sábado 28 de marzo de 2009

'Los últimos días de Michi Panero': La Gaceta de los Negocios

Miguel Barrero: "El fracaso es necesario para seguir adelante"

El escritor afirma que "tenemos la mala costumbre de ponernos expectativas demasiado altas"



Tras sus comienzos literarios en Asturias, Miguel Barrero (Oviedo, 1980) ha dado el salto al mercado nacional con la novela Los últimos días de Michi Panero. En ella, un escritor en decadencia se traslada a Astorga, ciudad de los Panero. Y es la historia de esa familia la que sirve al protagonista para reflexionar sobre la evolución de España en la Transición, la derrota y el desencanto.

Ha preferido a Michi sobre sus hermanos Leopoldo María y Juan Luis, mucho más famosos.
Siempre me ha parecido el más literario de los tres hermanos. Quizá por su rechazo explícito del mundo literario pese a ser un escritor muy estimable, y pese a que su apellido le habría abierto muchas puertas.


¿Por qué se fijo en él?

Por el paralelismo que podía establecerse entre su trayectoria vital y la trayectoria política o ideológica de su misma generación. Partió de la euforia causada por la muerte de Franco y la Transición, y acabó sumida en el desencanto de unos ideales expoliados por quienes más debían haberlos defendido.

La familia Panero parece de una época pasada, pero sigue despertando interés en los jóvenes.
Los grandes temas no tienen fecha de caducidad, y la intrahistoria de los Panero resulta tan apasionante que dudo que nadie pueda acercarse a ella sin acabar sintiéndose atraído por todo lo que encierra. Desde el asesinato del padre que los tres hermanos llevan a cabo en la película El desencanto de Jaime Chávarri, a la búsqueda de la soledad que llevó a un Michi moribundo a buscar refugio en las calles de Astorga.

A los otros hermanos no les fue mejor, pero se han convertido también en símbolos.
El hecho de que se desnudaran anímicamente en las dos películas que protagonizaron fue lo que acabó por darles ese carácter casi mítico que hoy se les reconoce. Tal vez por el modo en que se erigieron en símbolos de conflictos y traumas que este país tenía pendientes.

Ricardo Estrada, el protagonista, podría describirse como el hombre que casi conoció a Michi Panero.
El desencuentro entre Estrada y Panero tiene más que ver con la intención de construir una nueva alegoría de ese sentimiento de tristeza o melancolía o derrota que sobrevuela todo el libro. Cuando viaja a Astorga y descubre que Michi está pasando allí sus últimos días no hace esfuerzos por conocerle. Se limita a dejar que las cosas ocurran porque sabe que apenas queda posibilidad de intervención.

Tanto él como Michi Panero tienen el fracaso y el desencanto por bandera.

Ambos resultan necesarios muchas veces para seguir adelante. No creo que nadie pueda eludirlos si le llegan en algún momento de su vida. Quizá porque tengamos la mala costumbre de ponernos expectativas demasiado altas. O quizás porque el mundo sea un lugar más injusto de lo que nos merecemos.

La idea de la novela le surgió después de una conversación con el cantante Nacho Vegas.

Le pregunté de dónde había sacado el título de la canción El hombre que casi conoció a Michi Panero. Me dijo que había conocido a un amigo suyo en Astorga. Luego le conocí yo, por casualidad, y eso me dio pie a encontrar el paralelismo entre la biografía de Michi y la de su generación.

Texto: Álvaro Pérez
Fuente: La Gaceta de los Negocios, 28-29 de marzo de 2009

viernes 27 de marzo de 2009

'Los últimos días de Michi Panero': El Mundo


Los últimos días de Michi Panero
Miguel Barrero
Premio J. P. Forner. DVD Ediciones, 2009
208 páginas, 14 euros

Sin pena ni gloria ha pasado Los últimos días de Michi Panero de Miguel Barrero (Oviedo, 1980). No es un libro de esos que las solapas llaman imprescindibles, pero tiene un mérito que debe ponerse en relación directa con el reto del autor, quien, a pesar de su juventud, se arriesga nada menos que a explorar las vivencias nihilistas poniendo en juego los mecanismos del recuerdo.


No larga memoria tiene un veinteañero como Barrero y no, desde luego, del “fin de raza” encarnado en una familia franquista, los Panero. La ausencia de recuerdo vivido la salva al darle tal valor a una película que hizo época, El desencanto. La cinta de Jaime Chávarri impresionó al protagonista y narrador de la novela, el joven y desconcertado escritor Ricardo Estrada. Tras episódicos encuentros con Michi Panero (hijo menor del poeta Leopoldo), Ricardo abandona Madrid y se recluye en Astorga (León). Aquí se hunde en el ambiente claustrofóbico de la aletargada ciudad y se contamina del desaliento e inutilidad que marcaron la vida de Michi.

Dos líneas se entrecruzan en la novela: el desmoronamiento familiar de los Panero con su patético desenlace (bastante conocido por la película y por las memorias de la madre, Felicidad Blanc) y el sinsentido vital del narrador. El cruce intensifica el sentimiento de fracaso, que el mismo texto subraya. En una escena fantasmagórica en que Michi y su hermano Leopoldo María deambulan entre las lápidas del cementerio donde se halla el panteón familiar, el narrador anota que eran “dos hombres desvencijados, rotos, solos. Igual que yo. Igual que todos”.

