lunes 9 de noviembre de 2009

Línea de Fondo-Jornada 10

Las dos caras de la heroica
Sporting, 1-Espanyol, 0

Hace unos meses, en el transcurso de una cena en Colombres con la que se daban por concluidos unos encuentros literarios a los que me habían invitado, hablaba con el periodista David Castillo -que además de ocuparse de la sección cultural del diario Avui y escribir libros tan espléndidos como la biografía de Pepín Bello, el hombre en la sombra de la Generación del 27, es un contumaz espanyolista- acerca de la heroica y su aplicación al fútbol partiendo, precisamente, de los dos equipos a los que ambos hemos entregado todas nuestras preferencias.

Conveníamos en aquella ocasión que a la heroica se puede llegar tanto por el éxito como por el fracaso. Heroica fue la gallardía con la que Hércules superó los doce trabajos que tuvieron a bien encomendarle los dioses, pero también la expedición comandada por el capitán Scott que vio frustrado su intento de conquistar la Antártida. Heroicas fueron las hazañas bélicas de Julio César, pero también la malograda resistencia de Vercingetorix y sus irreductibles galos. Heroica fue la gesta de Moisés rumbo a la tierra prometida, pero también la sufriente derrota del Sansón que decidió morir aplastando a los filisteos bajo el peso de su propio templo. Con tanto precedente ilustre, los dos estuvimos de acuerdo (miente quien diga que en los encuentros literarios se habla sobre todo de literatura) en que la de nuestros dos equipos, Espanyol y Sporting, era una heroica fundamentada principalmente a base de decepciones. Los primeros, por haberse visto siempre amilanados bajo la sombra de un rival tan gigantesco como inaccesible. Los segundos, por sus constantes devaneos con un infortunio que en esta última década se había vuelto especialmente pertinaz. Ambos, por haber tenido que purgar con auténticas peregrinaciones desérticas las relativas glorias de unos tiempos cuyo brillo sólo es equiparable a lo efímero de su impronta.

Así las cosas, ante la perspectiva de dos heroicas similares confrontándose sobre el césped de El Molinón, sólo cabía aguardar o un duelo entre iguales o un rápido reparto de papeles que asignara los roles de víctima y verdugo sin que mediara más intervención que la del azar. Y sin embargo, los dos equipos se afanaron en desarrollar sobre el campo una perfecta ejemplificación de lo que pueden ser las dos caras de la heroica: la del vencedor que sabe serlo sólo con lo justo y la del caído que pone todo cuanto está de su lado para intentar dar la vuelta a una situación inmerecida.

El Sporting, pese a hacer un partido paupérrimo, consiguió tres puntos que algún que otro aficionado calificaba a la salida como imprescindibles y dejó dos lecciones que habrá que aprenderse bien en esta temporada: que Bilic aún puede resolver eficazmente los duelos (por más que parezca que nos sientan mal los goles tempraneros, a tenor de lo que sufrimos cada vez que nos desmarcamos con uno) y que las lunas de miel no son eternas. El Espanyol, pese a jugar un partido dignísimo y a llevar la batuta durante la mayor parte de los noventa minutos y a hacer que el respetable sintiera un escalofrío cada vez que sus delanteros se acercaban a nuestra área, acabó padeciendo una derrota tan inmerecida como ilustrativa de lo poco que vale el esfuerzo cuando el destino se le pone definitivamente a uno en contra.

Porque si el Sporting hizo gala de heroica alguna, fue precisamente de la de la resistencia. El mayor mérito del equipo -en realidad no hubo otro- fue el de haber conservado la victoria sin más deslumbramientos que el que propició la jugada del único gol ni otro esfuerzo que el de correr detrás de unos periquitos que sí sabían bien a lo que habían venido. No es mala cosa si se tiene en cuenta que hace tan sólo un año nadie en su sano juicio habría dado por ganado un encuentro como el de ayer, ni que ganar jugando mal es una de las cosas que más anhelan incorporar a su statu quo todos los equipos que, como nosotros, acabarán dilucidando su ser o no ser al final de la campaña.

La heroica del Espanyol, por contra, se basó en esa insistencia que todos les reconocían a los de Preciado la temporada anterior: su incapacidad para rendirse por muy mal dadas que vinieran las cosas y su afán por echarse arriba a las primeras de cambio, sin permitirse caer en el derrumbe ante las portentosas paradas de Juan Pablo, la intercesión de los largueros o algún extraño error en los remates que impidió que el marcador dejara sin inaugurar el casillero destinado al conjunto visitante. El Sporting, acostumbrado a echar mano de esa heroica que apuesta por el todo o nada, se sorprendió ayer a sí mismo erigiéndose en apóstol de la facción contraria. El Espanyol, un año después de aquel cero a tres que les sirvió para empezar a vislumbrar una tímida luz en su andadura a la vez que nos dejaban orientados al pozo del descenso, abandonó Gijón dejando tras de sí un gran partido que, cosas del fútbol, acabó por no servirles para nada.

Resumiendo, podría decirse que el equipo que siempre se dejaba la vida a cambio de recompensas más bien exiguas acabó convirtiéndose en triunfador de una batalla en la que finalmente puso muy poco de su parte mientras el otro se desgañitaba para tratar de emular la gesta de hace unos meses, cuando con sólo tres tiros a puerta marcó el inicio de aquel trayecto hacia el vacío que tanto nos costó abandonar. Así es la heroica. Así es la vida.

