Desde hace unas semanas suelo abrir el Google Earth para recorrer virtualmente ciudades que ya conozco, que aún no he visitado o que visitaré pronto. Lo utilicé por primera vez hace unos meses, cuando tuve que hacer un viaje largo al sur peninsular, y tantas veces recorrí mi punto de destino a vista de pájaro que cuando al fin me vi allí, a ras de suelo, sólo tuve que guiarme por pequeñas intuiciones (esta estatua debe de ser aquel puntito, esta calle debe de ser la misma que unía la avenida principal con aquella otra secundaria, al otro lado de esta plaza tiene que estar la biblioteca) para moverme sin llegar a complicarme demasiado la vida. De alguna manera, aun sin haber estado nunca antes en aquella ciudad, se apareció ante mí como un lugar ya conocido (o reconocido), como un elemento familiar y difuminado del que sólo tendría que delimitar unos contornos que, por lo demás, también habían quedado prefijados.
Hace unos días comentaba con alguien la posibilidad de que la vida nos viniese así, con un pequeño plano en el que apareciesen señaladas algunas fechas y lugares importantes, esos acontecimientos que uno no debe perderse y para los que tendría que estar preparado, esas personas que van a llegar sin que uno las espere y que acabarán quedando para siempre, aunque finalmente se vayan. Una hoja de ruta que indique cuándo y dónde se le aparecerá a uno el amor de su vida, en qué momento decidirá escoger qué profesión, cuándo aprenderá a conjugar el verbo sufrir, qué día y a qué hora tendrá que empezar a acostumbrarse a perder. Uno podría así caminar sobre seguro, ir construyendo firmemente su propia biografía sabiendo que siempre puede decidir si pasar o no de largo por esa estación que sabe que verá a la vuelta de la curva siguiente. Pero qué aburrido sería, sin embargo, convertir el destino en un bloc cuadriculado, desterrar para siempre la causalidad de los azares, limitar la propia vida a una mera constatación en vez de disfrutar de su mecánica salvaje y aleatoria.
Tan aburrido como pasear por primera vez por una ciudad que ya se ha visto, como recorrer unas calles sabiendo ya a dónde acabarán conduciéndonos, sin lugar para el terror o la sorpresa ni para la posibilidad de encontrarse de pronto ante un abismo que nos obligue a dilucidar, en cuestión de segundos, si conviene quemar naves o si, aunque pese, es mejor retroceder.
El Comercio, 26 de febrero de 2009
El Comercio, 26 de febrero de 2009
0 comentarios:
Publicar un comentario en la entrada