Esta vivencia entronca con una doble crónica, el absurdo de los años de la llamada Movida en la que Michi se benefició de la aureola del apellido hasta tener una efímera notoriedad y un papel impropio de un personaje secundario, y el derrumbe de aquella prestigiosa familia. De todo ello sale un relato de sinsentido vital generalizado que recuerda la tónica de las muchas novelas pesimistas de la alta postguerra inspiradas en un vago existencialismo.

Miguel Barrero viene a proponer, así, una estampa de desaliento e impotencia con valor genérico e intemporal a partir de datos contemporáneos. Esta impresión del mundo se siente como verdad, y, sin embargo, no convence del todo que sea auténtica. Existirá, pero no se ve qué razón de peso impulsa a Ricardo a su drástico abandono ni tampoco se justifican sus quebraderos de cabeza astorganos. Todo resulta un poco artificioso o forzado, y suena más a literatura que a necesidad comunicativa. Creo que Barrero parte de literaturizar una idea, que imposta el tema y que le falta ese algo perentorio que impulsa a escribirlo, porque, en el fondo, no deja de ser un narrador vitalista, de los que apuran sensaciones y sentidos.

Escribir escribe bien, con buena prosa, cuidada y ágil, pero el libro carece de una raíz en profundidad de lo vivido y sentido. Cuando la tenga, dará el salto al novelista pleno que este libro insinúa y por el que merece aliento.

Texto: Santos Sanz Villanueva
Fuente: Suplemento El Cultural del diario El Mundo, 27 de marzo de 2009

jueves 26 de marzo de 2009

Microcosmos149: Caminar

Hay noticias que se anuncian con letras enormes y cuyos ecos resuenan durante días o meses hasta pasar a convertirse en parte de la gran historia de la ciudad que las acoge, en hechos notables cuya esencia acaba por influir sobre la eterna configuración de la idiosincrasia de los lugares que habitamos. Hay otras, sin embargo, que aparecen de improviso encaramadas en lo alto de una página, sobreviven con cierta precariedad durante dos o tres días y acaban languideciendo en la lacónica soledad de algún breve o emergiendo en forma de fugaz recordatorio escrito a vuelapluma con ocasión de una efeméride o a través de la casual evocación de algún cronista.

Esta tarde, mientras hacía tiempo paseando al borde de la bahía de San Lorenzo, recordé la historia del caminante que hace un par de meses se dejó ver por la ciudad para desaparecer engullido por la mar a espaldas de la iglesia de San Pedro, cuando asomado a la barandilla de esa escalera que llaman La Cantábrica tomaba fotos del temporal. Durante algunos días la prensa se hizo eco del suceso y siguió hasta la más ínfima noticia acerca del caso. En aquellas jornadas, los testigos del último paseo de aquel caminante desconocido (nunca le habían visto por aquí, nadie había cruzado una palabra con él, todos ignoraban su nombre y su profesión) respondían lo mismo cada vez que les preguntaban qué era lo que hacía aquel hombre: Caminar. Nada más que caminar. Andar sin trazar un rumbo fijo ni seguir más indicaciones que las que dicta el viento, detenerse a tomar aire y, después, seguir andando. Los ecos del caminante acabaron perdiéndose en el batiburrillo de novedades más o menos prescindibles de la cotidianeidad, hasta que hace unos días alguien encontró un cadáver descompuesto en una playa vacía y desabrigada que, supusieron, podía ser el de aquel extravagante personaje. Esta tarde, mientras me detenía en la misma barandilla desde la que él miró por última vez el mar, recordé su historia y pensé en el triste final de su andadura, en cuánto mejor hubiera sido que aquel cuerpo muerto y desfigurado no hubiese aparecido nunca, en qué acogedor resultaría el cuento del caminante si su protagonista se hubiese desvanecido para siempre en la espuma del mar y del misterio, como si siguiera caminando eternamente hacia ese lugar que todos anhelamos, pero que la mayoría sólo nos atrevemos a intuir.

El Comercio, 26 de marzo de 2009

miércoles 25 de marzo de 2009

El bueno de Dahl

Cuando uno es niño, lee indiscriminadamente y sin atender a más razones que las lecturas de sus amigos (si es que alguno de ellos lee), las recomendaciones de sus profesores (si es que les hace caso) o lo que le compran sus padres (si es que sus padres compran libros). Quiero decir que a esa edad suelen importar más las historias que los que las firman, el título de las obras que los nombres de sus autores, las ilustraciones que acompañan al texto (tendrá dibujos, ¿no?, era una pregunta recurrente cada vez que alguien nos orientaba hacia tal o cual libro) que el texto en sí. El caso es que estos días, por motivos que no vienen al caso, me acordé de que sí hubo un autor al que seguí bastante durante los últimos años de mi infancia y al que después enterré en el olvido para ir resucitándolo después de cuando en cuando (alguna conversación entre irónica y nostálgica, algún recordatorio casual, alguna adaptación cinematográfica), siempre de manera circunstancial y siempre sin pretender otra cosa que glosar lo bien que me lo había pasado con la única compañía de sus novelas.