Foto: Paloma Ucha
El Comercio
, 9 de noviembre de 2009

sábado 7 de noviembre de 2009

Juan Cueto: «El progreso fue un fracaso»


Para llegar a la casa -un chalet coqueto y centenario que en su día fue propiedad del fotógrafo alemán Octavio Vinck y que responde al nombre de 'Villa Josefina'- hay que dejar atrás el Museo Evaristo Valle y seguir el camino que conduce a la parroquia de Cabueñes. «No tiene pérdida», había dicho por teléfono unos días atrás: «En cuanto llegues a una curva y veas una palmera altísima». Dicho y hecho. En cuanto la palmera entra en el campo visual, él ya está en el jardín esperando.
-Estoy un poco cohibido.
-¿Por qué?
-Siempre he pensado que usted es una de las figuras más importantes que ha dado la cultura asturiana en estas últimas cuatro décadas.
Él suelta una carcajada.
-Pues no te cohíbas, que yo no me lo tomo en serio ni me lo he tomado nunca. Fíjate que he dejado de escribir con la misma naturalidad con la que empecé a hacerlo. La verdad, no es para tanto.
Pero sí que lo es. A Juan Cueto Alas (Oviedo, 1942) se le deben algunos ensayos imprescindibles como la 'Guía secreta de Asturias' (1975), 'Una conversación con Navascués' (1976) o 'Los heterodoxos asturianos' (1977), pero también la creación de una revista tan fundamental como 'Los Cuadernos del Norte' -cuya colección completa rescata ahora Cajastur- o la puesta en marcha de un modelo televisivo que casi comenzó como una excentricidad y ha acabado marcando la agenda mediática de la España de nuestro tiempo, por no hablar de sus juicios sobre los logros y perversiones de la Sociedad de la Información.

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viernes 6 de noviembre de 2009

El sabio que vino del norte


Siempre había querido conocer a Juan Cueto. Al menos desde que, con quince o dieciséis años, me encontré en un periódico con una entrevista que alguien le había hecho y en la que decía cosas que a mí en aquel momento me parecieron bastante sensatas. Al menos desde que, a raíz de aquella lectura accidental, fui descubriendo en la biblioteca de mi padre algún que otro libro que ojeé sin entender nada y sobre el que fui volviendo, ya con más fundamento, al cabo de los años. Al menos desde que supe que había dirigido Los Cuadernos del Norte y fundado Canal +. Al menos desde que empecé a seguir sus artículos en El País Semanal cada domingo. Al menos desde que fui sabiendo de sus opiniones y sus juicios -siempre emitidos desde un conocimiento profundo del tema que se trataba- y constaté que, en la mayoría de los casos, solían coincidir más o menos con los míos.

Siempre había querido conocer a Juan Cueto. A primeros de los noventa, cuando yo era aún un crío, solía pasar algunas tardes de mi primer verano gijonés en el chalet de un primo de mi padre que quedaba a espaldas del suyo, muy cerca de la playa de San Lorenzo, pero de eso me enteré años más tarde, más o menos cuando le eché un ojo a Los heterodoxos asturianos y me compré en un saldo sendos ejemplares de Pasión catódica y Pasiones catódicas, los dos volúmenes en los que reunió algunas de sus críticas televisivas. Luego, hice algunos amigos que resultaron ser también amigos suyos y conocí gente que también le conocía. Aunque las oportunidades iban surgiendo, nunca llegamos a cruzarnos. Hasta un compañero de El Comercio me sugirió en una ocasión que le llamara para que presentase mi primera novela. Yo tenía entonces 24 años y mi vanidad estaba en plena ebullición, pero -la admiración y el respeto tienen estas cosas- no llegué a atreverme a tanto. Mi trayectoria periodística, para colmo, nunca había llegado a coincidir con la suya como pensador u opinador. Cada vez que le llamaban para que concediera una entrevista, o para que hiciera alguna apostilla sobre cualquier tema de actualidad, siempre era otro el encargado de cumplir tal labor. Yo me limitaba a hacer lo que había hecho siempre: leer sus palabras al día siguiente, impresas en el papel del periódico.

Siempre había querido conocer a Juan Cueto, pero nunca se me había arreglado. Hasta el sábado pasado. La sorprendente, por inesperada, reaparición de Los Cuadernos del Norte y su retirada de los escenarios periodísticos desde hace más o menos un año me daban la excusa perfecta para intentar una aproximación. Conseguí su teléfono, le llamé y me citó en su casa, y allá me fui con mi grabadora y una moleskyne que casi nunca uso pero que me llevé bajo el brazo por si fallaba la electrónica y me veía de pronto atrapado en el más absoluto de los ridículos. El camino hasta allí tuvo mucho de odisea -anduve por lugares por los que nunca había andado, descubrí una zona de Gijón absolutamente inédita para mí, me perdí por los alrededores de un afamado restaurante en busca de algún bar donde tomar un mísero café para tranquilizarme (nunca me pongo nervioso con las entrevistas, pero ésta era una excepción) antes de acercarme al lugar acordado para el encuentro-, y a medida que me iba aproximando a las puertas del chalet donde se me esperaba notaba cómo crecía en mi estómago una bola que sólo se deshizo cuando, nada más entrar en el jardín, nos dimos la mano y nos presentamos y nos pusimos a hablar del tiempo, y de mis circunstancias personales y profesionales, y del bar de Mieres que da nombre a esta bitácora y por el que él tanto había ido en la década de los ochenta. Cuando volví a mi casa, ya se había hecho de noche. Fueron dos horas de conversación ininterrumpida que culminaron con la promesa de mantener el contacto y con una dedicatoria en mi ejemplar de Pasiones catódicas que dice: Para Miguel, en recuerdo de una estupenda tarde.

