Las dos caras de la heroicaSporting, 1-Espanyol, 0
Hace unos meses, en el transcurso de una cena en Colombres con la que se daban por concluidos unos encuentros literarios a los que me habían invitado, hablaba con el periodista David Castillo -que además de ocuparse de la sección cultural del diario Avui y escribir libros tan espléndidos como la biografía de Pepín Bello, el hombre en la sombra de la Generación del 27, es un contumaz espanyolista- acerca de la heroica y su aplicación al fútbol partiendo, precisamente, de los dos equipos a los que ambos hemos entregado todas nuestras preferencias.
Conveníamos en aquella ocasión que a la heroica se puede llegar tanto por el éxito como por el fracaso. Heroica fue la gallardía con la que Hércules superó los doce trabajos que tuvieron a bien encomendarle los dioses, pero también la expedición comandada por el capitán Scott que vio frustrado su intento de conquistar la Antártida. Heroicas fueron las hazañas bélicas de Julio César, pero también la malograda resistencia de Vercingetorix y sus irreductibles galos. Heroica fue la gesta de Moisés rumbo a la tierra prometida, pero también la sufriente derrota del Sansón que decidió morir aplastando a los filisteos bajo el peso de su propio templo. Con tanto precedente ilustre, los dos estuvimos de acuerdo (miente quien diga que en los encuentros literarios se habla sobre todo de literatura) en que la de nuestros dos equipos, Espanyol y Sporting, era una heroica fundamentada principalmente a base de decepciones. Los primeros, por haberse visto siempre amilanados bajo la sombra de un rival tan gigantesco como inaccesible. Los segundos, por sus constantes devaneos con un infortunio que en esta última década se había vuelto especialmente pertinaz. Ambos, por haber tenido que purgar con auténticas peregrinaciones desérticas las relativas glorias de unos tiempos cuyo brillo sólo es equiparable a lo efímero de su impronta.
Así las cosas, ante la perspectiva de dos heroicas similares confrontándose sobre el césped de El Molinón, sólo cabía aguardar o un duelo entre iguales o un rápido reparto de papeles que asignara los roles de víctima y verdugo sin que mediara más intervención que la del azar. Y sin embargo, los dos equipos se afanaron en desarrollar sobre el campo una perfecta ejemplificación de lo que pueden ser las dos caras de la heroica: la del vencedor que sabe serlo sólo con lo justo y la del caído que pone todo cuanto está de su lado para intentar dar la vuelta a una situación inmerecida.
El Sporting, pese a hacer un partido paupérrimo, consiguió tres puntos que algún que otro aficionado calificaba a la salida como imprescindibles y dejó dos lecciones que habrá que aprenderse bien en esta temporada: que Bilic aún puede resolver eficazmente los duelos (por más que parezca que nos sientan mal los goles tempraneros, a tenor de lo que sufrimos cada vez que nos desmarcamos con uno) y que las lunas de miel no son eternas. El Espanyol, pese a jugar un partido dignísimo y a llevar la batuta durante la mayor parte de los noventa minutos y a hacer que el respetable sintiera un escalofrío cada vez que sus delanteros se acercaban a nuestra área, acabó padeciendo una derrota tan inmerecida como ilustrativa de lo poco que vale el esfuerzo cuando el destino se le pone definitivamente a uno en contra.
Porque si el Sporting hizo gala de heroica alguna, fue precisamente de la de la resistencia. El mayor mérito del equipo -en realidad no hubo otro- fue el de haber conservado la victoria sin más deslumbramientos que el que propició la jugada del único gol ni otro esfuerzo que el de correr detrás de unos periquitos que sí sabían bien a lo que habían venido. No es mala cosa si se tiene en cuenta que hace tan sólo un año nadie en su sano juicio habría dado por ganado un encuentro como el de ayer, ni que ganar jugando mal es una de las cosas que más anhelan incorporar a su statu quo todos los equipos que, como nosotros, acabarán dilucidando su ser o no ser al final de la campaña.
La heroica del Espanyol, por contra, se basó en esa insistencia que todos les reconocían a los de Preciado la temporada anterior: su incapacidad para rendirse por muy mal dadas que vinieran las cosas y su afán por echarse arriba a las primeras de cambio, sin permitirse caer en el derrumbe ante las portentosas paradas de Juan Pablo, la intercesión de los largueros o algún extraño error en los remates que impidió que el marcador dejara sin inaugurar el casillero destinado al conjunto visitante. El Sporting, acostumbrado a echar mano de esa heroica que apuesta por el todo o nada, se sorprendió ayer a sí mismo erigiéndose en apóstol de la facción contraria. El Espanyol, un año después de aquel cero a tres que les sirvió para empezar a vislumbrar una tímida luz en su andadura a la vez que nos dejaban orientados al pozo del descenso, abandonó Gijón dejando tras de sí un gran partido que, cosas del fútbol, acabó por no servirles para nada.
Resumiendo, podría decirse que el equipo que siempre se dejaba la vida a cambio de recompensas más bien exiguas acabó convirtiéndose en triunfador de una batalla en la que finalmente puso muy poco de su parte mientras el otro se desgañitaba para tratar de emular la gesta de hace unos meses, cuando con sólo tres tiros a puerta marcó el inicio de aquel trayecto hacia el vacío que tanto nos costó abandonar. Así es la heroica. Así es la vida.
Foto: Paloma Ucha
El Comercio, 9 de noviembre de 2009
Foto: Paloma Ucha
El Comercio, 9 de noviembre de 2009