Ahora que tengo una escueta ficha biográfica a mano, me temo que Roald Dahl (1916-1990) murió antes de que yo empezase a leerle. O, como mucho, por esas mismas fechas. El caso es que Charlie y la fábrica de chocolate, Matilda, Konrad o El Superzorro fueron durante un tiempo algunos de mis libros preferidos, y creo recordar que todos los releí varias veces, especialmente uno que se titulaba Boy (relatos de infancia) y que recuerdo con especial cariño por la habilidad del autor inglés para convertir lo cotidiano en maravilloso, lo vulgar en excepcional, lo rutinario en epopeya. Como era un niño, jamás me preocupé de averiguar qué se escondía tras el nombre del escritor, y no fue hasta el otro día que me dio la curiosidad por averiguar algo más sobre su obra. He descubierto, así, que además de sus libros infantiles -habría que citar también James y el melocotón gigante o Charlie y el gran ascensor de cristal- Dahl tuvo una exitosa carrera como autor de cuentos macabros para adultos, y que uno de ellos (The Smoker o Man from the South) fue adaptado para televisión como parte de la serie Alfred Hitchcock presents. Y también que a él se le deben el guión de Sólo se vive dos veces (una de las mejores películas del mejor James Bond, el de Sean Connery) y de Chitty Chitty Bang Bang (un filme que mareé bastante de muy niño, años antes de conocer los libros del propio Dahl).

Con el paso de los años, el trajín de la mudanza y qué sé yo qué cosas más, me he dado cuenta de que he extraviado todos y cada uno de sus libros. Tendré que preguntarle a mi madre (que fue quien me los compró) si sabe dónde andan. No creo que vuelva a leerlos, pero no estaría mal tenerlos a mano por si acaso. Y, ya que ahora sé que tiene publicadas dos novelas para adultos (Sometime never y My uncle Oswald) y varias antologías de relatos (Historias extraordinarias, Relatos de lo inesperado), quizás sea el momento de darle otra oportunidad al bueno de Dahl. A ver si sigue sorprendiéndome.

domingo 22 de marzo de 2009

Numancia, 2-Sporting, 1

Está visto que seguimos condenados a sufrir hasta el último minuto (o casi) de la Liga para saber si al final conseguimos lo que queremos o no.

Y no sé si eso me cabrea o, en el fondo, me gusta...

sábado 21 de marzo de 2009

José Agustín Goytisolo

Recuerdo el día que me enteré de la muerte de José Agustín Goytisolo. Yo estaba ante la taquilla del Teatro Jovellanos, en una larga cola que avanzaba a paso de tortuga, y para no aburrirme me entretenía echando un vistazo al periódico que estaba leyendo el hombre que me antecedía en la fila. Cuando llegó a la sección de Cultura, la noticia estaba allí, en primera página: el poeta de los 50, el tipo que había escrito algunos poemas que habían ido llegando a mis ojos en los años anteriores, había fallecido el día anterior en Barcelona. Me costó asumir que el autor de un texto tan bello y esperanzador como Palabras para Julia hubiese acabado sus días precipitándose desde la ventana de su domicilio (un mero eufemismo, supongo, para no llamar por su nombre a lo que todos intuímos entonces), y lamenté profundamente que ya no cupiera esperar más entregas de quien había sido uno de los nombres más señeros de la llamada escuela de la experiencia. Ahora me entero de que se cumplen diez años de su muerte (a veces pienso que el tiempo está continuamente adelantándome por la izquierda), y con esa (bendita) excusa la editorial Lumen acaba de reeditar su poesía completa. Aún no está en mis manos, pero como me conozco imagino que no tardaré mucho en hacerme con ella.

El caso es que desde hace tiempo me viene a la cabeza, de forma recurrente, un poema de Goytisolo que leí por primera vez con catorce o quince años y que no entendí hasta algo después, pese a que todo queda muy claro. Es éste:

En tiempos de ignominia

En tiempos de ignominia como ahora
a escala planetaria y cuando la crueldad
Se extiende por doquier fría y robotizada
Aún queda buena gente en este mundo
Que escucha una canción o lee un poema:
Es el canto la voz y la palabra: única patria
Que no pueden robarnos ni aun poniéndonos
De espaldas contra el muro.
Que nadie piense nunca:
no puedo más y aquí me quedo. Mejor mirarles
a la cara y decir alto: tirad hijos de perra
somos millones y el planeta no es vuestro.