Por mucho que diga García Márquez, el periodismo no es el mejor oficio del mundo (bien que lo sabemos los que sí nos dedicamos a él), pero de vez en cuando permite que los mitómanos (incluso los mitómanos tan extravagantes como yo) veamos cumplido algún que otro sueño.

Si les interesa, podrán leer la entrevista -aunque en realidad fue una conversación- mañana, sábado, en el suplemento Culturas del diario El Comercio. Es decir, aquí.

jueves 5 de noviembre de 2009

Microcosmos171: Ideologías

Hace ya unos cuantos meses, en plena mudanza, vinieron hasta mi casa dos chavales rumanos para montar unas estanterías que yo había comprado un par de días antes en cierta multinacional del mueble. Como mi curiosidad es más bien escasa para según que cosas, dejé que abandonaran mi domicilio -una vez que hubieron concluido su faena- sin preguntarles si eran unos nostálgicos de Ceaucescu o si, por el contrario, abrazaban sin tapujos esa peculiar fe en el libre mercado que ha anidado en casi todos los países del Este. Las estanterías habían quedado bien puestas, o eso parecía -al menos, a día de hoy aún no se me han caído encima-, y lo que pensaran o dejasen de pensar aquellos zagales me importaba una higa.

Hace unos días asistimos a la negativa de no sé qué alcalde (o alcaldesa) a que en su pueblo se celebrara un homenaje a Agustín de Foxá porque el susodicho escritor había sido un franquista inmisericorde y homenajearle a él era como homenajear al extinto régimen del Generalísimo. Ante tamaña gilipollez, no tardaron en hacerse oír los capitostes culturales de la derecha española con sus loas exageradas a los méritos de Foxá -que era un buen escritor, pero tampoco tanto como se dijo por ahí-y sus desprecios para con los de la otra trinchera por su estulticia, sin recordar que ellos mismos incurren a menudo en el mismo error al despreciar a no pocos autores precisamente por estar bien vistos entre sus contrarios. Lo malo es que en medio de unos y otros, como vil moneda de cambio, siempre termina quedando la literatura, a la que no pocos le exigen una especie de sello ideológico que sólo sirve para marcar un amago de canon absurdo e infantil según el cual leer a Lorca o a Cortázar sería muy de izquierdas y ocuparse de Borges o Rosales vendría a ser cosa de fachas.

Que piensen eso los políticos me parece lógico y normal: no hay más que verlos para cerciorarse de que, salvo honrosas excepciones, pueden ser cualquier cosa menos buenos lectores; pero que aún queden presuntos intelectuales que entren raudos y felices a esos trapos dice muy poco de un país que, por lo que se ve, aún no ha sido capaz de sacudirse las cenizas de la guerra civil para poder juzgar a sus artistas con el único criterio que importa: el que prima la excelencia y olvida, por inútiles, los motivos remotos que la engendraron.

El Comercio, 5 de noviembre de 2009

lunes 2 de noviembre de 2009

Línea de Fondo-Jornada 9

Realismo mágico
Deportivo, 1-Sporting, 1

Hace unos días, un colega me contaba la historia de un torero mexicano que, para recuperar los favores de su amada, no dudó en inundar con pétalos de rosa los aposentos de ésta después de clavar en la puerta de su alcoba el rabo de uno de los toros que había lidiado aquella misma tarde. Como mi contertulio había huido a tiempo de aquel infierno, no pude saber si finalmente la dama había retomado sus interrumpidas relaciones con tan original diestro o si, por el contrario, la peculiar ceremonia de cortejo consumada con éste había acabado por dar al traste con la relación que mantenían. Sí sirvió la anécdota, sin embargo, para confirmar que quizás eso que venimos conociendo como realismo mágico y que pusieron de moda autores como García Márquez o Carpentier tenga más de lo primero que de lo segundo, y que, siguiendo lo que decía Galeano, en América Latina el surrealismo es algo tan natural como la lluvia.

Algo similar ocurre con Galicia. La comunidad vecina tiene a gala ser tierra de meigas (haberlas haylas, dicen los de allí para apuntalar constantemente el mito), y buena parte de la literatura que se ha venido desarrollando dentro de sus límites geográficos -de Fernández Flórez a Cunqueiro, y por ahí todo seguido- ha aprovechado hasta la extenuación, con mejor o peor fortuna, los recursos de esa mitología tan doméstica como encantadora que habla de fantasmales comitivas fúnebres o de parroquias lejanas a las que uno está condenado a peregrinar después de muerto si no ha tenido tiempo de acudir en vida.

Como la vida, más que imitar al arte, se deja influir con él, no hay más que cruzar el Puente de Los Santos para sentirse un poco inmerso en ese caudal de mitos engendrados por el imaginario colectivo de nuestros primos hermanos. Y como el fútbol, en cierta manera y de una forma muy sui generis, no deja de ser una metáfora imperfecta de la vida y, como tal, se ve incapaz de resistirse a los influjos galaicos. Hay varias pruebas que avalan mi teoría.

