Hay noticias que se anuncian con letras enormes y cuyos ecos resuenan durante días o meses hasta pasar a convertirse en parte de la gran historia de la ciudad que las acoge, en hechos notables cuya esencia acaba por influir sobre la eterna configuración de la idiosincrasia de los lugares que habitamos. Hay otras, sin embargo, que aparecen de improviso encaramadas en lo alto de una página, sobreviven con cierta precariedad durante dos o tres días y acaban languideciendo en la lacónica soledad de algún breve o emergiendo en forma de fugaz recordatorio escrito a vuelapluma con ocasión de una efeméride o a través de la casual evocación de algún cronista.
Esta tarde, mientras hacía tiempo paseando al borde de la bahía de San Lorenzo, recordé la historia del caminante que hace un par de meses se dejó ver por la ciudad para desaparecer engullido por la mar a espaldas de la iglesia de San Pedro, cuando asomado a la barandilla de esa escalera que llaman La Cantábrica tomaba fotos del temporal. Durante algunos días la prensa se hizo eco del suceso y siguió hasta la más ínfima noticia acerca del caso. En aquellas jornadas, los testigos del último paseo de aquel caminante desconocido (nunca le habían visto por aquí, nadie había cruzado una palabra con él, todos ignoraban su nombre y su profesión) respondían lo mismo cada vez que les preguntaban qué era lo que hacía aquel hombre: Caminar. Nada más que caminar. Andar sin trazar un rumbo fijo ni seguir más indicaciones que las que dicta el viento, detenerse a tomar aire y, después, seguir andando. Los ecos del caminante acabaron perdiéndose en el batiburrillo de novedades más o menos prescindibles de la cotidianeidad, hasta que hace unos días alguien encontró un cadáver descompuesto en una playa vacía y desabrigada que, supusieron, podía ser el de aquel extravagante personaje. Esta tarde, mientras me detenía en la misma barandilla desde la que él miró por última vez el mar, recordé su historia y pensé en el triste final de su andadura, en cuánto mejor hubiera sido que aquel cuerpo muerto y desfigurado no hubiese aparecido nunca, en qué acogedor resultaría el cuento del caminante si su protagonista se hubiese desvanecido para siempre en la espuma del mar y del misterio, como si siguiera caminando eternamente hacia ese lugar que todos anhelamos, pero que la mayoría sólo nos atrevemos a intuir.
El Comercio, 26 de marzo de 2009
El Comercio, 26 de marzo de 2009
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