sábado 28 de febrero de 2009

Cuentos de la Asturias rural


Cuentos de la Asturias rural
Selección e introducción de José Antonio Mases
(Foro Abierto-Fundación Caja Rural, 2009)

Incluye relatos de Leopoldo Alas Clarín, Armando Palacio Valdés, Juan Ochoa, Manuel Álvarez Marrón, Pachín de Melás, Constantino Cabal, José Acebal González, Ramón Pérez de Ayala, José García Vela, Rafael Riera, Constantino Suárez, Alfonso Camín, Antonio Ortega, José María Jove, Manuel Pilares, Luciano Castañón, Luis Fernández Roces, Carmen Gómez Ojea, Pepe Monteserín y Miguel Barrero.

Autores asturianos de ayer y de hoy, desde el maestro Clarín al recién llegado Miguel Barrero, aparecen unidos en esta gavilla de relatos breves cuyo nexo común los identifica con el ámbito rural de su tierra matriz. Y, aunque unidos entre sí, los veintidós cuentos que integran este volumen apenas están emparentados, salvo en lo tocante a su disposición originaria y a su apoyatura general, porque épocas, asunto, ropaje literario y desarrollo difieren notoriamente en su desarrollo. Sólo el prurito social, folclórico y costumbrista se convierte en la nota primordial que caracteriza a la mayoría de estos cuentos. La aldea como escenario inexcusable, y la recurrente utilización de elementos tradicionales -el paisaje, los animales domésticos, la dureza de las faenas de la tierra, la emigración, el humor socarrón, las atávicas creencias...- responden con más insistencia a los distintivos de la vieja escuela cuentística asturiana, pero los narradores de las últimas generaciones esquivan ciertos tópicos, más o menos ramplones, y abordan asuntos nuevos, que justifican y testimonian la metamorfosis desencadenada en nuestro ámbito rural y, en ocasiones, insinúan la dirección que habría de seguir la salvaguarda de su entorno.

[Texto de contraportada]

La edición, de carácter no venal, se distribuirá gratuitamente entre los clientes de Caja Rural y de la Librería Cervantes (Oviedo) con ocasión del 23 de abril, Día del Libro.

viernes 27 de febrero de 2009

Milagro en Sajonia

Para que luego digan que los blogs no sirven de nada. Ayer mismo publicaba una entrada sobre la reedición de las novelas de Juan Benet (Madrid, 1927-1993) en formato de bolsillo y comentaba que a lo largo de estos quince últimos años me había venido haciendo con todos sus libros, a excepción de El caballero de Sajonia (Planeta, 1991), la última novela del autor de Volverás a Región, que había sido totalmente incapaz de encontrar. Hasta ayer mismo, sólo había tenido a mano un ejemplar (en 1998 ó 1999, en la biblioteca de una ciudad de cuyo nombre no quiero acordarme ahora) y, aunque la tentación de metérmelo bajo el abrigo y salir como si nada fue grande, había conseguido resistirme a la espera de tiempos mejores.

También ayer mismo, a eso del mediodía, me encontré de casualidad con Ricardo Menéndez Salmón en la plaza de El Humedal. Había leído mi entrada benetiana y se comprometió a tratar de conseguirme un ejemplar de la dichosa novela a través de su editorial, perteneciente al grupo Planeta. Unas horas después (muy pocas), tenía en mi correo electrónico un mensaje suyo: Tienes una primera edición del buen Lutero según don Juan muy, muy cerca de tu casa, y por un precio relativamente módico. La misteriosa frase iba seguida de un no menos misterioso enlace en el que hice clic sin dudarlo. Era verdad. Tantos años buscándolo y resulta que estaba a unas pocas calles de mi (nuevo) hogar. No habían pasado ni dos horas cuando entraba en una librería de segunda mano de la calle La Merced para salir poco después, contento como unas castañuelas, con mi nueva adquisición bajo el brazo. Mi biblioteca benetiana está completa. Aquí tengo la prueba:

Ah, qué haría uno sin sus amigos...

Campaña para el Fomento de la Lectura

(Tomado de la bitácora de Rafael Reig)

El regreso de don Juan

Leo en El País que Ediciones Debolsillo -un sello perteneciente al grupo Random House Mondadori- va a iniciar el 3 de abril la Biblioteca Juan Benet, un proyecto que arrancará con las cuatro primeras novelas que el escritor madrileño ambientó en el territorio imaginario de Región (Volverás a Región, Una meditación, Un viaje de invierno y La otra casa de Mazón) y que se completará en un plazo de dos años. La novedad radica en que la edición ha corrido a cargo del crítico Ignacio Echevarría, que ha tenido acceso a los manuscritos originales y, en consecuencia, respeta escrupulosamente la versión final que decidiera el propio Benet, sin cambios ni supresiones editoriales. Por lo que da a entender la noticia, la colección se centrará en su obra ficcional y no entrará en territorios ensayísticos (donde pueden encontrarse auténticas joyas como La inspiración y el estilo o Londres victoriano), aunque sí incluirá un volumen autobiográfico. Supongo que se tratará de Otoño en Madrid hacia 1950.

Es, qué duda cabe, una buena noticia, sobre todo porque Volverás a Región (y no recuerdo ahora si alguna más) sólo hemos podido conocerla hasta ahora con los recortes que le impuso la censura franquista, tan cegarata por otra parte. Sin embargo, como lector no puedo dejar de sentir un extraño no sé qué en el estómago. Ya me ocurrió cuando Alfaguara reeditó todo Javier Marías en unas ediciones estupendas acompañadas de sustanciosos prólogos. Yo ya me había hecho con esas novelas, y tuve que hacer de tripas corazón para resistir el impulso de volver a comprarlas, una a una. Con Benet me pasa otro tanto de lo mismo. Tengo todos sus libros (algunos incluso repetidos: en estos dos últimos años me tropecé en Paradiso con sendas primeras ediciones de Un viaje de invierno y La otra casa de Mazón que guardo como oro en paño), a excepción de El caballero de Sajonia (estuve a punto de robarlo una vez en una biblioteca, no voy a decir cuál), y me va a resultar muy complicado, por no decir imposible, resistir la tentación de readquirirlos en esta nueva colección. Espero que, por lo menos, los vendan baratos.

jueves 26 de febrero de 2009

Microcosmos145: Planos

Desde hace unas semanas suelo abrir el Google Earth para recorrer virtualmente ciudades que ya conozco, que aún no he visitado o que visitaré pronto. Lo utilicé por primera vez hace unos meses, cuando tuve que hacer un viaje largo al sur peninsular, y tantas veces recorrí mi punto de destino a vista de pájaro que cuando al fin me vi allí, a ras de suelo, sólo tuve que guiarme por pequeñas intuiciones (esta estatua debe de ser aquel puntito, esta calle debe de ser la misma que unía la avenida principal con aquella otra secundaria, al otro lado de esta plaza tiene que estar la biblioteca) para moverme sin llegar a complicarme demasiado la vida. De alguna manera, aun sin haber estado nunca antes en aquella ciudad, se apareció ante mí como un lugar ya conocido (o reconocido), como un elemento familiar y difuminado del que sólo tendría que delimitar unos contornos que, por lo demás, también habían quedado prefijados.

