lunes 23 de noviembre de 2009

Línea de Fondo-Jornada 11

Dos hombres solos
Xerez, 0- Sporting, 0

Pablo Rivero -autor de la única novela sportinguista de la que tengo noticia y aficionado tan incondicional como crítico desde la gloriosa década de los ochenta- me decía el sábado por la noche, en una breve conversación que mantuvimos tras encontrarnos por casualidad a las puertas de la Universidad Laboral, que el de Jerez era uno de esos partidos difíciles que empezarán a llegar a partir de ahora.

Le di la razón entonces y se la di horas más tarde, mientras el balón rodaba sobre el césped de Chapín, al constatar las dudas que le entran el Sporting cada vez que tiene que tomarles el pulso a sus rivales directos lejos de las cercanías del Piles.

Tenía razón Preciado. El Xerez de este año es un buen reflejo de lo que fuimos nosotros hace una temporada, cuando los goles no eran capaces de entrar y podíamos bailar a todo un Villarreal para acabar abandonando el campo con el resultado en contra. El conjunto andaluz, que ayer fue de menos a más a lo largo de los noventa minutos, hizo lo que pudo y acabó por no conseguir nada pese al más que meritorio esfuerzo de sus hombres, que lucharon como jabatos todo lo que no está escrito para ganar los tres puntos ante un Sporting que supo dominar a ratos y creó varias (y buenas) ocasiones, pero tampoco fue capaz de perforar la red de Renan, en parte por esa falta de puntería que siempre parece aparecer en los encuentros que resultan aparentemente más asequibles y en parte por la providencial aparición de los postes, esos aliados invisibles y arbitrarios que de cuando en cuando acaban erigiéndose en factores decisivos a la hora de dilucidar el resultado final de una contienda.

Así, entre la incapacidad de unos y otros -no fue un partido vistoso el de Jerez, no uno de esos empates sin goles que el aficionado acaba recordando por la valentía o la casta de los contrincantes o por ese vértigo que emana de los encuentros directos entre dos rivales que tienen mucho que perder y lo saben-, sólo quedaba alguna perla esporádica, algún brillo fugaz e inservible, algún gesto para la galería de esos que sólo sirven para entretener las moviolas o dar pie a algún comentario jocoso o malhumorado en la barra del bar. Y entre unas cosas y otras, dos jugadores que resultaron imprescindibles a la hora de dar ritmo al partido, dos antagonistas perfectos de los que a la postre acabó dependiendo el que la cosa acabara en alegría o decepción para uno de los dos equipos, dos hombres solos que tuvieron en sus pies y en sus manos la moneda de cuya cara o cruz dependerían los dígitos que iluminaran finalmente el marcador.

La literatura futbolística se ha ocupado con relativa frecuencia de la soledad del portero, ese jugador que se pasa la mayor parte del partido sin hacer otra cosa que pensar y que en no pocas ocasiones acaba viéndose obligado a reaccionar en milésimas de segundo, a tomar a una velocidad de vértigo decisiones fundamentales y que, a veces, llegan a rozar el drama. Juan Pablo, en lo que llevamos de Liga, ha mostrado su capacidad para ambas cosas. Cuando el balón rueda lejos de su área, cuando el peligro se conjura por sí solo merced al dominio y el control propios o la apatía de la delantera y el medio campo contrarios, sabe seguir la jugada y anticiparse a cualquier deriva fatal desde su puesto de vigía. Cuando la amenaza se concreta, bien después de anunciarse o bien en un chispazo inesperado nacido de cualquier cortocircuito de la defensa, tiene la templanza, la garra o la intuición necesaria para colocar el puño en el lugar propicio, o el pie en el punto indicado, o para atrapar con sus manos el esférico cuando el delantero enemigo está a punto de iniciar la celebración del gol o sus propios compañeros dan por consumada la no siempre subsanable tragedia del gol ajeno.

A menudo se habla de las virtudes defensivas de este Sporting, de lo mucho que ha cambiado el equipo desde que el año pasado esa línea se asemejase más a un queso gruyère que a una auténtica barrera, pero posiblemente no se haya hablado de Juan Pablo todo lo que se debiera. El leonés, a quien la justicia poética parece haber decidido otorgarle en Gijón lo que le había negado en otras latitudes, fue en Jerez el jugador más decisivo del equipo, lo que tampoco constituiría una novedad excesiva ni sería algo poco habitual de no haber tenido enfrente a un jugador como Keita, uno de esos futbolistas robustos y potentes que hacen jugar a su equipo y que, sobre todo, reclaman que su equipo juegue para él.

La chilena que se marcó el africano después del saque de un córner, en un escorzo inverosímil en el epicentro de un área embarullada, posiblemente sea la imagen más bella que quedará de este partido, su improbable contribución a los anales del fútbol patrio, pero sería injusto congelar la imagen ahí y evitar el desarrollo posterior para deleitarse con la parada de Juan Pablo, que consiguió sacar petróleo (o, más bien, impedir que entrara) de una jugada en la que casi todos, en el campo y en los televisores, vieron un gol que gracias a la efectiva intercesión del meta no se llegó a cantarse. No fue ése su único duelo. Uno y otro tuvieron que verse las caras más de una vez a lo largo del partido. El primero, con su corpachón y sus ganas materializando la necesidad de un Xerez que tendrá que sudar sangre para mantenerse en Primera. El segundo, con sus manoplas deteniendo o atajando cada sacudida de aquél, haciendo gala de esa extrema frialdad que sólo los héroes saben sacar a relucir en los momentos más difíciles. Dos hombres solos para lavar, siquiera un poco, la imagen de un partido que no pasará a ninguna historia.

