viernes 24 de abril de 2009

Microcosmos153: Leer

Lo fácil hoy sería incurrir en la demagogia y hacer de evangelista de las beneficiosas propiedades de la lectura. Me temo que no escribo en vano, y que a estas horas ya estaremos todos hartos de atender a los mismos argumentos según los cuales leer nos convertiría en unas personas mejores de lo que somos, una falacia más que repetida a lo largo de los tiempos a la que año tras año suelen adherirse por estas mismas fechas quienes buscan en la literatura la fotografía o el titular que despreciaron el resto del año. Una y otra vez repetirán el mismo tópico, se llenarán la boca con las virtudes de la letra impresa y pondrán rumbo a otros asuntos sin reparar en que a sus espaldas quedan unas estadísticas raquíticas que dicen que en este santo país no se lee más que por equivocación y que quien abre un libro suele cerrarlo sin haber entendido la mitad de lo que en él se contaba.

Quizás convenga, pues, abandonar las palabras bonitas y empezar a decir de una vez por todas la verdad: que leer no nos hace mejores que nadie, y que tampoco tiene por qué hacernos peores. Ilustres asesinos han tenido en su mesita de noche novelas excelentes, y hubo grandes hombres que no leyeron en su vida o que sólo se atrevieron con opúsculos infumables. Eso no quiere decir más que una cosa: que los libros sólo son eso, libros, y que el uso que se les dé o el rendimiento que se les saque depende única y exclusivamente de las ganas o el talento de cada cual. Porque si algo garantiza el libro, si algo nos asegura en el momento en que lo compramos o lo tomamos prestado en alguna biblioteca, es que entre sus tapas no nos aguarda más que una incertidumbre: la de desconocer si al acabarlo seremos la misma persona que lo empezó. Un libro puede aclarar ideas, pero también llenar de dudas; puede dar soluciones, pero también causar problemas; puede mostrar la luz, pero también sumergirnos en un túnel cuya salida ya no podremos encontrar nunca. Así que leer, en el fondo, no es una cuestión de inteligencia, sino de valentía. Si se atreven, adelante; y si no, sigan a sus cosas. Probablemente así vivirán más tranquilos, pero se habrán perdido una de las mayores aventuras al alcance del hombre. No digan que no les he avisado. Feliz Día del Libro.

El Comercio, 23 de abril de 2009

1 comentarios:

Comtessa d´Angeville dijo...

¿Leer ejemplo de valentía? Mmmmm, sí quizá. ¿Quién decía aquello de que leer es peligroso?