jueves 29 de enero de 2009

Microcosmos141: Fotos

Como hace unas semanas me he cambiado de casa, llevo unos cuantos días de acá para allá, trayendo y llevando cajas en las que poco a poco voy amontonando lo más salvable de entre todo lo que se me ha ido echando encima en estos veintiocho años. No sé si consciente o inconscientemente, lo último que me he traído al piso que ahora ocupo fueron mis viejos álbumes de fotos. Son unos cuantos -esos librillos pequeños que te regalaban al revelar los carretes, cuando aún había carretes, y con los que había que tener mucho cuidado para no romper el plástico en el que se iban introduciendo, dos a dos, los clichés- y la mayoría estaban arrinconados al fondo de un estante de mi antigua vivienda, por lo que llevaba varios años sin echármelas a los ojos y ni siquiera recordaba ya que existieran muchas de ellas.

No me gusta regodearme en el pasado, y apenas lo hago a no ser en charlas con viejos amigos o cuando las circunstancias me obligan a rememorar tal o cual episodio que, para bien o para mal, ha quedado almacenado en mi memoria. Al revisar estas fotos antiguas -hace unos minutos, aquí mismo, en la mesa donde ahora escribo- he tratado de sentir nostalgia de los tiempos en los que se tomaron (mi época de estudiante universitario, en una Salamanca que se antojaba fascinante y acabó convirtiéndose en un lugar aburrido y nada propicio para encantamientos esproncedianos; las primeras redacciones en las que trabajé; la ciudad donde crecí vista desde la ventana de mi viejo dormitorio) y he sido incapaz de echar de menos esos tiempos que fueron presuntamente mejores y de los que, sin embargo, todos quisimos huir lo antes posible. Sí me conmovió, sin embargo, una de ellas. Se trata de un retrato que alguien me tomó en el primer piso de la torre Eiffel, en mi primer viaje a París, cuando yo tenía dieciséis años. En ella, me apoyo de lado en la barandilla y miro a la cámara con gesto interesante y no exento de cierta chulería, como si esa imagen pudiese pasar algún día a la posteridad. Por mucho que lo intento -aún la tengo aquí, ante mis ojos, mientras tecleo estas líneas-, no soy capaz de reconocerme en ese joven. En realidad, pienso, puede que ya sea alguien distinto a mí, y que no tengamos nada que ver, y que fuésemos incapaces de encontrar un tema del que hablar en la imposible hipótesis de que un día llegáramos a cruzarnos por la calle. En el fondo, hoy por hoy no nos une más que una misma cosa: lo poco que él sabía entonces, y lo poco que yo sé ahora.

El Comercio, 29 de enero de 2oo9