jueves 19 de marzo de 2009

Microcosmos148: Tierra

Cuando volvió a la casa de su padre -la misma en la que él había vivido hasta los dieciocho, la misma en la que había velado a su anciana madre enferma y en cuyo dormitorio la vio exhalar un último suspiro que sonó tan estremecedor como una letanía largamente postergada, la misma que llegó a odiar en aquel invierno en el que decidió que apenas quedaba nada que le atara ya a aquel lugar infausto y condenado al desastre por el capricho vengativo de algún dios olvidado por sus propios hijos- recorrió una por una todas las estancias tratando de convencerse a sí mismo de la necesidad de aquel rito, de que sólo rehaciendo con sus pies de ahora los caminos tantas veces recorridos en aquellos años infaustos podría encontrar alguna explicación razonable para el regreso, una tímida luz que alumbrase los motivos que le habían llevado aquella mañana a coger el coche, recorrer quinientos kilómetros y plantarse a media tarde ante las verjas del cementerio en cuyo interior una nueva lápida exhibía desde dos días atrás el nombre de quien una semana antes había dejado para siempre de ser su padre. Al llegar a la habitación donde una vez había estado su cuarto, trató de discernir entre las paredes la sombra de los muebles ya aniquilados por los años y la desmemoria, pero no escuchó el latido que creía encerrado para siempre entre aquellos muros abandonados ya por todos, y ni siquiera el paisaje de la ventana, tan similar a aquél que él recordaba -unos prados, unas casas allá al fondo, un monte irguiéndose orgulloso al fondo, entre la bruma, como el símbolo de un porvenir anquilosado y estéril-, le devolvió los estigmas de un tiempo que en ese momento descubrió irrecuperable. Fue al regresar al vestíbulo cuando se encontró con el viejo espejo que le había pasado inadvertido al entrar. Durante unos instantes se detuvo ante él y se observó a sí mismo allí, solo y vencido, absurdamente atrapado entre los vestigios de un pasado cruel e intolerable, y supo que -una vez más, tantas noches después- no quedaba más consuelo que la huida. Al salir de la casa -y esta vez supo que era para siempre, que nada podría devolverle a aquel lugar en lo que le quedara de vida, que aquello sí era una despedida y no la que había consumado veinte años atrás-, se agachó al borde del camino que conducía a la portilla, cogió un puñado de tierra y la apretó hasta notar cómo empezaba a escurrirse entre sus dedos.

El Comercio, 19 de marzo de 2009

miércoles 18 de marzo de 2009

Liberto y yo

Hoy han vuelto a decirme que me parezco a Liberto Rabal.

No es nuevo. Me lo dijeron por primera vez hace unos cuantos años. La penúltima había sido este mismo verano.

Y yo, por más que lo intento, sigo sin sacarme el parecido.

[Y encima, cada vez que me lo dicen me viene a la mente aquel horror que fue Carne Trémula. Y claro, me entra un no sé qué...]

Elle Belga

Elle Belga son Josele García (ex Manta Ray, ex Viva las Vegas) y Fany Álvarez (ex Fany y los Dandys) y el lunes 23 de marzo sacan al mercado su disco de presentación, 1971 (Acuarela). La gente de la discográfica me lo ha hecho llegar hoy y aún no he podido hacer una escucha en condiciones, pero el tema Todas las cosas (que lleva ya un tiempo circulando por la red) está francamente bien.

Nunca aguanté a Manta Ray durante más de cinco minutos -pese a que siempre reconocí sus méritos-, pero todo lo que han hecho en solitario sus componentes (Nacho Vegas, Xabel Vegas, ahora Josele...) me gusta bastante, así que en estos últimos años casi hasta he empezado a ver con simpatía al ya desaparecido grupo de rock abstracto.

martes 17 de marzo de 2009

Cuestión de protección

El titular ponía Los obispos aseguran que se defiende más al lince que a los fetos, pero Paul Viejo se equivocó y leyó Los obispos aseguran que se defiende más al lince que a los feos... Y se acojonó. Quién no.

[Dicho esto, podría entrar al trapo y dar aquí mi opinión sobre la campaña (gráfica e ideológica) que ha emprendido la Iglesia contra el aborto, pero estoy tan cansado ya de tantas cosas...]

lunes 16 de marzo de 2009

Michi Panero (1951-2004)

Se cumplen hoy cinco años de su muerte. Justo era recordarlo aquí.

domingo 15 de marzo de 2009

Sporting, 3-Deportivo, 2

Cuando se sufre y se gana, las victorias saben a gloria. Cuando enfrente hay un equipo y una afición que saben comportarse como caballeros, el fútbol parece mucho más digno. Cuando resulta que en el equipo de consolida un crack como José Ángel, la tarde casi pasa a convertirse en histórica.

Ya tengo ganas de ver al Sporting meter una goleada, le dije en el descanso a Pelayo. Ya, un 5-0 o algo así, respondió él. Con un 4-2 me valía, concluí yo. Casi al final del partido, cuando Bilic se quedó solo delante de Aranzubía y falló lo infallable, se me quedó el mal cuerpo que se le queda a uno cuando se le frustra un sueño a punto de cumplirse. Tampoco importó mucho. Ganamos. Quedan unos tres partidos para dejar más o menos atada la permanencia.

Otra vez será...

