martes 26 de mayo de 2009

A propósito de Cortázar

[Ayer se presentó en Barcelona Papeles inesperados, un libro que reúne varios textos inéditos de Julio Cortázar. Por ese motivo, desde El Comercio me pidieron que escribiese un artículo sobre él para apoyar la información al respecto. Como no soy un experto en la materia, ni siquiera crítico literario, no creí que pudiera aportar nada digno en ese aspecto, así que decidí escribir una reflexión acerca de las operaciones de rescate de inéditos de autores ya fallecidos. Lo que salió fue esto.]


(Re)volver

Uno nunca sabe cómo reaccionar cada vez que salen al mercado libros que recogen textos inéditos de un autor ya fallecido cuyos deudos deciden dar a imprenta material que en su día no tuvo otro destino que el olvido. De un lado, es inevitable sentir una curiosidad bien lógica hacia aquello que alguien como Julio Cortázar dejó para siempre en el cajón, bien porque decidió que no era digno de ver la luz o bien porque no tuvo tiempo de hacer las correcciones o modificaciones pertinentes; del otro, cabe preguntarse si al hacer público lo que debería seguir perteneciendo al ámbito de lo privado los deudos del escritor argentino no estarán contraviniendo sus últimas voluntades aprovechando la indefensión de quien ya no puede alzar la voz para mostrar su disconformidad ni echar un último vistazo a las galeradas antes de que esas frases que una vez quiso condenar al ostracismo, o poner en cuarentena, lleguen a ojos de los lectores.

A estas dos consideraciones habría que añadir, además, una tercera que no debe pasar inadvertida. Por muy bueno que sea el material incluido en Papeles inesperados, dudo mucho que esté a la altura de Rayuela, La noche boca arriba o Casa tomada, por citar sólo los tres elementos del corpus cortazariano que más me conmocionaron como lector. Es decir, ignoro hasta qué punto puede afianzar o mejorar la consideración de una obra que ya figura entre los grandes hitos de la literatura en lengua castellana del siglo XX. No creo que leer el capítulo desechado del Libro de Manuel o esos poemas inéditos o esas autoentrevistas vaya a suponer una revelación de ningún tipo -o un placer añadido, o un aumento o consolidación del placer que ya existía- para quienes ya disfrutamos, y mucho, con La vuelta al día en ochenta mundos o Último round.

Salvo raras excepciones -léase John Kennedy Toole o Franz Kafka, por citar dos casos extremos, aunque no guarden muchas similitudes-, revolver entre los papeles de los escritores muertos sólo ha servido para encontrar anotaciones, bocetos, esquemas de lo que pudo ser y acabó convertido en otra cosa distinta. Rescoldos de un trabajo silencioso y solitario que quizás deban permanecer siempre en la oscuridad en la que su responsable quiso que quedasen enterrados y que ahora quedan expuestos sin que él tenga siquiera la oportunidad de defender o repudiar sus propias palabras.

El Comercio, 26 de mayo de 2009