En primer lugar, habría que empezar señalando que La Coruña es una ciudad que dista casi 300 kilómetros de Gijón, lo que equivaldría -más o menos y sin pisar mucho el acelerador- a unas tres horas de coche, lo que supone una distancia, si no considerable, sí digna de tener en cuenta. Pese a eso, ayer el paseo de Riazor, la plaza de María Pita o la avenida de Portugal podrían haberse confundido perfectamente con el Muro de San Lorenzo, el barrio de La Arena o el epicentro de La Guía, a tenor del barullo de bufandas y enseres rojiblancos que pululaba por los enclaves galaicos.

En segundo lugar, el Sporting jugó su peor partido desde la debacle de Pamplona (aunque, por fortuna, lo hicimos bastante mejor que entonces) y, pese a ello, sacó un punto que le supo a gloria a una afición que comenzó presenciando el match esperanzada por el recuerdo del 0-3 del año pasado en ese mismo escenario y acabó suplicándole al árbitro que pitara el final antes de que una carambola del enemigo (un Deportivo que se parece muy poco a aquel SuperDépor de Arsenio, pero que anda metido por puestos de Liga Europa) acabara despojándonos de un botín que resulta exiguo y suculento al mismo tiempo.

En tercer lugar, Pérez Burrull no pitó un presunto penalti (en nuestra contra) que era perfectamente pitable y anuló por fuera de juego un gol de los blanquiazules. No es ninguna novedad que Pérez Burrull opte por templar gaitas, o por no meterse en líos, o por equivocarse. Pero que pite a nuestro favor, aunque sea con justicia, ya es todo un avance.

En cuarto lugar, no es normal que la suerte de un equipo al tirar a puerta sea tan nefasta como lo fue ayer la del Deportivo, que vio cómo sus balones se estrellaban contra los largueros, se iban fuera por muy poco o se negaban a colarse en la red por no sé qué extraños caprichos parabólicos. Que Juan Pablo estuviera, una vez más, extraordinariamente metido en su papel no quita para certificar que el Sporting, por una vez, tuvo esa fortuna para la que históricamente se ha visto negado.

Y en quinto (y último) lugar, aunque esta temporada las cosas estén cambiando (alguien tendría que sugerir al dj de El Molinón que comience a pinchar la canción de Dylan en los partidos para que podamos acabar de creernos lo que vemos), no deja de sorprender que una de esas contras que antes nunca nos salían al derechas culminase ayer con el golazo a puerta vacía de Diego Castro que acabó con el ceguerón que nos impedía vislumbrar la buena estrella que nos ilumina desde que abandonamos el Reyno de Navarra.

Habrá que concluir, pues, que Galicia tiene algo o que, por lo menos, sus embrujos no tienen para nosotros efectos demasiado perniciosos. Y aunque este año nos hayamos ido de allí igual que estábamos, no deja de resultar gratificante poder divisar, desde lo alto de la Torre de Hércules, un futuro más esperanzador que el que nos aguardaba hace ahora más o menos un año, cuando al realismo mágico se lo beneficiaban los adversarios.

El Comercio, 2 de noviembre de 2009

sábado 31 de octubre de 2009

Día de Todos los Santos

Cerrar podrá mis ojos la postrera
sombra que me llevare el blanco día,
y podrá desatar esta alma mía
hora a su afán, ansioso lisonjera;

mas no, de esotra parte, en la ribera,
dejará la memoria, en donde ardía:
nadar sabe mi llama la agua fría
y perder el respeto a ley severa.

Alma a quien todo un dios prisión ha sido,
venas que humor a tanto fuego han dado,
médulas que han gloriosamente ardido:

su cuerpo dejará, no su cuidado;
serán ceniza, mas tendrá sentido;
polvo serán, mas polvo enamorado.

Francisco de Quevedo
(1580-1645)

jueves 29 de octubre de 2009

Microcosmos170: Los muertos

Hace unas semanas me cambié de teléfono móvil y, al repasar la agenda del viejo para apuntar aquellos números que iban a acabar perdiéndose en el trasvase, me encontré con los nombres de dos personas que ya no están y cuyas señas de contacto seguían almacenadas en la tarjeta de memoria de mi antiguo aparato.

Como esos datos ya no iban a poder servirme de nada -nunca me fueron de mucha ayuda en realidad: a una de ellas la llamaba muy pocas veces porque el trato que teníamos era asiduo y casi constante; con la otra prefería hablar a través del teléfono de casa, donde sabía que siempre podría localizarla mejor que en el móvil, que nunca llegó a entender del todo-, mi primera reacción fue la de borrarlos para liberar un pequeño espacio en el que almacenar en el futuro otros nombres y otros teléfonos que sí puedan llegar a hacerme falta, cancelar esos registros por inservibles para dar paso a otros que vayan a resultar de utilidad en el futuro.

Sin embargo, cuando estaba a punto de pulsar el botón que haría que se desvaneciesen para siempre sus presencias en los recodos de esa memoria artificial, cambié de opinión y preferí trasladar su rastro a la terminal recién comprada de una manera no del todo meditada ni racional, como si de alguna manera pensase que el hecho de seguir viendo sus nombres en la pantallita del móvil fuese a mantenerlos más presentes de lo que estén o puedan estar nunca en mi recuerdo, como si el seguir tropezándome de vez en cuando con ellos al hacer una llamada o buscar al destinatario de algún mensaje supusiera una forma de seguir teniéndolos en cuenta pese a su ya inevitable ausencia.