Los caminos de Astorga

Conocí a Xuan Bello leyendo Historia universal de Paniceiros y Los cuarteles de la memoria (ambas en Debate). Me pareció entonces un escritor más que estimable, uno de esos nombres a los que hay que seguir siempre, y me ratifiqué en esa impresión cuando pude echarme a los ojos su poesía. Lo vi por primera vez en carne mortal en el verano de 2005, cuando él, sin conocerme de nada, accedió a presentar mi primera novela en la Semana Negra de Gijón, en un gesto que nunca le agradeceré lo suficiente. Pocos meses después nos convertimos en compañeros de trabajo, y desde entonces he descubierto que compartimos varias cosas -algunas filias y muchas fobias-, e incluso las veces que discrepamos -que también las hay-, lo hacemos con la secreta convicción de que el otro no anda equivocado del todo. Entre las cosas que nos unen está nuestra querencia hacia Astorga, forjada en parte por nuestra común simpatía por la figura de Leopoldo Panero y en parte por una percepción, en cierta manera, mítica de la vieja Asturica Augusta. Esta mañana, en su página dominical en El Comercio, Xuan se ocupa de la reciente polémica creada a partir de la discusión sobre si Gijón es o no cabecera de la Ruta de la Plata (un puesto que los astorganos se atribuyen, y no sin razón) para hacer un elogio sincero y bastante ponderado de la capital de la maragatería en el que, además, ha tenido el detalle de incluirme:

(...)Está ahí al lado. Vayan, no lo duden. El tiempo parece haberse detenido. El hecho de ser una ciudad con arzobispo pero sin gobernador civil ha permitido que se conserve en tamaño como aquellas ciudades españolas del siglo XIX. Yo siempre que voy a Borrenes, a mi casa en el Bierzo, me detengo unas horas en Astorga. Me gusta saludar la calidad del silencio, la sonrisa del aire tan claro, ese escenario de fantasmagorías reales donde todo es posible. Otros escritores de Asturias, como Miguel Barrero, comparten conmigo esta pasión por Astorga y sus personas (...)

Si quieren leer el artículo completo, pinchen aquí.

sábado 14 de marzo de 2009

'Los últimos días de Michi Panero': El País

Los últimos días de Michi Panero
Miguel Barrero
DVD. Barcelona, 2008
200 páginas. 14 euros

NARRATIVA. EL JOVEN MIGUEL BARRERO (Oviedo, 1980) empezó esta novela a los 25 años. El protagonista, escritor sin rumbo, podría ser su padre. El joven Panero, José-Moisés, Michi, tan guapo, tan ángel rebelde en El desencanto, la película de Chávarri, de 1976, fue como decía él, ya entonces, un "fin de raza astorgano", que ya es serlo. El protagonista es un joven escritor en unos años, los de la vapuleada transición, que no pudo vivir, evidentemente, Barrero, pero a ese tiempo se agarra con ahínco, buscando no se sabe bien qué. Ese protagonista, obsesionado por la película, a Michi lo trató superficialmente como se relacionaban unos y otros cuando la manoseada transición, decide quemar las naves y se va con las brasas humeantes del brasero de la decepción a Astorga, a escribir algo y a asistir, entre visillos, a los últimos días de la vida del joven Panero, cuyas obras completas fueron unos puñados de críticas de televisión en papeles desaparecidos de la Villa y Corte. A mitad del camino de esta nota, tras haber leído con interés este enredar en el pasado más o menos tópico -alcohol, tabaco, cierto desencanto y rostros en neblina: ¿una novela à clef?-, uno se pregunta: ¿qué le interesó a Barrero de entonces, de Michi? He vuelto a ver la película, de la que tanto se habla en esta novela y creo que ahí está la clave: tantos años después resiste, cada plano, cada frase, cada pose están hoy brillantemente remasterizados. Entiendo, pues, esa fascinación, ese "contorno del abismo" (ese espléndido ensayo de investigación sobre los Panero, sobre todo Leopoldo María, que llevó a cabo J. Benito Fernández y que se leía como una novela). Lo que ocurre es que acaso el empeño le venía grande al joven Barrero: se le notan los fallos, hay excesivo tabaco y alcohol con ácido sabor a tópicos, pero se dejan ver bien sus aciertos. Entre humos y tragos puede atisbarse la verdadera intención del autor: tocar con los dedos la fascinación por el fracaso, sentir el vértigo del abismo. Y esto es perceptible en esta novela de Barrero, aunque, a la postre, elija (o no consiga lo contrario) arriesgarse lo justo. Pese a ello lo ha intentado e irá como escritor a más, seguro.

Texto: Javier Goñi
Fuente: Suplemento Babelia del diario El País, 14 de marzo de 2009

viernes 13 de marzo de 2009

Una luz al norte

Me gusta la ciudad en la que vivo. Y eso me ha pasado pocas veces.