Hace unos días comentaba con alguien la posibilidad de que la vida nos viniese así, con un pequeño plano en el que apareciesen señaladas algunas fechas y lugares importantes, esos acontecimientos que uno no debe perderse y para los que tendría que estar preparado, esas personas que van a llegar sin que uno las espere y que acabarán quedando para siempre, aunque finalmente se vayan. Una hoja de ruta que indique cuándo y dónde se le aparecerá a uno el amor de su vida, en qué momento decidirá escoger qué profesión, cuándo aprenderá a conjugar el verbo sufrir, qué día y a qué hora tendrá que empezar a acostumbrarse a perder. Uno podría así caminar sobre seguro, ir construyendo firmemente su propia biografía sabiendo que siempre puede decidir si pasar o no de largo por esa estación que sabe que verá a la vuelta de la curva siguiente. Pero qué aburrido sería, sin embargo, convertir el destino en un bloc cuadriculado, desterrar para siempre la causalidad de los azares, limitar la propia vida a una mera constatación en vez de disfrutar de su mecánica salvaje y aleatoria.

Tan aburrido como pasear por primera vez por una ciudad que ya se ha visto, como recorrer unas calles sabiendo ya a dónde acabarán conduciéndonos, sin lugar para el terror o la sorpresa ni para la posibilidad de encontrarse de pronto ante un abismo que nos obligue a dilucidar, en cuestión de segundos, si conviene quemar naves o si, aunque pese, es mejor retroceder.

El Comercio, 26 de febrero de 2009

miércoles 25 de febrero de 2009

Noticias del mundo exterior


Nunca me han atraído demasiado los fastos literarios. Tampoco los cenáculos. Creo firmemente que ese tópico -tan cierto en otros ámbitos- de que la unión hace la fuerza no vale en literatura. Mucho mejor ir por libre. Acepto con gusto las inclemencias de las promociones, pero no puedo evitar que me estresen; cada vez que he sacado un nuevo libro, he procurado hacer el menor número de presentaciones posible, y me cuido de espaciar las entrevistas lo más que puedo para que no lleguen a agobiarme. Eso no quiere decir que no disfrute, y mucho, cada vez que se me pone delante un periodista inteligente o cuando me dirijo a un público que sabe a lo que ha ido o que, por lo menos, quiere enterarse. Simplemente me refiero a que, como escritor, prefiero limitarme a eso, a escribir, y dejar que sea el viento el que mueva todo lo demás. Por otro lado, me cansa mucho disimular mi timidez, y en ese aspecto el ser un autor casi desconocido me resulta hasta grato (el otro día me contaba Ricardo Menéndez Salmón que había tenido no sé si cincuenta o sesenta citas con los medios en un solo día, y me estremecí de congoja), y el hecho de tener detrás a una editorial tan seria y solvente como DVD Ediciones (dirigida por un tipo que cree en los libros que publica y que se ocupa de darles las mejores salidas, librando a los autores de engorros innecesarios) me facilita mucho las cosas.

Por otro lado, vivir fuera de los dos grandes centros editoriales españoles (me refiero a Madrid y Barcelona) hace que uno no tenga una noción exacta del camino que sigue su propia obra. Unas veces Sergio Gaspar, mi editor, me cuenta que ha visto Los últimos días de Michi Panero en la mesa de novedades de tal o cual librería de la Ciudad Condal. Otras, algún que otro lector me hace saber si estaba agotada en determinada ciudad o en qué puntos resulta imposible encontrarla. Poco más. Cada vez que me preguntan qué tal va mi último libro -sin especificar si se refieren a las ventas o a las críticas-, nunca sé qué responder. Ni siquiera me molesto en averiguar cuántos ejemplares han despachado en mi librería de cabecera. No es que no me interese. Es, sencillamente, que no creo que tenga que preocuparme excesivamente por ello. De alguna manera, el hecho de publicar en el centro (o en un centro) y vivir en la periferia hace que uno se sienta incapaz de hacer nada que no sea sentarse y esperar los ecos que, de cuando en cuando, atraviesan la Cordillera Cantábrica. Gijón está muy alejada del bullicio editorial de Madrid o Barcelona, y uno siempre tiene la sensación de que nada de lo que pueda ocurrir en esas dos urbes le atañe demasiado.

Viene todo esto al caso porque el otro día, durante la comida de Grau, me pasó una cosa curiosa. Fernando Beltrán, que se sentaba a mi lado, quiso presentarme a Luis Alberto de Cuenca, que estaba enfrente, y le dijo algo así como éste es un joven novelista que acaba de sacar una novela titulada Los últimos días de Michi Panero. De Cuenca, que hasta ese momento apenas había reparado en mi presencia, se me quedó mirando, me señaló con el dedo y preguntó: ¿Entonces eres tú el que ha escrito ese libro? Yo me ruboricé, agaché la cabeza y respondí un escueto. Pues que sepas, continuó, que en Madrid todo el mundo sabe que existe, yo ya he oído a varias personas hablar de él.

Y me pidió que le enviara un ejemplar. Y yo tuve por primera vez la sensación de que de verdad hay vida ahí afuera. Y me acojoné...

In fraganti

Fui a Grado porque me llamó Fernando Beltrán (Me apetece verte, así que mira a ver si puedes pasarte y comemos juntos) para invitarme al fallo de la primera edición del premio Aula de las Metáforas -que al final se llevó el programa La estación azul, de RNE- y porque también yo tenía ganas de charlar un rato con él (nos vemos un par de veces al año, con suerte, así que hay que aprovechar estas ocasiones) y porque me parece encomiable el trabajo que viene haciendo junto a Leopoldo Sánchez Torre desde que en el año 2004 ambos echaran a andar un espacio poético dedicado a la celebración de la poesía y sus conexiones con el mundo. Acudí allí, pues, a título completamente personal. Durante el acto (estaban Antonio Gamoneda y Luis Alberto de Cuenca) me senté en la última fila, en los prolegómenos y los epílogos me aparté a un discretísimo segundo plano y sólo abrí la boca cuando, ya en la comida, pude charlar tranquilamente con Fernando y el resto de invitados. Por eso me ha sorprendido abrir hoy La Nueva España y encontrarme con que la periodista Lorena Valdés (a la que no conozco y con la que creo no haber coincidido nunca), en su artículo sobre el acto, incluía el siguiente párrafo:

(...)El acto, celebrado en la capilla de los Dolores de Grado, sirvió como punto de encuentro para poetas y escritores asturianos, como Javier Lasheras, Manuel García Rubio y Miguel Barrero, quienes quisieron respaldar el proyecto del Aula de las Metáforas, que cumple este mes cinco años de vida (...).

A ti te conoce más gente de la que tú piensas,
me dijo una vez una amiga periodista. Y, aunque me pareció una vacilada, estoy empezando a pensar que quizás sea verdad. Tendré que empezar a mirar muy mucho por dónde ando...

Y, bromas aparte, si alguien quiere echarle un ojo al artículo completo puede leerlo aquí.

lunes 23 de febrero de 2009

Al borde del camino

Aunque conservo muy pocos recuerdos concretos de mi infancia (si se tienen en cuenta los años que pasé en ella), y pese a que la mayoría de ellos se fundamenten en reconstrucciones o recreaciones hechas siempre a posteriori, cuando al hecho vivido se sumaron los relatos sobre el mismo que a uno le fueron llegando y que acabaron por desfigurarlo o completarlo o modificarlo (o todo a la vez, como ocurre casi siempre), aún persisten en mi memoria, y no deja de sorprenderme, imágenes bien nítidas que supongo que han estado siempre agazapadas ahí, en algún rincón del subconsciente, esperando el momento para despertar y manifestarse. El domingo pasado ocurrió. Puede que se deba a mi peculiar fascinación por las iglesias (podría escribir un libro sobre mi relación de atracción/repulsión por la arquitectura y la iconografía religiosas, pero no me apetece nada, por aquello de no asustarme) o puede que tenga más que ver con la idiosincrasia del lugar, pero el caso es que mientras yo trataba de echar una cabezadita en el asiento de atrás del coche y Ángel, al volante, sugería regresar a Asturias por el puerto de Pajares en vez de por la autovía del Huerna, me sorprendí evocando la primera vez (y única hasta ese día, creo) que había entrado en la Colegiata de Santa María de Arbás. No recuerdo la edad que tenía entonces -debía de ser muy niño-, pero sí que el día era oscuro y que me quedé contemplando entre absorto y aterrorizado la fantasmal silueta de una virgen recortándose en contraluz sobre una ventana de un ábside. Tenía una vaga referencia del lugar (había pasado por allí con mis padres en más ocasiones, ahora sin detenernos, y uno de mis más antiguos amigos me había relatado mucho tiempo atrás -pero después de mi viaje infantil, en cualquier caso- cómo había visto allí un instrumento de tortura medieval) y aproveché una parada técnica en Busdongo (si alguna vez visitan esas tierras paren en El Maragato, prueben su cecina y vuelvan a casa con un buen trozo; el bar-tienda lleva abierto desde 1847, que se sepa, y es por algo) para preguntarles a mis amigos si eran tan amables de detenerse unos kilómetros más adelante, en cuanto viésemos una iglesia al borde del camino. ¿Qué iglesia?, preguntaron. Una colegiata muy chula que hay por aquí cerca, respondí, antes de llegar a lo alto del Pajares. Al borde del camino.

