martes 17 de enero de 2012

El 'affaire' Cienfuegos


Nacho Carballo (Gijón, 1972) solía ir cada verano por la Semana Negra. Allí le conocí yo en una fecha que no recuerdo, pero que debió de andar entre 2005 y 2006. Tampoco recuerdo quién nos presentó. Seguramente fue un conocido común de entre los muchos que teníamos por allí. Nunca fuimos amigos, pero sí manteníamos una relación cordial que no iba más allá de lo meramente protocolario: cuando nos encontrábamos, nos dábamos la mano, nos preguntábamos qué tal nos iba la vida, respondíamos que bien y luego cada uno seguía por su camino. Un tiempo después de conocerle vi el que creo que fue su primer cortometraje, Dama blanca, y no me gustó nada. Luego fui informándome de sus andanzas a través de la prensa, que periódicamente contaba su participación en proyectos en los que o bien él jugaba un papel muy secundario (las películas de Garci, su colaboración con Campanella) o bien no llegaban a materializarse nunca.

El pasado verano, fiel a su costumbre, Carballo volvió a aparecer por la Semana Negra. Nos vimos, nos saludamos, nos preguntamos qué tal nos iba la vida, nos respondimos que bien y luego seguimos cada uno por nuestro camino. Lo normal. Ocurre que, en una de éstas, pillé una conversación al vuelo cuyos entresijos confirmé después con gente de mi absoluta confianza: Carballo había comentado por allí que él iba a ser el próximo director del Festival Internacional de Cine de Gijón. Los entresijos me los resumieron sin entrar en detalles: según parece, había dicho que era amigo de un hijo de Francisco Álvarez-Cascos, a la sazón presidente del Principado desde las elecciones autonómicas del 22 de mayo de 2011, y que ya había contactado con la casi recién nombrada gerente del Teatro Jovellanos, Teresa Sánchez, con la que esperaba reunirse en los días siguientes. La cosa se discutió bastante en aquellos días, tanto en el propio recinto de la Semana Negra como en la redacción del A Quemarropa (el diario oficial del certamen, en el que yo trabajo desde el año 2005), y tuve la oportunidad de hablar con varias personas (entre ellas, un íntimo amigo de Carballo) que me corroboraron lo que en aquellos días se convirtió en un rumor extendido por todo el recinto del festival literario: el Ayuntamiento de Gijón, gobernado en minoría por el partido de Cascos desde las elecciones municipales que se habían celebrado un par de meses antes, pensaba destituir a José Luis Cienfuegos (Avilés, 1964), quien había dirigido el Festival Internacional de Cine de Gijón desde 1995 con buen pulso y mejores resultados, para poner en su lugar a Carballo.

Por aquel entonces, yo acababa de fichar por el diario La Voz de Asturias y me ocupaba (y sigo ocupándome, siempre que el tiempo lo permite) de una sección titulada Personajes y rincones en la que semanalmente escribía sobre gijoneses más o menos populares. Se me ocurrió que podía estar bien darle un día cancha a Cienfuegos, más que nada por sondear el terreno y ver hasta qué punto estaba o no madura la cosa. Le escribí un e-mail, me contestó y nos vimos a la semana siguiente en la Casa de la Palmera, la sede del Teatro Jovellanos, con el fin de mantener una entrevista que finalmente no salió publicada (por aquellas fechas, otro periódico le sacó en una sección de avilesinos ilustres, o algo así), pero que sí me dio la oportunidad de comentarle aquellos rumores que a él, según me confesó, ya le habían llegado por otra vía. No los veía excesivamente infundados, pero tampoco acababa de creérselos del todo porque quería confiar en el fair play del nuevo equipo de gobierno, sobre todo porque tenía una opinión excelente de la nueva responsable de la gerencia del Jovellanos y porque hasta el momento nadie había pretendido interferir en su trabajo. "Si me quieren echar, están en su derecho, pero lo primero que dije cuando asumí la dirección era que, el día que decidiesen prescindir de mis servicios, no me largaran por la puerta de atrás", me dijo en un momento de aquella conversación de la que entonces no hablé con nadie pero que, dadas las circunstancias, creo que debo contar. En las jornadas siguientes -unas veces por casualidad, otras porque yo lo forcé-, hablé del tema con varios cineastas asturianos que no veían ningún fundamento a lo que yo les estaba contando. No entendían que el Ayuntamiento pudiera plantearse despedir a Cienfuegos, cuya gestión en el certamen cinematográfico había sido encomiable, ni mucho menos que tuvieran pensado sustituirlo por Nacho Carballo, cuya reputación en el mundillo nunca había sido muy buena. La cosa se quedó, entonces, en un habladurías que no podía esconder, no obstante, un mínimo temor latente.

Por esas mismas fechas, me tocó ir a cubrir una información a la Feria de Muestras. Allí me encontré con una persona que me comentó que un tiempo atrás, en su Facebook, Carballo había escrito una larga perorata en contra de Cienfuegos que había dado pie a un hilo en el que se vertían, además de no pocas inexactitudes, alguna que otra acusación verdaderamente grave. Carballo y yo estábamos agregados (no puedo afirmarlo con exactitud, pero creo que fue una de las primeras personas que me pidió amistad cuando me apunté a esa red social) y pude leer con mis propios ojos aquellas palabras, que son éstas, y sacar ciertas conclusiones que me llevaron a publicar, el 20 de agosto, una larga información en La Voz de Asturias (pueden leerla aquí) donde daba cuenta de lo que parecían ser los planes del nuevo equipo de gobierno gijonés en materia cultural. Al día siguiente, publiqué un reportaje en el que cuatro directores de cine asturianos elogiaban la labor de José Luis Cienfuegos y defendían el giro que había dado al Festival Internacional de Cine de Gijón. Hubo quienes dijeron que me estaba columpiando y quien me acusó de precipitarme en exceso. Cinco meses después, lamento no poder darles la razón. Carballo, por cierto, me eliminó del Facebook.

Pero las cosas siguieron desarrollándose con normalidad, y cuando se celebró la primera rueda de prensa de presentación de la 49ª edición del Festival, acudí a la Casa de la Palmera para conocer de primera mano la información con la que Juan Carlos Gea y yo elaboraríamos un número monográfico de El Cuaderno, el suplemento cultural de La Voz de Asturias, que acababa de comenzar su andadura. Allí estaba presente el concejal de Cultura del Ayuntamiento, Carlos Rubiera, y una periodista le preguntó acerca de la continuidad de Cienfuegos. Él respondió que no era el momento de tomar decisiones, que la cosa estaba yendo bien y que no había que precipitarse, y acto seguido cargó contra "los periodistas" (sic) que publican informaciones sin contrastar y que demostraban una falta de profesionalidad sonrojante al dar pábulo a rumores sin fundamento. Al terminar la rueda, me acerqué a él y le pedí una entrevista. Me la negó. No era la primera vez: desde su nombramiento como concejal, se la había solicitado al menos en un par de ocasiones más, pero él nunca se atrevió a darme explicaciones directas.