El Comercio, 23 de noviembre de 2009

domingo 22 de noviembre de 2009

Crítica de 'Humpday'

Como viene siendo habitual, el Festival Internacional de Cine de Gijón (FICXixón) me ha convertido en crítico ocasional. Hoy, El Comercio publicaba esta reseña sobre Humpday, una de las películas que compiten en la Sección Oficial de este año.



Cosa de hombres

Humpday
Lynn Shelton
EE UU, 2009

Suelo ir prevenido contra las películas cuyas sinopsis se jactan, como es el caso, de la perspicacia de quien las firma para desentrañar los secretos del alma humana, más si lo que se trata de desvelar no es otra cosa que los complejos mecanismos que rigen la amistad entre dos hombres heterosexuales. Como es habitual que los planteamientos de ese carácter acaben alumbrando obras absurdas, banales y completamente prescindibles, no pude hacer otra cosa que alegrarme al comprobar que, a medida que transcurrían los minutos en la oscuridad de la sala, no sólo me interesaban los avatares de los protagonistas de Humpday, sino que además lograba implicarme en el desarrollo de una historia cuya simplicidad podría rozar fácilmente la simpleza y que, sin embargo, acaba arrojando sus luces y sus sombras sobre el apasionante universo de las relaciones.

Película de actores (impecable el triángulo formado por Mark Duplass, Joshua Leonard y Alycia Delmore), incisiva reflexión sobre la amistad y sus derivas, interrogación constante acerca de los tabúes y las limitaciones (tanto las sociales como las que se impone cada cual), Humpday consigue que uno salga del cine con una sonrisa en los labios fruto del goce por haber descubierto una pequeña joya minimalista en la que, bajo una apariencia frívola y nada meditativa, se tratan asuntos importantes.

El Comercio, 22 de noviembre de 2009

sábado 21 de noviembre de 2009

Breve glosa de la Estación de Francia


No me hubiese acordado de Andrea -la joven protagonista de la novela con la que Carmen Laforet ganó el Nadal en 1945- ni de su llegada a Barcelona de no haber sido porque Sergio Gaspar, en una calurosísima tarde de agosto, guió mis pasos hasta los aledaños de la Estación de Francia para descubrirme que los tesoros más fascinantes de las ciudades no tienen por qué aparecer a doble página en las guías ni estar rodeados de turistas ansiosos por inmortalizar con sus cámaras todo lo que sus ojos apenas tienen tiempo a contemplar.

La Estación de Francia -que en su día fue la principal salda de Cataluña al país vecino, es decir, al mundo- es hoy un edificio medio en desuso cuya decadencia no ha conseguido ocultar una belleza que resplandece a poco que uno traspase sus umbrales y se demore en las florituras novecentistas del vestíbulo antes de internarse en unos andenes casi desiertos cuyas bóvedas tuvieron que señalar en otro tiempo el camino hacia un mundo mejor o, cuando menos, distinto. A unos pasos del Mercat del Born, anclada en una suerte de territorio impreciso que marca la frontera entre las suntuosidades de la Ciutat Vella y la canallesca de la Barceloneta, la vieja terminal se alza imponente con sus vías alejándose hacia un paisaje que en su día poblaron los bullicios fabriles del Poble Nou y el vacío de unos descampados incapaces de presagiar la urbe que acabaría invadiéndolos y que hoy aparece escoltado por las fastuosidades de la ciudad reinventada después de las Olimpiadas y el Forum.

Con la perspectiva que se abre al otro lado de sus inmensas bóvedas de hierro -las mismas que escoltan la salida de los ferrocarriles y dan cobijo a unos andenes desiertos por los que uno no puede pasear sin preguntarse cuántas despedidas y cuántos reencuentros habrán tenido lugar entre aquellos muros, cuántas maletas habrán sido testigo del final de una etapa o del principio de otra, cuántas miradas ensoñadas no habrán echado un último vistazo a lo que dejaban atrás para embarcarse en pos de un destino incierto pero esperanzador-, es difícil resistir la tentación de quemar las naves, subirse al primer tren que se detenga ante nuestros ojos y dejar que sea el azar el que decida mientras la Estación de Francia va quedando atrás, con sus paredes susurrando para nadie esas historias de las que ella misma fue partícipe y que poco a poco se perderán en los territorios del olvido.

Cambiar de vida igual que hizo Andrea aquella noche en que las misteriosas callejuelas que se internan en el Born se antojaban un laberinto inextricable y los faroles como centinelas borrachos de soledad encendían la ilusión de un futuro por conquistar mientras sus pulmones se ensanchaban con el aire marino y limpio que anunciaba un mundo inédito.

Foto: Julia Vicente

El Comercio, 21 de noviembre de 2009

jueves 19 de noviembre de 2009

Microcosmos172: Camaradas

Hay que tener mucho cuajo -o mucha ignorancia, o muy poca inteligencia- para decir cosas como que la realidad cubana es la democracia más profunda que nadie ha podido vivir nunca o que el sistema de partido único de la isla caribeña es mucho más democrático y participativo que el que tenemos en España. Las perlas no corresponden a ningún humorista con las neuronas gangrenadas ni fueron pronunciadas por uno de esos especímenes que año tras año se recluyen por su propia voluntad en la casa de Gran Hermano. Tales reflexiones, si se les puede llamar así, pertenecen a una joven comunista a la que un diario nacional entrevistaba hace unos días como representante de las nuevas generaciones de la izquierda patria. Y la verdad es que, si éste es el porvenir, más nos vale ir apretándonos los machos.