Pensé que, después de tanto tiempo sin pasar por allí, quizás no fuese capaz de reconocerla, pero no hubo pérdida. La Colegiata de Santa María de Arbás sigue levantándose en el lado derecho de la carretera que lleva de León a Asturias siguiendo el Pajares, y aunque estaba llena de andamios (una reparación urgente de las cubiertas, según rezaba un cartel abandonado allí a su suerte por algún Ministerio) seguía manteniendo el mismo encanto que yo le atribuía acentuado aún más por la soledad que reinaba a su alrededor. Ni un alma en los alrededores del templo -construido en 1216 por orden de Alfonso XI y declarado de Interés Histórico Artístico en 1931-, ni un coche aparcado en sus inmediaciones, ni una cortina descorrida en ninguna de las ventanas de las casas de enfrente. Sólo frío y silencio. Detuvimos el coche, nos bajamos y nos fuimos hacia la zona del ábside, tomamos unas fotos, caminamos sobre la poca nieve que todavía quedaba por allí y nos preparamos para irnos. Era totalmente imposible que un domingo, a aquellas horas, con el frío que hacía y en medio de un paraje tan inhóspito, pudiese haber allí alguna señal de vida. Pero, cuando estaba a punto de abrir la puerta del coche para volver a ocupar mi asiento, me dio por acercarme en una carrera hasta el pórtico para llevarme la gran sorpresa de la tarde. La puerta estaba abierta. De par en par.

Di un paso adelante y dos atrás (podría hablar del miedo que paso cada vez que tengo que entrar solo en una iglesia, pero para qué) e hice un gesto a mis amigos para que se bajaran y viniesen. La puerta no da acceso directo al templo, sino a una especie de zaguán cubierto que rodea la planta de la basílica, a la que sí se entra por otra puerta ubicada al fondo, a la derecha. Julia y Ángel vinieron en mi auxilio -Toni todavía remoloneó un rato en el coche, más proclive al confort de la calefacción que a las aventuras arqueológicas- y al acercarme me encontré con esto:

Vista desde la perspectiva que da el tiempo -es decir, desde mis veintiocho años de ahora y tras haber visto cosas bastante más lúgubres-, la pobre virgen del ábside -que resultó ser una talla románica encantadora- no daba tanto miedo (además algo la habían iluminado, a la pobre) y el espacio que la rodeaba no era tan fantasmagórico como se aparecía en mi memoria. A la izquierda de la foto -es decir, adosada a la nave del evangelio-, encontré además una capillita funeraria donde estaba el instrumento de tortura del que me había hablado mi amigo (mi calenturienta mente lo imaginaba mucho más terrible, todo sea dicho), y una vez que reuní el valor suficiente para moverme con soltura por allí (algunos que han entrado alguna vez conmigo en alguna iglesia me han preguntado si no seré yo el Anticristo, viendo los sudores que me entran) pude reparar en las bóvedas de crucería, en el magnífico rosetón que se abría junto a la puerta, en la extraña belleza del coro, suspendido en la penumbra.

Me sorprendió o me indignó -o ambas cosas- no ver a nadie por allí. Si hubiésemos querido, nos habríamos podido llevar cualquier cosa, desde una de las velas del altar hasta la misma escultura de la virgen, pasando por cualquiera de las imágenes (ésas sí que daban miedo, no fui el único que lo dijo) que presidían las capillas laterales. Como somos gente de bien (digan lo que digan algunos), nos fuimos igual que habíamos entrado. Ni siquiera firmamos en el libro de visitas, que Toni leyó de cabo a rabo mientras Julia sacaba fotos y Ángel y yo deambulábamos por entre las naves. Lo que no pudimos evitar -dada la fascinación que a quienes carecemos de la fe necesaria para llegar a creer en una vida ultraterrena nos causan los elementos de cualquier liturgia que nos pongan por delante- fue caer en la tentación de llevar a cabo una pequeña (e infantil, e inofensiva) gamberrada:

Parecéis críos, nos dijeron.

Pues sí... Y a mucha honra.

Addenda: Lo que son las cosas. Tras escribir la entrada, y mientras buscaba por Internet alguna página con información sobre la Colegiata, me he encontrado con un artículo que publicó El Norte de Castilla dentro de un coleccionable sobre el arte de la comunidad autónoma de Castilla y León. El artículo en cuestión viene firmado por Carlos Álvarez Marcos, que vivió conmigo en los Maristas durante mis cuatro años salmantinos (él estudiaba Historia del Arte) y del que no supe apenas nada hasta que hace unos pocos meses me lo encontré por el Facebook. Si he conseguido despertar el interés de alguien con mi insípida historieta, puede profundizar en el asunto pinchando aquí.

Alfredo y la nada

Mi amigo Alfredo González (creo que tenemos alguna foto juntos, aunque ahora mismo no encuentro ninguna; da igual, es más que probable que los dos llevásemos unas pintas indecentes) ganó el sábado el Premiu al Meyor Cantar en Llingua Asturiana con el tema La nada y tu, compuesto sobre un poema de Antón García e incluido en el disco del mismo título que sacó a finales del año pasado. Como no pude estar en la gala en la que se decidió el galardón (andaba de turismo al otro lado del Pajares), y como tampoco pude felicitarlo en tiempo real, cuelgo ahora aquí está entrada para hacer pública mi enhorabuena. Y para animarles a que compren cualquiera de sus discos. O, mejor aún, para que se los lleven a casa todos. Valen la pena.

I Premio Aula de las Metáforas

El Aula de las Metáforas que fundara en febrero de 2004 el poeta (y buen amigo, aunque la distancia haga que nos frecuentemos poco) Fernando Beltrán se convirtió hace unos pocos meses en fundación e hizo públicos una declaración de intenciones y un calendario de actividades que, paso a paso, se van cumpliendo en estos primeros compases de 2009. Uno de los puntos del programa de esta nueva institución consistía en la entrega, con carácter anual, de un premio que reconociera la trayectoria de una persona, empresa, medio, entidad o institución que se haya destacado por su labor de promoción de la poesía o el hecho poético. La primera edición se fallará este martes, 24 de febrero, a la una de la tarde, en la hermosísima Capilla de los Dolores de Grado. Allí estará un jurado compuesto por Victoria Fernández, Leopoldo Sánchez Torre, Luis Alberto de Cuenca, Antonio Gamoneda y el propio Beltrán para dilucidar la cuestión. Esperemos que la criatura nazca con buen pie.

domingo 22 de febrero de 2009

70º aniversario


Y cuando llegue el día del último viaje
y esté al partir la nave que nunca ha de tornar,
me encontraréis a bordo, ligero de equipaje,
casi desnudo, como los hijos de la mar.