No volví a ver a Carlos Rubiera hasta que llegó la gala inaugural de la 49ª edición del Festival. Por allí apareció también Nacho Carballo, que para mi sorpresa (y también para la de unos cuantos) hizo su entrada arropado por un nutrido grupo de capitostes del partido de Álvarez-Cascos. Su presencia no fue nada discreta. A Pepe Colubi, presentador de la gala, le dijo, una vez que ésta hubo finalizado, que esperaba verle por allí en próximas ediciones, y a un colega mío que entonces estaba en paro le aseguró que hablarían después de unos días. Esa noche hablé del tema con Cienfuegos en la fiesta de la Sala Acapulco y se mostró muy molesto con las formas de Carballo. "Esto es como cuando un entrenador está en el banquillo dirigiendo a su equipo y no sabe que el que va a ser su sustituto lo está observando todo tranquilamente desde la grada", me dijo. La escena se repitió unos días más tarde, en la gala de clausura, y a lo largo de todo el Festival todos nos acostumbramos a tropezarnos con Carballo en proyecciones y pases de prensa, lo que no dejó de causar sorpresa tanto a los cineastas asturianos como a muchos asistentes habituales, que no recordaban haberle visto nunca tanto por allí.

Pero antes de la gala de clausura mantuve otro encuentro con Cienfuegos. Fue ese mismo sábado, unas horas antes de la ceremonia que se celebró en el Teatro de la Laboral, en una sidrería de la calle Casimiro Velasco. Le hice una entrevista que pueden leer aquí, pero también mantuvimos una conversación al margen acerca de su continuidad y la actitud tanto de la alcaldesa -que no se dignó a aparecer por un solo acto del certamen- como de los concejales casquistas. También salió, claro, el nombre de Carballo. Pese a las evidencias (que habían pasado de ser tímidas a hacerse numerosas), se resistía a dar por buena la tesis del recambio, pero no eludía las bromas sobre el tema: "Espero que el año que viene, por lo menos, me acrediten", me dijo antes de despedirnos en la plaza del Parchís.

Nos vimos por última vez a mediados de diciembre. Nos tropezamos por la calle y él estaba exultante: me dijo que estaba cerrando el balance de la 49ª edición y que las cifras habían sido mejores de lo que él mismo se esperaba. "En unos días voy a convocar una rueda de prensa para informaros bien de todo", me dijo. "¿Cuándo?", pregunté yo. "Espero que pronto, lo consultaré con la gerente [del Teatro Jovellanos] y lo que ella me diga", respondió. Prometió que me avisaría y no volví a saber nada de él. Tampoco de aquella rueda de prensa, que finalmente no se celebró. Me temo que sólo yo interpreté su continua postergación como un mal augurio.

Y así, llegamos al pasado miércoles, 11 de enero de 2012, cuando me enteré vía Twitter, mientras tomaba un café a media mañana, de la fulminante destitución de Cienfuegos. Me acerqué en el momento a la Casa de la Palmera, pero la chica de recepción me dijo que el hasta entonces director del Festival ya no estaba allí. Le llamé por teléfono y me contó, muy apresuradamente, lo justo: que se lo habían comunicado con una carta, que no le habían dado explicaciones y que sólo le habían dicho que desde tiempo atrás había "un nuevo equipo" trabajando en la 50ª edición. Tras colgarle, recibí la llamada de un funcionario del Ayuntamiento de Gijón que me comentó que estaba leyendo en la web de un periódico que en la Casa Consistorial se estaba presentando a Nacho Carballo como nuevo director del certamen justo en esos instantes, mientras nosotros hablábamos. Me acerqué con toda la rapidez de la que fui capaz a la Plaza Mayor. Nacho Carballo se paseaba bajo los arcos mientras hablaba por el móvil. En la terraza de un bar, la gerente del Teatro Jovellanos tomaba un tentempié con los componentes del equipo recién nombrado. En una mesa contigua, un par de colegas me confirmaron que se les había convocado el día anterior a una rueda de prensa sin especificarles qué temas se iban a tratar. La luz y los taquígrafos brillaban, una vez más, por su ausencia.

No sólo habían echado a Cienfuegos. Además, le habían tratado como a un perro.

Y ya acabo. Tras su nombramiento, Nacho Carballo ha dado algunas entrevistas en las que me acusa, igual que hizo en su día Carlos Rubiera, de mentir (y más habrá: creo que va por ahí llamándome de todo menos guapo), pero a mí la que más gracia me hace es ésta, en la que insinúa que el Ayuntamiento de Gijón decidió contratarle como director del Festival a raíz de la información que yo había publicado en agosto. Antes, había dicho que él no había comentado nada ni en la Semana Negra ni en ningún sitio. Me pregunto entonces cómo fui yo capaz de adivinar, con cinco meses de antelación, que Cienfuegos iba a ser despedido y que él iba a ocupar su puesto. Lo mío (dicen) es escribir, no profetizar. Para eso ya están otros.

Seguiremos informando.

Foto: Armando Álvarez / La Voz de Asturias

viernes 30 de diciembre de 2011

365 días después

Foto: Armando Álvarez

Hubo algunos que se fueron (y bien que se les recuerda). Hubo otros que llegaron (y benditos sean). Hay unos cuantos que siguen aquí, pese a todo.

Y mientras tanto, Europa se prepara para asistir a su propia demolición, España está a un tris de convertirse en un lugar irrespirable y la Asturias que habito anda emponzoñada por la estulticia de unos pocos y navega entre la parálisis y la desolación.

Pese a todo, tendremos que hacer como que no sabemos nada de todo eso, brindar y desearnos que lo que venga no sea peor que lo que ya hemos pasado.

Que tengan (que tengamos) un feliz 2012.

jueves 22 de diciembre de 2011

Picu Urriellu

Podría intentar ir más alto y coronar Torrecerredo,
deshacer nieves eternas con las yemas de mis dedos;
pero, aunque hoy el día acompañe el tesón de mis esfuerzos,
alcanzarte es más difícil que ascender la cara oeste del Picu Urriellu.