Pese a que la muerte esté cada vez peor vista y los fantasmas gocen de muy mala prensa -aunque siempre he creído que hay que temer más a los vivos que a los difuntos, como suele decir una amiga-, la literatura y el cine nos han enseñado que aquellos que algún día desaparecieron de este tiempo no suelen ser malos consejeros, y ahora que al ir a llamar a un conocido he vuelto a encontrarme con los nombres de las dos personas a las que me refería antes, no puedo negar que me he sentido honrado al disfrutar durante unos segundos, en esta noche de un otoño que ya sabe a invierno, del goce inesperado y efímero de su evanescente compañía.

El Comercio, 29 de octubre de 2009

martes 27 de octubre de 2009

Belarmino y Apolonio

Una vez era un hombre que, por pensar y sentir tanto, hablaba escaso y premioso. No hablaba, porque comprendía tantas cosas en cada cosa singular, que no aceptaba a expresarse. Los otros le llamaban tonto.

Este hombre, cuando supo expresar todas las cosas que comprendía en una sola cosa, hablaba más que nadie. Los otros le llamaban charlatán.

Pero este hombre, cuando en lugar de ver tantas cosas en una sola cosa, en todas las cosas distintas no vio ya sino una y la misma cosa, porque había penetrado en el sentido y en la verdad de todo; al llegar a esto, este hombre ya no volvió a hablar ni una palabra. Y los demás le llamaban loco.

Ramón Pérez de Ayala

domingo 25 de octubre de 2009

Línea de Fondo-Jornada 8

Los barcos y la honra
Sporting, 0-Real Madrid, 0

Permítanme empezar con un ejercicio de imaginación. Es posible que cuando lean estas líneas ya le hayan echado un ojo a las portadas de la prensa deportiva madrileña, y estoy por apostar que en todas aparecerá algún madridista alicaído, cual héroe injustamente derrotado, como avance de unas páginas en las que los sesudos comentaristas de siempre reducirán al Sporting al papel de comparsa y atribuirán el empate a los deméritos de tres o cuatro chivos expiatorios que elegirán a su antojo (quizás el entrenador esté entre ellos) antes de dar su receta inefable para salir del bache. Y si ocurre todo eso, y nada hace presagiar que no vaya a ser así, supongo que no estaría mal que alguien se adelante para decir que será mentira...

Lo que le sucede al Madrid es que se ha pasado tanto tiempo repitiendo esa historieta que habla de una presunta grandeza construida en épocas donde los partidos apenas se televisaban y la inmensa mayoría de los españoles seguían la Liga a través de los resúmenes del No-Do que ha terminado por creérsela. Acostumbrado a tararear la letra de un himno que lleva a gala la palabra honor en su estribillo e incluye perlas tan gloriosas como ese cuando pierde da la mano sin envidias ni rencores (me gustaría saber si Diarrá -cuyo extraño concepto del fair play pudimos conocer todos en los compases finales del partido- o Pepe -al que hemos visto dar patadas al balón y también a rivales indefensos- lo han escuchado alguna vez, o si es que no lo entienden), se ha autoconvencido de que las victorias han de concedérsele por algo parecido a la gracia divina y que poco importa el equipo que tenga enfrente. Porque nada pinta en un escenario donde sólo ha de tener protagonismo esa unidad de destino en lo universal que viste de blanco y presume de haber ganado un montón de copas de Europa, en unos años en los que ese trofeo se decidía en pocas rondas, y de disponer de una capacidad de deuda tan mullida como para pagar sin despeinarse noventa y no sé cuántos millones de euros por quien se le antoje.

Con estos planteamientos -y con la coartada ideológica que les concede un Valdano que disfraza su insuficiencia intelectual con tres o cuatro pijaditas de Perogrullo que oportunamente jalean sus muchos palmeros-, daba risa ver a los madridistas pasear su impotencia por el césped de El Molinón, inhabilitados por una escuadra que los estuvo bailando durante más de medio partido y acabó subrayando las vergüenzas de una plantilla con mucho nombre propio y ningún estilo. En medio de todo ese berenjenal, salpimentado con las apariciones de un árbitro llamado Teixiera Vitienes, al que caracteriza su facilidad para cagarla cada vez que se lleva el silbato a la boca, resultaban casi grotescos los paseos de Raúl -ese niño malcriado al que nadie ha enseñado a crecer y que aún no ha aprendido que vale más retirarse a tiempo que andar exhibiendo una frustración que en no pocas ocasiones acaba rozando el ridículo- por el área de Juan Pablo, confuso ante el devenir de unos acontecimientos que en ningún caso se ajustaban al guión previsto y dolido al comprobar por enésima vez que ni sus piernas ni su olfato son ya los que eran.

Acaso su errático vagar por el césped resulte el mejor resumen de un Madrid que quiere ser el Barça, pero que, hoy por hoy, y a tenor de lo que se vio a orillas del Piles, sólo alcanza a compararse con aquel Alcoyano que compensaba sus muchísimas carencias con la moral que ponía para intentar, infructuosamente, conseguir sus objetivos. Lo que ocurre es que el Alcoyano no se creía nada y el Madrid se cree bastante más de lo que es en realidad. Méndez Núñez dijo una vez que era preferible la honra sin barcos a los barcos sin honra. Al Madrid, después de su comparecencia en Gijón, parece que cada vez le va quedando menos de las dos cosas.

