lunes 31 de agosto de 2009

General Pardiñas 80

Hace unos años, entre el otoño de 2002 y la primavera de 2003, yo viví en esta calle. No había vuelto a pisarla hasta que ayer, aprovechando unas cuantas (e inesperadas) horas muertas, decidí rematar mi estancia de poco más de un día a Madrid regresando al barrio de Salamanca para recorrer los lugares que tanto frecuenté durante aquellos meses. Seis años no son demasiado tiempo, y las cosas seguían más o menos igual. El edificio en el que viví (una pensión para estudiantes que ocupaba todo un edificio de la esquina con Padilla) estaba tal cual lo recordaba, y todos aquellos lugares por los que en mayor o menor medida iban transcurriendo mis rutinas (el kiosco donde compraba los periódicos, la cafetería en la que desayunaba algunas veces, la copistería donde fotocopié tantos curricula que vaya usted a saber dónde acabaron) permanecían donde siempre. La calle General Pardiñas nace en Alcalá y muere en Francisco Silvela (o al revés) y no tiene nada que la diferencie especialmente de otras más conocidas o de nombre más sonoro (Núñez de Balboa, Castelló, Conde de Peñalver) que se alinean en ese mismo rincón del callejero. A mí me gustaba pasear por sus alrededores sin prisa, a la caída de la tarde o en las mañanas de los fines de semana, cuando el barrio se quedaba desierto y uno podía atravesar varias manzanas sin cruzarse con nadie. Ayer, pese al calor, me lancé a repasar algunos de esos itinerarios. Pasé junto a la boca de metro donde cada día tomaba el suburbano que me dejaba en Callao; rodeé la antigua cárcel de Porlier, donde Miguel Hernández escribió sus Nanas de la cebolla, y pude ver de lejos el Liceo Italiano, donde estudiaron los Panero; descubrí, gracias a Ignacio del Valle, una casa en la que parece ser que vivió Juan Ramón Jiménez; me asomé desde Príncipe de Vergara a la plaza del Marqués de Salamanca; me detuve ante la placa que recuerda, en la esquina de las calles Claudio Coello y Maldonado, el lugar exacto donde se consumó el atentado a Carrero Blanco; me arrimé al portal del inmueble que se levanta en el solar que un día ocupó el edificio del diario Madrid; pasé por la trasera de la Residencia de Estudiantes y acabé desembocando en los Nuevos Ministerios desde la Plaza de la República Argentina, con la colonia de El Viso como telón de fondo y el perfil de la Torre Picasso recortándose sobre ese cielo inesperadamente azul que caracteriza a la capital de las Españas. Y aunque siempre he sido más partidario de la otra orilla de La Castellana (la de Chamberí, la de Malasaña, la de Chueca, la de La Latina y Lavapiés), disfruté bastante más de lo que pensaba revisitando esos lugares y comprobando que el tiempo, de momento, no ha sido capaz de trastocar demasiadas cosas.