Podría intentar deshacerme del color de tus recuerdos,
bajar en aguas del Duje desde Sotres a Poncebos;
y es que, aunque hoy el día acompañe la valentía de mi empeño,
alcanzarte es más difícil que ascender la cara oeste del Picu Urriellu.

Es la letra de una de las canciones de Montañas. Pueden escucharla, vía YouTube, aquí. O, si lo prefieren, también pueden descargarse el disco completo aquí. Yo les recomiendo que hagan esto último.

lunes 19 de diciembre de 2011

Galerna

Muro de San Lorenzo (Gijón)

Línea de Fondo 12: Sporting, 1-Espanyol, 2


Temporal cantábrico

Fue marcar el segundo el Espanyol y estallar la grada (o, al menos, mi sector) en un clamor unánime que solicitaba el despido de Preciado, la decapitación de dos o tres futbolistas cuyos nombres no voy a mencionar y la irrevocable pena de muerte para el árbitro. He de confesar que yo estuve de acuerdo con este último punto -todos sabemos que Ayza Gámez es un trencilla patético, pero es que ayer rozó el más espantoso de los ridículos-, pero no me vi capaz de avalar el resto de peticiones. Siempre me ha costado entender esa bipolaridad de los aficionados futboleros que les lleva a ver hoy miseria donde ayer sólo contemplaban gloria y esplendor. Convendría recordar que la situación del Sporting no ha variado tanto desde la victoria ante el Rayo y que, aunque nos duela, pasar la Navidad en puestos de descenso no significa absolutamente nada. También que los que perdieron en El Molinón son esencialmente los mismos que ganaron en Vallecas. Ojalá todo esto (los vaivenes del equipo, pero también las iras de sus seguidores) sea sólo una desorientación producida por este temporal cantábrico que, sin aviso, nos ha azotado en la cara y nos obliga a comenzar las vacaciones con las cadenas puestas. Ya nos preocuparemos en 2012, si es menester. De momento, aquí seguimos.


La Voz de Asturias, 18 de diciembre de 2011
Foto: Armando Álvarez

viernes 16 de diciembre de 2011

El Cuaderno#10



Álvaro Cunqueiro nació en Mondoñedo el 22 de diciembre de 1911 y murió en Vigo el 28 de febrero de 1981, lo que quiere decir que este año se cumplen un siglo de su nacimiento y tres décadas de su despedida del mundo. La efeméride supone una buena ocasión (aunque todas lo sean) para releerlo, pero también para indagar en las razones de que su nombre y su legado no figuren con letras de oro en el panteón de los más grandes escritores españoles de la pasada centuria. Autor de una obra tan monumental como dispersa, Cunqueiro siempre escribió mucho y bien, en gallego y en castellano, y tanto su poliédrica personalidad como las infinitas ramificaciones de sus intereses literarios hacen que abordar un análisis global de su importancia en las letras peninsulares acarree, en ocasiones, el riesgo de incurrir en la simplificación o la frivolidad. Narrador, poeta, articulista, gastrónomo y, sobre todo, soñador, hay quien considera que la talla artística e intelectual de Álvaro Cunqueiro convierte su estudio en algo, en cierto modo, inabarcable, pero también quien piensa que el eterno papel secundario que ocupa en el canon de las letras hispánicas se debe a su condición de escritor incómodo o incierto (por usar un adjetivo que seguramente a él le habría resultado más querido), precisamente por la dificultad de encasillarlo en un apartado concreto o de sintetizar en un par de párrafos toda su bibliografía. Aproximarse a la figura de Cunqueiro (y reivindicarla) requiere emplear múltiples perspectivas para hablar de él del mismo modo que él hablaba de las cosas del mundo: con alegría, sin prejuicios, asumiendo los rumbos que marca la imaginación sin descuidar el terreno que se pisa. Eso es lo que hemos pretendido en El Cuaderno para rendirle homenaje en su centésimo aniversario. Feliz cumpleaños, don Álvaro.

lunes 12 de diciembre de 2011

Después de algunos años

Hacía bastante tiempo que no iba por este lugar. Es la casa de los Panero, en Astorga, y hoy tiene poco de ver con el edificio que yo conocí cuando, una mañana de finales de abril de 2005, me vi por primera vez ante sus puertas. Ya he contado alguna vez (bastantes, me temo) cómo desemboqué allí después de una conversación con Nacho Vegas a propósito de El desencanto, una película que a ambos nos gustaba mucho, y de qué manera aquel encuentro fue el principio de una especie de obsesión que se terminó materializando en un documental (La estancia vacía, 2007) y una novela (Los últimos días de Michi Panero, 2008) que tuvieron una fortuna desigual y ocuparon una buena parte de mi vida, hasta el punto de que me dediqué casi en exclusiva a las dos hasta que, tras ganar el Juan Pablo Forner con aquel libro que tanto me costó dar por terminado, decidí dar carpetazo al asunto y pasar a otra cosa.

En Astorga hice amigos y he tenido un sitio donde dormir siempre que lo he necesitado. También conozco allí algún que otro lugar en el que buscar refugio cuando acecha el temporal. Por eso pensé que mi alejamiento había sido un tanto injusto, que el hartazgo paneriano que me había embargado después de tantos esfuerzos (algunos ciertamente inútiles) no tenía por qué extenderse a una ciudad en la que tan bien me habían tratado siempre, pero no sé si porque me resultaba imposible disociar a los Panero de su hábitat primigenio o porque no me apetecía demasiado revivir determinados momentos que no extraño demasiado, había preferido marcar una distancia prudencial. Pero resulta que hace unos meses murió Angelines Baltasar -la protagonista del documental, una mujer encantadora con la que daba gusto charlar- y las circunstancias me impidieron ir a su entierro y me quedé con un poco de mal cuerpo, y cuando este fin de semana me surgió la posibilidad de arrimarme a Astorga, apenas lo dudé. De repente me di cuenta de que me apetecía volver a pasear por esas calles que en invierno se quedan casi desiertas y que yo llegué a conocer como si me hubiese criado en ellas, y de que tenía ganas de llevarme a la boca un buen cocido maragato, y de que (en fin) sentía curiosidad por ver cómo había quedado la casa de los Panero tras la restauración que yo vi empezar y que, según me contó en su día algún amigo que conservo por allí, había dejado el edificio como nuevo.