jueves 12 de marzo de 2009

Microcosmos147: Benet

Dentro de unas semanas, Ediciones Debolsillo empezará a reeditar la narrativa completa de Juan Benet en una colección que pondrá en la calle las novelas y cuentos del madrileño en la versión que éste consideró definitiva, es decir, sin los cortes ni las recomendaciones impuestos por la censura. Es una buena noticia, como lo es siempre que una editorial apueste por poner al día la obra de un autor que de una u otra manera contribuyó a marcar una época. Sin embargo, algo raro ocurre cuando -16 años después de su fallecimiento- la sola mención del nombre del padre del Numa suscita reacciones tan airadas, cuando no grotescas, que parecen provenir más de un afán de quien las protagoniza por autoparodiarse que de la formulación de un juicio crítico e imparcial. Curiosamente, son los antibenetianos (así se denominan y se quedan tan anchos) quienes han acabado por garantizarle a don Juan en este tiempo transcurrido desde su muerte una presencia de la que en ningún modo hubiera gozado de no estar ellos por en medio, siempre pendientes de sacar en procesión su ristra de prejuicios y su retórica de malos, paupérrimos lectores. Mientras los benetianos permanecen callados y a lo suyo y tan sólo mencionan el nombre del maestro para salir en su defensa, quienes han optado por militar en el bando contrario se caracterizan por arremeter con cierta frecuencia contra una obra que ellos consideran oscura, ininteligible o, directamente, coñazo para ensalzar a continuación la de algún otro santón de las letras patrias al que casualmente sólo recuerdan ellos. Tanta inquina emplean para atacar el legado de quien fue uno de los escritores más lúcidos, sagaces e infalibles que pasaron por España en la segunda mitad del pasado siglo, tanto su afán por dinamitar con sus injurias el prestigio de quien ya no les puede leer ni oír ni defenderse, que cabe pensar que lo que les asiste en sus ladridos no es otra cosa que la envidia. Hacia Benet, porque saben que nunca llegarán a rozarle los talones. Hacia quienes sí disfrutamos con sus páginas, porque saben que ellos nunca serán capaces de avanzar por los intrincados y gozosos senderos de Región.

El Comercio, 12 de marzo de 2009

miércoles 11 de marzo de 2009

"Lo importante es el camino"

La TPA emite este sábado un capítulo de 24x30 (una serie que resume en media hora un día en la vida de un personaje público o anónimo de Asturias) protagonizado por el cantautor Nacho Vegas. La emisión, que empezará a las ocho de la tarde, arranca con el recital que Vegas dio en Valladolid el pasado 23 de enero y concluye con el concierto que ofreció en el Teatro Jovellanos de Gijón al día siguiente. El capítulo incluye algunas partes de la entrevista que le hice para El Súmmum, en el altillo del Café Dindurra, un par de horas antes de esta última actuación. Está dirigido por Ramón Lluís Bande.

Quienes vivan fuera de Asturias pueden ver el capítulo en directo aquí.

martes 10 de marzo de 2009

El peso de la fe

Supongo que los de aquí estarán acostumbrados, pero la primera vez que visité Gijón en plena posesión de mis facultades -y va a hacer veinte años-, la imagen de la Iglesiona (mi abuelo, que fue quien me llevó por allí, la llamaba la iglesia del santón), alzándose de pronto en medio de la calle con toda su negritud y sus trazas modernistas, me asustó. Hoy -paso a menudo por delante, también por sus costados, muchas veces de noche- creo que es una de las estampas urbanas más tétricas que conozco.

Y, a mis años, sigo sin atreverme a entrar. Pero ése es otro tema...

Hello darkness, my old friend...



Tras mucho tiempo sin escucharla, llegó a mis oídos en la noche del pasado sábado, en el cine, mientras veía Watchmen (suena de fondo en la secuencia del entierro del Comediante), y no ha dejado de dar vueltas en mi cabeza. Será que el tiempo acompaña...

domingo 8 de marzo de 2009

Año II

Quienes me conocen bien saben ya que soy un absoluto desastre para esto de las fechas. Si no fuese por el mensaje que puntualmente me envía mi madre al móvil cada 15 de septiembre, me olvidaría hasta de mi propio cumpleaños, y ya no digo nada cuando las onomásticas afectan a familiares, amigos y conocidos: los felicito tarde y mal, y a veces nunca. De todas maneras, el hecho de que sigan hablándome de cuando en cuando me hace suponer que no les importa mi despiste, así que tampoco me quita el sueño.

El caso es que hace unas horas, mientras colgaba la entrada anterior, me he dado cuenta de que el pasado 8 de febrero esta bitácora cumplía su segundo año de existencia. Cosa que no quiere decir nada, pero que para alguien de naturaleza tan dispersa como yo tiene su importancia. Me cuesta un triunfo sentarme a escribir algo todos los días, así que haber actualizado este artilugio durante más de setecientas jornadas -a veces dignamente, otras no tanto- no deja de suponerme una íntima y pueril satisfacción. Si además echo un ojo a las estadísticas y compruebo que en este tiempo he tenido unas 47.700 visitas (lo que supone alrededor de 23.000 al año, lo que hace una media de 63 al día: no está mal para ser un escritor de culto), tendré que concluir que manejo el asunto con bastante destreza. Lo que, por otro lado, tampoco significa gran cosa.

En fin, que gracias a todos por la parte que les toca. A los que pasan asiduamente por aquí, sólo decirles que sigan pasando cuando les apetezca. A los que hayan venido alguna vez y les haya gustado, que vuelvan de vez en cuando. Y a los que nunca hasta ahora se habían asomado a estos lares, que se animen a frecuentarlos. Todos serán bien recibidos. Un placer.

Osasuna, 1-Sporting, 2

Parece que al fin hemos recordado cómo se jugaba a esto del fútbol.