Antonio Machado
(Sevilla, 1875-Collioure, 1939)

Villarreal, 2-Sporting, 1

Como siempre que me voy fuera de Asturias, fui incapaz de encontrar la manera de ver el partido por televisión, así que -aunque he leído por ahí que caímos como un grande y que el árbitro no vio (o no quiso ver) un penalti a nuestro favor- no estoy en condición de hacer comentarios...

viernes 20 de febrero de 2009

jueves 19 de febrero de 2009

Microcosmos144: El fin de un viaje

Cuando Antonio Machado llegó a Collioure, el 28 de enero de 1939, dejaba a sus espaldas una tragedia que él ya había predicho en algún que otro poema y unos campos desolados, plagados de sangre y muertos y ceniza, que sabía que no volvería a pisar jamás. Quienes pasaron junto a él aquellos últimos días de su vida lo recuerdan viejo y enfermo, confuso y desorientado, dando pequeños paseos por aquel pueblo francés al que hoy las fotografías muestran como un lugar propicio para el ensueño y que entonces tuvo que ser para muchos la imagen misma de la desolación, la encarnación de un punto de no retorno que marcaba un antes y un después en la perversa historia de una tierra de llanuras bélicas y páramos ascéticos condenada al fracaso por quién sabe qué extraño sortilegio del destino.

Dicen que apenas hablaba, que no se relacionaba con nadie que no fuera de su familia, que pocas veces accedía a separarse de su madre anciana -le acompañó en aquel exilio breve y letal y apenas le sobrevivió unos días, los justos para sumar al horrendo final de su patria el desmoronamiento de su propia estirpe- y que nadie fue capaz de alejar de sus ojos esa sombra de rabia resignada que se le había instalado en el largo y tortuoso trayecto desde Barcelona hasta aquel paraje bucólico a orillas del Mediterráneo.

Me cuentan que en el cementerio de Collioure -tengo pendiente el viaje desde hace años, espero no tardar mucho en llevarlo a cabo-, junto a la tumba en la que reposan los restos de ambos, hay un buzón donde el cartero deposita de cuando en cuando cartas que envían al poeta desde distintas partes del mundo y que nadie contesta, papel que se pudre lentamente hasta que el encargado considera oportuno vaciar el depósito y dejarlo libre a la espera de nuevas misivas, de palabras de hoy que traten de consolar con su perfume la ignominia del ayer.

Cuando vaya a Collioure -si es que voy algún día, si no se me tuercen los planes-, yo no llevaré ninguna carta. No sabría qué escribirle a Machado (él, que escribió tanto y tan bien, que supo ver lo que vieron pocos, tan lúcido siempre y tan irónico a veces) ni él va a poder aclararme nada. Me limitaré a quedarme allí, de pie, en silencio, leyendo y releyendo su nombre grabado en la fría lápida, y después me alejaré con las manos en los bolsillos hacia mis asuntos de siempre, con el mismo vacío y las mismas dudas y el mismo miedo que antes, pero con la satisfacción de haber saldado una deuda con uno de mis más viejos, constantes y fieles amigos.

Que ya es bastante.

El Comercio, 19 de febrero de 2009

martes 17 de febrero de 2009

Proverbios y cantares

Son pequeños poemas -algunos casi apuntes líricos- que se reparten entre Campos de Castilla y Nuevas Canciones. Textos de una aparente sencillez en los que Machado condensó no pocas veces todas sus obsesiones y recelos, sus dudas, sus angustias, mucho más allá del ya tópico, aunque siempre espléndido, Caminante, no hay camino. Bosquejos de cuatro, cinco, seis versos, que contienen todo un mundo. Son muchos. Aquí sólo están algunos de mis preferidos.

¿Para qué llamar caminos
a los surcos del azar?...
Todo el que camina anda,
como Jesús, sobre el mar.

***

Nuestras horas son minutos
cuando esperamos saber,
y siglos cuando sabemos
lo que se puede aprender.

***

En preguntar lo que sabes
el tiempo no has de perder...
Y a preguntas sin respuesta,
¿quién te podrá responder?

***

La envidia de la virtud
hizo a Caín criminal.
¡Gloria a Caín! Hoy el vicio
es lo que se envidia más.

***

Ayer soñé que veía
a Dios y que a Dios hablaba;
y soñé que Dios me oía...
Después soñé que soñaba.

***

Todo hombre tiene dos
batallas que pelear:
en sueños lucha con Dios;
y despierto, con el mar.

***

Bueno es saber que los vasos
nos sirven para beber;
lo malo es que no sabemos
para qué sirve la sed.

***

Luz del alma, luz divina,
faro, antorcha, estrella, sol...
Un hombre a tientas camina;
lleva a la espalda un farol.

***

Anoche soñé que oía
a Dios, gritándome: ¡Alerta!
Luego era Dios quien dormía,
y yo gritaba: ¡Despierta!

Descubrimiento de Machado

Con quince años, yo amaba a Bécquer. Supongo que es normal. Cuando uno tiene esa edad y se enamora por primera vez y tiene una profesora de Literatura propensa a las vacuidades y los tópicos, parece que las oscuras golondrinas vuelan más alto que ninguna ave del paraíso y que las arpas olvidadas en los ángulos oscuros de los salones sólo pueden emitir música celestial. A esa edad todo parece más fácil de lo que es, pero no tardé mucho en aprender que a las mujeres no se las conquista con cuatro versos gustavoadolfianos (afortunadamente los he perdido todos: si alguna de sus destinatarias de entonces lee esto y resulta que aún los conserva, le agradecería que me hiciera el favor de quemarlos) ni en apreciar en la poética del romántico un cierto tono impostado que llegó a hacérmelo cargante. Confieso que la aversión me duró bastantes años, y que sólo hace poco he conseguido quitármela (sobre todo a través de las Leyendas), aunque ya nada ha vuelto a ser igual que en aquellas primeras lecturas deslumbrantes. Le reconozco a Bécquer sus méritos, sí, pero le veo la trampa. No lo considero un gran poeta, pero sí un poeta necesario: un inevitable eslabón intermedio entre lo que había antes y lo que tenía que llegar después.

Mi desengaño becqueriano coincidió más o menos en el tiempo con mi descubrimiento de Machado (al que mi profesora de Literatura, curiosamente, daba menos importancia) y de una obra que aún hoy, cuando ya la he leído varias veces de cabo a rabo, no deja de aportarme significados nuevos y hallazgos que habían pasado inadvertidos en lecturas anteriores. Este domingo, 22 de febrero, se cumplirán setenta años de su fallecimiento en Collioure, y he querido aprovechar la ocasión para ir subiendo a esta bitácora (no sé si cada día) algunos de sus poemas, los que a mí más me gustan. Empiezo por uno de los que más me han emocionado siempre y cuya historia es conveniente contar. Tras ser destinado a Soria como profesor de francés, Machado se casó con una joven (casi una niña) llamada Leonor que se murió apenas dos años después de la boda. El poeta iba a arrastrar toda su vida una pena inmensa por esa pérdida, y no mucho tiempo después de enterrarla en el cementerio de El Espino, acabó pidiendo el traslado a Baeza, en Andalucía, con el propósito de alejarse lo más posible del paisaje soriano y sus recuerdos. En la ciudad castellana dejó, como es de esperar, algún que otro amigo, y a uno de ellos le envió, desde su exilio andaluz y atacado de nostalgia, esta carta en verso:

A JOSÉ MARÍA PALACIO

Palacio, buen amigo,
¿está la primavera
vistiendo ya las ramas de los chopos
del río y los caminos? En la estepa
del alto Duero, primavera tarda,
¡pero es tan bella y dulce cuando llega!...
¿Tienen los viejos olmos
algunas hojas nuevas?
Aún las acacias estarán desnudas
y nevados los montes de las sierras.
¡Oh, mole del Moncayo blanca y rosa,
alla, en el cielo de Aragón, tan bella!
¿Hay zarzas florecidas
entre las grises peñas,
y blancas margaritas
entre la fina hierba?
Por esos campanarios
ya habrán ido llegando las cigüeñas.
Habrá trigales verdes,
y mulas pardas en las sementeras,
y labriegos que siembran los tardíos
con las lluvias de abril. Ya las abejas
libarán del tomillo y el romero.
¿Hay ciruelos en flor? ¿Quedan violetas?
Furtivos cazadores, los reclamos
de la perdiz bajo las capas luengas,
no faltarán. Palacio, buen amigo,
¿tienen ya ruiseñores las riberas?
Con los primeros lirios
y las primeras rosas de las huertas,
en una tarde azul, sube al Espino,
al alto Espino donde está su tierra...