No recuerdo el nombre de la chica (hay cosas que prefiero olvidar, por mi propio bien), pero sí que es más joven que yo, que ocupa un cargo de cierta relevancia en un partido político y que también piensa que hay que perdonar a Stalin porque los suyos sufrieron más bajas que nadie en la segunda guerra mundial y, para colmo, fueron los que liberaron los campos de concentración. Además, y volviendo a Cuba, lamenta que haya quien critica la falta de libertades propiciada por el castrismo amparándose en los presos políticos cuando ella tiene que sufrir que la Policía le pida el DNI cada vez que se manifiesta por Alicante (sic), y opina que unos fusilamientos no pueden manchar un régimen para siempre. Lo que no explica, y bien que lo siento, es por qué no se ha mudado ya a La Habana si tan coaccionada se siente aquí.

Siempre he entendido que ciertos intelectuales abrazasen determinada fe después de verse arrastrados por las corrientes que fluían desde el lodazal opuesto, pero me cuesta mucho concebir que a estas alturas del partido aún ande por ahí gente tan ciega o tan idiota como para resistirse a ver lo evidente y deslegitimar unas ideas que no han perdido su validez por el mecanismo de perdonárselo todo a los mismos que las pervirtieron hasta la náusea. Si una joven comunista (el entrecomillado es mío) no es capaz de reconocer que Stalin o Castro, y son sólo dos ejemplos, fueron dos perfectos sátrapas, tampoco tiene derecho a exigirles a los de la parte contraria que condenen el franquismo o se avergüencen de sus pasados falangistas. Si no aceptamos la autocrítica, mal orientados vamos. Si no aprendemos del pasado, difícilmente corregiremos el futuro, camaradas.

El Comercio, 19 de noviembre de 2009

lunes 16 de noviembre de 2009

La leyenda del tiempo


El sueño va sobre el tiempo
flotando como un velero.
Nadie puede abrir semillas
en el corazón del sueño.



Y yo, que he llegado tan tarde a tantos sitios, también tenía que llegar tarde a Camarón. Pero cómo me ha gustado encontrármelo.

domingo 15 de noviembre de 2009

Menos dos alas


Conocí a Ángel González en el año 2002, con ocasión de una entrevista que le hice para el periódico donde estaba entonces de becario, y desde entonces fuimos tratándonos de manera esporádica, y siempre muy circunstancial, hasta su muerte en enero de 2008. Nunca fui amigo suyo, pero sí tuve la suerte de compartir con él alguna espicha, alguna copa, alguna conversación, bien sobre literatura o bien sobre su vida, en escenarios muy diversos (algún acto de la Semana Negra, la terraza del hotel Don Manuel, cierta fiesta de navidad de El Comercio); y la verdad es que, además de apreciarle muchísimo como poeta, siempre me cayó muy bien.

El martes 17 de noviembre, Joaquín Sabina saca un nuevo disco y, aunque ya no sea el mismo que deslumbraba en trabajos como Física y química o el brutal 19 días y 500 noches, yo sigo siendo fan. Fisgando por el especial que le ha dedicado la página web de El País, me he encontrado con la letra de la canción que entre él y Benjamín Prado han escrito como homenaje y recordatorio a González, y he sonreído al reconocer en sus versos a aquel hombre elegante, menudo y lleno de arrugas al que pude ver en cierta ocasión cantar un tango para unos pocos amigos -con el propio Sabina a la guitarra- en los bajos de El Molinón y que una mañana de julio, hace algunos años, tuvo a bien perder una hora y media de su tiempo charlando en una mesa de un café con un aprendiz de periodista que se sentó a su lado con un ejemplar de Palabra sobre palabra y le preguntó si no era mucha molestia que le hiciera unas pocas preguntas. Pregúntame lo que quieras, me contestó, a ver si me haces contestar algo que no haya contestado ya. Creo que no lo conseguí, pero desde entonces nunca dejó de saludarme cada vez que el azar nos hacía coincidir en la misma circunstancia.

González era un ángel menos dos alas,
González era un santo por lo civil,
un dandy con un ojo a la funerala,
tan rojo, tan Oviedo y tan zascandil.

Hilaba en los garitos de mala nota
boleros de Machín con Juanín de Mieres,
apurando esos güisquis en los que flota
la luna de las golfas y los crupieres.

Cuando volvía
del extranjero,
tan forastero,
a las dos no era de día,
a las seis ya era de noche,
pídame un coche,
fumando espero,
y le aplaudían los camareros.

Otoños y otras luces, pan con verbena,
su príncipe de Gales tan Cortefiel,
tratado de urbanismo, Juan de Mairena,
chicana, magdalena, tinta y papel.

Verde por la vergüenza que no tenía,
hasta ayudó a Caronte a quemar sus naves,
decía que morirse no era tan grave
y agonizó en voz baja por cortesía.