A ver si de aquí al domingo que viene no vuelve a olvidársenos...

Esta noche un comediante ha muerto en Nueva York

Me gustó. Me gustó mucho. Me gustó mucho más de lo que esperaba que me gustase. Y no deja de ser una buena noticia tras unas cuantas visitas al cine de las que había salido escaldado por terrores infantiloides (El incidente), fraudes seudofilosóficos (El caballero oscuro) o simples ejercicios de estilo de cineastas a los que, por otro lado, admiro (Quemar después de leer). Si algo le agradezco a Zack Snyder es, precisamente, lo que muchos le reprochan: su fidelidad casi enfermiza al cómic de Alan Moore y Dave Gibbons. En cierto modo, su conservadurismo no deja de ser una demostración de sabiduría. Traspasar a la pantalla una obra maestra como es Watchmen -con toda su leyenda y todas sus implicaciones- exige mucho tiento si uno no quiere caer en el ridículo o en la tentación pueril y absurda de superar el referente sobre el que se alza.

Porque, bueno es decirlo de primeras, Watchmen (la película) no trasciende a Watchmen (el cómic), como sí hicieron en su día Ridley Scott con Blade Runner (sobre ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?, de Philip K. Dick) o Francis Ford Coppola con Apocalypse Now (sobre El corazón de las tinieblas, de Joseph Conrad), sino que simplemente traduce (lo que no es poco) la epopeya de ese grupo de superhéroes venidos a menos del lenguaje de la narrativa secuencial al del celuloide, hasta el punto de que no pocos planos reproducen al milímetro las viñetas del original. Incluso la elección del reparto (que podría parecer a priori algo descabellada si se tiene en cuenta que la mayoría de los protagonistas del cómic son casi cuarentones, mientras que quienes se encargan de ponerles cuerpo y voz apenas pasan de los treinta años en muchos casos) resulta pertinente a la vista de interpretaciones tan poderosas como las del Dr. Manhattan, Rorschach (tremendo Jackie Earle Haley), Búho Nocturno o El Comediante. El filme presenta, además, logros importantes. La secuencia inicial, de una brutalidad casi extrema, instala al espectador desde el primer minuto en la atmósfera opresiva y asfixiante de esa ucrónica Nueva York de 1985, y los estupendos títulos de crédito (qué bien les sienta la fabulosa Times they're A-Changing de Dylan) resultan conmovedores para quienes tanto amamos la obra de Moore y Gibbons. Además, logra mantener la fuerza de algunos de los episodios más rotundos del cómic (el entierro del Comediante, el viaje del Dr. Manhattan y Espectro de Seda a Marte, el reencuentro entre Búho Nocturno y Rorschach) y no escamotea la densidad filosófica de éste, por más que el ritmo inherente al cinematógrafo impida al espectador reposar debidamente aquello que se le está enseñando desde el otro lado de la pantalla (en ese aspecto, quizás sea mejor entrar en la sala con el cómic ya leído, para poder entregarse al disfrute sin preocuparse de atar cabos y reconocer de paso ciertos guiños que pasarán inadvertidos a quienes desconozcan la obra original). Sólo la solución final de Ozzymandias queda un tanto deslucida (aún recuerdo el impacto que me causaron las viñetas a toda plana del último capítulo del cómic la primera vez que las tuve delante), y no se me ocurren más que dos lunares dignos de destacarse en esta más que aceptable adaptación: de un lado, el maquillaje resulta evidente en algunos actores que interpretan al mismo personaje en distintos momentos de su vida (la Espectro de Seda original, la primera novia del Dr. Manhattan); del otro, el polvo que se marcan Espectro de Seda y Búho Nocturno con el Hallellujah de Cohen como música de fondo resulta un tanto bizarro, por no definirlo directamente como ridículo.

Resumiendo. Watchmen, la película, no es una obra maestra del cine. Pero consigue algo tan difícil como es trasladar a otro lenguaje, con acierto y dignidad, el cuerpo, el alma y la profundidad de una de las obras maestras del cómic. Y de la literatura.

sábado 7 de marzo de 2009

El sonido de la melancolía

El piano es el instrumento de los neuróticos, de los fugitivos, de los enfermos. Beethoven, Schumann, Alkan, Chopin. Glenn Gould. Pero Satie, que comparte con ellos las dolencias y el genio perfeccionista, tuvo la gracia de nacer cuando el romanticismo ya había exhalado sus últimos lamentos verdaderos; desdeñoso del aparato germánico (a su amigo Debussy, formado en el wagnerismo, le insiste en la necesidad de tener "una música nuestra, sin chucrut a ser posible"), Satie circula, preferentemente en solitario, por todos los ismos musicales, pictóricos y literarios de su tiempo, adelantándose a menudo a los tiros del dado de la vanguardia. Esa mezcla de suerte histórica y espíritu radical le da al músico de Honfleur su portentosa desidentidad artística: compone música ocasional para la Orden de los Rosacruz, como cualquier otro catecúmeno de las religiones esteticistas del fin de siglo; se adentra en las brumas francesas del simbolismo, que pronto le abruman, abandonando rigurosamente la que llamó "nebulosidad preciosa" de los Ravel, Chausson y Debussy; surte de cancioncillas picantes a los más espesos cabarets de Montmartre; cultiva con una audacia inaudita el collage en diversas bufonadas escénicas, donde acredita tanto su fervor gregoriano como su apego al ragtime; inspira y escribe las músicas de dos escandalosos hitos del dadaísmo teatral, Parade de Cocteau/Picasso, y Relâche, argumento y decorados de Picabia, que incluía, con Satie de actor y compositor, el famoso Entr'acte cinematográfico de René Clair; vaticina con su despojamiento maniático los mayores extremos del minimalismo. Todo ello con exquisitos modales de anacoreta que viste siempre de funcionario y luce cuello duro, antiparras y bombín.