Baeza, 29 de abril de 1913

domingo 15 de febrero de 2009

Poética prestada (a la que intento a veces aplicarme)

Yo no me maté cuando las cosas me fueron mal,
no me dediqué a las drogas ni a la enseñanza.
Cuando comprobé que no podía conciliar el sueño
aprendí a escribir. Aprendí a escribir
cosas que pudieran ser leídas
en noches como ésta por gentes como yo.

Leonard Cohen

Sporting, 0-Real Madrid, 4

Que los aficionados del que se autoproclama a sí mismo como el mejor equipo del mundo se callen como putas hasta que las cosas se encarrilan y aprovechen una ventaja de dos goles por parte de los suyos para empezar a insultar a la afición contraria dice muy poco de esa presunta nobleza de la que tanto alardean los cronistas del Bernabéu. Dicho esto, sólo tres apreciaciones:

a) En la celebración del primer gol, Raúl me demostró lo que siempre había intuido sobre él: que es un mierda.

b) Ángel, que al final se vino conmigo al partido, me comentó que hace unos días Cannavaro, jugador del Madrid, declaró que el escritor Roberto Saviano había escupido sobre su país (Italia) al escribir Gomorra (Debate), un libro-denuncia sobre los desmanes de la mafia siciliana. Juzguen ustedes mismos.

c) El Real Madrid no juega al fútbol. Lo perpetra.

Posdata: Cuando conté aquí que los Reyes me habían traído una camiseta del Sporting, un par de amigos me dijeron que no tendría valor para ponérmela. Les dije que sí, que qué se creían. Me pidieron una prueba. Pues bien, aquí la tienen:

sábado 14 de febrero de 2009

Volviendo a Marrakech

Uno siempre nace tarde para según qué cosas. Cuando Los Locos sacaban su primer maxisingle con tres canciones que no iban a tardar en convertirse en míticas (Recuerda Marrakech, Estás en New York, Radio Fox), yo tenía entre cuatro y cinco años. Cuando pusieron en la calle el que fue su cuarto y último elepé, Un zumbido de amor, me faltaba un año para empezar en el instituto. Por no llegar, ni siquiera llegué a tiempo al Xixón Sound. Estos retrasos, sin embargo, tienen una cosa buena: que ciertos descubrimientos llegan de repente y con una perspectiva lo suficientemente amplia como para poder juzgarlos de manera ecuánime o, al menos, con pleno conocimiento de causa. Algo es algo.

Aunque sea triste, supe que por aquí había existido un grupo llamado Los Locos cuando uno de sus ex-componentes, Carlos Redondo, murió en un accidente de tráfico el 24 de junio de 2006 (yo estaba pasando unos días en Madrid, me dieron la noticia por teléfono, no le conocía a él, pero sí a otro componente del grupo que también perdió la vida en el siniestro), y lo poco que había escuchado de ellos hasta ahora se reducía a algún que otro tema perdido por Internet o a ciertas revisiones sacadas del YouTube del concierto N'Alcordanza con el que se rindió homenaje a los dos músicos en el verano de 2007. Gracias a Toño Barral (que siempre ha sido un currante de la música), en diciembre pasado se ponía a la venta Los Locos Integral (Rhino), una fastuosa caja con cuatro cedés que recogen todo el legado de Los Locos, acompañados por un libro de Rafa Balbuena (De la locura como una de las bellas artes o biografía de un grupo cabal como pocos) sobre la historia de la formación. Ya le había pegado un primer repaso en su momento -es decir, hace un par de meses-, pero, por razones que ya desvelaré en su momento, estas últimas semanas he estado empollándome un repertorio que se ha revelado grandioso. Aunque las canciones recojan los altibajos propios de una carrera que se prolongó durante diez años, puede decirse que ninguna de ellas tiene desperdicio. Desde Nubes de tormenta y Guarda esta noche para mí (mis favoritas) hasta la aparatosísima producción que Julián Ruiz hizo para Lección de baile (que gana muchísimo en su versión original), pasearse por los seis discos (cuatro elepés y dos epés, y eso sin contar los temas inéditos, que son bastantes) es uno de los mayores y más inesperados placeres que me han deparado estos últimos meses, y la voz de Carlos Redondo (pero qué bien cantaba este hombre), las guitarras de Paco Loco (a quien conocí como el productor del Extra de Australian Blonde, ya ha llovido), las letras de Boni Pérez (tan difusas, tan exactas) y la batería de Jaime D. Beláustegui (sólo en los dos epés y los dos primeros elepés) se han convertido ya, por derecho propio, en la banda sonora del último tramo de este invierno, por lo demás, tan frío.


viernes 13 de febrero de 2009

Una candidatura

En Facebook han montado un grupo para proponer que Quini sea el destinatario del Premio Príncipe de Asturias de los Deportes de este año. No sé quiénes promovieron la iniciativa, pero la historia fue creciendo de tal forma (yo me enteré porque se apuntó una amiga, luego se apuntaron varios amigos míos, después amigos de esos amigos...) que al segundo día ya hubo periódicos que se hicieron eco de la petición. La verdad, las razones no pueden ser más justas. Quini está considerado uno de los mejores delanteros de la historia del fútbol español, estuvo activo durante veinte años, jugó en el Sporting de Gijón y en el F. C. Barcelona, jugó en la selección española (marcó 19 goles en 45 partidos y participó en los mundiales de Argentina'78 y España'82), fue cinco veces Pichichi de la Primera División de la Liga Española y dos en la Segunda División y ganó una Copa del Rey, una Copa de Europa y una Copa de la Liga, además de dos ligas de Segunda División y un Campeonato de Europa Sub-21 (en el que, además, fue máximo goleador). Además (y esto, lógicamente, no pone ni quita nada a sus logros deportivos, pero refuerza esa dimensión humana que tanto dicen valorar los jurados de estos premios), fue víctima de un secuestro, perdió a su hermano (Jesús Castro, que fuera portero del Sporting) cuando éste trató de salvar a dos bañistas que se estaban ahogando y acaba de superar un cáncer que casi le lleva al otro barrio.

Ésas son algunas de las cosas que tiene a favor. En contra, sin embargo, hay otras muchas: Quini no anuncia natillas, ni pasa sus vacaciones en yates de lujo, ni se codea con jefes de Estado, ni tiene cuentas en paraísos fiscales, ni puede presumir de decenas de propiedades repartidas en varios países. Él ha sido toda su vida un currante que, por no querer, ni siquiera quiso convertirse en entrenador o aprovechar la fama que tuvo para buscar algún puesto como el que ahora tienen algunos ex-galácticos reconvertidos en matones de poca monta o ganarse los favores de cualquier ilustre de relumbrón. Desde hace no sé cuánto trabaja como delegado de campo del Sporting, y me consta que le gusta poco figurar en los papeles. Demasiados lastres para acabar haciéndose con un premio que en los últimos años ha oscilado entre lo grotesco y lo ridículo (no sólo en Deportes, también en otras categorías) y cuyos responsables parecen tener más en cuenta los minutos que les pueden dedicar los telediarios y las páginas que les brindarán los grandes diarios nacionales que el reconocimiento a quien de verdad se lo merece. Pero estas cosas -ustedes ya me entienden- no pueden decirse en voz alta...