Cuando volvía
del extranjero,
tan forastero,
a las dos no era de día,
a las seis ya era de noche,
pídame un coche,
fumando espero,
y le aplaudían los camareros.

lunes 9 de noviembre de 2009

Línea de Fondo-Jornada 10

Las dos caras de la heroica
Sporting, 1-Espanyol, 0

Hace unos meses, en el transcurso de una cena en Colombres con la que se daban por concluidos unos encuentros literarios a los que me habían invitado, hablaba con el periodista David Castillo -que además de ocuparse de la sección cultural del diario Avui y escribir libros tan espléndidos como la biografía de Pepín Bello, el hombre en la sombra de la Generación del 27, es un contumaz espanyolista- acerca de la heroica y su aplicación al fútbol partiendo, precisamente, de los dos equipos a los que ambos hemos entregado todas nuestras preferencias.

Conveníamos en aquella ocasión que a la heroica se puede llegar tanto por el éxito como por el fracaso. Heroica fue la gallardía con la que Hércules superó los doce trabajos que tuvieron a bien encomendarle los dioses, pero también la expedición comandada por el capitán Scott que vio frustrado su intento de conquistar la Antártida. Heroicas fueron las hazañas bélicas de Julio César, pero también la malograda resistencia de Vercingetorix y sus irreductibles galos. Heroica fue la gesta de Moisés rumbo a la tierra prometida, pero también la sufriente derrota del Sansón que decidió morir aplastando a los filisteos bajo el peso de su propio templo. Con tanto precedente ilustre, los dos estuvimos de acuerdo (miente quien diga que en los encuentros literarios se habla sobre todo de literatura) en que la de nuestros dos equipos, Espanyol y Sporting, era una heroica fundamentada principalmente a base de decepciones. Los primeros, por haberse visto siempre amilanados bajo la sombra de un rival tan gigantesco como inaccesible. Los segundos, por sus constantes devaneos con un infortunio que en esta última década se había vuelto especialmente pertinaz. Ambos, por haber tenido que purgar con auténticas peregrinaciones desérticas las relativas glorias de unos tiempos cuyo brillo sólo es equiparable a lo efímero de su impronta.

Así las cosas, ante la perspectiva de dos heroicas similares confrontándose sobre el césped de El Molinón, sólo cabía aguardar o un duelo entre iguales o un rápido reparto de papeles que asignara los roles de víctima y verdugo sin que mediara más intervención que la del azar. Y sin embargo, los dos equipos se afanaron en desarrollar sobre el campo una perfecta ejemplificación de lo que pueden ser las dos caras de la heroica: la del vencedor que sabe serlo sólo con lo justo y la del caído que pone todo cuanto está de su lado para intentar dar la vuelta a una situación inmerecida.

El Sporting, pese a hacer un partido paupérrimo, consiguió tres puntos que algún que otro aficionado calificaba a la salida como imprescindibles y dejó dos lecciones que habrá que aprenderse bien en esta temporada: que Bilic aún puede resolver eficazmente los duelos (por más que parezca que nos sientan mal los goles tempraneros, a tenor de lo que sufrimos cada vez que nos desmarcamos con uno) y que las lunas de miel no son eternas. El Espanyol, pese a jugar un partido dignísimo y a llevar la batuta durante la mayor parte de los noventa minutos y a hacer que el respetable sintiera un escalofrío cada vez que sus delanteros se acercaban a nuestra área, acabó padeciendo una derrota tan inmerecida como ilustrativa de lo poco que vale el esfuerzo cuando el destino se le pone definitivamente a uno en contra.

Porque si el Sporting hizo gala de heroica alguna, fue precisamente de la de la resistencia. El mayor mérito del equipo -en realidad no hubo otro- fue el de haber conservado la victoria sin más deslumbramientos que el que propició la jugada del único gol ni otro esfuerzo que el de correr detrás de unos periquitos que sí sabían bien a lo que habían venido. No es mala cosa si se tiene en cuenta que hace tan sólo un año nadie en su sano juicio habría dado por ganado un encuentro como el de ayer, ni que ganar jugando mal es una de las cosas que más anhelan incorporar a su statu quo todos los equipos que, como nosotros, acabarán dilucidando su ser o no ser al final de la campaña.

La heroica del Espanyol, por contra, se basó en esa insistencia que todos les reconocían a los de Preciado la temporada anterior: su incapacidad para rendirse por muy mal dadas que vinieran las cosas y su afán por echarse arriba a las primeras de cambio, sin permitirse caer en el derrumbe ante las portentosas paradas de Juan Pablo, la intercesión de los largueros o algún extraño error en los remates que impidió que el marcador dejara sin inaugurar el casillero destinado al conjunto visitante. El Sporting, acostumbrado a echar mano de esa heroica que apuesta por el todo o nada, se sorprendió ayer a sí mismo erigiéndose en apóstol de la facción contraria. El Espanyol, un año después de aquel cero a tres que les sirvió para empezar a vislumbrar una tímida luz en su andadura a la vez que nos dejaban orientados al pozo del descenso, abandonó Gijón dejando tras de sí un gran partido que, cosas del fútbol, acabó por no servirles para nada.

Resumiendo, podría decirse que el equipo que siempre se dejaba la vida a cambio de recompensas más bien exiguas acabó convirtiéndose en triunfador de una batalla en la que finalmente puso muy poco de su parte mientras el otro se desgañitaba para tratar de emular la gesta de hace unos meses, cuando con sólo tres tiros a puerta marcó el inicio de aquel trayecto hacia el vacío que tanto nos costó abandonar. Así es la heroica. Así es la vida.