Vicente Molina Foix

Desde que lo descubrí por casualidad, hace algunos años, periódicamente voy y vengo de Satie. Últimamente, con bastante frecuencia: cada vez que recibo una llamada en el móvil, suena el arranque de la primera Gymnopédie. Me parece una pieza portentosa. La partitura en la que Satie supo transmitir a qué suena la melancolía.


viernes 6 de marzo de 2009

ElSúmmum31, en pdf

Tal y como anuncié el otro día, el número 31 de El Súmmum ya está disponible en formato pdf. Pueden descargárselo pinchando aquí.

jueves 5 de marzo de 2009

Microcosmos146: Metáfora

Cuentan que, tras enterrarlo en el cementerio de Arcueil, algunos amigos de Erik Satie acudieron a la habitación que éste había ocupado en aquel suburbio perdido a diez kilómetros del centro de París para recoger sus pertenencias y o bien entregarlas a los familiares del músico o bien repartírselas entre ellos como herencia y recuerdo de quien había sido uno de los compositores más lúcidos, transgresores y verosímiles de las endiabladas décadas de las vanguardias. Además de un cuartucho lleno de polvo y telarañas, el cortejo se encontró allí con un legado que, aparte de evidenciar que el autor de las Gimnopedias llevaba bastantes años sin utilizar su piano para gestar sus propias creaciones, albergaba desde un centenar de paraguas -algunos no se habían usado nunca, o esa impresión daban- hasta una colección de dibujos de castillos medievales, pasando por el retrato que le hiciera su amante Suzanne Valdon en 1893 o algunos dibujos y cartas que se había intercambiado con ella en el transcurso de su relación. También había en aquella habitación oscura y desabrigada -qué difícil hacerse una idea exacta de su aspecto, pero qué hermoso imaginar aquel momento del descubrimiento, los pasos entre apesadumbrados y curiosos de quienes acababan de sepultar a su amigo, el chirrido de la madera bajo sus pies, el paisaje difuminado y como en penumbra que habría de verse a través de los descuidados cristales de la ventana- y esto fue lo más importante, un buen número de composiciones de las que en unos casos nadie había oído hablar y que en otros se habían dado definitivamente por perdidas. Piezas inéditas que el maestro había olvidado o marginado a propósito, pentagramas abarrotados de notas que nadie había podido escuchar nunca, indicaciones de las que jamás intérprete alguno se había visto obligado a percatarse porque ni siquiera habían llegado a estar ante sus ojos. Una de ellas, una de las Vexations, suena ahora de fondo en mi despacho mientras escribo estas líneas y escucho el susurro del viento que se desliza por las calles y añade una dimensión nueva al piano que, impertérrito, ataca una y otra vez sucesivas repeticiones de la misma melodía, en un bucle casi infinito que por momentos resulta casi irreal de tan hermoso y que parece querer erigirse hoy, aquí, esta noche, en una de las metáforas más perfectas de eso que hemos dado en llamar vida.

El Comercio, 5 de marzo de 2009

miércoles 4 de marzo de 2009

Peligro de extinción

Dado que hay quienes no parecen acabar de aclararse con el asunto -y dado que de cuando en cuando aparecen seudointelectuales dispuestos a exhibir alegre e impúdicamente su ignorancia en artículos como éste-, me permito colgar aquí este enlace a un reciente número de El Correo de la Unesco acerca de las lenguas en peligro de extinción.

Muchas gracias, Ricardo.

martes 3 de marzo de 2009

ElSúmmum31

Entrevistas a Nacho Vegas y Constantino Bértolo; un relato inédito de Ricardo Menéndez Salmón; un amplio dossier sobre Los Locos con varias y prestigiosas firmas invitadas (entre ellas, las de Paco Loco y Boni Pérez); fotografías de Tamara Revuelta y Paula Recarey; avance editorial de la próxima novela de Xuan Bello (con crítica incluida a cargo de Martín López-Vega); repaso a la vida y milagros de Woody Guthrie; celebración del 45º aniversario de My Fair Lady; la leyenda de Nick Drake; recorrido por el rock hecho en asturiano; lo último de Antony and the Johnsons...

...Y mucho más.

Como siempre, si no lo encuentran en papel pueden descargárselo en pdf (aunque aún tendrán que esperar unos días) pinchando aquí.

domingo 1 de marzo de 2009

Sporting, 0-Mallorca, 1

Llovió mucho esta tarde en El Molinón. En muchos sentidos.