Hoy sé que es fácil regresar...

jueves 12 de febrero de 2009

Microcosmos143: Sepultura

Leo que una diputada argentina ha presentado un proyecto de ley para repatriar a ese país el cadáver de Jorge Luis Borges, quien descansa desde su muerte bajo el suelo de Ginebra, amparándose en unas antiguas declaraciones del escritor en las que éste manifestaba su convicción de que algún día reposaría en el mismo cementerio donde yacen sus familiares. El asunto coincide más o menos en el tiempo con el espinoso y ya trillado tema de la exhumación de Lorca, y hace bien poco entré en un foro de Internet donde se exige que los restos de Machado sean trasladados de Collioure a España. Son casos distintos y en ningún modo equiparables, pero no dejan de ser sintomáticos de un fenómeno al que quizás no se le haya dado la importancia que merece: el derecho que algunos creen tener a decidir sobre el destino de los muertos (y perdonen la contradicción en los términos).

Como yo soy más bien descuidado -y como dudo de que mi caso pueda preocupar nunca a nadie, a no ser a mis improbables descendientes-, no sé si quiero que me entierren en algún sitio concreto (ni siquiera si quiero que me entierren) e ignoro a quién habré de dictar esa última voluntad, pero quiero pensar (aunque tampoco tenga demasiado fundamento) que mis familiares más próximos (si es que me queda alguno para entonces) o mis amigos más cercanos (espero no llegar a ese extremo, pobres) harán lo que buenamente puedan para que lo que una vez fue mi cuerpo (entonces no será nada, sólo un recipiente vacío) tenga un final, cuando menos, digno. Desde luego, me entrarían sudores fríos en el más allá (suponiendo que exista un más allá) si me entero de que un diputado o diputada, sea del partido que sea, se entretiene redactando leyes que interrumpan mi reposo para sacar en procesión mis malhadados restos. Antes de acabar sometido a los caprichos del político de turno, preferiría dar con mis huesos en el fondo del mar, o en la hoguera, o en la misma ciudad de Ginebra, donde, por otra parte, Borges no debe de estar tan mal. Al fin y al cabo, él se consideraba un escritor europeo. Y viendo de qué cosas se ocupan los diputados argentinos, tal y como tienen el patio, quizás no tenga demasiadas ganas de regresar allí para avecindarse en su subsuelo.

El Comercio, 12 de febrero de 2009

miércoles 11 de febrero de 2009

El fantasma de piedra

El edificio estaba en la plaza del Carmen, haciendo esquina con Blanca de los Ríos -le hice esta foto un par de semanas antes de que lo demoliesen, hará ya tres o cuatro años-, y siempre había llamado mi atención por la fantasmagórica estatua que acogía la hornacina ubicada en la parte alta del chaflán. Dada su altura, nunca llegué a saber qué representaba. Unas veces me parecía un ángel. Otras, una especie de Alejandro Magno presto a invadir la ciudad que reposaba confiada bajo sus pies. Alguna noche de farra, cuando regresaba a casa por Corrida y me tocaba esperar en el semáforo de la plaza, me quedaba mirando su silueta amenazante, como si su presencia allí presagiase algún conato de Apocalipsis. Alguna vez pregunté por ella a mis amigos gijoneses, pero casi ninguno se daba cuenta ni del edificio ni de la estatua a la que yo me refería. La ventaja del forastero es que repara en cosas que pasan inadvertidas para los que siempre han estado aquí.

Cuando demolieron el edificio me pregunté qué habría pasado con la estatua, qué fin podía haber tenido, en qué almacén estaría amontonada o cómo la habrían hecho añicos. Fue más una duda que una preocupación. Quiero decir que, en realidad, tampoco me importaba demasiado. Simplemente, la echaba de menos (aún la extraño de vez en cuando, cuando paso por allí y reparo en su ausencia) cuando volvía por la plaza del Carmen y me encontraba con la parcela abierta en el mismo lugar donde poco antes se había alzado aquel edificio oscurecido por los años y el abandono. Desde luego, no me acordaba para nada de la estatua hace tres o cuatro meses, cuando en una tarde de otoño (ya era de noche, en realidad), mientras caminaba por el parque de Isabel la Católica -no voy a decir de dónde venía, aunque habrá quien pueda imaginarlo-, me encontré con ella. No sé muy bien cómo la reconocí. Supongo que su silueta -que se dibujó de pronto ante mí como una aparición en medio de la nada, un buque fantasma emergiendo en el más tranquilo de los océanos- me retrotrajo inmediatamente a aquellas noches en las que pasaba bajo ella y la observaba unos minutos antes de seguir mi camino. Ahora estaba más o menos a mi altura, y por primera vez podía fijarme en sus contornos y distinguir las caras de las figuras que la componen y encontrar un significado a lo que hasta ese momento había sido una incógnita. De pronto, el misterio dejaba de serlo para convertirse en un simple adorno floral, en un motivo ornamental más extraviado en unos jardines por los que no pasa demasiada gente nunca. En carnaza para el olvido.

Fue extraño. Pero, en el fondo, fue bonito.

[Addenda al post anterior]

Lo bueno de Internet es que permite conocer a personas con las que uno comparte filias y fobias. Gracias a la entrada anterior, he descubierto que el escritor Juan Carlos Márquez (Bilbao, 1967), a quien no conozco en persona, también es fan de Amanece, que no es poco y ha aprovechado la efeméride que señalábamos ayer para colgar en su bitácora una selección bastante brillante de algunos de los diálogos más carismáticos de la película. Son estos:




-¿Está durmiendo, padre?
- No, que va hijo.
- Me acuerdo de madre, padre.
- Pero… pero ¿no te gusta la moto que te he comprao?
- Sí, si la moto es cojonuda, pero eso no tiene nada que ver. ¿Usted se acuerda lo que les decía en las cartas?, les decía, me apetece mucho verlos a los dos cuando vuelva, a los dos. A los dos decía yo, a madre y a usted. Y cuando vuelvo la ha matao. ¿Por qué la mató padre?
- ¡Porque era muy mala!
- ¡Pero hombre padre!
- Es muy duro decírselo a un hijo, pero tu madre era muy mala. Yo he esperado a que estuvieses criado y a que tuvieses una buena ocupación, Pero ahora que tienes una plaza en Oklahoma, ¿Para qué quieres a tu madre?
- No se, pero como tengo todo el año sabático por delante sin nada que hacer…
- ¡Pero para eso es mucho mejor una moto! ¡Una moto con sidecar para ver mundo!


