martes 29 de abril de 2008

A propósito de Mendoza

Siempre hay cierta controversia cuando sale a relucir el nombre de Eduardo Mendoza. Algunos lo consideran uno de nuestros mejores novelistas. Para otros no es más que un escritor normal y corriente que trata, sin éxito, de crear algo que, como poco, se parezca a alguna de sus grandes obras. Supongo que no es fácil mantener el listón alto cuando uno se estrena con una novela tan inmensa como es La verdad sobre el caso Savolta (Seix Barral, 1975) y remata la faena una década más tarde con esa maravilla titulada La ciudad de los prodigios (Seix Barral, 1986). Cualquiera de esas dos obras justifica una carrera literaria, e imagino que resulta agobiante sentarse a escribir con esos referentes en la cabeza. Viene todo esto al caso porque acabo de leer El asombroso viaje de Pomponio Flato (Seix Barral, 2008) y me ha gustado. No tanto como las novelas antes mencionadas, pero sí me agradó como me agradaron El misterio de la cripta embrujada (Seix Barral, 1978), Sin noticias de Gurb (Seix Barral, 1990) o La aventura del tocador de señoras (Seix Barral, 2001) , y, desde luego, me ha parecido mucho mejor que El año del diluvio (Seix Barral, 1992) o Mauricio o las elecciones primarias (Seix Barral, 2006). Supongo que tiene razón cierta crítica cuando señala que al abordar la obra de Mendoza es necesario diferenciar entre obras mayores (sólo dos, las citadas al principio) y obras menores, pero esa separación, que podría llevar implícito un cierto matiz peyorativo, no tiene por qué condicionar la perspectiva desde la que se enjuicie al autor. Todas las novelas de Mendoza (al menos todas las que he leído, me quedan algunas) están escritas con respeto, con inteligencia y, sobre todo, con un sentido del humor que se estila poco en nuestra literatura, tan grave y circunspecta en ocasiones. Y además, en ellas el autor incurre en no pocos riesgos (porque Sin noticias de Gurb o El asombroso viaje de Pomponio Flato, por poner dos ejemplos, no son, en absoluto, novelas fáciles). Hace poco escribí aquí sobre Navona, una editorial creada hace unos meses que se ha propuesto ir rescatando determinadas obras de grandes autores que, por uno u otro motivo, se quedaron fuera del canon. Por ceñirme al caso de Steinbeck (que fue del que hablé en aquella ocasión), no creo que ni Tortilla Flat ni El breve reinado de Pipino IV alcancen la altura literaria que tenían Las uvas de la ira o Al este del Edén, pero eso no las convierte en malas novelas, ni mucho menos en novelas prescindibles. Más bien al contrario: pese a alejarse de los postulados que rigen el corpus de un autor al que se suele considerar duro, resultan ser obras necesarias para comprender cabalmente la mentalidad de quien las escribió, sus obsesiones, sus temores y sus válvulas de escape. Aún tiene tiempo Mendoza de escribir su tercera obra maestra, pero no pasará nada si no lo consigue, y no creo que lo haga. De momento nos ha dejado dos novelas apabullantes y unos cuantos libros con los que nos ha entretenido y, en muchos casos, nos ha hecho pensar. Y nadie puede negarme que eso es mucho.

1 comentarios:

Anónimo dijo...

¡Cómo salvas los muebles! ¿Has leído la reseña sobre tu libro en «Cultura»?