Foto: Paloma Ucha
El Comercio
, 9 de noviembre de 2009

sábado 7 de noviembre de 2009

Juan Cueto: «El progreso fue un fracaso»


Para llegar a la casa -un chalet coqueto y centenario que en su día fue propiedad del fotógrafo alemán Octavio Vinck y que responde al nombre de 'Villa Josefina'- hay que dejar atrás el Museo Evaristo Valle y seguir el camino que conduce a la parroquia de Cabueñes. «No tiene pérdida», había dicho por teléfono unos días atrás: «En cuanto llegues a una curva y veas una palmera altísima». Dicho y hecho. En cuanto la palmera entra en el campo visual, él ya está en el jardín esperando.
-Estoy un poco cohibido.
-¿Por qué?
-Siempre he pensado que usted es una de las figuras más importantes que ha dado la cultura asturiana en estas últimas cuatro décadas.
Él suelta una carcajada.
-Pues no te cohíbas, que yo no me lo tomo en serio ni me lo he tomado nunca. Fíjate que he dejado de escribir con la misma naturalidad con la que empecé a hacerlo. La verdad, no es para tanto.
Pero sí que lo es. A Juan Cueto Alas (Oviedo, 1942) se le deben algunos ensayos imprescindibles como la 'Guía secreta de Asturias' (1975), 'Una conversación con Navascués' (1976) o 'Los heterodoxos asturianos' (1977), pero también la creación de una revista tan fundamental como 'Los Cuadernos del Norte' -cuya colección completa rescata ahora Cajastur- o la puesta en marcha de un modelo televisivo que casi comenzó como una excentricidad y ha acabado marcando la agenda mediática de la España de nuestro tiempo, por no hablar de sus juicios sobre los logros y perversiones de la Sociedad de la Información.

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viernes 6 de noviembre de 2009

El sabio que vino del norte


Siempre había querido conocer a Juan Cueto. Al menos desde que, con quince o dieciséis años, me encontré en un periódico con una entrevista que alguien le había hecho y en la que decía cosas que a mí en aquel momento me parecieron bastante sensatas. Al menos desde que, a raíz de aquella lectura accidental, fui descubriendo en la biblioteca de mi padre algún que otro libro que ojeé sin entender nada y sobre el que fui volviendo, ya con más fundamento, al cabo de los años. Al menos desde que supe que había dirigido Los Cuadernos del Norte y fundado Canal +. Al menos desde que empecé a seguir sus artículos en El País Semanal cada domingo. Al menos desde que fui sabiendo de sus opiniones y sus juicios -siempre emitidos desde un conocimiento profundo del tema que se trataba- y constaté que, en la mayoría de los casos, solían coincidir más o menos con los míos.

Siempre había querido conocer a Juan Cueto. A primeros de los noventa, cuando yo era aún un crío, solía pasar algunas tardes de mi primer verano gijonés en el chalet de un primo de mi padre que quedaba a espaldas del suyo, muy cerca de la playa de San Lorenzo, pero de eso me enteré años más tarde, más o menos cuando le eché un ojo a Los heterodoxos asturianos y me compré en un saldo sendos ejemplares de Pasión catódica y Pasiones catódicas, los dos volúmenes en los que reunió algunas de sus críticas televisivas. Luego, hice algunos amigos que resultaron ser también amigos suyos y conocí gente que también le conocía. Aunque las oportunidades iban surgiendo, nunca llegamos a cruzarnos. Hasta un compañero de El Comercio me sugirió en una ocasión que le llamara para que presentase mi primera novela. Yo tenía entonces 24 años y mi vanidad estaba en plena ebullición, pero -la admiración y el respeto tienen estas cosas- no llegué a atreverme a tanto. Mi trayectoria periodística, para colmo, nunca había llegado a coincidir con la suya como pensador u opinador. Cada vez que le llamaban para que concediera una entrevista, o para que hiciera alguna apostilla sobre cualquier tema de actualidad, siempre era otro el encargado de cumplir tal labor. Yo me limitaba a hacer lo que había hecho siempre: leer sus palabras al día siguiente, impresas en el papel del periódico.

Siempre había querido conocer a Juan Cueto, pero nunca se me había arreglado. Hasta el sábado pasado. La sorprendente, por inesperada, reaparición de Los Cuadernos del Norte y su retirada de los escenarios periodísticos desde hace más o menos un año me daban la excusa perfecta para intentar una aproximación. Conseguí su teléfono, le llamé y me citó en su casa, y allá me fui con mi grabadora y una moleskyne que casi nunca uso pero que me llevé bajo el brazo por si fallaba la electrónica y me veía de pronto atrapado en el más absoluto de los ridículos. El camino hasta allí tuvo mucho de odisea -anduve por lugares por los que nunca había andado, descubrí una zona de Gijón absolutamente inédita para mí, me perdí por los alrededores de un afamado restaurante en busca de algún bar donde tomar un mísero café para tranquilizarme (nunca me pongo nervioso con las entrevistas, pero ésta era una excepción) antes de acercarme al lugar acordado para el encuentro-, y a medida que me iba aproximando a las puertas del chalet donde se me esperaba notaba cómo crecía en mi estómago una bola que sólo se deshizo cuando, nada más entrar en el jardín, nos dimos la mano y nos presentamos y nos pusimos a hablar del tiempo, y de mis circunstancias personales y profesionales, y del bar de Mieres que da nombre a esta bitácora y por el que él tanto había ido en la década de los ochenta. Cuando volví a mi casa, ya se había hecho de noche. Fueron dos horas de conversación ininterrumpida que culminaron con la promesa de mantener el contacto y con una dedicatoria en mi ejemplar de Pasiones catódicas que dice: Para Miguel, en recuerdo de una estupenda tarde.