***

- Como tenía la quemazón esa en el culo me pasé por casa del médico para que me echase un vistazo, pero no estaba.
- Estaba con mi padre, que se ha muerto.
- ¡Ah! Pues eso sería. El caso es que su mujer se empeñó en coserme la culera del pantalón y cuando me vio en pelota… Ten en cuenta que los calzoncillos eran de nylon azul, con el fogonazo, ¡fffiuu!, vistos y nos vistos. Así que al quitarme los pantalones me quedé en bolas. Empezó a meterme mano. Oye, y qué arte, y qué cosa más zorra de tía. Total que me excité. Y con el miedo y todo a arder otra vez no supe decirle que no y… yacimos. Yacimos un ratito, no creas, pero suficiente. ¡Jo! Bramaba. ¡Qué entrega! ¡Qué receptividad! El más mínimo movimiento de mi pelvis actuaba como ganzúa en su sensibilidad más arcana. No sé si me explico. Bueno, pues a los diez minutos que me iba yo a levantar a hacer pis se ha puesto a parir como una coneja y ha soltado dos críos. ¡Mellizos!
- ¿Estaba preñada?
- ¡Qué coño va a estar preñada! ¡Los ha tenido de mí, de mí! ¡A los diez minutos! ¡Mellizos!
- Pues le has dado el día al médico, porque estaba tan contento con lo bien que se le había muerto mi padre. Pero claro, con esto que cuentas ahora…
- ¿Y quién lo iba a pensar? Anda que no me he acostado yo veces con mujeres y nunca ha pasado nada igual.

***

- Supongo que me respetarás ¿Eh Teodoro?
- ¿Qué guarradas está usted pensando padre?
- ¡Déjate, déjate! que un hombre en la cama siempre es un hombre en la cama ¿eh?

***
- Alcalde: Todos somos contingentes, pero sólo tú eres necesario.

***
- ¡Mira! ¡Un guardia civil que se persigue a sí mismo!

***
- Verá señora, ¡que quería yo hablarle de Dostoievski!

***
- ¿Y ustedes dos qué hacen aquí?
- Estamos invadiendo su pueblo

***
- ¡De orden del señor cura, se hace saber que Dios es uno y trinoooo!

***
- Calabaza, yo te llevo en mi corazón.

***
- Pues a mí el tener negocio propio me ha frenado para ser un hombre de acción, y eso que armas no me han faltado.

***
- Coño, ¡¡un negro!!

***
- Pero qué coños pasa en este pueblo, ¿es que son fantasmas o son todos unos hijos de puta?

***
- Joder qué bonito es eso. Y qué antiguo.

***
- Oye hace mucho tiempo que no me acuesto con tu padre, con lo putero que es.
- Es que se está muriendo
- ¡Ah! Pues será eso...

***
- Le dije a usted, cuando me pidió permiso para ejercer de escritor en el pueblo, que era mejor que hiciese lo que hacen los otros sudamericanos, que unos días van en bici y otros huelen bien.

***
[...] Y ahora me dicen que ha escrito usted "Luz de agosto", la novela de Faulkner, ¡de William Faulkner! [...] ¿es que no sabe que en este pueblo es verdadera devoción lo que hay por Faulkner?

***
- A ustedes los médicos se les reconoce una formación humanística muy por encima de la de otros científicos...

***
- Me cago en todos tus muertos. Me cago en todos tus muertos uno a uno. Qué tabarra me estás dando vírgen santísima. ¿Pero yo qué te he hecho a ti, vamos a ver?

***
- Yo he pensado que también me interesaría ser intelectual, como no tengo nada que perder.

lunes 9 de febrero de 2009

Amanece, que no es poco

Se cumplen 20 años del estreno de Amanece, que no es poco (José Luis Cuerda, 1989), una de esas películas en las que podría quedarme a vivir para siempre. Qué mayor placer puede haber en este mundo que el de estar avecindado enun pueblo donde todo quisque lee a Faulkner, donde los feligreses aplauden al cura cada vez que éste consagra la Hostia, donde el alcalde propone flashbacks desde el balcón consistorial, donde hay un pregonero capaz de decir frases tan geniales como Alcalde, todos somos contingentes, pero tú eres necesario.

No sé si será la mejor comedia del cine español. Por lo menos, es mi preferida.

[Y cómo envidié a Juan Carlos Gea cuando, al segundo o tercer día de conocernos, me contó que él había estado cubriendo el rodaje; los hay con suerte...]

domingo 8 de febrero de 2009

Barcelona, 3-Sporting, 1

Perdimos, sí. Pero Kike Mateo metió un gol, y Lafuente estuvo bastante bien. Y, qué coño, hicimos lo que pudimos. Jugando contra quien jugamos, una derrota así casi hasta sabe a empate.

sábado 7 de febrero de 2009

Aniversario(s)

Hoy estuvimos celebrando el cumpleaños de mi padre. 55 tacos... Y sigue hecho un chaval.

Además, hoy hace trece años que escuché por primera vez esta canción:

Postal de invierno

La granizada que cayó anoche sobre Gijón, vista desde el balcón de mi casa.

viernes 6 de febrero de 2009

Salamanca, 1998

Acabamos de tener la última clase del primer trimestre del primer año de carrera (nada menos que dos horas de Economía, uno de los mayores coñazos con los que he tenido que enfrentarme en mi vida estudiantil) y en unas horas todos volveremos a nuestros hogares para celebrar las navidades en compañía de la familia. Como llevamos poco tiempo juntos y aún nos queremos todos mucho, celebramos el final de la recta inaugural del curso haciendo botellón en el Campo de San Francisco, muy cerca de la residencia donde yo vivo, y al final de la mañana una chica propone hacer una foto de grupo que yo no veré hasta una década después, cuando la encuentre revelada y colgada -gracias al afán exhibicionista de una de mis compañeras de curso- en un artilugio llamado Facebook que ahora mismo ni conozco. Trataré entonces de buscarme entre el batiburrillo de cabezas y creeré reconocerme en la segunda fila empezando desde arriba, el tercero o cuarto o quinto empezando por la izquierda, sonriendo y vistiendo la trenca con la que sobreviví a aquel primer (e inédito para mí) invierno salmantino. Trataré de poner nombres y caras a las figuritas borrosas que aparecen rodeándome, pero seré incapaz. Pese a ello, hoy, mientras nos hacemos esta foto, todos forman aún parte de mi vida. Y son grandes amigos míos.

jueves 5 de febrero de 2009

Microcosmos142: Poe

Se cumplieron hace poco doscientos años del nacimiento de Edgar Allan Poe (Boston, 1809-Baltimore, 1849), y yo celebro esa onomástica reciente volviendo sobre los cuentos del maestro en la espléndida reedición que hace unas semanas puso en las librerías Páginas de Espuma: un volumen bien grueso en tapa dura con textos de 69 escritores actuales -todos españoles o iberoamericanos- que aprovechan la ocasión para reconocer, en mayor o menor medida, su deuda con el, por otra parte, responsable de poemas tan magníficos como El cuervo o Annabel Lee. Volver a Poe es sentir aflorar de nuevo la fascinación por historias como las de La caída de la Casa de Usher, William Wilson o El gato negro, pero también un acto de justicia para quien fue uno de los padres de la literatura moderna. Sin él no habrían existido Chesterton, Baudelaire ni Conan Doyle, vienen a decir Jorge Volpi y Fernando Iwasaki en el pórtico a esta revisión del clásico -que mantiene, además, las canónicas traducciones de Cortázar-, y sin éstos no hubieran llegado otros muchos que a su vez engendrarían otras tantas vocaciones, y así hasta el presente.

Las etiquetas, tan queridas por cierta crítica, sólo son buenas para la ropa. Durante demasiado tiempo, Poe fue tenido por los estudiosos como un autor menor, un divertimento para aquellos que se iniciaban poco a poco en la lectura, y no como el magnífico escritor que en verdad fue. El prejuicio -ya subsanado con él, afortunadamente- sigue en nuestros días, y aún hoy es frecuente encontrar quien desprecia a dos monstruos como Philip K. Dick y Ray Bradbury por el simple hecho de dedicarse a escribir ciencia-ficción en vez de obras trascendentales (como si El hombre en el castillo o Crónicas marcianas no lo fuesen) o quien invalida la obra de Tolkien por su afición a los duendecillos y demás fauna seudo mitológica. Son pedantillos de salón, inquisidores de oídas que invocan los sagrados nombres de Proust, Kafka y Faulkner (con quienes nada en contra y mucho a favor tengo) y olvidan que la literatura, toda la literatura, no admite más que una única clasificación: la que al fin separa los libros buenos de los malos, las obras que acabarán sepultadas en el olvido (como las de varios premios Nobel, por ejemplo) de las que prevalecerán con el paso de los siglos. El bueno de Poe, tan menospreciado antaño, lleva ya doscientos años dándonos lecciones. Y eso debería haberles servido de escarmiento.