Foto: Purificación Citoula
El Comercio
, 25 de octubre de 2009

viernes 23 de octubre de 2009

El Cultural

Últimas noticias del Principado

A la sombra de los Emilio Alarcos, Carlos Bousoño y Ángel González, una nueva generación de jóvenes narradores y poetas asturianos pide paso, desde Jordi Doce (Gijón, 1967) y el politizado Xuan Bello (Paniceiros, 1965) a Tino Pertierra (Gijón, 1964) pasando por Begoña Huertas (Gijón, 1965); Pablo Antón Marín Estrada (Sama de Langreo, 1966); Pelayo Fueyo (Gijón, 1967); José Luis Piquero (Mieres, 1967); Javier Almuzara (Oviedo, 1969); Xandru Fernández (Turón, 1970); Ignacio del Valle (Oviedo, 1971); Martín López-Vega (Poo, 1975) o Miguel Barrero (Oviedo, 1980). [...]

Texto: Nuria Azancot
Fuente: El Cultural, 23 de octubre de 2009

'Los últimos días de Michi Panero': El Correo Gallego

Asinando libros

[...] E ando estes días ler Los últimos días de Michi Panero (Ediciones DVD), de Miguel Barrero. Pensando en como a realidade imita a ficción ou a natureza á arte. Tamén en Michi Panero, o máis novo dunha fin de raza ou iso dícía algún deles nesa película xa clásica que se chama El desencanto, de Jaime Chávarri, que íamos ver co mesmo fervor de convencidos que puxéramos en todo aquilo que non fora como nós quixeramos. Pero fora. No ínterím os Panero fillos ían suplantando o pai dipsómano e clásico, liberal e franquista, unha mestura estraña. E no fondo, alá no fondo, Luis Cernuda, como pasear con Felicidad Blanc, sen o seu espello de sombras aínda, por Hyde Park. Que tampouco é o Retiro, onde eu estivera unha tarde poirenta asinando poesía con Leopoldo María Panero.

Texto: Vicente Araguas
Fuente: El Correo Gallego, 14 de junio de 2009

lunes 19 de octubre de 2009

El señor que me enseñó a leer

Mi abuelo materno -que era quien me daba de comer cuando yo volvía de la escuela y mis padres estaban trabajando, que era casi siempre- venía siempre por casa con el periódico bajo el brazo. Supongo que tuvo algo de culpa de que yo estudiase Periodismo, y aunque no llegó a verme terminar la carrera, siempre me he preguntado qué habría pensado al leer mi firma en las mismas páginas en las que él se enfrascaba a diario. Pero ése es otro tema. La cuestión es que, de tanto ver el periódico pululando por casa, acabé ojeándolo yo también de vez en cuando. No era que me entretuviese mucho ni que encontrara demasiadas cosas de mi interés, pero de vez en cuando aparecía algo. Y en una ocasión -yo debía de andar por los quince años-, acabé topándome con la columna de un tipo que hablaba de literatura y que, además, lo hacía con tanta erudición como gracejo.

Fue a esa edad, más o menos, cuando me convertí en lector de Francisco García Pérez. Sábado a sábado -ése era el día de la semana en el que salía antes el suplemento cultural de La Nueva España, si mal no recuerdo- buscaba su columna (que siempre se tituló Lo que hay que oír, o eso creo) y la leía una, dos, tres veces, para quedarme con las ganas hasta la semana siguiente. Nos vimos por primera vez (o más bien le vi yo a él) un día de junio de 1997, cuando se vino a Mieres a presentar Los clamores de la tierra, la novela de Fulgencio Argüelles, a una feria del libro que se celebró aquel año y de la que nunca más se supo. Un tiempo después, creo que en 1998 ó 1999, cometió un error garrafal al dar su dirección de correo electrónico en una entrevista que le habían hecho para su periódico y que yo leí por casualidad en casa de mi abuela, en el transcurso de una visita relámpago (yo ya vivía en Salamanca) que hice a mi pueblo. A partir de aquel momento, le masacré a correos que él fue respondiendo religiosamente hasta que, en un momento dado, y con razón, debió de acabar hartándose de mí. Por aquel entonces yo ya había leído sus espléndidas Crónicas de El Bierzo y, lo que es más importante, ya había llegado -gracias a muchos de sus artículos y a un portentoso ensayo del que he hablado en más de una ocasión- a las novelas y a los ensayos y a los cuentos de Juan Benet, que desde entonces no ha dejado de ser uno de mis más indiscutibles autores de cabecera.

Nos conocimos bastantes años después, en enero o febrero de 2006, cuando le entrevisté para Les Noticies después de que apareciera en las librerías una recopilación de sus artículos. Nos citamos en el Café Gregorio (también me lo descubrió él, qué cosas) y estuvimos dos horas y pico hablando de lo divino y de lo humano (sobra decir que empecé reconociendo que yo había sido aquel zagal que le abrasaba a correos electrónicos, por aquello de ir con la verdad por delante). Desde entonces, hemos venido manteniendo contacto de una manera más o menos constante y, aunque nos vemos poco, creo que entre ambos se ha ido tejiendo una cierta complicidad que cristaliza cada vez que el azar nos acaba juntando por uno u otro motivo. Últimamente, y aunque suene a broma, parece que sólo es capaz de reunirnos el fútbol. Hace un par de meses participamos juntos en una tertulia radiofónica -él como hincha del Oviedo (nadie es perfecto) y yo como forofo del Sporting-, y tres domingos atrás me lo encontré a la salida de El Molinón después del partido contra el Mallorca (él es del Oviedo, pero también un asiduo de la Tribunona: como es inteligente, sabe dónde está lo bueno).

