Para quienes pasamos la adolescencia en la cuenca minera de los noventa, los Stukas eran una cosa un tanto anacrónica, una especie de vestigio del pasado que tolerábamos con más ironía que respeto y al que, a decir verdad, nunca pusimos más atención que la que tocaba echarle en las pistas de baile cada vez que al pinchadiscos de turno le salía la vena retro y colocaba Mira a esa chica o Hazañas bélicas para propiciar esos momentos de oro en los que la música nos servía de coartada para acercarnos a la tía que nos gustaba y lanzarle, cada uno como bien pudiera, dos o tres indirectas que ella, para nuestra desgracia, casi nunca sabía ni quería interpretar.
Éramos tan jóvenes, tan altos, tan guapos y tan idiotas, tan sumamente pagados de nosotros mismos, que no encontrábamos manera de explicarnos cómo las generaciones anteriores a la nuestra podían admirar a unos tipos que habían nacido en Langreo y no en Seattle y que, para colmo, seguían avecindados al lado mismo de nuestras casas, como quien dice, en vez de labrarse un futuro digno y fulgurante al otro lado del Pajares. Por eso fue curioso comprobar cómo a medida que íbamos haciéndonos mayores dejaban de gustarnos buena parte de aquellos grupos con los que habíamos agitado nuestras hormonas quinceañeras y, en cambio, los chicos de Ordóñez y Altable empezaban a ganar peso en ese territorio difuso y casi siempre indefinible que se ha dado en llamar educación sentimental. Hoy, cuando todos vamos ya camino de los treinta y hemos desertado, en mayor o menor medida, de los sueños que guiaban las ambiciones de aquellos años, resulta que sabemos que, si los Stukas tenían algo de lo que carecían aquellos otros a los que tanto habíamos amado, es que ellos sí eran un grupo de verdad, de esos curtidos a base de carreteras infames y escenarios ruinosos y bolos humillantes. Si podían presumir de una virtud, era de su autenticidad, de ese mostrarse a cara descubierta sin pudor a enseñar más cicatrices de las necesarias ni vergüenza de mostrar unas carencias que sabían suplir con garra, oficio y talento. Tardamos en darnos cuenta -y ya lo lamentamos en su día, pero aún más ahora que Ordóñez se ha ido a hacerle compañía a Altable a quién sabe qué lugar recóndito- de que probablemente los Stukas no fuesen ni mucho menos la mejor banda del rock del mundo, pero a cambio hacían gala de una cualidad que los ha convertido para siempre en intocables: ellos sí eran de los nuestros.
El Comercio, 25 de junio de 2009
El Comercio, 25 de junio de 2009
3 comentarios:
Miguel entiendo lo que quieres decir con este artículo pero ojo te olvidas de un nexo fundamental entre nuestrso años mozos y los stukas: el disco de homenaje del 97.
A través de ese LP (al que llegué gracias a la tremenda versión de las Undershakers) me enteré de que existían. Luego ya me fui enterando de más cosas.
Qué gran verdad y qué gran artículo. Ayer cené con Jos y Mauro y recordamos nuestros años en Eventual, jaja. Hablamos de ti, claro¡¡
Víctor: Bueno, yo no escuché ese disco. Recuerdo haber leído sobre él cuando salió, pero creo que nunca me lo eché a los oídos. Yo fui por otro camino.
Alfredo: Espero que no me dejaseis muy mal...
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