El Comercio, 5 de febrero de 2009

...Y con la casa tomada

Como efecto secundario (pero benigno, muy benigno) de mi regreso a Poe, en los últimos días también he estado volviendo algo sobre Julio Cortázar (Bruselas, 1914-París, 1984) -de quien, según leo en El País, acaban de encontrar no sé cuántos folios de material inédito, como es tradición- y refrescando en la memoria algunos textos que, si bien no había olvidado, sí tenía algo diluidos en mi memoria lectora (68: modelo para amar, Historias de cronopios y de famas, La autopista del Sur, La noche boca arriba...). Y, dado que hace un par de días hablé aquí de mis inicios angelgonzalianos -el término es de J. M. Gallardo, que visita habitualmente esta bitácora y a veces deja huella-, permítanme enlazar aquí el primer relato que leí del autor argentino. Fue también en COU (ahora me estoy dando cuenta de que aquél fue un año importante en mi vida lectora) y fue también en una sesión de comentario de textos literarios. El relato en cuestión -tópico, sí, pero hay tópicos que valen la pena- es éste:

Casa tomada

Nos gustaba la casa porque aparte de espaciosa y antigua (hoy que las casas antiguas sucumben a la mas ventajosa liquidación de sus materiales) guardaba los recuerdos de nuestros bisabuelos, el abuelo paterno, nuestros padres y toda la infancia.

Nos habituamos Irene y yo a persistir solos en ella, lo que era una locura pues en esa casa podían vivir ocho personas sin estorbarse. Hacíamos la limpieza por la mañana, levantándonos a las siete, y a eso de las once yo le dejaba a Irene las ultimas habitaciones por repasar y me iba a la cocina. Almorzábamos al mediodía, siempre puntuales; ya no quedaba nada por hacer fuera de unos platos sucios. Nos resultaba grato almorzar pensando en la casa profunda y silenciosa y como nos bastábamos para mantenerla limpia. A veces llegábamos a creer que era ella la que no nos dejo casarnos. Irene rechazo dos pretendientes sin mayor motivo, a mi se me murió María Esther antes que llegáramos a comprometernos. Entramos en los cuarenta años con la inexpresada idea de que el nuestro, simple y silencioso matrimonio de hermanos, era necesaria clausura de la genealogía asentada por nuestros bisabuelos en nuestra casa. Nos moriríamos allí algún día, vagos y esquivos primos se quedarían con la casa y la echarían al suelo para enriquecerse con el terreno y los ladrillos; o mejor, nosotros mismos la voltearíamos justicieramente antes de que fuese demasiado tarde. Sigan leyendo

miércoles 4 de febrero de 2009

Hombre de la esquina rosada

[Ángel de la Calle, en Buenos Aires, dándome envidia]

martes 3 de febrero de 2009

Deíxis en fantasma

Por pura casualidad, ayer llegó a mis manos un librito de poemas de Ángel González (Oviedo, 1925-Madrid, 2008) que me ha hecho volver a su poesía tras un largo tiempo sin tocarla y después de que los fastos conmemorativos del primer aniversario de su muerte, hace unas semanas, llenaran las agendas de actos y los periódicos de evocaciones, crónicas y reseñas en un batiburrillo que -pero esto es sólo mi opinión, y es discutible- flaco favor va a hacer (la repetición cansa, y banaliza) a la obra de quien fue uno de los poetas más destacados de la segunda mitad del siglo XX en España. Echándole un ojo a la antología en cuestión (se titula La primavera avanza y ha sido editada por Visor en colaboración con Alsa), me he encontrado con muchos de los poemas que más me gustan de González. También con algunos de los que menos. Pero, sobre todo, me he encontrado con el primer poema suyo que leí, hace ya algunos años, cuando estudiaba COU y la profesora de Literatura nos lo dio para analizar. Éste:

MUERTE EN EL OLVIDO

Yo sé que existo
porque tú me imaginas.
Soy alto porque tú me crees
alto, y limpio porque tú me miras
con buenos ojos,
con mirada limpia.
Tu pensamiento me hace
inteligente, y en tu sencilla
ternura yo soy también sencillo
y bondadoso.
Pero si tú me olvidas
quedaré muerto sin que nadie
lo sepa. Verán viva
mi carne, pero será otro hombre
-oscuro, torpe, malo- el que la habita...

I got you, babe

No sé si por suerte o por desgracia (no viviré eternamente en lunes, pero tampoco me he convertido en inmortal), hoy en mi despertador no ha sonado esta canción:

lunes 2 de febrero de 2009

Hoy es un gran día

2 de febrero. Día de la Marmota. ¿Se encontrará Phil con su sombra?

Addenda: Me entero en Facebook de que, finalmente, Phil vio ayer su sombra. ¿Conclusión? Seis semanas más de crudo invierno. Nos espera un frío 2009...

Sporting, 1-Sevilla, 0

...Y olé.

Cuando se juega contra equipos tan marrulleros como el Sevilla que ha visitado esta noche El Molinón, parece que las victorias saben mejor. Y si encima resulta que uno de los jugadores más tramposos y teatreros (un tal Capel, ni para asistenta serviría) acaba yéndose con el rabo entre las piernas, la cosa aún es mejor...

domingo 1 de febrero de 2009

Episodios culturales

Las ventajas de las nuevas tecnologías es que permiten estar (e interactuar) en todas partes sin moverte de tu despacho. Entre sus desventajas, está la de que en muchos casos acaban impidiendo, condicionando o postergando acercamientos más directos que los que sólo pueden darse con una pantalla de por medio. Aunque nos pusimos en contacto el 12 de septiembre del año pasado, un día después de que me notificaran que había ganado el premio Juan Pablo Forner de novela, y pese a que Los últimos días de Michi Panero lleva ya casi tres meses en las librerías, no conozco en persona a Sergio Gaspar, responsable de DVD Ediciones y uno de los editores más independientes del panorama actual. Hemos hablado mucho por teléfono y nos hemos intercambiado varias decenas de correos electrónicos, pero como vivimos en ciudades distintas y bastante alejadas -él en Barcelona, yo en Gijón-, y como Internet hace posible atravesar los trámites previos a la publicación de un libro sin necesidad de entablar contacto directo entre las partes implicadas, aún no hemos tenido ocasión de vernos en persona.

Lo único que puedo decir de él, pues, es que me parece uno de los tipos más lúcidos del panorama cultural español de hoy en día, y que no parece que la valentía (en su caso raya a veces con la osadía) que le ha llevado a publicar ciertos títulos -España, de Manuel Vilas; Cut and Roll, de Óscar Gual; Plano detallado del infierno, de Antonio Fontana...- haya sido precisamente gratuita ni le haya supuesto excesivos peajes. Más bien al contrario. Pero si cuento todo esto es porque desde hace un tiempo, Gaspar tiene abierto en la página web de su editorial un blog muy sui generis en el que, con el título Episodios culturales de la temporada otoño-invierno (presumiblemente lo irá modificando según vaya transcurriendo el año), va dejando su impresión de distintos aconteceres literarios que han venido dándose en los últimos meses. Se esté o no de acuerdo con él, en todo o en parte, nunca deja de ser un placer echárselos a los ojos. Si quieren aprovechar el domingo y darse un paseo por ellos, pueden hacerlo pinchando aquí.