Así que volví. Y, aunque sólo fueron unas horas, tuve tiempo de saludar a Kanky, revisitar algunos bares, entregarme al cocido, pasear otra vez por la muralla, hacer el ineludible recorrido por las naves de la catedral, asomarme a las vistas a las que se abren los jardines del palacio episcopal y hasta de dar una vuelta por Castrillo de los Polvazares. Por descontado, también encontré un hueco -en realidad fue lo primero que hice, nada más aparcar el coche- para acercarme a la casa de los Panero y constatar que sí, que el edificio ya no es ni mucho menos la achacosa ruina que yo recordaba y que al fin se han concluido unos trabajos que llegaron a parecer quiméricos de tanto como se prolongaron en el tiempo. Ocurre que, extrañamente, tuve una sensación contradictoria cuando me vi de nuevo ante la portilla que da acceso a su jardín. Por un lado, me alegró comprobar que no se había venido abajo todo, como había temido la primera vez que estuve delante de aquel caserón que llevaba abandonado varias décadas; por otro, tuve la incómoda sensación de que el lugar había perdido un misterio del que, por alguna razón, ahora se ha quedado desprovisto. Puede que, de haber conocido ya la casa tal cual está en estos momentos y no como la conocí en aquella primavera cada vez más lejana, no se me habría ocurrido ni dirigir una película ni escribir una novela a propósito de aquella mansión en decadencia. Claro que igual eso habría sido lo mejor. Al fin y al cabo, cada vez tengo más dudas de que ni la una ni la otra sirviesen para algo.

viernes 9 de diciembre de 2011

La tierra más hermosa


Caminantes dende siempre,
llegáis pela raya'l Cuera
carretando ferramientes
y esperances d'otra tierra.
Llabradores del calizu,
semadores de la fiedra,
necios pal que vos esplota,
artesanos pal qu'aceña.

Canteros de Cuadonga,
los que baxáis a La Riera,
si queréis beber bon vinu,
cortexa-y la tabernera.

Igor Medio /Popular asturiana

Covadonga (Asturias)

lunes 5 de diciembre de 2011

En busca de Frassinelli

Tumba de Roberto Frassinelli en el interior de Santa Eulalia de Abamia
Foto: Armando Álvarez

Como ya anuncié aquí, ayer publiqué en La Voz de Asturias una doble página sobre Roberto Frassinelli que se componía de un reportaje titulado En busca de Frassinelli (y subtitulado Un recorrido por los escenarios del 'alemán de Corao' doscientos años después) y de un perfil del personaje que presenté bajo el epígrafe Un alemán en el corazón de Asturias. El primer texto -el más extenso, el que se refiere al viaje del que les hablaba el otro día- pueden leerlo aquí. Para acceder al perfil, no tienen más que pinchar aquí.

Al final del perfil, hago una referencia a una canción que descubrió Armando Álvarez (que, como ya he contado, es el coautor del reportaje en tanto que responsable de retratar los lugares de los que yo escribo) y que, dadas las circunstancias, no me resisto a dejar aquí por si alguno siente curiosidad. Pueden escucharla (y ver a sus artífices) pinchando en este enlace.

Línea de Fondo 11: Sporting, 0-Real Madrid, 3

Querido don Alfredo

Dos puntos. Sé que al madridismo se le hace el culo agua cada vez que usted abre la boca, pero la verdad es que resulta muy cansino ese afán suyo por erigirse en oráculo de un club que admite poca defensa. Dijo usted que en El Molinón iba a haber violencia y acertó, aunque la que hubo no corrió a cargo del Sporting, sino del equipo al que usted tanto idolatra y que dice adornarse de virtudes de las que, en realidad, carece por completo. Pecaron de arrogancia los de siempre (ese Pepe que, si éste fuera un país serio, debería tener prohibida la entrada a cualquier estadio; ese Mourinho que nos insultó el año pasado; ese CR7 cuya presencia ya ofende por sí misma) y no un Sporting que, si cometió algún error, fue el de no haber jugado con toda la alegría que es capaz de echar. Y también fue muy violento, no lo niego, lo del árbitro, un penoso Iturralde al que supongo que los suyos dejarán de tildar de barcelonista después del buen trato que les dispensó por estos pagos. Le comento todo esto, don Alfredo, con el máximo respeto. El mismo que ni usted ni los suyos nos conceden a los que no somos merengues, y del que ustedes no son ni mucho menos acreedores.

La Voz de Asturias, 4 de diciembre de 2011
Foto: Armando Álvarez

PD.- Me llevé una sorpresa morrocotuda en el partido, cuando, cada vez que marcaba gol el Real Madrid, algunos de mis vecinos de localidad en la Tribunona -personas que se definen, a la menor oportunidad, como "sportinguistas de toda la vida"- se ponían a celebrar como locos los tantos merengues. Mi pregunta es clara y sencilla: ¿a qué va esta gente a El Molinón los domingos? ¿A reírse del Sporting?

viernes 2 de diciembre de 2011

Tras las huellas de Frassinelli

Lo bueno del periodismo (el oficio aún tiene cosas buenas, pese a todo) es que de vez en cuando proporciona una coartada perfecta para ajustar cuentas con uno mismo. La expresión suena algo grandilocuente y quizás lo sea, pero no encuentro una forma mejor de explicar las razones que me llevaron a recorrer, hace unos días, uno de los rincones más paradigmáticos de Asturias siguiendo el rastro de un fantasma del que pocos se acuerdan hoy en día. Difícilmente puedo encontrar una razón objetiva que ilustre los motivos que me empujan a escribir esto aquí y ahora. En primer lugar, porque un buen reportaje (y no sé si el que yo he hecho lo es) no debería necesitar ninguna justificación externa. En segundo lugar, porque el reportaje al que me refiero -que saldrá publicado mañana en el diario La Voz de Asturias- se justifica plenamente por sí mismo. Lo que ocurre es que ese reportaje tiene detrás una historia, que es la mía, que no era pertinente contar en el periódico, y que, como todas las historias, tampoco me pertenece por completo. También que, al iniciar el periplo que dio lugar al extenso texto que saldrá de imprenta en unas horas y que mostraré aquí en su momento, tuve la impresión de estar concluyendo, en realidad, un viaje emprendido hace ya tiempo. Y por eso quiero que, al menos, quede reflejado el trayecto.