Ahora, después de quince años, El Tesinando -así le bautizó el propio Benet, al que tuvo la suerte de conocer en su chalet de Pisuerga 7- abandona la dirección del suplemento Cultura y unos cuantos amigos le han organizado una comida a la que han tenido el detalle de invitarme. Sobra decir que será un honor estar allí. Entre otras cosas, porque no sé si las columnas de Francisco García Pérez tuvieron algo que ver en mi decisión de dedicarme a escribir, pero sí sé que, en muchos aspectos, puedo decir que él fue el señor que me enseñó a leer.

Línea de Fondo-Jornada 7

La fábula que no fue
Athletic, 1-Sporting, 2

Cuando el árbitro pitó la señal que indicaba el inicio del descanso, y después de un balance rápido con Chano en la barra del Gregorio, empecé a perfilar en mi cabeza la presentación, el nudo y el desenlace de esta crónica basándome en la lógica de unos acontecimientos que hasta entonces parecían ampararse en una razón inmutable y que no tenían visos de cambiar demasiado en los cuarenta y cinco minutos que aún faltaban para que la contienda se diera definitivamente por decidida.

Aquella crónica que no es ésta, y que ya no escribiré nunca, iba a titularse Fábula del león torpe y del tigre incapaz e iba a sustentarse en tres puntos fundamentales. En primer lugar, mi intención era recordar que, si a los del Athletic se les conoce como los leones de la Liga española, es por la bravura y la tenacidad que han demostrado a lo largo de una historia que, aunque no resulte excesivamente gloriosa, sí les ha hecho acreedores de una serie de méritos que bastan para infundir respeto en sus rivales, aunque sólo sea porque se trate del único equipo del balompié patrio -con la excepción del Real Madrid y el Barcelona- que jamás ha conocido una categoría inferior a eso que hoy llamamos Liga de las estrellas.

En segundo lugar, iba a decir que la trayectoria más que centenaria del Sporting se ha afanado en no pocas ocasiones en buscar las características que han venido definiendo a los felinos. Esto es, su rapidez de reflejos, su capacidad para encontrar petróleo donde sólo parece haber arena, la facilidad con la que acaban acomodándose a un medio aparentemente hostil y para nada afín a sus ambiciones e intereses.

En tercer lugar (y pervirtiendo, en cierto modo, aquella dialéctica hegeliana de la tesis, la antítesis y la síntesis), iba a decir que tanto las veleidades leoninas como las gatunas tienen un serio contratiempo cuando ni hay jugadores lo suficientemente fieros como para defender a garra abierta sus dominios ni los tigres tienen las zarpas tan afiladas como para infligir al contrincante el daño que merece. Y así, con el tinglado establecido -es difícil escribir estas crónicas cuando uno no ve el partido desde la grada, pero después de las pocas jornadas que llevamos he aprendido a desarrollar mis trucos-, me las veía muy felices hasta que el señor colegiado señaló una falta muy cerca del área y, justo entonces, apareció De las Cuevas.

El ex atlético llevaba mucho tiempo demandando que el destino le concediera la justicia o la oportunidad que se merecía. Después de unos partidos en los que el sector más inconformista de la grada (El Molinón, como las grandes plazas, también tiene su tendido siete, y ojalá siga así, porque buena falta hace) comenzaba a reprochar su evidente falta de puntería en algunos lances que llegaron a tener en la puntera de sus botas su resolución definitiva, el alicantino ha venido perfilándose en estas dos últimas jornadas como el revulsivo que tanto necesitaba un equipo que compensa sus carencias con la virtud de desconocer el significado de la palabra rendición.

Si hasta ese momento crucial en el que Barral sufrió una falta al borde del área el encuentro estaba sirviendo para confirmar esa sospecha de que al Sporting, por muy bien que juegue -que lo hace, cuando quiere-, le cuesta encontrar el resorte capaz de conducir al balón hasta el fondo de la red, bastó que De las Cuevas colocara la pelota sobre el punto de saque y lo empujara con su mejor pierna para imponer con un golazo un rotundo punto de inflexión que, salvando las lógicas (y evidentes) distancias, vino a recordar la hazaña de Luis Morán ante el Mallorca y la manera de la que su gesta acabó modificando el rumbo de un encuentro cuyas líneas maestras parecían ya trazadas de antemano.

Bastó ese toque primoroso, fino, elegante, ese rasgo de virtuosismo emanado de un jugador que esconde tras su aparente flojedad una técnica apabullante, para imprimirle al partido ese aire desquiciado que tan bien le viene a este Sporting y que imprime a cada combate un ritmo tan frenético como devastador en el que, por paradójico que resulte, las incertidumbres siempre acaban reduciéndose a la mínima expresión.

No importa que poco después el mismo hombre repitiera -en una contra gloriosa, de ésas que tantas veces intentamos y que casi nunca nos salen como pretendemos- para resolver definitivamente la historia cuando aún faltaba alrededor de un cuarto de hora para que se acabara de escribir la séptima página de la novela de esta Liga, porque en cuanto vimos cómo Iraizoz se veía imposibilitado para detener el esférico que, tras rozar el larguero, acabó empotrándose contra sus mallas, supimos que sería muy difícil que el Athletic sacara algo en limpio de su feudo.

Si el Sporting es temible cuando se crece en la adversidad, resulta mucho peor aún cada vez que el más mínimo destello lo aúpa un milímetro dentro de una contienda entre iguales. Y ni todas las artes de los bilbaínos -que conocen bien el arte de conseguir los favores del árbitro y tienen bien aprendidas las lecciones de hostigamiento al rival que figuran en el manual de este deporte- ni la presión de un San Mamés que siempre ha sabido cómo dar alas a los suyos ni el portentoso remate de Toquero hicieron a la parroquia temer que los tres puntos prefirieran los guggenhenianos vientos del Nervión a la mucho más tradicional ribera del Piles.

