande como en el inicio de mis años salmantinos, sí volví a desentenderme un poco del Sporting y sus vicisitudes. Hasta que un día llegó Preciado y se puso a trabajar. Y, aunque hoy muchos le nieguen sus méritos y le consideren poco menos que un lastre cuando el problema -y eso lo sabemos todos, aunque no queramos verlo- es otro muy distinto, supo construir un equipo donde sólo quedaban despojos y fue capaz de hacer que el pulso de la ciudad volviese a latir domingo sí y domingo no al ritmo que se marcaba en las gradas de El Molinón. Su segunda temporada coincidió, además, con mi regreso (¿definitivo?) a Gijón, y el 15 de junio de 2008, y después de muchos años sin pisarlo, entraba de nuevo en el estadio (esta vez con mi hermano, que no tenía ningún recuerdo del Sporting de Primera) para ver desde la tribuna Este cómo regresábamos a la división de honor una década después del desastre.

Dentro de unas horas, volvemos a jugárnosla al todo o nada, y aunque cronistas y aficionados no dejan de repetir que este encuentro recuerda a aquel Sporting-Éibar de la temporada pasada con el que conseguimos alcanzar la gloria, no puedo evitar que vuelva a mi memoria aquel partido contra el Lleida de hace ya catorce años. En parte porque lo veré desde el mismo lugar que ocupé entonces y que, por pura casualidad, he venido ocupando a lo largo de toda esta Liga que ahora acaba, pero también porque aquella fue la primera vez que constaté algo que, en el fondo, siempre he sabido y que hace unos días comentaba con alguien: que aunque hay varios equipos que me gustan o por los que siento simpatía (Barça, Juventus, Boca, Paris Saint-Germain, Atlético de Madrid...), sólo soy capaz de emocionarme con uno, el mismo que a las siete de la tarde de este último domingo de mayo tirará al aire la moneda de su destino más inmediato. El mismo que -esté en Primera, en Segunda o en Regional Preferente- es y seguirá siendo el mejor equipo del mundo.

Y ahora, abandono momentáneamente esta bitácora para meterme en capilla y cruzar los dedos, por si las moscas. Si la cosa sale mal, estaré aquí para contarlo. Si la cosa sale bien, no me esperen despiertos.

