Todo comenzó en 1987, aunque yo no lo supe hasta mucho después, y la culpa fue -como en tantas otras ocasiones- de mi señor padre, que un día tuvo a bien llevarme hasta el Pueblu d'Asturies, en Gijón, para visitar una exposición de la que únicamente recuerdo el cartel: un fotomontaje que partía del cuadro El viajero contemplando un mar de niebla, de Caspar David Friedrich para mostrar al protagonista del óleo ante una panorámica de los Picos de Europa. Posiblemente me habría olvidado también del afiche de no ser porque mi padre, un médico ilustrado de los que ya casi no quedan, volvió a casa con un libro que recogía y ampliaba el contenido de la exposición y que desde entonces yo comencé a ojear con frecuencia, primero por una curiosidad casi morbosa (tenía entonces seis o siete años, y aquella edición era algo verdaderamente solemne) y luego por un interés cada vez mayor en el personaje al que se referían sus páginas. Fue así como supe de la existencia de Roberto Frassinelli, al que llamaban El alemán de Corao, y de su paso por la comarca donde se asienta lo que yo llamo a veces el epicentro sentimental de Asturias, ese cauce de leyendas y mitos identitarios que arranca en la cueva de Covadonga y se extiende hasta la ermita de Santa Cruz, en las afueras de Cangas de Onís. Un territorio mágico que inevitablemente llamó la atención del niño que era yo, más interesado por las historias de espadas y brujería que por el fútbol, y que para mi desgracia quedaba muy lejos del Mieres en el que vivía.

Además, como suele pasar a esas edades, el interés iba y volvía, y tan pronto pedía a mis padres que me llevaran un día hasta Abamia -la iglesia que ordenó construir el rey Pelayo tras la victoria en Covadonga y donde reposan los restos de Frassinelli después de que los depositaran allí en una ceremonia que casi podría calificarse de espectral- como me olvidaba del tema, y poco a poco la figura del alemán fue ocupando un plano cada vez más secundario, relegada siempre por otros asuntos nuevos que empezaban a interesarme. De todos modos, volvía con cierta periodicidad a las páginas de aquel libro -a decir verdad, casi siempre que me lo tropezaba en la biblioteca familiar- y una vez casi consigo arrimarme a los escenarios que en él se mostraban a través del objetivo de la fotógrafa Anna Müller. Fue en 1993 ó 1994, en un viaje que hice a Covadonga con mis tíos y en el transcurso del cual, no sé por qué, pasamos cerca de Corao y hasta vimos de lejos la ermita de Santa Cruz. Traté de convencerles para que nos detuviésemos por allí, pero no fui capaz de conseguirlo. Creo que en ese momento, no sé si por despecho, me olvidé por completo de Frassinelli. Y no volví a cruzarme con él hasta unos cuantos años después.
Cueva del Cuélebre (Corao)

Fue, concretamente, en el verano de 2009. Por aquel entonces el diario El Comercio, en el que yo colaboraba, había puesto en marcha un suplemento cultural, y su coordinadora me había pedido que pensase en algún tema que diese para un buen reportaje a doble página. Y ocurrió que, en un viaje relámpago a Mieres, volví a encontrarme en la biblioteca familiar con aquel libro que no había vuelto a abrir en más de una década. No sin resistencia por parte de mi padre, acabé llevándomelo a casa, y tras una relectura rápida -y después de escribir un largo e-mail a la responsable del suplemento en el que trataba de contagiarle mi fascinación casi infantil por el personaje- escribí un extenso artículo (éste) que apareció publicado el 25 de julio y que, mucho me temo, apenas interesó a nadie.

La salida de aquel texto ni siquiera sirvió para desquitarme, porque no mucho después el nombre de Frassinelli empezó a salir, de manera espontánea y sin que yo lo pretendiera, en varias conversaciones. De él hablé alguna vez con mi amigo Álvaro Díaz Huici, y sobre él charlé durante un rato con Juan Cueto la tarde que le conocí, en su antigua casa de Somió. Poco después, me encontré en la librería Paradiso un extraño libro titulado El tesoro de los lagos de Somiedo en el que El Alemán de Corao aparecía como factor determinante de la acción -y cuya primera edición, según supe después, estuvo prologada por el propio Cueto-, y empecé a ver su nombre asociado, de distinta manera y por motivos bien heterogéneos, a hitos tan variados e inconexos como la ascensión inaugural al Naranjo de Bulnes o los primeros trabajos serios asociados a la conservación del Prerrománico. Tan recurrente se hizo su presencia que, cuando me ficharon en La Voz de Asturias y su subdirector, Julio César Iglesias, me encargó la redacción de una serie de guías sobre Asturias, propuse (y aceptaron) escribir una que, bajo el título La Asturias Heterodoxa, recogiera historias más o menos míticas, o simplemente singulares, y en la que Frassinelli jugara un papel importante.

Santa Eulalia de Abamia (Corao)

Y un día reparé en que, con todo lo que llevaba escrito sobre Frassinelli, apenas conocía los lugares en los que había transcurrido su vida. Y me di cuenta de que estábamos en 2011 y él había nacido en 1811 -es decir, doscientos años antes- y, no sé por qué, me dio por buscar en Google mi propio artículo, aquel que había aparecido en El Comercio, para releer unas líneas que ya no recordaba haber escrito y que demuestran lo fácil que es a veces ser profeta: "Dentro de un año y medio [recuerden que el artículo se publicó en el verano de 2009] se cumplirá el bicentenario de su nacimiento, y no estaría bien desaprovechar la oportunidad que brinda el calendario. Asturias, que tan mal trata con frecuencia a sus mejores hombres, aún está a tiempo de saldar las cuentas que tiene pendientes con una de sus figuras más encantadoramente heterodoxas. También con uno de sus más entregados hijos adoptivos". Estoy seguro de que no albergaba muchas esperanzas cuando lo escribí, pero en cualquier caso el tiempo me ha dado la razón: el 2011 estaba a punto de agotarse y nadie -y la cosa sigue así, al menos que yo sepa- se había acordado del bueno de Frassinelli. Y empecé a pensar que podía estar bien hacer aquel viaje que me había quedado pendiente: seguir las huellas de Frassinelli y contar, sin más, qué me iba encontrando por el camino. Qué era lo que quedaba, dos siglos después de su nacimiento, del rastro del alemán que un día descubrió Covadonga.
Pozo del Alemán (Vega del Enol, Picos de Europa)

