Dos hombres solosXerez, 0- Sporting, 0
Pablo Rivero -autor de la única novela sportinguista de la que tengo noticia y aficionado tan incondicional como crítico desde la gloriosa década de los ochenta- me decía el sábado por la noche, en una breve conversación que mantuvimos tras encontrarnos por casualidad a las puertas de la Universidad Laboral, que el de Jerez era uno de esos partidos difíciles que empezarán a llegar a partir de ahora.
Le di la razón entonces y se la di horas más tarde, mientras el balón rodaba sobre el césped de Chapín, al constatar las dudas que le entran el Sporting cada vez que tiene que tomarles el pulso a sus rivales directos lejos de las cercanías del Piles.
Tenía razón Preciado. El Xerez de este año es un buen reflejo de lo que fuimos nosotros hace una temporada, cuando los goles no eran capaces de entrar y podíamos bailar a todo un Villarreal para acabar abandonando el campo con el resultado en contra. El conjunto andaluz, que ayer fue de menos a más a lo largo de los noventa minutos, hizo lo que pudo y acabó por no conseguir nada pese al más que meritorio esfuerzo de sus hombres, que lucharon como jabatos todo lo que no está escrito para ganar los tres puntos ante un Sporting que supo dominar a ratos y creó varias (y buenas) ocasiones, pero tampoco fue capaz de perforar la red de Renan, en parte por esa falta de puntería que siempre parece aparecer en los encuentros que resultan aparentemente más asequibles y en parte por la providencial aparición de los postes, esos aliados invisibles y arbitrarios que de cuando en cuando acaban erigiéndose en factores decisivos a la hora de dilucidar el resultado final de una contienda.
Así, entre la incapacidad de unos y otros -no fue un partido vistoso el de Jerez, no uno de esos empates sin goles que el aficionado acaba recordando por la valentía o la casta de los contrincantes o por ese vértigo que emana de los encuentros directos entre dos rivales que tienen mucho que perder y lo saben-, sólo quedaba alguna perla esporádica, algún brillo fugaz e inservible, algún gesto para la galería de esos que sólo sirven para entretener las moviolas o dar pie a algún comentario jocoso o malhumorado en la barra del bar. Y entre unas cosas y otras, dos jugadores que resultaron imprescindibles a la hora de dar ritmo al partido, dos antagonistas perfectos de los que a la postre acabó dependiendo el que la cosa acabara en alegría o decepción para uno de los dos equipos, dos hombres solos que tuvieron en sus pies y en sus manos la moneda de cuya cara o cruz dependerían los dígitos que iluminaran finalmente el marcador.
La literatura futbolística se ha ocupado con relativa frecuencia de la soledad del portero, ese jugador que se pasa la mayor parte del partido sin hacer otra cosa que pensar y que en no pocas ocasiones acaba viéndose obligado a reaccionar en milésimas de segundo, a tomar a una velocidad de vértigo decisiones fundamentales y que, a veces, llegan a rozar el drama. Juan Pablo, en lo que llevamos de Liga, ha mostrado su capacidad para ambas cosas. Cuando el balón rueda lejos de su área, cuando el peligro se conjura por sí solo merced al dominio y el control propios o la apatía de la delantera y el medio campo contrarios, sabe seguir la jugada y anticiparse a cualquier deriva fatal desde su puesto de vigía. Cuando la amenaza se concreta, bien después de anunciarse o bien en un chispazo inesperado nacido de cualquier cortocircuito de la defensa, tiene la templanza, la garra o la intuición necesaria para colocar el puño en el lugar propicio, o el pie en el punto indicado, o para atrapar con sus manos el esférico cuando el delantero enemigo está a punto de iniciar la celebración del gol o sus propios compañeros dan por consumada la no siempre subsanable tragedia del gol ajeno.
A menudo se habla de las virtudes defensivas de este Sporting, de lo mucho que ha cambiado el equipo desde que el año pasado esa línea se asemejase más a un queso gruyère que a una auténtica barrera, pero posiblemente no se haya hablado de Juan Pablo todo lo que se debiera. El leonés, a quien la justicia poética parece haber decidido otorgarle en Gijón lo que le había negado en otras latitudes, fue en Jerez el jugador más decisivo del equipo, lo que tampoco constituiría una novedad excesiva ni sería algo poco habitual de no haber tenido enfrente a un jugador como Keita, uno de esos futbolistas robustos y potentes que hacen jugar a su equipo y que, sobre todo, reclaman que su equipo juegue para él.
La chilena que se marcó el africano después del saque de un córner, en un escorzo inverosímil en el epicentro de un área embarullada, posiblemente sea la imagen más bella que quedará de este partido, su improbable contribución a los anales del fútbol patrio, pero sería injusto congelar la imagen ahí y evitar el desarrollo posterior para deleitarse con la parada de Juan Pablo, que consiguió sacar petróleo (o, más bien, impedir que entrara) de una jugada en la que casi todos, en el campo y en los televisores, vieron un gol que gracias a la efectiva intercesión del meta no se llegó a cantarse. No fue ése su único duelo. Uno y otro tuvieron que verse las caras más de una vez a lo largo del partido. El primero, con su corpachón y sus ganas materializando la necesidad de un Xerez que tendrá que sudar sangre para mantenerse en Primera. El segundo, con sus manoplas deteniendo o atajando cada sacudida de aquél, haciendo gala de esa extrema frialdad que sólo los héroes saben sacar a relucir en los momentos más difíciles. Dos hombres solos para lavar, siquiera un poco, la imagen de un partido que no pasará a ninguna historia.
El Comercio, 23 de noviembre de 2009
El Comercio, 23 de noviembre de 2009