Por mucho que diga García Márquez, el periodismo no es el mejor oficio del mundo (bien que lo sabemos los que sí nos dedicamos a él), pero de vez en cuando permite que los mitómanos (incluso los mitómanos tan extravagantes como yo) veamos cumplido algún que otro sueño.

Si les interesa, podrán leer la entrevista -aunque en realidad fue una conversación- mañana, sábado, en el suplemento Culturas del diario El Comercio. Es decir, aquí.

jueves 5 de noviembre de 2009

Microcosmos171: Ideologías

Hace ya unos cuantos meses, en plena mudanza, vinieron hasta mi casa dos chavales rumanos para montar unas estanterías que yo había comprado un par de días antes en cierta multinacional del mueble. Como mi curiosidad es más bien escasa para según que cosas, dejé que abandonaran mi domicilio -una vez que hubieron concluido su faena- sin preguntarles si eran unos nostálgicos de Ceaucescu o si, por el contrario, abrazaban sin tapujos esa peculiar fe en el libre mercado que ha anidado en casi todos los países del Este. Las estanterías habían quedado bien puestas, o eso parecía -al menos, a día de hoy aún no se me han caído encima-, y lo que pensaran o dejasen de pensar aquellos zagales me importaba una higa.

Hace unos días asistimos a la negativa de no sé qué alcalde (o alcaldesa) a que en su pueblo se celebrara un homenaje a Agustín de Foxá porque el susodicho escritor había sido un franquista inmisericorde y homenajearle a él era como homenajear al extinto régimen del Generalísimo. Ante tamaña gilipollez, no tardaron en hacerse oír los capitostes culturales de la derecha española con sus loas exageradas a los méritos de Foxá -que era un buen escritor, pero tampoco tanto como se dijo por ahí-y sus desprecios para con los de la otra trinchera por su estulticia, sin recordar que ellos mismos incurren a menudo en el mismo error al despreciar a no pocos autores precisamente por estar bien vistos entre sus contrarios. Lo malo es que en medio de unos y otros, como vil moneda de cambio, siempre termina quedando la literatura, a la que no pocos le exigen una especie de sello ideológico que sólo sirve para marcar un amago de canon absurdo e infantil según el cual leer a Lorca o a Cortázar sería muy de izquierdas y ocuparse de Borges o Rosales vendría a ser cosa de fachas.

Que piensen eso los políticos me parece lógico y normal: no hay más que verlos para cerciorarse de que, salvo honrosas excepciones, pueden ser cualquier cosa menos buenos lectores; pero que aún queden presuntos intelectuales que entren raudos y felices a esos trapos dice muy poco de un país que, por lo que se ve, aún no ha sido capaz de sacudirse las cenizas de la guerra civil para poder juzgar a sus artistas con el único criterio que importa: el que prima la excelencia y olvida, por inútiles, los motivos remotos que la engendraron.

El Comercio, 5 de noviembre de 2009

lunes 2 de noviembre de 2009

Línea de Fondo-Jornada 9

Realismo mágico
Deportivo, 1-Sporting, 1

Hace unos días, un colega me contaba la historia de un torero mexicano que, para recuperar los favores de su amada, no dudó en inundar con pétalos de rosa los aposentos de ésta después de clavar en la puerta de su alcoba el rabo de uno de los toros que había lidiado aquella misma tarde. Como mi contertulio había huido a tiempo de aquel infierno, no pude saber si finalmente la dama había retomado sus interrumpidas relaciones con tan original diestro o si, por el contrario, la peculiar ceremonia de cortejo consumada con éste había acabado por dar al traste con la relación que mantenían. Sí sirvió la anécdota, sin embargo, para confirmar que quizás eso que venimos conociendo como realismo mágico y que pusieron de moda autores como García Márquez o Carpentier tenga más de lo primero que de lo segundo, y que, siguiendo lo que decía Galeano, en América Latina el surrealismo es algo tan natural como la lluvia.

Algo similar ocurre con Galicia. La comunidad vecina tiene a gala ser tierra de meigas (haberlas haylas, dicen los de allí para apuntalar constantemente el mito), y buena parte de la literatura que se ha venido desarrollando dentro de sus límites geográficos -de Fernández Flórez a Cunqueiro, y por ahí todo seguido- ha aprovechado hasta la extenuación, con mejor o peor fortuna, los recursos de esa mitología tan doméstica como encantadora que habla de fantasmales comitivas fúnebres o de parroquias lejanas a las que uno está condenado a peregrinar después de muerto si no ha tenido tiempo de acudir en vida.

Como la vida, más que imitar al arte, se deja influir con él, no hay más que cruzar el Puente de Los Santos para sentirse un poco inmerso en ese caudal de mitos engendrados por el imaginario colectivo de nuestros primos hermanos. Y como el fútbol, en cierta manera y de una forma muy sui generis, no deja de ser una metáfora imperfecta de la vida y, como tal, se ve incapaz de resistirse a los influjos galaicos. Hay varias pruebas que avalan mi teoría.