Y ocurre, por último, que apareció un fotógrafo. Alguien (creo que José Luis Alvite) escribió una vez que el fotógrafo es la única pareja con la que un periodista sabe a ciencia cierta que jamás acabará a las puertas de un juzgado. Yo sólo puedo decir que es cierto. En los diez años que llevo trabajando en esto me he tropezado con unos cuantos excelentes, pero en esta ocasión necesitaba contar con un cómplice. Y lo encontré en Armando Álvarez, un artista con el que congenié desde la primera vez que nos encontramos y que dijo que sí en cuanto le conté mi idea, que a él, que no sabía nada del tema, le tuvo que parecer bastante descabellada. Juntos nos pusimos de camino y juntos pasamos una jornada verdaderamente movida: nos metimos por caminos cuyo paradero ignorábamos, dimos mil y una vueltas para que nos dejasen entrar en la casi inexpugnable iglesia de Abamia, recorrimos un rincón bien remoto de los Picos de Europa sin tropezarnos con un solo ser humano, nos metimos en una cueva sin saber qué nos podía esperar dentro... De él son las fotos que ilustran esta entrada, y también otras muchas que no he puesto aquí porque prefiero que sea él quien las dé a conocer cuando proceda. Cuando volvimos a Gijón, ya a última hora de la tarde, le dije que me lo había pasado muy bien. En realidad, tenía que haberle dado las gracias. Porque es posible que, de no haber sido por él, yo no hubiese hecho nunca este viaje. Y la verdad es que habría sido una pena perdérmelo.
Esta foto nos la hicimos en el Pozo del Alemán, justo antes de tomar el camino de vuelta a casa. En aquel momento pensaba que por fin había concluido aquel viaje que se había iniciado en 1987 y al que tanto me había costado poner término. Pero la cosa empezó a complicarse a mi regreso. De pronto, comenzaron a llegarme nuevas referencias y documentos de lo más variopinto que han conseguido que sea incapaz de alejar de mí la sombra de Frassinelli. En aquel libro que mi padre compró en nuestra visita al Pueblu d'Asturies hay unas líneas que siempre me han gustado mucho por lo poderoso de su evocación:

De un castañedo incomprensiblemente maltratado, con árboles centenarios de caprichosas y retorcidas formas, parte la senda que conduce hasta Abamia.

Me parece que, tanto tiempo después, el viaje continúa.

lunes 28 de noviembre de 2011

Una entrevista con José Luis Cienfuegos

El sábado, unas horas antes de que diera comienzo la gala de clausura de la 49ª edición del Festival Internacional de Cine de Gijón, entrevisté a su director, José Luis Cienfuegos. La entrevista ha aparecido publicada hoy, parcialmente, en el diario La Voz de Asturias (clic aquí). Aquí va la versión completa.

Faltan unas horas para que se celebre la gala de clausura y la cara de José Luis Cienfuegos (Avilés, 1964) muestra una sonrisa de satisfacción. El director del certamen siente que ha consolidado definitivamente a su criatura en una 49ª edición que, además de contentar por igual a crítica y público, ha servido para refrendarles a él y al propio evento de cara a un porvenir que, por decirlo finamente, se prevé poco halagüeño.

Tengo que empezar dándole la enhorabuena. Usted siempre dijo que antes de hablar del medio siglo había que hacer la 49ª edición, y ha superado la prueba con buena nota.

La verdad es que estoy francamente emocionado por el apoyo tanto del jurado como de los medios durante la lectura del palmarés [las líneas en las que el jurado abogaba por la continuidad del certamen fueron unánimemente aplaudidas por los periodistas presentes]. Se ha hablado claro, con firmeza, y como profesional no puedo más que sentir agradecimiento, sobre todo por el cariño que estos días se ha notado en las salas y en la calle hacia el festival.

La respuesta ciudadana no ha disminuido…

Estamos en un buen nivel en cuanto a asistencia a los proyecciones. Tenemos un nivel de festival potente. Me parece un poco pronto para hacer un balance serio, pero una de las claves del crecimiento de estos últimos años ha sido la autoexigencia tanto hacia los contenidos como hacia la manera de hacer llegar el festival a todo el mundo. Aún así, se puede y se debe mejorar. Eso está claro.

La programación de este año estuvo especialmente cuidada. La Sección Oficial casi parecía un ‘all stars’…

Sí. La Sección Oficial nunca es la sección soñada, pero sí que está claro que ha reflejado más que nunca ese cine vivo, ese cine que dice cosas y que, además, consigue la implicación de los espectadores. Aunque evidentemente haya habido propuestas complejas o más exigentes con el espectador, creo que se entiende muy bien cuál es el modelo. La gente sabe que en el festival se han podido ver muchos cines diferentes con muchos discursos y muy interesantes. Los directores estaban francamente sorprendidos, tanto por el propio festival en sí (aunque, afortunadamente, casi todos venían ya con referencias del certamen y estaban aquí porque era Gijón) como por la propia ciudad. Este año les hemos sacado mucho partido a los invitados, y eso es muy bonito. Quiero remarcar la colaboración con la Universidad para ampliar las fronteras del festival. Creo que es labor de todos el sacar partido a eventos como éste. Por el festival han pasado, y creo que nadie puede negar esto, algunos de los más importantes cineastas contemporáneos, y eso es muy importante para Asturias. Insisto en el tema de abrir puertas: en el Centro de Cultura Antiguo Instituto, durante la proyección del ciclo No nos cuentes películas…, en el que unen fuerzas Telecable, el Conseyu de la Mocedá del Principado y Valnalón, viví uno de los momentos más emocionantes de estos 16 años. Uno de los mejores guionistas de España, Diego San José, vino aquí para trabajar codo con codo con chavales de los centros técnicos de Oviedo, Gijón y Avilés, a los que se sumaron luego la Escuela de Arte Dramático de Gijón y los directores Pablo Vara y Jim-Box. Esa colaboración es muy bonita, y marca un camino. En la proyección de la que te hablo, uno de los alumnos dio las gracias a sus profesores por haberle permitido hacer eso. Creo que entre todos se pueden hacer muchas y buenas cosas en Asturias. No nos podemos permitir el lujo de darnos la espalda unos a otros.

Que el festival está más que consolidado lo demuestran el hecho de que Filmax haya estrenado aquí Copito de nieve o la presencia de García Sánchez o el largometraje Arrugas

Hay un cierto arropamiento, y yo lo he visto este año. Algunas de las películas que estaban en nuestra competición o en las secciones paralelas podían haber estado en otros festivales, obteniendo seguramente un buen dinero en concepto de pago de alquileres, pero quisieron estar aquí. Ha habido un apoyo que yo agradezco enormemente.

Usted no es nada personalista, pero supongo que es consciente de que decir Festival Internacional de Cine de Gijón es decir José Luis Cienfuegos…

Soy consciente de que hay un equipo que ha trabajado muy duro para sacar adelante el trabajo. Creo que una de las claves de que las piezas encajen es la responsabilidad compartida. Cuando algo sale mal, nadie echa las culpas a nadie. Todos nos centramos en tapar ese hueco y conseguir que las cosas salgan. Eso no es muy habitual, y crea un espíritu de equipo que hace que todo salga adelante. Y creo que se nota.