Si un 14 de diciembre de 2008 un penalti inexistente en ese mismo escenario nos había hecho asumir, en los primeros compases de un partido atroz y perfectamente olvidable, la certidumbre de una derrota a la que poco había que replicar, apenas un año después los dos tantos de De las Cuevas y la fe que deposita en sí misma una escuadra que parece cada vez más segura de sus propias posibilidades no hacen más que confirmar que es muy posible que, esta vez sí, el camino que se ha emprendido sea el bueno. Y cuando la realidad es la que es, no hace falta echar mano de fábulas que la expliquen.

El Comercio, 19 de octubre de 2009

domingo 18 de octubre de 2009

Del secuestro a la libertad

Lo encontré esta mañana en Paradiso, en la sección de libros de segunda mano, y no pude resistirme. Se titula Del secuestro a la libertad, viene firmado por Enrique Castro Quini (aunque en realidad debieron de escribirlo los periodistas Antonio Rubio Campaña y Enrique García Corredera, únicos destinatarios de la dedicatoria), lo publicó Planeta en 1981 y viene a ser un relato novelado de lo que aconteció desde el rapto del entonces delantero centro del Barça hasta su liberación, un tema que también trata, y muy bien, Andreu Martín en el capítulo que le corresponde del volumen colectivo Barcelona negra, publicado, si no recuerdo mal, este mismo año. Si me hice con él fue por dos razones: en primer lugar, por estas extravagantes mitomanías que arrastro y que de vez en cuando provocan alguna mirada de soslayo entre quienes me rodean; en segundo lugar, porque el epílogo viene firmado por Manuel Vázquez Montalbán, uno de los escritores que más y mejor escribieron sobre fútbol en España. Por lo que he ojeado, el libro no promete más que un repaso bastante simplón por todo lo que ocurrió en aquellos días, pero -como no podía ser de otra manera- el texto introductorio es una pequeña maravilla. Se titula El delantero centro fue secuestrado al anochecer (homenaje al título de una de las novelas de Montalbán que protagoniza el detective Pepe Carvalho: El delantero centro fue asesinado al atardecer) y concluye así:

Respetad a los delanteros centro. No les secuestréis al atardecer. Millones de personas soportan una semana llena de lunes para verles jugar el domingo, para ofrecerles su domingo en esos altares de césped donde la línea que separa la victoria de la derrota es una línea imaginaria.

No se me ocurre ninguna manera mejor de definir el fútbol. Ni de explicar por qué nos gusta tanto.

sábado 17 de octubre de 2009

La rayuela de Quasimodo

Esta semana volvieron a pedirme un artículo para la sección Lecturas y lugares, que se publica cada sábado en la última página del suplemento cultural del diario El Comercio. Esto fue lo que salió:

La rayuela de Quasimodo

En aquella primavera de 1997, París seguía siendo la monstruosa maravilla de la que hablaba Balzac, pero apenas quedaba nada de la urbe dividida en tres ciudades a la que se refería Victor Hugo en los primeros capítulos de la que por aquel entonces era mi novela preferida ni las vanguardias anidaban ya entre la bohemia de unas calles que habían abdicado de su condición de capital del mundo para entronizar a una Nueva York ebria de vanidades y rascacielos.

Cuando llegué a París por primera vez tenía dieciséis años, unas pocas lecturas mal digeridas y un itinerario sentimental que sólo pude seguir a medias y que no me llevó más que a la rotunda decepción de comprobar que ni en la Place du Grève florecían los patíbulos dispuestos para prender brujos y herejes ni La Maga iba a esperarme fumando un cigarrillo mientras contemplaba el fluir del Sena desde la barandilla del Pont Neuf.

Tampoco trepaba Antoine Doinel por las escaleras del Sacré Coeur -donde sólo pudimos encontrar a un guitarrista desharrapado y medio cirrótico cuyo repertorio combinaba en una gozosa promiscuidad los tangos de Gardel con el ímpetu de los Dire Straits y el lamento desgarrado de Jacques Brel-, ni estaban por las manzanas haussmanianas Jean-Luc Godard y Jean Seberg rastreando la luz que pudieran vislumbrar al final de su escapada, ni tomaban café Sartre y Camus en Les Deux Magots observando el campanario de Saint-Germain-des-Prés (tan delicado y tan fino bajo la niebla de abril), ni era ya la Torre Eiffel el faro desde el cual adivinar el devenir de un futuro que definitivamente había desplazado su eje de rotación al otro lado del Atlántico.

Sólo la extraña armonía de la Fuente de los Inocentes, una pequeña maravilla neoclásica abandonada a su suerte en una plaza próxima a un Centro Pompidou tomado por skaters y posmodernos, parecía querer evocar un París falsamente recreado que sólo pude atisbar de vez en cuando -en las bellísimas vidrieras de la Sainte Chapelle, entre los muros viejos y nobles de Notre Dame o en cierta calle del Quartier Latin en la que desemboqué por casualidad y a la que no supe volver jamás- y que tenía muy poco que ver con la ciudad por la que avanzaban mis pasos, cada vez más erráticos y lentos. Cada vez más silenciosos. Cada vez más resignados ante la evidencia de que, por mucho que anduvieran, en ninguna esquina acabarían encontrándose con Quasimodo jugando a la rayuela.

El Comercio, 17 de octubre de 2009