En primer lugar, habría que empezar señalando que La Coruña es una ciudad que dista casi 300 kilómetros de Gijón, lo que equivaldría -más o menos y sin pisar mucho el acelerador- a unas tres horas de coche, lo que supone una distancia, si no considerable, sí digna de tener en cuenta. Pese a eso, ayer el paseo de Riazor, la plaza de María Pita o la avenida de Portugal podrían haberse confundido perfectamente con el Muro de San Lorenzo, el barrio de La Arena o el epicentro de La Guía, a tenor del barullo de bufandas y enseres rojiblancos que pululaba por los enclaves galaicos.

En segundo lugar, el Sporting jugó su peor partido desde la debacle de Pamplona (aunque, por fortuna, lo hicimos bastante mejor que entonces) y, pese a ello, sacó un punto que le supo a gloria a una afición que comenzó presenciando el match esperanzada por el recuerdo del 0-3 del año pasado en ese mismo escenario y acabó suplicándole al árbitro que pitara el final antes de que una carambola del enemigo (un Deportivo que se parece muy poco a aquel SuperDépor de Arsenio, pero que anda metido por puestos de Liga Europa) acabara despojándonos de un botín que resulta exiguo y suculento al mismo tiempo.

En tercer lugar, Pérez Burrull no pitó un presunto penalti (en nuestra contra) que era perfectamente pitable y anuló por fuera de juego un gol de los blanquiazules. No es ninguna novedad que Pérez Burrull opte por templar gaitas, o por no meterse en líos, o por equivocarse. Pero que pite a nuestro favor, aunque sea con justicia, ya es todo un avance.

En cuarto lugar, no es normal que la suerte de un equipo al tirar a puerta sea tan nefasta como lo fue ayer la del Deportivo, que vio cómo sus balones se estrellaban contra los largueros, se iban fuera por muy poco o se negaban a colarse en la red por no sé qué extraños caprichos parabólicos. Que Juan Pablo estuviera, una vez más, extraordinariamente metido en su papel no quita para certificar que el Sporting, por una vez, tuvo esa fortuna para la que históricamente se ha visto negado.

Y en quinto (y último) lugar, aunque esta temporada las cosas estén cambiando (alguien tendría que sugerir al dj de El Molinón que comience a pinchar la canción de Dylan en los partidos para que podamos acabar de creernos lo que vemos), no deja de sorprender que una de esas contras que antes nunca nos salían al derechas culminase ayer con el golazo a puerta vacía de Diego Castro que acabó con el ceguerón que nos impedía vislumbrar la buena estrella que nos ilumina desde que abandonamos el Reyno de Navarra.

Habrá que concluir, pues, que Galicia tiene algo o que, por lo menos, sus embrujos no tienen para nosotros efectos demasiado perniciosos. Y aunque este año nos hayamos ido de allí igual que estábamos, no deja de resultar gratificante poder divisar, desde lo alto de la Torre de Hércules, un futuro más esperanzador que el que nos aguardaba hace ahora más o menos un año, cuando al realismo mágico se lo beneficiaban los adversarios.

El Comercio, 2 de noviembre de 2009

sábado 31 de octubre de 2009

Día de Todos los Santos

Cerrar podrá mis ojos la postrera
sombra que me llevare el blanco día,
y podrá desatar esta alma mía
hora a su afán, ansioso lisonjera;

mas no, de esotra parte, en la ribera,
dejará la memoria, en donde ardía:
nadar sabe mi llama la agua fría
y perder el respeto a ley severa.

Alma a quien todo un dios prisión ha sido,
venas que humor a tanto fuego han dado,
médulas que han gloriosamente ardido:

su cuerpo dejará, no su cuidado;
serán ceniza, mas tendrá sentido;
polvo serán, mas polvo enamorado.

Francisco de Quevedo
(1580-1645)

jueves 29 de octubre de 2009

Microcosmos170: Los muertos

Hace unas semanas me cambié de teléfono móvil y, al repasar la agenda del viejo para apuntar aquellos números que iban a acabar perdiéndose en el trasvase, me encontré con los nombres de dos personas que ya no están y cuyas señas de contacto seguían almacenadas en la tarjeta de memoria de mi antiguo aparato.

Como esos datos ya no iban a poder servirme de nada -nunca me fueron de mucha ayuda en realidad: a una de ellas la llamaba muy pocas veces porque el trato que teníamos era asiduo y casi constante; con la otra prefería hablar a través del teléfono de casa, donde sabía que siempre podría localizarla mejor que en el móvil, que nunca llegó a entender del todo-, mi primera reacción fue la de borrarlos para liberar un pequeño espacio en el que almacenar en el futuro otros nombres y otros teléfonos que sí puedan llegar a hacerme falta, cancelar esos registros por inservibles para dar paso a otros que vayan a resultar de utilidad en el futuro.

Sin embargo, cuando estaba a punto de pulsar el botón que haría que se desvaneciesen para siempre sus presencias en los recodos de esa memoria artificial, cambié de opinión y preferí trasladar su rastro a la terminal recién comprada de una manera no del todo meditada ni racional, como si de alguna manera pensase que el hecho de seguir viendo sus nombres en la pantallita del móvil fuese a mantenerlos más presentes de lo que estén o puedan estar nunca en mi recuerdo, como si el seguir tropezándome de vez en cuando con ellos al hacer una llamada o buscar al destinatario de algún mensaje supusiera una forma de seguir teniéndolos en cuenta pese a su ya inevitable ausencia.