Lo mencionaba usted mismo antes: en un gesto insólito, el jurado internacional ha querido apoyar explícitamente al certamen.

Sí. Los festivales somos ahora más frágiles que nunca, y ellos reivindicaban tanto el festival como la necesidad de mantener estos certámenes.

Más que de festivales, habría que hablar de ciertos festivales…

Eso es. Festivales en los que hay una labor seria de programación, que tienen detrás un trabajo. Los festivales dinamizan la economía. Que no se piense que los festivales son cuatro actores o directores comiendo durante tres días en una ciudad. Toda la actividad que se desarrolla aquí genera dinero y repercute en diferentes industrias. Alrededor de los festivales hay mucha industria: empresas audiovisuales y de subtitulación, imprentas, serigrafías… A veces se habla con cierta ligereza y no debemos sentirnos culpables de lo que hacemos. Más bien al contrario, porque a través del Festival surgen proyectos que implican y dan trabajo a mucha gente.

De todos modos, no parece que ahora se reflexione mucho acerca del modelo cultural, cuando la historia de FICXixón ilustra muy gráficamente que no vale cualquier cosa…

Creo que el análisis que se hizo en El Cuaderno de la historia del Festival es muy ilustrativo, y remito a cualquiera a esas páginas para que repase los distintos vaivenes que ha tenido y donde las culpas de que no funcionase debían repartirse y quedaban claras en ese reportaje. Por eso Fernando Lara [miembro del jurado y ex director de la Seminci], del que me considero discípulo, remarcaba los criterios que yo trato de seguir. Lo primero es que las películas cumplan unos ciertos requisitos. Luego ya están la validez de los criterios de cada uno y los códigos morales o intelectuales.

Vuelvo a lo de antes a tenor de las palabras de Lara: reivindicar el certamen gijonés implica necesariamente reivindicarle a usted…

Yo… Es que no quiero hablar de mí.

Pues tengo que preguntárselo: ¿se ve dirigiendo la 50ª edición?

[Sonríe y se queda en silencio]

Voy por otro flanco: ¿es verdad que la Consejería de Cultura le ha garantizado que no aplicará recortes al certamen y que, además, el consejero quiere que usted siga al frente el año que viene?

Hubo una rueda de prensa en la que el consejero manifestó su apoyo, y yo no tengo nada más que añadir.

¿Cómo fue la relación con el actual Gobierno municipal?

Cordial. Hemos trabajado con total normalidad y no ha habido ningún tipo de debate sobre los contenidos. En el Festival siempre hemos trabajado con plena libertad, y este año la cosa no ha cambiado.

Cuando se hizo cargo del festival, en la 33ª edición, el certamen era casi un cadáver. Ahora está a un paso del medio siglo. ¿Le da vértigo mirar atrás? ¿Cree que fue un inconsciente al ponerse al mando?

Evidentemente, no era consciente de nada [risas]. Ahora es muy gracioso analizar ciertas cosas de los primeros años, pero también es muy gratificante recordar las ganas que echamos para sacar adelante un proyecto en el que todos creíamos. Lo importante es que se fueron planteando objetivos y mejoras a corto plazo, y siempre fueron objetivos y mejoras para el festival, nunca pensadas en el plano personal. Ahí siempre hemos sido bastante estrictos. Hemos intentado construir un festival con un sello propio y que fuese lo menos personalista posible.

Pero cualquier festival termina teniendo el sello que le imprime su director…

Bueno… Unos más que otros.

¿Alguna vez tuvo la tentación de decir ‘se acabó, aquí lo dejo’?

No. No suelo permitir que las circunstancias me superen. Cuando surgen problemas, y vuelvo al espíritu de equipo, el objetivo es sacar todo adelante como sea, arrimando el hombro todo lo que haga falta.

Lo que decíamos al principio: el festival cumple medio siglo el año que viene. Supongo que tendrá alguna idea…

Ésa es una pregunta profesional…¿Me estás preguntando por ideas o por proyectos?

Imagino que aún es pronto para hablar de proyectos concretos. Me refiero a su idea de lo que debería ser la próxima edición del festival.

Bueno, mi idea es mi idea, y se puede llevar a cabo o no…

¿Y cuál es esa idea?

Eso cuesta un dinero [risas].


Foto: Armando Álvarez

domingo 27 de noviembre de 2011

Jerónimo Granda: un rebelde con causa

Cuando se avecindó en Gijón, Jerónimo Granda (Oviedo, 1945) apenas había cumplido el cuarto de siglo y ya tenía claro que lo suyo era cantar. Poco antes había abandonado su trabajo en la Tabacalera con la idea de profesionalizar una afición que llevaba años trabajándose y que había recibido el espaldarazo en la villa de Jovellanos. Jerónimo solía frecuentar, con su cuadrilla, las noches cimadevillenses, sobre todo las del ya desaparecido Mesón del Gallo. Allí, era costumbre que los clientes se arrancasen con sus propias interpretaciones una vez que finalizaban las actuaciones incluidas en el programa. Y así fue como, una velada en la que él agarró a la guitarra y empezó a darle a lo suyo, el dueño se le acercó para hacerle una propuesta que no tardó en aceptar: “Chaval, ¿por qué no vienes a cantar aquí?” Dicho y hecho. Abandonó su Oviedo natal, alquiló un piso en El Natahoyo y se fue a amenizar las nocturnidades del barrio alto hasta que, a eso de las cuatro o cinco de la madrugada, daba por concluida la jornada y regresaba a su casa, no sin antes echar la partida con los trabajadores que esperaban para entrar en la Fábrica de Moreda.

Fue el principio de una carrera que hoy no necesita muchas presentaciones y que ha cristalizado hasta la fecha en un puñado de discos –el más reciente, 15x4=60 (Roncón)– y en un sinfín de conciertos que le han convertido en uno de los rostros más conocidos y respetados de los escenarios asturianos, por no hablar de los que aún recuerdan sus incursiones televisivas en aquel programa de la radio piquiñina o su fugaz escapada catódica a Madrid de la mano de Pepe Carroll. “A mí siempre me gustó tocar, nunca quise hacer otra cosa”, cuenta mientras apura una cerveza en un bar de La Arena y comenta los cambios que se han venido operando en una ciudad “que creció muchísimo desde que yo llegué” y que ha variado bastante en el fondo y en las formas. “Antes conocíamonos todos porque esto era pequeño, pero ahora somos casi trescientos mil y en muchos aspectos la cosa está mucho más fría”. En el tiempo que lleva aquí, se ha convertido en parte del paisaje (“gústame que digas eso, parez que tas hablando con un árbol”) y no es difícil verlo paseando junto a San Lorenzo, de ahí que muchos se extrañen al saber que sus raíces están localizadas en la capital. “Soy de Gijón a efectos prácticos, y si algo descubrí viviendo aquí fue que me gusta tanto el mar que no iba a poder estar sin él, pero sí que tengo relación con Oviedo: voy allí cada semana porque tengo familia, amigos, eses coses”.

