viernes 27 de marzo de 2009

'Los últimos días de Michi Panero': El Mundo


Los últimos días de Michi Panero
Miguel Barrero
Premio J. P. Forner. DVD Ediciones, 2009
208 páginas, 14 euros

Sin pena ni gloria ha pasado Los últimos días de Michi Panero de Miguel Barrero (Oviedo, 1980). No es un libro de esos que las solapas llaman imprescindibles, pero tiene un mérito que debe ponerse en relación directa con el reto del autor, quien, a pesar de su juventud, se arriesga nada menos que a explorar las vivencias nihilistas poniendo en juego los mecanismos del recuerdo.


No larga memoria tiene un veinteañero como Barrero y no, desde luego, del “fin de raza” encarnado en una familia franquista, los Panero. La ausencia de recuerdo vivido la salva al darle tal valor a una película que hizo época, El desencanto. La cinta de Jaime Chávarri impresionó al protagonista y narrador de la novela, el joven y desconcertado escritor Ricardo Estrada. Tras episódicos encuentros con Michi Panero (hijo menor del poeta Leopoldo), Ricardo abandona Madrid y se recluye en Astorga (León). Aquí se hunde en el ambiente claustrofóbico de la aletargada ciudad y se contamina del desaliento e inutilidad que marcaron la vida de Michi.

Dos líneas se entrecruzan en la novela: el desmoronamiento familiar de los Panero con su patético desenlace (bastante conocido por la película y por las memorias de la madre, Felicidad Blanc) y el sinsentido vital del narrador. El cruce intensifica el sentimiento de fracaso, que el mismo texto subraya. En una escena fantasmagórica en que Michi y su hermano Leopoldo María deambulan entre las lápidas del cementerio donde se halla el panteón familiar, el narrador anota que eran “dos hombres desvencijados, rotos, solos. Igual que yo. Igual que todos”.

Esta vivencia entronca con una doble crónica, el absurdo de los años de la llamada Movida en la que Michi se benefició de la aureola del apellido hasta tener una efímera notoriedad y un papel impropio de un personaje secundario, y el derrumbe de aquella prestigiosa familia. De todo ello sale un relato de sinsentido vital generalizado que recuerda la tónica de las muchas novelas pesimistas de la alta postguerra inspiradas en un vago existencialismo.

Miguel Barrero viene a proponer, así, una estampa de desaliento e impotencia con valor genérico e intemporal a partir de datos contemporáneos. Esta impresión del mundo se siente como verdad, y, sin embargo, no convence del todo que sea auténtica. Existirá, pero no se ve qué razón de peso impulsa a Ricardo a su drástico abandono ni tampoco se justifican sus quebraderos de cabeza astorganos. Todo resulta un poco artificioso o forzado, y suena más a literatura que a necesidad comunicativa. Creo que Barrero parte de literaturizar una idea, que imposta el tema y que le falta ese algo perentorio que impulsa a escribirlo, porque, en el fondo, no deja de ser un narrador vitalista, de los que apuran sensaciones y sentidos.

Escribir escribe bien, con buena prosa, cuidada y ágil, pero el libro carece de una raíz en profundidad de lo vivido y sentido. Cuando la tenga, dará el salto al novelista pleno que este libro insinúa y por el que merece aliento.

Texto: Santos Sanz Villanueva
Fuente: Suplemento El Cultural del diario El Mundo, 27 de marzo de 2009