miércoles 1 de julio de 2009

Suplementos de verano


Desde que me dedico al periodismo, para mí el verano no lo anuncian ni la noche de San Juan ni el sosticio correspondiente ni la aparición en las radiofórmulas de la consabida canción del ídem, sino la llegada a los quioscos de los suplementos culturales de los periódicos. Son esas páginas que normalmente resultan banales y que casi siempre acaban siendo prescindibles, pero a las que tengo bastante cariño por la sencilla razón de que, de alguna manera, tuvieron bastante que ver en mi formación como periodista, y también en mi tendencia a rechazar ciertos convencionalismos a la hora de ponerme a escribir noticias, reportajes o cualquier cosa que de una u otra manera haga referencia a la actualidad.

Debuté en los suplementos de verano en agosto de 2001, cuando trabajaba de becario en la edición de las Cuencas de La Nueva España y un día recibí una llamada de Chus Neira -fue la primera vez que hablé con él, un año después tuvimos ocasión de conocernos y charlar largo y tendido-, que por entonces coordinaba el cuadernillo veraniego del periódico. Me dijo que buscaba a alguien que hiciese un reportaje consistente en una especie de comparativa entre las dos caras del verano a ambos lados del Pajares, con el túnel del Negrón como nexo inevitable y el lejano y remoto referente de unos científicos que acababan de descubrir no sé dónde que la velocidad de la luz sí variaba en el tiempo y en el espacio, o algo similar. El encargo era una marcianada, pero también una buena oportunidad para pasar el día fuera de la redacción, así que me enviaron a un fotógrafo de Oviedo y con él me dirigí a la autopista del Huerna. Al final, pasamos más de medio día entre Pola de Lena y Barrios de Luna, y aunque una vez de vuelta en Mieres me las vi y me las deseé para encontrar el estilo más apropiado para contar todo aquello (aunque tampoco sabía muy bien qué era lo que tenía que contar), no voy a negar que disfruté mucho escribiéndolo. Además, gustó tanto que al día siguiente apareció como información principal en la primera página del periódico. José Luis Argüelles, que era mi jefe por aquel entonces, me dijo que aparecer en primera era el orgasmo de cualquier periodista. No fue para tanto, pero tuvo su aquél.

Al año siguiente volví a hacer prácticas en La Nueva España, pero esta vez conseguí desembarcar en la redacción de Gijón. Es el verano que recuerdo con más cariño. Por muchas razones. Y todas tienen nombres propios. Fue el verano que conocí a Juan Carlos Gea –juntos nos trabajamos la Semana Negra enterita y nos pasamos bastantes horas de risas en la redacción, también nos cabreamos cuando me tuvo ocho horas persiguiendo por el hipódromo de Las Mestas a Vicky Martín Berrocal-, a Cipri -que tanto confió en mí siempre, y que me enseñó tantas cosas, y que escribía mejor que el mismísimo demonio-, a Dioni Viña -que con tanto cariño me trató siempre, aunque nunca llegamos a intimar demasiado-, al ilustre Ceínos. Fue también el año que conocí a María y a Rocío (cómo pasa el tiempo, monjitas), y a Joaquín Sabina, y a Ángel González, y a Diego Losada. Y cuando tuve mis más y mis menos con Loquillo, y cuando me subí al cerro de Santa Catalina para hacer un homenaje superfreak a Eduardo Chillida un día después de su muerte, y cuando le hice una entrevista absolutamente absurda al gran Luis Aguilé, y cuando tuve que inventarme unos conocimientos de hípica que no tenía para poder charlar durante un cuarto de hora con Cayetano Martínez de Irujo, y cuando me fui al Palacio de los Deportes con una caja llena de máscaras de carnaval para hacer el paripé con los fans de Slipknot, y cuando empecé a hacer crónicas de conciertos por casualidad y acabé convirtiéndome casi casi en un especialista, y cuando amanecí con el pobre Txentxo en una terraza de Cimadevilla, un día de Begoña, a las ocho o las nueve de la mañana.

Para variar, en 2003 no me cambié de ciudad, pero sí de periódico. En La Nueva España se me pusieron mal las cosas y acabé cruzando el frente para alistarme en la trinchera de El Comercio, gracias a los contactos de Cipri y al voto de confianza de María de Álvaro, y allí me metieron en el suplemento de verano correspondiente. Me costó adaptarme (pasé de trabajar en redacciones pequeñas, de no más de doce o trece personas, a trabajar con unos cuarenta periodistas alrededor; de ver el mar a través de la ventana a tropezarme con una mole de ladrillo aledaña a las vías del tren; de bajar a tomar algo a media tarde al puerto deportivo o la plaza del Marqués, a cogerle el truco a la máquina de cafés de la tercera planta), pero poco a poco fui entrando al trapo y -aunque tengo más recuerdos de la época que pasé allí como periodista de hecho- tuve mis gratificaciones: conocí, gracias a una entrevista deliciosa, a Fernando Fueyo (debe de ser el único cura que lee mis columnas todos los jueves, sin perderse ni una), y también a Ángel de la Calle (que además se lee mis libros, no sé si por afición o por penitencia), y por primera vez pisé la Escuela de Fútbol de Mareo, que formaba parte de esos lugares casi míticos que uno atesora en su imaginario infantil. También tuve otras gratificaciones inesperadas, y más mundanas: Arturo Fernández me dijo que era un chaval muy atractivo (y que eso te lo diga Arturo Fernández...), y Concha Velasco me dio preferencia sobre unos admiradores argumentando que no podía firmarles autógrafos porque tenía que atender a ese chico tan guapo (y que eso lo diga Concha Velasco...), y estuve frente al gran Rosendo en la parte trasera de El Bibio, y entrevisté en exclusiva (inesperada) a Jesulín de Ubrique, y estuve en la Feria de la Sidra de Nava, y también en otros sitios de los que ahora prefiero no acordarme.

En septiembre de ese año pasé a formar parte de la plantilla de El Comercio, me metieron en el área de información local y bueno, se me acabó el jolgorio. No volví a frecuentar los suplementos de verano, y supongo que, si hay alguna fecha que señala el inicio de mi trayectoria profesional, es ese 1 de septiembre de 2003 que puso fin a mis sucesivos periodos de prácticas. No me habría parado a pensar en ello de no ser porque hace unos minutos he tenido que escribir un pequeño artículo sobre el Café Gregorio para una pequeña revista estival que estamos preparando en Les Noticies y que verá la luz este viernes y me ha entrado un pelín de nostalgia, afortunadamente pasajera. Finalizada esta pequeña introspección, regreso al tajo. Feliz verano.

2 comentarios:

Víctor dijo...

Esa historia de Barrios de Luna es cojonudam yo creo que hasta gana con los años...

Rocío dijo...

Qué recuerdos... Besos.