Fue en Oviedo donde pegó su último petardazo: un pregón de San Mateo en el que no dejó títere con cabeza y que él no cree que fuese para tanto: “Yo nun molesto a nadie, bobu; ye igual que si meten un león enjauláu dentro de la catedral en medio de la misa de doce; les paisanes dirán que ay qué miedo, pero la misa danla igual porque el león nun molesta dentro de la jaula”. Lo que sí quedó claro aquel día es que no le gusta el mundo en que vivimos. El día de la entrevista está indignado porque, poco tiempo atrás, se enteró de que “hay bares que cobren a los chavales que quieren tocar en ellos”, y no duda en expresar su “simpatía” por el 15-M: “Ye gente que igual nun sabe bien qué quier o qué pueden hacer, pero sí saben que están hasta los cojones y actúen en consecuencia”. Rebelde con causa, asegura que “dan igual unos políticos que otros, porque al final ni siquiera manden ellos”. Un parroquiano se acerca para poner la apostilla perfecta: “Jerónimo, si te presentases, yo votábate”.

La Voz de Asturias, 27 de noviembre de 2011
Foto: Armando Álvarez

jueves 17 de noviembre de 2011

Una conversación con Nacho Vegas

El pasado 26 de octubre mantuve una conversación con Nacho Vegas en el Muddy's Radio Bar de Gijón en la que hablamos de su último disco, Cómo hacer crac (Marxophone), que estará en las tiendas el próximo lunes y que puede descargarse desde ayer en la web de Radio 3. Aquella noche estuvimos hablando durante una hora y pinchamos todas las canciones de su nuevo trabajo. Si alguien quiere saber lo que dio de sí la cosa, ahora puede escucharlo (y descargarlo) aquí. Espero que les guste.

Foto: Armando Álvarez

martes 15 de noviembre de 2011

Miguel Arrieta Gallastegui (1955-2011)

Cabranes, abril de 2010

Es curioso. Eras uno de los miembros de más provecta edad de la pandilla y yo siempre te llamé Miguelito, mientras que tú, siendo yo el benjamín, siempre me trataste de ilustre. Es curioso. Nuestra amistad se desarrolló casi siempre en interiores (tu piso de la calle Torcuato Fernández Miranda, los restaurantes en los que comíamos o cenábamos, los bares que nos ofrecían su vermut o alguna copa intempestiva), pero lo primero que recuerdo ahora mismo es aquel viaje que hicimos juntos a Galicia hará pronto un par de años, y de hecho me acordé de ti hace unas semanas, cuando volví a detenerme en Mondoñedo y me hice una foto en el mismo banco donde nos retrataron a los cuatro desaprensivos que acometimos aquel periplo. Es curioso. Nos vimos varias veces a lo largo de este último mes y nunca tuve la sensación de que cualquiera de ellas pudiese ser la última, por más que supiera ya que andabas tocado, porque jamás te vi perder la sonrisa, ni ese buen humor que te caracterizaba, ni dejabas de emitir comentarios ácidos acerca de cualquier cosa que se terciase. Es curioso. Hace unos pocos días me pidieron que te hiciese una entrevista y yo supuse que iba a ser el encargo más difícil de mi vida, y cuando esta mañana me llegó la brutal noticia de que te habías ido por un momento pensé -mira tú qué gilipolleces se me ocurren, uno es capaz de cualquier cosa con tal de ahuyentar ese dolor que llega sin avisar y perfora las entrañas- que habías querido evitarme el mal trago. Es curioso. Mira que llevábamos varios años tratándonos y ahora tengo la impresión de que jamás me aburrí contigo, y me vienen a la memoria algunos momentos gloriosos (aquel Villarreal-Sporting que empalmamos en Los Cisnes con un Madrid-Barça; el día que, en Cabranes, nos iniciaste en los secretos del consumo de compuestas; tu última recomendación culinaria en aquel bar de la avenida de Castilla donde casi nos obligaste a probar los callos; aquella enfervorizada discusión filosófica que mantuvimos una noche en El Corsario; los ajustes que tuvimos que hacer en la cam de tu ordenador para poder reírnos un poco la primera vez que nos citamos en tu casa...) de los que va a ser difícil que me olvide. Es curioso. Me he puesto hoy jodidamente triste por tu culpa, pese a que estoy seguro de que tú desearías lo contrario: que nos juntáramos todos para beber y comer y reírnos y cantar a tu salud. Pero qué quieres que te diga, Miguelito. Ésta que has armado ahora es muy gorda, y, si te tengo que ser sincero, la verdad es que no tenemos el cuerpo para fiestas.

Miguel Arrieta, Álvaro Díaz Huici, Pepe Monteserín
y yo, en Mondoñedo (Lugo), en diciembre de 2009

Miguel Arrieta Gallastegui era escritor y gastrónomo. Era, también, una de las personas más inteligentes, cultas, buenas, divertidas, generosas y admirables a las que he tenido el gusto de conocer en esta vida. Le gustaba leer, comer y beber, no siempre por ese orden. Una conversación con él podía ir, en menos de lo que dura un pestañeo, de las virtudes de la prosa de Pynchon al punto exacto de cocción de las lentejas. Escribió muchas cosas muy desperdigadas y escribió muchas menos de las que debería haber escrito, pero es que él prefería vivir. Cocinaba como los ángeles y tenía la lucidez de un diablo burlón. Hizo un recetario de cocina tradicional asturiana que se convirtió en un best seller y que ya quisieran haber escrito muchos de los que se las dan de entendidos. También se le debe un libro que se titula Historias, leyendas y brujas de Asturias y un Breve tratado de la sardina iberoatlántica que es un prodigio de erudición, talento y amenidad. Y acababa de preparar un volumen, Cocina de recursos, que ya no podrá presentar. Llevaba un tiempo enfermo y falleció ayer por la tarde. Y su muerte me ha dejado bastante tocado porque, por encima de todas las cosas que acabo de mencionar, era, sobre todo, mi amigo.

Que la eternidad te sea leve, Miguelito. Y a ver si es verdad que hay algo después, y algún día nos reencontramos, y nos reímos juntos de todo esto.