Pese a que la muerte esté cada vez peor vista y los fantasmas gocen de muy mala prensa -aunque siempre he creído que hay que temer más a los vivos que a los difuntos, como suele decir una amiga-, la literatura y el cine nos han enseñado que aquellos que algún día desaparecieron de este tiempo no suelen ser malos consejeros, y ahora que al ir a llamar a un conocido he vuelto a encontrarme con los nombres de las dos personas a las que me refería antes, no puedo negar que me he sentido honrado al disfrutar durante unos segundos, en esta noche de un otoño que ya sabe a invierno, del goce inesperado y efímero de su evanescente compañía.

El Comercio, 29 de octubre de 2009

martes 27 de octubre de 2009

Belarmino y Apolonio

Una vez era un hombre que, por pensar y sentir tanto, hablaba escaso y premioso. No hablaba, porque comprendía tantas cosas en cada cosa singular, que no aceptaba a expresarse. Los otros le llamaban tonto.

Este hombre, cuando supo expresar todas las cosas que comprendía en una sola cosa, hablaba más que nadie. Los otros le llamaban charlatán.

Pero este hombre, cuando en lugar de ver tantas cosas en una sola cosa, en todas las cosas distintas no vio ya sino una y la misma cosa, porque había penetrado en el sentido y en la verdad de todo; al llegar a esto, este hombre ya no volvió a hablar ni una palabra. Y los demás le llamaban loco.

Ramón Pérez de Ayala

domingo 25 de octubre de 2009

Línea de Fondo-Jornada 8

Los barcos y la honra
Sporting, 0-Real Madrid, 0

Permítanme empezar con un ejercicio de imaginación. Es posible que cuando lean estas líneas ya le hayan echado un ojo a las portadas de la prensa deportiva madrileña, y estoy por apostar que en todas aparecerá algún madridista alicaído, cual héroe injustamente derrotado, como avance de unas páginas en las que los sesudos comentaristas de siempre reducirán al Sporting al papel de comparsa y atribuirán el empate a los deméritos de tres o cuatro chivos expiatorios que elegirán a su antojo (quizás el entrenador esté entre ellos) antes de dar su receta inefable para salir del bache. Y si ocurre todo eso, y nada hace presagiar que no vaya a ser así, supongo que no estaría mal que alguien se adelante para decir que será mentira...

Lo que le sucede al Madrid es que se ha pasado tanto tiempo repitiendo esa historieta que habla de una presunta grandeza construida en épocas donde los partidos apenas se televisaban y la inmensa mayoría de los españoles seguían la Liga a través de los resúmenes del No-Do que ha terminado por creérsela. Acostumbrado a tararear la letra de un himno que lleva a gala la palabra honor en su estribillo e incluye perlas tan gloriosas como ese cuando pierde da la mano sin envidias ni rencores (me gustaría saber si Diarrá -cuyo extraño concepto del fair play pudimos conocer todos en los compases finales del partido- o Pepe -al que hemos visto dar patadas al balón y también a rivales indefensos- lo han escuchado alguna vez, o si es que no lo entienden), se ha autoconvencido de que las victorias han de concedérsele por algo parecido a la gracia divina y que poco importa el equipo que tenga enfrente. Porque nada pinta en un escenario donde sólo ha de tener protagonismo esa unidad de destino en lo universal que viste de blanco y presume de haber ganado un montón de copas de Europa, en unos años en los que ese trofeo se decidía en pocas rondas, y de disponer de una capacidad de deuda tan mullida como para pagar sin despeinarse noventa y no sé cuántos millones de euros por quien se le antoje.

Con estos planteamientos -y con la coartada ideológica que les concede un Valdano que disfraza su insuficiencia intelectual con tres o cuatro pijaditas de Perogrullo que oportunamente jalean sus muchos palmeros-, daba risa ver a los madridistas pasear su impotencia por el césped de El Molinón, inhabilitados por una escuadra que los estuvo bailando durante más de medio partido y acabó subrayando las vergüenzas de una plantilla con mucho nombre propio y ningún estilo. En medio de todo ese berenjenal, salpimentado con las apariciones de un árbitro llamado Teixiera Vitienes, al que caracteriza su facilidad para cagarla cada vez que se lleva el silbato a la boca, resultaban casi grotescos los paseos de Raúl -ese niño malcriado al que nadie ha enseñado a crecer y que aún no ha aprendido que vale más retirarse a tiempo que andar exhibiendo una frustración que en no pocas ocasiones acaba rozando el ridículo- por el área de Juan Pablo, confuso ante el devenir de unos acontecimientos que en ningún caso se ajustaban al guión previsto y dolido al comprobar por enésima vez que ni sus piernas ni su olfato son ya los que eran.

Acaso su errático vagar por el césped resulte el mejor resumen de un Madrid que quiere ser el Barça, pero que, hoy por hoy, y a tenor de lo que se vio a orillas del Piles, sólo alcanza a compararse con aquel Alcoyano que compensaba sus muchísimas carencias con la moral que ponía para intentar, infructuosamente, conseguir sus objetivos. Lo que ocurre es que el Alcoyano no se creía nada y el Madrid se cree bastante más de lo que es en realidad. Méndez Núñez dijo una vez que era preferible la honra sin barcos a los barcos sin honra. Al Madrid, después de su comparecencia en Gijón, parece que cada vez le va quedando menos de las dos cosas.

Foto: Purificación Citoula
El Comercio
, 25 de octubre de 2009